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domingo, 20 de junio de 2021

El Camino Infinito, 50ª y última parte

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Al mediodía bajamos a comer, éramos los últimos. En el comedor nos esperaban la telefonista y el conserje. Por lo visto eran matrimonio, y entendimos la cara de él cuando ella se quejó con amargura sobre su suerte al conocer nuestro viaje. Y una vez sentados nos pidieron si podían hacernos compañía. Era su hora libre y se la habían combinado. Nos hizo gracia, podrían ser nuestros padres o casi, en Pakistán seguro, porque la gente se casaba muy joven, muchas veces con la chica ya embarazada, algo que nos sorprendía por ser un país musulmán.
Parecían muy abiertos y simpáticos, sin demasiados complejos. Tenían interés por saber de nuestro viaje y nuestras impresiones sobre Cachemira. Y tal como había sido se lo contamos. No olvidamos nada, ni nuestro encuentro con el cadáver, ni el bombardeo con la consiguiente represalia. Lo único que evitamos explicar fue nuestra aventura con la droga y cómo ganamos tanto dinero. Y a medida que íbamos hablando, sus ojos se abrían con asombro. Y querían saber de la gente de Cachemira, cómo era, de qué vivía y si sus mujeres vivían tan oprimidas como se decía. Y nos asombró su pregunta, cuando en el mismo Karachi se podía encontrar lo mismo o peor, incluso frente al hotel en el que trabajaban.
Karachi, Lahore o Pindi, eran un gran mosaico del resto del país. Allí había de todo, aunque abundando el androcentrismo en los barrios periféricos. En las ciudades paquistaníes se podía encontrar mujeres completamente cubiertas, como otras con un kamez semitransparente; y mujeres encerradas en su casa con un candado en la puerta, como desenfadadas y abiertas estudiantes, que podían beber alcohol y escuchar música en la intimidad y en compañía de sus novios y de sus amigos. Sin embargo, el norte de Cachemira era una región olvidada y rural, donde señoreaban los prejuicios, pero no en exceso y menos que en algunos lugares de la misma Karachi. De la misma manera que en muchos pueblos de nuestra España, las mujeres no pasaban del balcón, de la persiana entreabierta y de la misa de los domingos, cubiertas de los pies a la cabeza. Eso contamos al matrimonio, mientras asentían en silencio y con tristeza.

Después de comer volvimos a subir a la habitación. Nadie debía extrañarse. Nada de Karachi podía emocionar a unos jóvenes de Barcelona, solo sus tiendas y su bazar, pero habíamos visto y vivido tanto que nada nos motivaba, solo el descanso y el sexo. Nos acostamos y dormimos, nos hacía falta. Desperté al cabo de una hora, quizá más. El ventilador movía sus palas en el techo y Anna se encontraba sentada a mi lado con las piernas cruzadas, observándome mientras acariciaba mi cuerpo. Me levantó y me llevó hasta el gran cortinaje. Allí hizo que levantara mis manos simulando colgarme de él y disfrutó de mi cuerpo, lo arañó con delicadeza, lo besó y mordió, luego se separó para mirarlo; en algún momento empezó a masturbarme, pero sin llegar a nada, arañando mi sexo y mis testículos evitando traspasar el límite; en otro me azotó con el cordón del cortinaje y me pegó con la palma de sus manos, pero con la justa suavidad. No le satisfacía provocarme dolor, lo hizo para disfrutar de la tensión de mi cuerpo, de mis lamentos con desesperación, entonces se separó y se acarició el cuerpo con voluptuosidad.
Fue un espectáculo, el del sexo en toda su plenitud, y lo disfrutamos por igual, ella a su manera y yo a la que su fantasía había decidido. Cuando se sintió satisfecha me dijo que podía hacer lo que quisiera con ella.

- Ahora sí te toca a ti. Puedes hacer lo que te venga en gana con mi cuerpo-

Lo dijo para provocarme, porque era consciente que poco de eso era de mi gusto, pero consiguió que nada quedara encerrado en mi mente, en mi más íntimo deseo.

Cenamos solos, el conserje y la telefonista, políglotas por cierto, habían marchado a su casa. Ya era oscuro cuando salimos a pasear. El vigilante nos aconsejó pedir un taxi.

- Este barrio no es de los mejores para un turista- nos dijo.

Pero al mirarnos más de cerca, se percató que no precisábamos consejos de este tipo y aún menos un taxi. Solo Anna, con la fuerza que aparentaba, que era muy inferior a la que gastaba, hubiera dejado malparado a cualquier asaltante; y nos habíamos vestido con los shalvar kameez del norte de Cachemira, oscuros y bastos como ninguno de los que corrían por allí. Si alguien parecía de mal fiar éramos nosotros, y el tipo, al darse cuenta se rió.

Al día siguiente la telefonista nos despertó para decirnos que ya podíamos ir a buscar los billetes por las oficinas de la PIA. Debíamos ir nosotros personalmente y nos habían conseguido un descuento. Esta vez no preguntamos la razón. Por la cantidad imaginamos que habían conseguido el precio de agencia, que era bastante reducido, y respondimos con una buena propina. Se lo merecían, y no solo por el descuento y el favor, que lo uno era innecesario y lo hicieron porque les vino en gana, y lo otro era un servicio al que estaban acostumbrados.

Embarcábamos al día siguiente, muy pronto, antes de salir el sol. Teníamos todo el día por delante, podíamos visitar la gran mezquita, que ya habíamos visto al pasar cerca de ella, las viejas y anchas calles con sus casas, palacios y museos de la época colonial, el gran bazar; pero nos quedamos en el hotel, acariciándonos y amándonos hasta la saciedad, recreándonos con nuestros cuerpos. Yo, por vez primera, había descubierto una mujer que me hacía sentir hombre por encima de todo, que lo demostraba con palabras y hechos, las unas inteligentes y abrasadoras, los otros con una sabiduría que perturbaba mis sentidos. Por vez primera, yo, tan templado y seguro, sentí perder el sentido.

La vuelta fue rápida. Al mediodía habíamos llegado a Londres y en pocas horas volvíamos a estar en Dover. Esta vez no nos complicamos y fuimos directamente a la pequeña pensión donde tan bien nos habían tratado. Al principio no nos reconocieron, sobre todo a mí. Pensaban que éramos orientales de un país musulmán. Solo entonces nos dimos cuenta que aún llevábamos los shalvar kameez de Cachemira, de eso que la gente nos mirara de aquella manera. En Londres estaban acostumbrados, existían muchos emigrantes paquistaníes, pero pocos de Cachemira y menos aún con aquel atuendo tan pobre y basto. Y nos reímos con ganas y pensamos en viajar vestidos así hasta Barcelona. Nos reiríamos de los revisores franceses, de la guardia civil aduanera, que nos revisaría las mochilas buscando cualquier cosa y hasta nos introduciría el dedo por allí donde más asco les da. Y nos reiríamos de la gente, de los barceloneses de bien, que por entonces les era difícil ver alguien vestido de tal manera y con nuestra pinta, que se apartarían a nuestro paso, temiendo que sacara una cimitarra para degollarlos. Y pensamos en ponernos el turbante al modo de algunos cachemires mientras cargábamos nuestras modernas y europeas mochilas. Lástima que abandonáramos el machete antes de llegar a Muzaffarabad, en casa de nuestros jóvenes amigos. Solo por ver la cara de los gendarmes o de la guardia civil al detenernos y confiscarlo, hubiera valido la pena viajar con él.
Es un recuerdo, les diría, de un cadáver a cinco mil metros de altura, allí donde campa el oso himalayo y el leopardo de las nieves, la guerrilla cachemira y los soldados hindúes y paquistaníes. Y nos hubiéramos reído al ver sus caras de incredulidad, pero de recelo por nuestra vestimenta y fisonomía.

Un hombre necesita muy poco para adaptarse, ser absorbido por un país, por su gente y por sus costumbres. Cambia sus maneras, la mirada es distinta, incluso transforma su habla, aunque sea en su propio idioma. Quizá por eso los gendarmes y los revisores franceses no se molestaron ni nos molestaron. Para qué complicarse la vida con aquellos extraños extranjeros, de apariencia peligrosa y cara de pocos amigos; pero educados y de habla francesa. Debieron pensar que era mejor no molestarnos y mantenernos vigilados a distancia, no fuera que algo se les escapara.
En Barcelona fue distinto y ningún taxi nos quiso llevar. Tampoco nos molestó, pensamos que si tan estúpidos eran, perderían la carrera, y cogimos un autobús hasta la plaza de España. Entonces aún no llegaba el tren de cercanías hasta el aeropuerto.
En la plaza de España podíamos coger el Metro hasta la Barceloneta. No nos planteábamos otro destino, sabíamos que durante unos días viviríamos juntos hasta hartarnos de tanto amarnos. No lo hablamos, no hizo falta. Después volvería a mi casa y mantendríamos nuestra independencia. Nuestra vida cambiaría poco, solo en el amor, que en aquel momento era lo que más valorábamos; porque en cuanto a la libertad, ya sabíamos que ninguno de los dos atentaría a la del otro.
Anna y yo, a partir de nuestra llegada a Lahore, nos habíamos convertido en uno y creí que ya nada podía separarnos, por mucho que supiera que nunca sería mía, porque no lo era de nadie. Su libertad seguía siendo innegociable y yo estaba dispuesto a morir y matar por ella.

Al día siguiente nos acercamos a mi casa. Nos esperaban, querían saber de nosotros, de nuestra aventura. Creían que estaríamos más tiempo, meses. No sé cuánto tiempo tardamos en contarles nuestra historia. Aquel día volvía a estar la famosa abogada feminista, también la laboralista, con el tiempo dirigente de un partido político de la derecha independentista. Pero entonces era la historia de Anna y la del joven Popol lo que interesaba, que rompía todos los esquemas; de la atractiva, joven e independiente pareja, que antes escuchaba en silencio y en un rincón, que había vuelto madura y segura de si misma, mucho más fuerte en todos los sentidos.

A menudo me vestía con el shalvar kameez, me sentía incómodo con otra cosa. Los jeans ceñidos y con cremallera, las camisas con cuello, aunque abierto; con botones, puños. Iba a trabajar de europeo, pero cuando debía ir a comprar algo por el barrio o llevar uno de los niños al parque, me vestía al modo de Cachemira.

Volví a ganarme la vida, no fue tan difícil y poco a poco la historia vivida fue quedando en el olvido. Las necesidades de la comuna, los problemas cotidianos, que poco tiempo antes me parecían miserables y hasta estúpidos, volvían a tener vigencia e importancia. Jep había conseguido nuevos productos, con más diseño y más vanguardistas. Y tuve que buscar nuevos materiales, nuevas técnicas y abrir nuevos mercados; y renovar permisos municipales para instalar paradas en más pueblos y barrios, en las fiestas patronales o de verano. Y debí buscar nuevas amistades entre los policías municipales, conseguir que no registraran innecesariamente nuestras paradas, a la búsqueda de una droga inexistente. Y es que el vecino de más edad, con pinta de sumiso, pelo corto y camisa bien planchada, podía permitirse la falta de un permiso, tenerlo caducado y hasta fumar un porro en público. Nosotros no. Era la imagen la que marcaba la diferencia.
De vez en cuando, de coincidir conmigo, algunos me miraban con desconfianza. Algo no cuadraba, se decían. ¿Qué hace un tipo como este, vestido normal y con pelo corto, con esos mamarrachos? Se preguntaban. Y yo me reía al ver que no sabían si pedirme la documentación o esperar mejor momento. Y en casos como este, los buscaba y los enfrentaba con la realidad.

- Buenos días agente, somos nuevos en la feria, ¿quiere ver nuestros permisos?-

Y se retiraban mustios, algo turbados y un punto desangelados. Su instinto depredador había sido reprimido, momentáneamente se decían para consolarse; pero ya no podrían. Al poco me encontraban hablando animadamente con los vecinos de parada: el de la ropa, el de los juguetes y, a veces, desayunando en el Casino del pueblo con el concejal.

Anna, poco a poco, casi imperceptiblemente, fue diluyéndose. No tenía teléfono y el que podía utilizar del trabajo, no me lo había dado. De tanto en tanto me llamaba, preguntaba cómo me iba o se presentaba en casa, como si viniera de visita. En esos casos, si la situación lo permitía, que casi siempre era así, se quedaba a dormir. Otras veces era yo quien pasaba algunos días en su casa, los justos para mantener nuestra particular llama encendida.
Aquella mujer no era de nadie, nunca lo sería y el tiempo lo demostraría. Más intimidad, convivencia y hermandad que conmigo era imposible; más amor que el sentido el uno por el otro era difícil. Y lo más que podía aspirar cualquier otro hombre o mujer era igualarlo. Y, no obstante, no éramos pareja y nunca supe si en algún momento lo habíamos sido.

 

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viernes, 21 de mayo de 2021

El Camino Infinito, 45ª parte

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La cumbre del Nanga Parbat nos salvó, se convirtió en nuestro guía como si de un imán se tratara. Sabíamos que no podríamos subirlo, que solo estaba hecho para los escaladores más preparados y osados y nosotros ni siquiera lo éramos; pero desde el primer día que lo vimos, entonces a nuestra derecha en el cruce de Gilgit a Skardu, sentimos su atracción.
La meseta era una plataforma gigantesca, de muchos kilómetros, tantos que nos era imposible recorrerla en su totalidad. Estaba cubierta de grandes matorrales y quebrada por innumerables fallas en la misma piedra, de distintos kilómetros de largo, entrecruzándose unas con otras de la manera más caprichosa que pueda imaginarse.
El Nanga Parbat se mostraba formidable a lo lejos, con las inmensas nubes cubriendo su mitad superior. Debíamos seguir andando siempre con él a nuestra derecha. Abandonamos la zona de vegetación y frente nosotros apareció la paradoja más sorprendente: pequeños lagos, y riachuelos. Agua por doquier corriendo casi sin sentido, y la desolación, el desierto más absoluto. Acampamos después de haber andado dos o tres kilómetros hacia el suroeste, sin encontrar camino o sendero, como si no nos atreviéramos a penetrar en su interior. Frente a nosotros la impresionante y bella desolación, tras nuestro el gran precipicio y las altas montañas de una cordillera que creímos separaba la India del Pakistán.
Nos bañamos en uno de los lagos. Hacía mucho sol, apenas corría el aire y el agua daba la sensación de calidez; sin embargo, al salir nos helamos.

Para nosotros, algo tan simple como el papel higiénico se había convertido en el más acuciante de los problemas. Comida o agua nos podrían haber faltado, aunque supiéramos que no por mucho tiempo; pero lo de nuestra higiene más íntima se hacía difícil y muy incómodo, y carecer de papel nos preocupaba y amargaba, incluso más que no saber si podríamos comer durante las siguientes horas. Solo en Karachi y Lahore lo pudimos encontrar con cierta facilidad, y supusimos que en Pindi o en Islamabad también, pero estas ciudades no estaban a nuestro alcance.
Al lado de los inodoros, que simplemente eran agujeros en el suelo, lo máximo que podíamos encontrar era una palangana con agua, que servía para lavarnos con las manos y que después la teníamos que echar por el agujero. Pero en la montaña era aún más difícil. Los caminos no siempre seguían el curso de un río y, cuando sí, eran rápidos y bajar hasta su cauce se hacía muy peligroso.
Cuando por casualidad encontrábamos algo de papel que pudiera suplir el higiénico, hacíamos acopio, no mucho por lo que ocupaba y porque lo utilizábamos con respeto.
Era curioso vernos tan preocupados por eso y tan poco por cosas bastante más angustiosas, puesto que nos habían asegurado que por allí corrían muchos leopardos y osos.
El leopardo daba caza a íbices, cabras azules, conejos, y conocía poco al humano. Y eso, como todas las cosas de este mundo, tenía su lado bueno y su lado malo. El bueno es que no nos consideraba presa, el malo es que no reconocía como arma un palo pintado.

Nos habían recomendado ir siempre juntos, puesto que, como buen felino, solo ataca al que se separa de la manada, a quien huye y se espanta. Y ante tal disyuntiva, decidimos no separarnos ni para hacer nuestras necesidades. Y cuando preguntamos qué hacer con el oso, nos respondieron que con una ráfaga de Kalashnikov era suficiente; que con un tiro no había bastante y tiro a tiro a veces no daba tiempo. Y nos lo dijeron tranquilos, como de pasada. Y respondimos que eso nos daba sosiego, porque no llevar arma simplificaba mucho el asunto. Y alegremente nos explicaron que lo habitual es que dejara tranquilo al caminante.
Nosotros sabíamos que con el oso lo mejor era pasar desapercibido, no dar muestras de espanto ni hacer ruido. Haberlo encontrado dos días antes, precisamente donde nadie nos había alertado, nos enseñó que no era tan agresivo como nos lo habían pintado.

El oso himalayo es peligroso si se le molesta. El truco, en caso que lo hubiera, creímos que consistía en saber lo que para él es molestia. Si bebíamos, pescábamos, cazábamos en sus lugares preferidos; o si corríamos, huíamos o intentábamos asustarlo, seguro que lo era. Pero si lo mirábamos de lejos o andábamos tranquilos, dando un rodeo para no coincidir, el oso no se agitaría y seguiría con lo suyo.
Días después, por un naturalista de Karachi nos enteramos que allí no era peligroso, ya que no estaba maleado por el hombre; que lo era por donde habíamos viajado más tranquilos, y que llevar los palos pintados había sido una temeridad, porque el oso podía sentirse amenazado. Lo que demuestra que nadie sabe nada, por muy entendido que parezca o se crea.

Anduviéramos hacia el sur o el oeste, nuestra mirada siempre se dirigía al Nanga Parbat. Ya en el largo valle nos fijamos en él. Unas veces se veía nítido entre las altas montañas, como si fuera el destino escogido; en otras sobresaliendo tras un pico. Ahora que lo teníamos enfrente, casi a nuestro lado, nos parecía tan imponente como inalcanzable.
Algunos tramos de la meseta estaban cubiertos de vegetación, arbustos cubiertos de bayas o frutos que no conocíamos, rosales silvestres y alguna pradería de rododendros. Entre las grandes formaciones rocosas, tan llanas como la poca tierra que había, corrían multitud de conejos que se dejaban cazar con facilidad, grupos de perdices y algún faisán despistado, y vimos un pequeño rebaño de cabras azules. No existía camino, parecía que nadie hubiera pasado por allí, de manera que tuvimos que inventarlo sorteando las grandes grietas que servían de ríos, y la multitud de pequeños lagos. El paisaje era grandioso y no cansaba.

Al segundo día decidimos pescar con la mano, una vez más como había aprendido en el Pirineo, levantando las piedras con forma de cuña y presionando la tripa del pez hasta sedarlo. Encontramos muchos panales de abejas, algunos pegados a las paredes rocosas. Nunca pensamos en robarles su miel, no habríamos sabido cómo hacerlo y tampoco hubiera sido prudente, ya que lo más probable es que estuviera hecha con el néctar de los rododendros, y la miel salida de sus flores es tóxica.
Al final del día encontramos el paso que tanto habíamos buscado. Un ancho desfiladero se abría frente nuestro, agreste y salvaje y en la dirección esperada, la del oeste. Cierto que en el valle nos habían hablado de la gran meseta y que debíamos atravesarla, también que nuestro protector de la barba blanca nos había dicho lo mismo y nos dirigió hacia ella con sus planos dibujados en el suelo, pero nadie nos explicó qué camino seguir una vez nos encontráramos en ella, quizá porque no lo había.

En la meseta por primera vez tuvimos la percepción de habernos perdido, de no saber qué dirección tomar ni qué hacer para encontrar la salida. Nuestra guía había dejado de ser el sol, era más fácil mantener el Nanga Parbat como referencia, y mientras anduviéramos con él a nuestra derecha, nos sentíamos tranquilos, aun sabiendo que podíamos desviarnos muchos kilómetros o pudiera ser que nuestro camino quedara más al sur o más al norte.

Se hace extraño al caminante andar sin sendero ni señales que marquen la dirección de un lugar habitado. En aquella tierra nunca vimos señales, pero los senderos nos daban seguridad, sabíamos que llevan a algún lugar o, como mínimo, encontraríamos el porqué habían sido creados. Una o dos semanas antes nos habría alarmado o llenado de incertidumbre, pero ya no temíamos nada, tal vez porque estábamos a gusto, no teníamos problemas de alimentos, de agua ni de higiene, y empezábamos a sentir el constante deseo del contacto físico, de la caricia o, simplemente, de ir cogidos de la mano; aunque por el cansancio, por lo mucho que nos absorbía la experiencia o porque nuestras largas conversaciones lo suplían con creces, habíamos dejado de sentir, al menos yo, tanta necesidad de sexo.

Descubrir que en el ancho y salvaje paso tampoco había camino no nos arredró. Pensamos que, en caso de habernos equivocado, un día o dos de andadura perdido no significaba nada, tan solo tiempo, que era lo que nos sobraba. Y lo único que pensamos es que, en caso de fracasar, siempre quedaba la opción de desandar lo andado, aunque fuera por otro lugar para disfrutar del país, o dirigir nuestros pasos hacia el Nanga Parbat, para rodearlo y encontrar la carretera principal. Nos daba igual que fueran cincuenta, cien o doscientos los kilómetros.
La vaguada era practicable, de tal que pensamos que mucho tiempo atrás habría existido un camino para franquearla. En ella se apreciaba otra clase de vegetación, más abundante y verde, llena de arbustos cubiertos de bayas, frutos que no conocíamos, y rosales silvestres. Podíamos subir por las rocas que iban escalonándose, algunas con la suficiente suavidad, mientras que otras debíamos escalarlas con mucho sufrimiento.

Teníamos suficiente comida, sin embargo, recolectábamos la que podíamos, ya solo por el gusto de comer huevos de faisanes y de perdices, fruta fresca, pequeñas y sabrosas ciruelas, y albaricoques silvestres; o pequeños conejos que nos lo ponían demasiado fácil, ya que allí, excepto algunas aves de presa y un tipo de culebra grande y vistosa, nadie les daba caza. Era tanta la tranquilidad de aquellos animales, que de haber querido habríamos comido perdices en todo momento; pero nos daba coraje darles caza, cuando no nos hacía falta y era un engorro prepararlas.

Nos sentíamos integrados en la naturaleza, los matorrales nos cubrían casi por completo y los pájaros no levantaban el vuelo a nuestro paso, de tal que casi podíamos tocarlos; ni siquiera las abejas, a las que siempre había tenido mucho respeto, parecían molestarse. Había agua por doquier en forma de pequeños torrentes, con cascadas y plantas acuáticas. Nos refrescábamos constantemente y llenamos las cantimploras con la que parecía salir de una mina, tan limpia como potable, por las ranas que la merodeaban y el rastro de los innumerables animales que paraban para beber.

 

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sábado, 15 de mayo de 2021

El Camino Infinito, 44ª parte

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Llegamos agotados a una pequeña plataforma previa a la cumbre. Nos costaba respirar o eso creímos. En lo que llevábamos de viaje era la primera vez que nos pasaba y nos sorprendió. En principio nos habíamos aclimatado muy bien, mejor de lo esperado, de modo que solo podía deberse a que habíamos subido quizá más de la cuenta y por la tensión no nos habíamos percatado.
¿A qué altitud podíamos estar?
No lo sabíamos, pero ni mucho menos era de las montañas más altas, lo que demostraba que al Oeste seguían siendo muy elevadas. El pueblo que habíamos dejado atrás, seguramente superaba los tres mil metros de altitud, y no habíamos parado de subir con el río y ahora ya muy por encima de él. Descansamos durante una hora para que nuestros pulmones e incluso nuestra mente se adaptaran, aunque fuera un poco, y subimos los pocos metros, quizá cien, que faltaban para la cumbre.
Desde allí el paisaje era de una grandeza sobrecogedora. Nos sentimos pequeños, ridículos. Tal vez nunca más podríamos ver algo parecido y lo observamos enmudecidos por la belleza. A nuestro alrededor se veían tres valles, sus pequeñas casas, minúsculas desde la altura, los campos, las terrazas y las cumbres tan nevadas como la nuestra, infinidad de ellas hasta perderse en el horizonte.
Decidimos acampar, no había otra opción y la subida nos había agotado por completo, además queríamos ver la puesta de sol y el amanecer. Cavamos una profunda hendidura en la nieve y montamos la lona como toldo. Era un nuevo sistema de iglú, medio en este caso e ideado para la ocasión. Una manera de cubrirnos del viento helado, en caso que soplara durante la noche, y del frío cuando la temperatura cayera por debajo de los cero grados. Los plásticos y la ropa de las mochilas nos sirvieron de impermeable y de aislante, y los mullidos sacos de borrego para resguardarnos del frío. El truco, y debíamos rogar para que así fuera, consistía en que no nevara durante la noche, porque de lo contrario nos costaría salir.

Ya nunca más, con los años y mis viajes por el altiplano peruano, el desierto mauritano, la selva amazónica y birmana, navegando entre tempestades y la grandiosidad de alta mar, en el Pirineo nevado y salvaje, en el Cap de Creus o en los acantilados de Menorca, vería algo comparable. Ni de lejos.
El crepúsculo se abatió sobre nosotros y un millón de estrellas iluminaron el cielo y la tierra; después apareció la luna, primero su luz tras el horizonte de montañas, y el paisaje se convirtió en fantasmagórico, suave, dulce como los cantares de aquella tierra.
Nos despertamos por el frío, seco, duro, implacable. ¡Qué tierra tan extraña! Con treinta grados algunos días, y tantos grados bajo cero en aquel amanecer. No llevábamos termómetro, no sabíamos si era sensación o realidad. Nos habíamos aclimatado tanto que no teníamos modo de calcular la altura, y es que de tanto subir y bajar nos habíamos hecho un lío con la falta de oxígeno. Dependía de la orientación, del clima, de la cantidad de valles que nos rodeaban y de su verdor. Nuestro amigo Yuz Benzir nos había explicado que la altura era fundamental, pero en algunos lugares de cinco mil metros se podía respirar mejor que en otros de cuatro mil quinientos.

Temíamos la bajada, sin embargo, y al contrario que en la subida, encontramos el camino bastante arreglado y cómodo. Y no tenía mucho sentido, porque en la cumbre no había nada. Era verano y allí no había pastos, ni siquiera los típicos matojos de otros lugares. Una vez en el valle encontramos a dos hombres trabajando la tierra. El camino estaba lleno de ganado, gallinas, patos, por lo que debimos andar con cuidado para no pisarlos o tropezar con ellos. Los muy taimados no se apartaban y a veces se metían tanto entre nuestras piernas como las de los búfalos. Nos acercamos, más que nada para saber dónde estábamos o que nos dibujaran un mapa. Los valles y las vaguadas se entrecruzaban siguiendo direcciones aleatorias y no siempre era posible seguir la puesta del sol.

Preguntamos por el camino hacia Muzaffarabad, que es dónde queríamos llegar. Y perplejos por la pregunta y el camino por donde habíamos llegado, nos señalaron los caminos de los valles para volver a Skardu, con la recomendación de buscar alguien que nos llevara por lo peligroso y complicado del trayecto. Y cuando les explicamos que queríamos seguir el camino de las montañas, nos miraron como si fuéramos extraterrestres y respondieron que no lo había; y tras nuestra insistencia nos dijeron que aparecía y desaparecía, y que no conocían a nadie que lo hubiera andado. Y al vernos convencidos nos dibujaron lo que podía ser parecido a un camino, el que los pastores recorrían hasta un punto muerto porque más allá no había sendero. Pero lo cierto es que día a día, preguntando a unos y otros, nos íbamos acercando a nuestro objetivo, y no sabíamos si alegrarnos o apenarnos.
Aquellos dos hombres no fueron una excepción. A medida que íbamos encontrando pobladores, fueran labradores o pastores, todos pretendían que siguiéramos el curso del río.

En aquella comarca ya no llegaba la influencia de nuestros amigos, y su idioma o dialecto era distinto, sin embargo, la figura del comandante seguía estando presente; y no se nos escapaba que por muy recóndito que fuera el lugar, siempre había alguien que sabía de nosotros y que le daba aviso de nuestro paso.
- ¿No habéis visto a los soldados?-
Eso nos preguntaron cuando supieron de dónde veníamos y por dónde habíamos pasado. Y es que en la cumbre donde habíamos acampado había un pelotón de soldados.
No, no los habíamos visto y era extraño.
- Es que están camuflados- nos dijeron.
Los reemplazaban todas las semanas y vigilaban la ladera del sur, es decir la Cachemira ocupada. Y eso nos demostró que no sabíamos donde estábamos. Inconscientemente habíamos bordeado la frontera, pero lo más sorprendente es que los soldados seguramente nos habrían visto, vigilado y dado parte de nuestro paso, sin molestarnos ni descubrirse. Entonces entendimos porqué el camino hasta la cumbre estaba tan bien arreglado por aquel lado de la montaña.

La gente era igual de amable y hospitalaria, aunque fuera de tribus o familias muy distintas, tanto que hasta en sus rasgos parecían diferentes. Las mujeres vestían con menos uniformidad y muchas no llevaban la cabeza cubierta. Pero nos seguía siendo difícil pagar por lo que comprábamos, aunque lo cierto es que no había tiendas y debíamos hacerlo directamente en los caseríos.
Un día lo pasamos siguiendo el ancho y caudaloso río, que nunca supimos cual era, de caserío en caserío, invitados a almorzar, a cenar, a pasar el día con ellos. La gente dejaba el trabajo por tal de conocer o cambiar unas palabras imposibles, ya que no había manera de entendernos, pero sí compartir una canción, una risa o simplemente una buena comida.
La primera noche la pasamos en un granero. Una vez más nos negamos a que alguien cediera su cama. Para nosotros, acostumbrados a dormir a la intemperie, bajo una simple lona soportada por cuatro palos y en el interior de sacos hechos con piel de oveja, un granero era lo más parecido a la suite de un hotel de cinco estrellas.
La familia estaba desolada, creía haber hecho algo mal; aunque nosotros, con signos señalamos a los chicos, a las chicas y sus dormitorios, para dar a entender nuestra postura. Anteriormente habríamos intentado explicarnos hasta el aburrimiento, pero entonces ya no lo hacíamos, nos habíamos cansado que simularan no entendernos y nos negamos en redondo.

Durante los dos días siguientes atravesamos un precioso y boscoso valle, poblado de pino azul y otra conífera que no supimos precisar, lleno de vida animal y absolutamente deshabitado por el hombre. Allí por fin vimos al oso negro, el animal contra el que tanto nos habían apercibido. Lo vimos de lejos, igual que él a nosotros, y, como es natural, nos rehuyó de inmediato. Seguimos andando, nos habría gustado acercarnos y verlo más de cerca, pero aunque viajara solo y lo encontráramos pequeño, sabíamos que era tentar a la suerte. Por encima de todo debíamos hacer caso a la sabiduría popular, y esa lo dejaba muy claro, había más muertes por ataques del oso que del leopardo.
Aquella noche plantamos el toldo como siempre, pero tuvimos el cuidado de colgar las zamarras con nuestros alimentos en lo alto de uno de aquellos grandes árboles, de manera que el animal no pudiera alcanzarlas. Nos acostamos como siempre, pero muy pegados, tanto que dormimos abrazados, con la lona en forma de tienda y las mochilas cubriendo las aberturas de sus extremos. Nos habían explicado que el oso respeta los lugares cerrados.
A media noche creí oír como olisqueaba una mochila, debió sentir curiosidad y pasó unos minutos dando vueltas a nuestro alrededor. Mi sueño es ligero, por entonces dormía con facilidad, pero cualquier ruido inesperado o que pudiera provocar alarma me despertaba. Me quedé inmóvil, casi sin respirar. Anna dormía tranquila a mi lado, ajena a lo que acontecía. Al fin marchó, supuse que decepcionado por no haber probado bocado. Por la mañana, ante mi asombro, lo primero que dijo mi compañera fue:
- Esta noche nos ha visitado el oso, supongo que el mismo que vimos en el bosque. No te he despertado para no alarmar a ninguno de los dos-
Y me reí con ganas, me había puesto en el mismo paquete que al oso.

A los tres días de caminata llegamos al pie de la gran meseta, era necesario atravesarla para conseguir llegar a nuestro destino, eso nos habían dicho. Una formación rocosa, inmensa y elevada que debíamos franquear evitando rodearla. No había camino ni nada que se le pareciera para subir a ella. Lo único que se nos ocurrió fue escalarla o seguir su contorno hasta encontrar un acceso para superarla. Lo primero se me hacía difícil incluso a mí, entrenado para ello, por carecer de los útiles imprescindibles. Lo segundo parecía imposible, porque hasta donde llegaba la vista no se apreciaba ninguna irregularidad. Pero a las dos horas de caminata encontramos una grieta de doscientos metros de anchura, un desprendimiento convertido en escalera natural. ¿Cuántos metros tendría? Allí todo era grande, gigantesco. Subir a la meseta significaba escalar trescientos metros y no valían lamentos. Podríamos no haber encontrado la grieta o haber andando muchos kilómetros hacia el sur, con el riesgo de entrar en la Cachemira ocupada.

 

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sábado, 8 de mayo de 2021

El Camino Infinito, 42ª parte

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¡La incertidumbre! Amábamos la incertidumbre, hacía que nos sintiéramos vivos y seres humanos. No saber qué nos depararía el futuro, cuándo encontraríamos agua, si un leopardo caería sobre nosotros, si nos encontraríamos con un oso al doblar el camino; no conocer el país, no tener la garantía. Allí no había señales, excursionistas, latas de conserva, fogones de camping-gas. No sabíamos si nos encontraríamos con una patrulla del ejército hindú, una partida de la guerrilla o bandoleros, un pueblo o caseríos abandonados. Nuestra brújula era el sol y su puesta nuestra dirección.
Habíamos aprendido a hacer acopio de excrementos secos, a hacer yesca con cualquier cosa que pareciera combustible, a andar sin planos y sin conocer el nombre del siguiente pueblo, montaña, valle o río. Teníamos comida y agua para dos días, quizá tres si consumíamos con cuidado y lo justo, muchos más de volver a cazar, encontrar plantas comestibles asilvestradas y huevos. Era la mejor época y confiábamos en ello.

Hablando con nuestro amigo de la barba blanca, descubrimos que por mucho que hubiéramos andado, habíamos hecho pocos kilómetros en línea recta. Los valles eran pequeños, incluso el que nos pareció tan grande. De un pueblo a otro podía haber entre quince y veinte kilómetros, por carretera el doble y nosotros hacíamos el triple al zigzaguear por las altas montañas y los senderos. El esfuerzo también era mayor, aunque nosotros no lo notáramos porque no contábamos el tiempo.

Desde que cruzamos el valle, habíamos estado bordeando la frontera, lo cual hacía que por un lado nuestro camino fuera más accidentado y, por otro, más solitario y sin bandolerismo; pero peligroso por la soldadesca hindú, que podía disparar desde sus escondidos puestos de vigilancia solo por hacer tiro al blanco. Nuestro amigo nos explicó que el ataque podía haber provocado dos cosas bien distintas, que el ejército hindú abandonara su belicosidad por las consecuencias que acarreaba, o, al contrario, se explayara con caminantes solitarios para vengar la desaparición de su compañía.
Andamos durante toda la mañana, y aprovechamos el desayuno para descansar. El paisaje solo nos brindaba desolación y grandiosidad. Tan imponente era eso último, que convertía en belleza lo anterior.

El cansancio de los dos últimos días y haber dormido tan pocas horas nos pasó factura. De no haber sido ella, habría sido yo quien cayera rendido con una exclamación de queja. La marcha había sido lenta y difícil por un camino pedregoso, con constantes cambios de nivel y desprendimientos, que, se notaba, habían sido reparados con prisa y parcialmente. Paramos para descansar y almorzar, nos dolían las extremidades, desde la rodilla hasta el último dedo del pié. Y descubrimos que apenas habíamos probado bocado en dos días, que el desayuno de unas horas antes había sido el ágape más importante desde la mañana del bombardeo. La prisa del jefe tribal -teníamos claro que lo era sino alguien muy cercano a él- para que marcháramos del pueblo había impedido reabastecernos correctamente, y parte delos alimentos comprados en las tiendas de la carretera se había echado a perder por el destrozo, ya que los habíamos dispuesto para compartirlos con las maestras, o porque tanto nosotros como el resto de gente echó mano tanto de él como del que iba llegando.

Tres horas después del almuerzo encontramos un río, torrencial por su desnivel y muy caudaloso. Y nos preguntamos cómo sería su nacimiento, de dónde podía salir tanta agua en un lugar tan seco. De pronto oímos tronar y en pocos minutos el cielo se llenó de grandes y oscuros nubarrones. El día se convirtió en noche y empezó a llover, primero poco, pero en pocos minutos torrencialmente. No fue difícil encontrar un saliente de roca donde refugiarnos. La geología del terreno lo facilitaba, igual que al infortunado dueño del machete que nos apropiamos. Una hora después, quizá menos, tuvimos que cubrirnos con la lona, estábamos ateridos de frío, abrazados para conservar el calor corporal y ocupar el menor espacio posible. En el improvisado refugio el agua entraba y se encharcaba. Y construí un parapeto de piedra con bastante éxito, mientras Anna temblaba al fondo.
Al rato oímos un rugido y cogí el machete dispuesto a defender la madriguera, porque es lo que era, una madriguera que ahora ya considerábamos nuestra. Y es que al entrar tropezamos con algún resto de huesos y excrementos, aunque de mucho tiempo atrás.

Anna me preocupó. Arrebujada con una manta y la lona, solo oír el rugido levantó los ojos con impotencia, con clara postura de rendición. Al escuchar con más cuidado descubrimos que el rugido procedía del río, también oímos grandes rocas chocar entre sí, con violencia. Y pensé que un aguacero tan fuerte tenía que venir de lejos, y por fuerza haría daño en el valle. Estábamos a gran altura, muchos metros por encima del río, no obstante, salí del escondrijo para ver su crecida. Llevábamos dos horas y la situación empeoraba por momentos y había que estar alerta. Debían ser las cinco de la tarde y era difícil ver algo por la oscuridad y a través de la cortina de agua, como si a la vez que lloviera, estuviéramos en el interior de una espesa nube. Me acerqué al precipicio y me impresioné. Nunca había visto nada igual. Solo podía igualarse a lo que me contaron de lo sucedido, durante las famosas inundaciones del Vallès, en las que en una noche se ahogaron más de seiscientas personas, y en las que una riera más o menos seca y nada peligrosa, se convirtió en un río que se lo llevaba todo, incluso hormigoneras. Quedaban más de dos metros de pared para que el agua llegara donde estábamos, era mucho, pero sobre lo crecido era poco. De pronto, sin que nada pudiera predecirlo, la lluvia cesó. Una hora más tarde el río seguía bajando con la misma fuerza, pero ya no se oía bajar tanta piedra, y no por su falta, que de eso aquellas montañas andaban sobradas.

Anna seguía temblando, le puse la mano en la frente y me pareció que tenía fiebre. No parecía ser solo producto del frío, sino que debía arrastrarlo de uno o dos días atrás, o quizá fuera el resultado de la tensión posterior al bombardeo. La abracé para tranquilizarla, busqué una aspirina en nuestro botiquín para bajársela, limpié un par de zanahorias, y se las di con un poco de queso y agua. Y, sorprendido, vi que tenía ganas de llorar, pero no quería o no podía.
Mi compañera estaba en plena menstruación y los sucesos de la escuela se la habían cortado. Estaba débil, apenas había comido y el día anterior no había podido dormir. La abracé y la besé. Tuve la intuición que su mal era más espiritual que físico, y para curar el segundo debía enfrentarse al primero. A Anna le había estallado todo lo vivido de un golpe, justo en el momento que tuvimos que refugiarnos. Sus párpados habían palidecido. La palma de sus manos, siempre tan cálidas y secas, estaban frías y húmedas. La hice salir del refugio, y que apoyara su frente en mi mano y le introduje los dedos en la boca. Vomitó. Le di agua y, con cuidado, le ayudé a bajar hasta donde corría el río. Clareaba y vimos que estaba a punto de salir el sol. Y allí, sentados frente la corriente, hablamos de lo sucedido en el pueblo.

Mi amiga se sentía culpable, la niña había muerto en mis brazos, no en los suyos; no pudo hacer nada, se sintió impotente, incapaz de soportar la tensión y no le quedó más remedio que cedérmela. Anna estaba hecha para la acción, para curar, moverse, solucionar problemas irresolubles para la mayoría, pero sentir como la vida de la niña escapaba en sus brazos alteró sus sentidos y no pudo resistirlo.
Con las piernas cruzadas y la mirada puesta en el caudaloso río, recordé, aunque durante unos instantes, cómo el espíritu de la niña escapaba a través de su mirada y de sus suaves gemidos. Mi compañera necesitaba escuchar esta historia por mi boca, vivirla como suya. Y lloró casi en silencio, tal como era. Ver correr el agua del río le ayudó a ahuyentar sus demonios. Con la mano le refresqué la cara, con mis labios acaricié su rostro. Y de pronto se levantó.
- ¡Marchemos! Aquí no hacemos nada-

El suelo de roca se estaba secando por momentos. Hice que se sentara en la entrada del refugio, tendí la lona y nos cambiamos de ropa. Volví a darle de comer. Seguro esta vez que su cuerpo lo aceptaría.
Por el agua ya no debíamos sufrir. De las rocas se filtraba en abundancia, eso si no encontrábamos una fuente llena de vida animal y vegetal, señal inequívoca de su salubridad.
Era más o menos las cinco de la tarde y mi intención era quedarnos. La losa que nos cubría no podía considerarse un buen refugio y el piso donde podíamos descansar era bastante incómodo, apenas nos quedaban alimentos, pero vi a Anna débil e intuí que volvería a tener fiebre. Teníamos comida para un par de días y agua para muchos. El río poco a poco se tranquilizaría y, aunque tardara en volver a formar remansos, podríamos llegar a él y lavarnos. Pronto se haría tarde y nadie podía asegurar que haría buen tiempo.

Y una vez más se formaron nubes a nuestro alrededor, asaltando la montaña por el Este y el Sur a un mismo tiempo, chocando y retorciéndose donde nos encontrábamos. Un rato antes habíamos oído tronar, pero, engañados, creímos que era la tormenta que se alejaba. Esta vez, con la cautela que sordamente había despreciado de nuestro amigo, construí un muro de piedras y matojos con tierra, lo suficiente compacto para no dejar entrar el agua. Instalé la lona como cortina y con los excrementos que se habían conservado secos Anna hizo un fuego. Ya se sentía mejor y más tranquila. Y hablamos de nuestras inquietudes sexuales, de nuestros gustos y fantasías, de nuestros amantes. Nunca hasta entonces habíamos compartido este tipo de confidencias, al menos hasta ese punto. Y me descubrió su bisexualidad, su primera aventura con una mujer mayor que ella y más tarde con una de sus mejores amigas; y con hombres, no muchos, puesto que odiaba el compromiso y lo que representaba, y según ella los hombres, por mucho que renegaran de ella, pretendían estabilidad emocional o sexual. Amaba sin freno y sin condiciones, le atraían los hombres por lo que eran, no por lo que representaban; por su sexualidad, no por sus ideas.
- Tú nunca me gustaste, no eres el tipo de chico malo que me mola; nunca me había sentido atraída por ti hasta la mañana que nos bañamos en el cruce de Gilgit; no obstante, desde el primer día que te conocí supe que terminaríamos amándonos-
La escuché perplejo. Estaba hablando de más de un año atrás, justo cuando la conocí con Artur y se encaprichó de él. A Anna le gustaban los tipos de piel curtida y castigada, de voz masculina, fuertes y de mirada dura y, por encima de todo, muy trabajados. Y yo, de todo eso solo tenía la fuerza física o eso creía, pero no la aparente, esa que gusta a las mujeres, sino la real. No le atraje hasta aquella mañana, cuando, desnudos, nos bañamos en el Indo, y probablemente terminaría siendo algo pasajero. Me sentí patético, casi insultado, aunque por mucho que la idea me rebelara no engañado. Nunca pensé que pudiera gustarle. La creía inalcanzable y, por tanto, nunca hice nada por conquistarla. Por entonces Alba me tenía sorbidos el seso y el alma.

Volvió a llover, tanto o más que la primera vez, después de una fuerte tormenta eléctrica. El río volvió a rugir. Parecía que el cielo estuviese cayendo sobre la tierra. Y una vez más salí para comprobar que no iba a desbordarse, aunque allí, por mucho que subiera, era imposible que lo hiciera, no había por donde. El camino era su territorio, parte de su cauce.
Anna volvió a tiritar de frío, le castañearon los dientes. Le hice beber agua y la cubrí con una manta. Sabía que no era un buen remedio para la fiebre, pero realmente hacía frío y llegué a la conclusión que su enfermedad había terminado.
Tocándole la frente e introduciéndole un dedo en la boca, tal como mi madre me había enseñado de pequeño, no aprecié demasiada temperatura; y su pulso era normal, aunque un poco rápido. Ocho horas más tarde le di otra aspirina, con agua y algo de pan con queso para que su estómago no sufriera.
Estuvo lloviendo casi toda la noche, ininterrumpidamente. Nos instalamos en el rincón más resguardado. No teníamos miedo, nos daba todo igual. El mañana no nos importaba, nos deparase la mejor o peor de las suertes.

La observé mientras dormía, pudiendo recrearme en sus ojos, en su boca, en su nariz. Si el clima hubiera dependido de mí, de haber poseído en aquel momento el asa de la regadera de la lluvia, no habría dudado ni un instante y la hubiera descargado poco a poco en el lugar donde estábamos, para que aguantara el tiempo que hiciera falta. Así de enamorado estaba. Pero no me hice demasiadas ilusiones. La intuición me hizo ver con demasiada claridad cuál podía ser mi futuro con ella, a menos que supiera manejarlo y no me empeñara en aspirar en algo que yo tampoco comulgaba. Anna era demasiado parecida a mí, pero el amor juega malas pasadas y trastorna las ideas y los sentidos. De lo único que estaba seguro, es que a partir de aquel día nos convertiríamos en amigos hermanos amantes, un concepto que nunca había utilizado ni imaginado, que no había encajado con ninguna mujer de las que había conocido, y que nada ni nadie podría quebrar.

Serían las dos o las tres de la madrugada -hacía mucho que habíamos guardado los relojes en el fondo de las mochilas- cuando se puso a sudar, tanto que empapó la ropa. La desnudé con cuidado y sequé su cuerpo. La volví a cubrir, pero solo con la manta. Dormía tan profundamente que no se daba cuenta de nada. Estaba agotada de haber pasado la noche en vela con la maestra.
Por la mañana las nubes habían desaparecido por completo, no había rastro de ellas. Parecía que estuviéramos en nuestro país, con sus grandes chaparrones de verano que tanto daño hacen, y que al día siguiente todo era luz, frescura y color.
Se despertó con la luz, y al verse desnuda me preguntó lo que había pasado.
- Te aprovechaste de mí, seguro que sí,- dijo riéndose.
Y la miré con fingido disgusto.
- Pues claro. Destrozado por la noche que he pasado, contigo sudando, en este lugar y con el agua subiendo. Iba tan quemado que no se me ocurrió otra cosa que violarte-

Estaba fresca como una lechuga, habiendo dormido más horas que nunca y hambrienta. Por el contrario, yo estaba para el arrastre.
Comimos gran parte de lo que nos quedaba, con el convencimiento que algo encontraríamos por el camino. Recogimos nuestras cosas y nos pusimos en movimiento, poco a poco, con tranquilidad.

 

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miércoles, 5 de mayo de 2021

El Camino Infinito, 41ª parte

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Las noticias de Bangla Desh y de la guerra de Vietnam, llenaban por completo las páginas dedicadas al extranjero; y el que unos hindúes bombardearan una escuela en la alta Cachemira, cuando nadie sabía dónde se encontraba eso, carecía de importancia.
Los paquistaníes, en Bangla Desh cometían una atrocidad parecida todos los días. En el mismo Pakistán se habló mucho de la premeditada matanza en un pueblo de Cachemira; sin embargo, nada se publicó sobre la de los hindúes. A los paquistaníes no les interesaba y sus vecinos prefirieron esconder sus vergüenzas. Ya era bastante haber bombardeado la escuela de un país con el que no estaban en guerra. Solo les faltaba aceptarlo y asumir que un grupo de guerrilleros, al que consideraban de medio pelo, se había cargado una compañía entera sin haber sufrido una sola baja y en su propio territorio. Meses después y gracias a Bill, nos enteramos que algunos medios occidentales hablaron del bombardeo de la escuela por parte hindú, y de la muerte de alrededor de cien militares hindúes por parte de la guerrilla cachemir. Pero los publicaron como actos por separado y habiendo sucedido mucho más al sur. La prensa de aquellos tiempos era mucho mejor que la de ahora, los periodistas más profesionales; sin embargo, también cometían errores y no eran demasiado fiables.

Me eché al lado de nuestra tienda. La granada había respetado nuestro dormitorio, por lo cual solo habíamos perdido algo de la comida que habíamos comprado en la tienda. Desde allí podía seguir el bullicio de la plaza, saber si la gente se retiraba o no. A la vuelta ya había tomado una decisión, pero éramos dos y antes tenía que convencer a Anna, aunque de antemano conociera su respuesta. El temor lo habíamos perdido al principio, antes de llegar a Skardu. De la gente del país nada debíamos temer, y a la soldadesca hindú habíamos dejado de respetarla. Solo una cosa podía hacernos dudar, la brutalidad de la naturaleza y no saber lo que esta nos depararía.

¿Qué importa la incertidumbre si no intentamos vivir como queremos, si en el último momento nos espanta dar cumplimiento a nuestros sueños, a sentirnos seres humanos hasta el límite?
Éramos jóvenes y odiábamos lo previsible, el orden que da seguridad al cuerpo y ata al espíritu; que si pasa lo inesperado, tu mente te perdona y exige a la sociedad su adecuada, asegurada y regulada compensación, aunque sea en forma de lástima.
Sentíamos la vida en su máxima plenitud, en la tierra donde se le da valor y cuesta lo que se merece; donde para mantenerla, hay que tirar de ella, arañarla para que no escape; donde se le da el valor que tiene y se lucha por ella, donde uno se siente tan cerca del cielo como de la tierra. Y pensé que si salía bien y ganábamos, eso que tendríamos; y si mal, eso que nos llevaríamos.

En la plaza solo quedaba un grupo de hombres, el resto se había repartido entre las casas como huésped. Entre ellos el de la barba blanca y a su lado Anna. Y los encontré escuchando embelesados la historia de nuestro largo viaje. Por vez primera no oí preguntar por nuestro país sino por el suyo, por las montañas y los valles que tanto amaban, vistos desde nuestros ojos. Aquellos hombres, tan sensibles como despiadados, tan andróginos, escuchaban como mi compañera cantaba sobre la belleza y el espíritu que contenía su tierra. Miraban con embeleso a la mujer, mientras escuchaban con admiración su historia. Hablaba en su inglés entremezclado con algunas palabras en urdu, y las que faltaban las expresaba con sus manos, su mirada, su mímica de frío, calor, dificultad, placer, felicidad, hambre, sed, peligro, cansancio, amor.
Me acerqué con sigilo y alguien me hizo sitio en el largo escalón que bordeaba la fuente. Uno de ellos traducía su discurso al cachemir, con la misma cadencia con que ella relataba. Y entonces aprecié en toda su plenitud la belleza de aquel idioma, la dulce música que emitían aquellos hombres, que horas antes habían torturado a docenas de seres hasta la muerte.
Y le preguntaban sobre el valle que solo nosotros habíamos visitado; de qué nos habíamos alimentado cuando ya nada nos quedaba; qué habíamos bebido durante tantos días en aquella tierra tan seca y hostil. Y ella, sin saber de mi presencia, tenía el cuidado de hablar sobre mi pericia, mi fuerza y mi indomable espíritu, mis habilidades como escalador, cazador y montañero. Sabía que entre aquellos hombres yo debía ser el dominante y ella mi compañera, fuerte y rebelde, pero respetuosa y fiel hasta la muerte. Y reí en mi interior y hacía cábalas sobre las risas que haríamos a costa de esta historia.
Mi vecino, el que me había hecho sitio, me dio un codazo y soltó una risa. Respondí con otro y se rompió el encanto. Ella me vio o fingió que hasta entonces no había sabido de mi presencia.
- ¡Ah! Estás ahí. Les estaba contando el viaje-
Y lo dijo en inglés para que supieran.
Respondí diciéndole que debíamos ir a dormir, que marcharíamos antes que saliera el sol.
El tipo de la barba blanca me preguntó:
- ¿Ya has decidido el camino a seguir?-
- Sí- respondí pensando que luego lo hablaría con ella - el de la incertidumbre-.
El tipo me miró con una sonrisa. Es lo que debía estar esperando.
- En esta tierra el de los valles ya lo es, dijo con un encogimiento de hombros. Y me pidió que le enseñara el reloj y el anillo. Los fui a buscar a la tienda dejando que Anna siguiera con su charla.
Cuando los tuvo en su mano, meneó la cabeza.
- Solo un hombre rico puede permitirse este reloj- dijo
En aquel país, pocos tenían uno de pulsera y, menos aún, de bolsillo. No conocía a nadie que tuviera uno, a menos que lo mantuviera escondido para no levantar suspicacias. El anillo no lo recordaba y, por tal como encontramos el esqueleto, debía llevar mucho tiempo abandonado.
- Antes la gente viajaba con escopetas de caza, y kalachnikovs apenas se veían. Todo el mundo tenía una. Son más prácticas para los animales, pero menos para defenderse de los hombres. Ahora hay menos depredadores y más presas; sin embargo, los caminos se han vuelto inseguros y se dan casos de bandolerismo-

Al hombre le sorprendió que no encontráramos escopeta, papeles y dinero. Y Anna respondió a sus meditaciones en voz alta. No habíamos caído en lo de los papeles. Si no estaban es que alguien se los habría llevado, aunque en el estado que se encontraba su zamarra, casi destruida por el agua y el sol, lo extraño hubiera sido encontrarlos. Que viajara con un machete y aquel reloj, que nadie de la zona supiera de él ni lo buscara, daba a entender que podría haber sido un forastero, un europeo como nosotros.
- ¿Un forastero solitario allí?- Preguntó con desdén - Imposible- Y al momento nos miró y soltó una carcajada.
Le expliqué lo que nos dijeron los pastores, Lahore.
- Os dijeron Lahore porque los habitantes de aquel valle, hace pocos años emigraron allí, pero nunca hubieran abandonado a uno de los suyos. Es posible que muriera por enfermedad y sus compañeros dejaran su cuerpo en manos de la naturaleza. No se llevarían el reloj porque era suyo, pero sí sus documentos y la escopeta-
Y acto seguido nos explicó que en aquellas montañas unos pocos seguían una religión que, en cambio de enterrar o quemar a sus muertos, los abandonaba para que volvieran lo antes posible al ciclo de la vida.

Y hablamos de Dios, el de todos los hombres. Quería saber si era cierto que en occidente ya pocos veneraban a Dios y si nosotros éramos de esos.
- Nosotros tenemos el nuestro- expliqué - y lo veneramos en nuestro interior. Es el dios de la naturaleza. No obliga a nadie seguir un rito, no castiga más de lo que uno se castiga a sí mismo cuando siente que ha obrado mal, y solo exige que se le tenga respeto-

El traductor tuvo que repetir varias veces el pequeño discurso. El pobre hombre no supo cómo dar el correcto significado a mis palabras y el resto no paraba de interrogarlo. El tipo de la barba blanca, que me entendió perfectamente, soltó una risotada y anunció que, poco más o menos, todos teníamos el mismo dios. Y vimos que el traductor se acogía a aquellas palabras como a un hierro candente, porque los demás entendieron que también éramos seguidores de Dios, solo que de una secta que rezaba en la intimidad y de una manera muy extraña.
Y seguimos hablando de los distintos dioses, y que todos eran uno, de la naturaleza y del sentido del bien y del mal, hasta altas horas de la noche.

Aquellos hombres probablemente no habrían dormido desde el día anterior, a causa del trasiego que les dieron los desafortunados hindúes que cayeron vivos en sus manos. Aunque, al hablar del tema, al contrario de turbados parecían satisfechos por haberles servido en bandeja el camino a su cielo, ya que los desgraciados no habían parado de reconocer la barbaridad que habían cometido y lo mucho que merecían el castigo. Y lo explicaron riéndose con nosotros, que habíamos visto en la escuela el horror que aquellas alimañas habían provocado.
Al despedirnos y viendo la hora que era, invitamos bajo nuestra lona a los que buenamente cupieran. Sabíamos que se negarían, pero era lo menos que podíamos hacer para estar a su altura. Su líder, el de la blanca barba, nos hizo una última recomendación, que seguramente sabía que no tendríamos en cuenta.
- Id con cautela-

Y recordé lo aprendido con Artur, cuando atravesábamos las cumbres nevadas de nuestro querido Pirineo. La cautela es el peor enemigo del hombre, porque es el miedo que aflora de su interior, que le hace ver la piedra más grande de lo que es, y hace que tropiece con más facilidad en ella. A la montaña hay que respetarla, no temerla. Eso habría deseado decirle con la suficiencia de un joven aventurero con suerte. Sin embargo, solo le di las gracias por el consejo. Nos dio la mano y se despidió.
- Vayáis como vayáis, que Ala os proteja- y, tras una pausa y con su característica risotada - o vuestro dios, que es el de todos los hombres-

Mi compañera, antes de dormir quiso despedirse de la maestra y terminó pasando lo que quedaba de noche con ella en su casa.
Me levanté al alba, casi no había dormido y mis piernas flaqueaban. Había echado en falta la compañía de Anna. En una noche como aquella, seguramente nos habríamos ayudado mutuamente a descansar. Recogí la lona y los palos, doblé y até los sacos, las mochilas ya estaban preparadas. La vi llegar con pasos cortos y muy lentos, como si le costara marchar de aquel modo.
Sabíamos qué camino tomar, el jefe nos había mostrado cómo llegar a él, dibujando un mapa de la comarca en el suelo para que no nos perdiéramos, por lo menos hasta una gran y alta meseta. Allí las montañas eran menos elevadas, pero, por el contrario, la zona era un desierto, tan bello como desolado y sin una casa donde acogerse, con pequeños lagos, praderías y ríos. El oso y el leopardo eran los señores de aquella tierra.
- Allí no hay caminos a seguir, os tendréis que guiar por vuestro instinto, el sol y las estrellas- nos dijo-

Debíamos andar con cuidado, aún no había clareado y cualquier tropiezo podía hacernos caer montaña abajo.

 

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viernes, 30 de abril de 2021

El Camino Infinito, 40ª parte

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Todo fue muy rápido, tanto que no nos dio tiempo a pensar. Tampoco habríamos sabido de qué se trataba, ya que nunca habíamos oído nada igual. La primera explosión sonó cerca del río, a más de cien metros de la escuela, y como tiempo después aprendí, había sido el disparo del apuntador. Fuera de la escuela se escucharon los gritos de una madre que todavía no había entrado a su hijo. Quizá medio minuto más tarde se escucharon la segunda y la tercera explosiones, tiempo suficiente para que alguien intuyera lo que podía tratarse. Sonaron seguidas y mucho más cerca, y nos ensordecieron, de manera que no oímos los cascotes de piedra y la tierra que cayó alrededor del edificio; pero sí lo sentimos temblar, tanto el suelo como las paredes del edificio. La maestra, que había vuelto a entrar con unos cuantos niños, salió a ver lo que pasaba, y parte de ellos, intimidados seguramente por nuestra presencia o buscando su seguridad, la siguieron corriendo como perritos falderos. Eso les salvó. Segundos después se escuchó otra, brutal. Estallaron los cristales de las ventanas y las claraboyas cayeron con gran estruendo, el edificio tembló. Al instante oímos como muchos cascotes y piedras chocaban contra él. Y, de pronto, Anna se echó sobre mí, arrastrándome bajo un pupitre. Durante un segundo, eterno, pegada a mí, cubrió mi cuerpo con el suyo. Ya no oí nada más. En un instante solo sentí la presión en mis oídos, en mi cuerpo. Debí oír el estallido, pero no lo recuerdo. El techo se vino abajo, lo noté en mi piel, en mi cabeza, porque mis oídos ya no reconocían nada. Por suerte estaba hecho de dos capas de placas onduladas, de manera que debía ser más el espectáculo que el daño y sirvió para que la onda expansiva encontrara fácil salida.

A los pocos segundos nos levantamos, llenos de polvo, arena y cal, y con pedazos de madera sobre nuestro. Y nos dimos cuenta de la tragedia. A nuestro alrededor las vigas del techo se habían astillado, así como las tablas de algunas mesas. El aula estaba destrozada. Dos niños cubiertos de sangre, lloraban en silencio, como si se hubieran quedado sin habla, uno de ellos con un brazo colgando inerte y en una posición imposible, medio desnudo y lleno de quemaduras, ya que la explosión le había arrancado la ropa que llevaba; el otro estaba en un rincón hecho un ovillo, quizá su espanto le había salvado la vida. A otro lo había atravesado un gran pedazo de viga astillada y tenía la cabeza colgando irrealmente, como si fuera un muñeco roto; el muro de fuertes y macizos ladrillos que separaba dos aulas había cedido y aplastado a una niña, la que momentos antes habíamos visto entrar con la gallina en la mano. Oímos sus gemidos y escarbamos hasta sacarla. Anna la cogió en brazos y se puso a temblar, estaba absolutamente rota y no se movía. Se la cogí con cuidado y le pedí que socorriera a los que creía que estaban levemente heridos. Solo fueron unos instantes, aun así me parecieron horas. Empezó a entrar gente, familiares que venían corriendo, gritando, aunque yo apenas podía oír nada. Solo estaba por la niña, que me miraba a los ojos mientras parecía emitir pequeños gemidos. De pronto, sin el típico estertor del que todo el mundo habla, se apagó, dejó de respirar aún con los ojos fijos en los míos. Me di cuenta que ya no veía, que estaban muertos como ella. Unas mujeres me miraron con horror, no me había dado cuenta de su presencia. Me levanté y dejé la niña en el suelo. El oído me silbaba, aún hoy lo hace. Volví a sentarme en el suelo y me puse a llorar, sentí una enorme debilidad, un peso que me impedía mover.

Sentí su abrazo, sus ojos se mantenían secos y ya no temblaba. Me levantó y me hizo salir de lo que quedaba del edificio. Solo entonces descubrí la magnitud de lo ocurrido. Una granada había caído en el aula contigua, allí no quedaba nada, solo miembros. Una niña andaba entre la carnicería, tenía sangre en las manos, en la cara, y parecía estar buscando los restos de alguien; al rato descubrí que eran los de su hermano, los iba amontonando, como si quisiera recomponerlo, y hablaba sola. De la maestra, que un rato antes había desayunado con nosotros, hablando de su futuro, de sus inquietudes, solo quedaba una masa informe de pedazos de carne y de huesos, y la cabeza, que sorprendentemente había quedado entera. Empecé a temblar, no podía tenerme en pie. No sé cuánto tiempo estuve así. Anna, con fuerza me abrazó y me dijo que debíamos ayudar.
Una vez más salimos de la escuela, había gente preparando con sábanas algo parecido a camillas, otra llegaba con mantas para construirlas o preparar camas allí mismo. Habría pasado una hora o más, para mí, para nosotros, muchas más horas o solo unos pocos minutos. Por momentos el tiempo se detenía o se aceleraba, ya no contaba.

Entonces los vimos. Más tarde pensé en aquella rapidez y frialdad. Estaban en las afueras del pueblo, en el patio de un gran caserío a cien metros de la escuela. Me acerqué. No pasaban lista, hablaban entre ellos en voz baja y no paraban de entrar hombres que se iban añadiendo. A lo lejos vimos unos jinetes al galope. Pasaron muy rápido frente a nosotros y, al llegar, señalaron un punto en lo alto de una montaña. Parecía que tenían localizado al atacante.
Sentí la mano de Anna, se había dado cuenta de mi intención.
- No sabes disparar, ni siquiera cómo funciona un trasto de esos. Serías un estorbo para ellos.

Yo estaba muy calmado, ya no temblaba; ella, sin embargo, solo lo parecía. Y me sorprendió mi frialdad, con el sentimiento escapando a través de mi rabia. Ella lloraba por dentro, muy en su interior. Se apartó y vi que iba a curar y consolar a la maestra que había quedado con vida. Había tenido suerte, aunque no tanta como nosotros. Anna, con su impulso había salvado nuestras vidas o evitado salir malheridos. La maestra, intuitivamente, se había guarecido con los niños en la pared de la escuela, y solo habían recibido el golpe de cascotes y piedras. El fuerte muro medianero nos había salvado de la explosión, la ligereza de la cubierta nos ahorro gran parte de la onda expansiva, y el pupitre y la fortuna, de los cascotes y de las astillas.
Estuvimos todo el día, yo recogiendo restos y retirando escombros, ella ayudando y curando a los heridos. Casi no bebimos ni comimos. De vez en cuando, alguien del pueblo bajaba alimentos y agua, entonces, Anna y la gente que estaba con ella hicieron ver que comían algo, yo solo pude beber.

Por la tarde llegaron unos militares, podían ser de Skardu, pero entre ellos no estaba el comandante ni sus soldados. Descargaron cajas de munición y sacos de alimentos, tiendas, medicinas y mantas. Con ellos vino un médico y tres enfermeros, con varios aparatos y un generador eléctrico, y en pocos minutos los militares montaron un pequeño hospital de campaña.
Vi al anciano que nos había acogido el día anterior hablar con un oficial. Señaló la montaña. Y el militar, junto a cuatro soldados con una gran radio de campaña con dos largas antenas, miraron indolentes hacia ella. Uno de los soldados se apartó y tomó unas fotos, tanto de la escuela como de los heridos y de las mantas que cubrían los restos. En una de ellas salió Anna. No le dieron importancia, porque nadie pareció tener en cuenta que fuéramos extranjeros. Después de todo, tal como íbamos vestidos y con el trasiego reinante, parecíamos tan cachemires como cualquiera. Al día siguiente supimos que no fue así, que desde un primer momento sabían quienes éramos. El comandante había dado órdenes que nadie nos molestara ni nos invitara a marchar. Debía ser consciente que no lo aceptaríamos.

Justo antes de salir el sol vimos a los militares preparándose para marchar, solo entonces el oficial se acercó y me dio una nota. Estaba en inglés y se notaba que había sido transcrita de un mensaje radiado. El comandante agradecía nuestra ayuda, lamentaba por lo que habíamos pasado y se felicitaba por la buena marcha de nuestro viaje, también se disculpaba por no haber podido venir personalmente. El intempestivo y mortífero ataque había complicado las cosas y otros asuntos requerían su atención.
Nosotros plantamos nuestra pequeña tienda al lado del hospital, así Anna podría seguir ayudando a los enfermeros y cuidar a la maestra herida.

Al día siguiente, justo antes de anochecer, llegaron en silencio. Estaban todos y muchos más, probablemente de otros pueblos que se habrían unido a la partida, la mayoría a caballo. La gente los recibió con abrazos, alguno lloró con su mujer la pérdida de su hijo. Me acerqué. Anna estaba en un pequeño y cercano caserío. Ya no atendía a la maestra sino a una joven viuda que había perdido a su hija, la misma que había muerto en mis brazos.

Los hindúes habían tenido mucho cuidado en escoger el objetivo. Dos años después sería yo el que aprendería a hacerlo, con más pericia si cabe que aquellos tipos que necesitaron cuatro disparos para dar en el blanco. No escogieron la escuela por azar sino premeditadamente y a una hora que pudieran hacer el máximo daño. Era una compañía y la cogieron desprevenida en la emboscada. Se movía dividida precisamente para evitarla, con un pelotón delante para explorar el camino y otro en la retaguardia. Casi de libro de texto como descubriría dos años después en nuestro ejército.
Unas maniobras con fuego real, dijeron los supervivientes. Solo que los oficiales al mando quisieron divertirse un rato. Por qué no aprovechar y hacer una operación de castigo contra la guerrilla en territorio enemigo, se habían preguntado. Los cazaron a todos a un mismo tiempo, al pelotón, al grueso y a la retaguardia, para ello escogieron el lugar y el momento. La refriega duró minutos y fue en territorio paquistaní de manera que ni siquiera podían reclamar a sus muertos. No les dio tiempo a defenderse, porque no esperaban tamaña reacción en tan poco tiempo. A los heridos los torturaron durante todo un día hasta matarlos, así supieron el porqué de su acción, su miserabilidad y su insensatez. Explicaron que algunos celebraron su suerte como expiación por lo que habían hecho.

Traían consigo tres alforjas repletas de pulgares, todos de un lado, no recuerdo cual. Las vaciaron en el centro de la plaza, cerca de la fuente para las abluciones. Era su manera de contar los muertos y poder demostrarlo. La gente dijo que lo menos eran cien, a mi no me parecieron tantos, pero sí muchos. Llegaron cargados con muchos fusiles, dos pequeños morteros, dos ametralladoras y varias cajas de munición. Sus botas no; los soldados hindúes solían, por entonces, calzar peor que los paquistaníes; tampoco anillos, relojes o cualquier cosa propiedad de sus víctimas, no estaba bien hacerlo. Lo que me hizo pensar en lo que llevábamos encima, y entendí el rechazo de los dos pastores a hacerse cargo de ello.

Poco a poco la plaza fue llenándose de gente, de manera que me retiré con disimulo y respeto. Era su gente, su venganza, su guerra. De pronto sentí una mano cogerme del hombro, que impidió mi marcha, era uno de ellos, algo mayor, puesto que su barba blanqueaba más de la cuenta. No era del pueblo y parecía tener más curiosidad que otra cosa.
- Yuz Benzir te manda un saludo y le es grato saber que sus dos amigos han llegado tan lejos y sin contratiempos.
Afirmé con la cabeza haciendo un esfuerzo para entender sus palabras. Le pregunté si lo había visto y me dijo que no, que estaba demasiado lejos, pero que los mensajes corrían como el viento. Y, sonriendo, me dijo: - radio-. Y entonces entendí su rapidez en movilizar tantos hombres y su eficacia. El ejército no solo les proveía de armas y munición sino también de pequeñas radios, además de otras de campaña, parecidas a la que había visto.
A mi espalda apareció Anna con la mujer que cuidaba. Tomó mi hombro para apartarme con exquisita suavidad. El tipo la miró y la saludó.
- Tú debes ser Anna, la famosa mujer del Rashid Kamran-
No pude entender sus palabras hasta tiempo después, cuando descubrí que el tal Rashid Kamran era yo. Entonces ella vio los pulgares esparcidos por el suelo y entendió. Le dije que todos los hombres habían regresado. El tipo la observó con una mezcla de ironía, respeto y curiosidad. No siempre se podía hablar con una mujer como aquella y con tanta liberalidad. Lo miró a los ojos, levantó el puño y le dio un suave golpe en el hombro, seguidamente lo abrazó y señalando los pulgares lo felicitó por el éxito de la operación. Al principio el tipo no pudo reaccionar, parecía turbado. La plaza estaba llena, la gente hablaba en voz alta y, pese los fanales de aceite o sebo, había bastante oscuridad; no obstante, el gesto no había pasado desapercibido. Algunos de sus compañeros callaron y nos miraron entre curiosos y alarmados. Entonces el tipo soltó una gran carcajada y fingiendo recordar algo, abrió un papel que llevaba en el bolsillo y repitió el mensaje de nuestro amigo.
- Yuz Benzir os manda saludos y se felicita que sus amigos hayan llegado tan lejos- y dejando de lado el papel y con su característica y simpática ironía, dijo - aunque creo que nunca lo había dudado-
Anna cogió el papel y lo abrió para mirarlo, ya que leerlo era imposible y entenderlo aún menos; después miró al hombre y le cogió del brazo sin ninguna vergüenza para darle las gracias. Sabía que lo había escrito él por voz de su amigo. Se separó y le presentó a la joven mujer.
- Es Zulema, su hija murió por el bombardeo en brazos de mi esposo, que hizo lo que pudo por salvarla, y es viuda de Ibrahim Sanheal. Es noble, fuerte y valiente-
El tipo pareció sorprenderse. A nuestro alrededor se hizo el silencio, ahora ya era toda la plaza la que nos miraba, y empecé a preocuparme. Anna le miraba a los ojos sin pestañear. La joven, cubierta de la cabeza a los pies, desde su llegada no había levantado la vista del suelo, como si simulara vergüenza.
- Nos han dicho que eres un hombre sabio. Estamos seguros que sabrás lo que más le conviene. Mi esposo puede ayudar con dinero-
El tipo me miró. Yo, de tan desconcertado quedé petrificado. Se puso a reír, primero con cuidado por lo inusitado de la situación, después con ganas. Se volvió a sus compañeros y les contó algo de lo que solo entendí spanish y que nombraba a Yuz Benzir y creo que también al comandante. Yo, para no perder la compostura y para que Anna no complicara más el asunto, delicadamente me situé entre los dos. El tipo, ya más tranquilo, me tomó de la mano como a un paquistaní y me llevó fuera de la plaza.
- Tiene razón Yuz Benzir. Tu joven mujer es especial, la más valiente y decidida que haya conocido nunca. Eres un hombre afortunado. Es mejor que marchéis mañana. En todos los sitios hay gente mala y supersticiosa. Hoy sois bienvenidos, pero mañana os pueden acusar de sus desgracias, y en este pueblo corre mucha envidia. Si seguís por los valles no os faltará de nada, pero si lo hacéis como hasta ahora, es posible que no lleguéis a vuestro destino. Dile a tu gran mujer que cuidaré de Zulema como si fuera mi hija. Ibrahim Sanheal fue amigo de mi hijo hasta el día de su muerte. De la dote no debes preocuparte. Zulema es viuda y joven, y en mi pueblo no la precisa, y si es necesario yo mismo me cuidaré-

Necesitaba tranquilidad, pensar con sosiego. La plaza parecía un gallinero y la gente iba y venía sin saber qué dirección tomar. Anduve bajo la luz de las estrellas hasta pasada la destruida escuela y el hospital, donde todavía estaban la maestra y algunos niños.
Imaginé los noticiarios de medio mundo, las fotos en las que seguramente saldría mi compañera. Más tarde, a nuestra vuelta, nos enteramos que el ataque a la escuela no había ocupado ni media reseña y, por supuesto, fuera de los paquistaníes ninguna foto la acompañaba.


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lunes, 26 de abril de 2021

El Camino Infinito, 39 parte

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Al atardecer y a más de cien metros del pie de la montaña, descubrimos un gran salto de agua a nuestros pies. Era una maravilla. Hacía rato que oíamos el ruido sin saber qué podía tratarse. Desde arriba podíamos ver el agua abalanzarse sobre el valle en forma de un gran precipicio. No recordamos haber leído que hubiera un salto de aquella magnitud, ni en el país ni en aquellas montañas, por muy lógico que fuera.
Era la primera vez que observábamos algo así, desde aquella extraordinaria perspectiva. Bajo nuestro y al pie del salto.

Escogíamos los senderos de montaña que seguían la dirección del sol, evitando los que podrían ser más transitados, aunque por cualquiera de ellos habría sido muy difícil encontrar alguien, fuera de algún pastor con su rebaño. Queríamos vivir nuestra aventura tranquilos y sin condicionantes, sin la obligación de dormir en casas y terminar invitados. Anna a duras penas soportaba el trato, según ella vejatorio, que se daba a las mujeres; y yo, que por entonces no percibía tanta sumisión sino consentimiento y parte de una cultura de falso honor, temía su explosión en cualquier momento. Hasta entonces nos había acompañado la suerte con la gente que íbamos encontrando. La imagen externa que nosotros percibíamos, no tenía nada que ver con la que vivíamos en el interior de las casas, en familia o entre los mismos amigos, no obstante, notaba su tensión ante detalles que para mí carecían de importancia. Eran, a mi modo de ver, parte de la idiosincrasia de aquella gente y de sus costumbres; y ella era incapaz de reconocer el esfuerzo que hacían para no aparentar extrañeza o agravio ante nuestra manera de ser. Decía, quizá con razón, que una cosa eran las costumbres y el honor, y otra la deshumanización. Y es que en algunos grupos familiares, parecía que a la mujer se le daba menos valor que a una cabra, y si era joven y bella, se podía utilizar como pago de una deuda familiar. En este caso, el contraste entre distintos grupos familiares y en poblaciones muy pequeñas, era muy grande. En unos la mujer era considerada como un igual, que muchas veces gobernaba la familia, mientras que en otros era solo un objeto sin apenas valor.

A veces debimos escalar porque el sendero había desaparecido por un desprendimiento o por su mismo desgaste, otras andar por estrechas cornisas con precipicios de cientos de metros, a lo que ya nos habíamos acostumbrado. Pero lo peor era cuando habíamos de recular y desandar muchas horas al descubrir que lo que nos había parecido camino, era en realidad un sendero creados por el paso de animales o quizá por la misma geología, cuando el agua había erosionado un cambio de estrato, aunque también por darnos cuenta que íbamos en sentido contrario. Lo único que confirmaba que era camino, eran las precarias e inestables pasarelas colgantes que íbamos encontrando, o la gruesa cordelería que ayudaba a pasar por un tramo desprendido o excesivamente desgastado.

Nos acostumbramos a no malgastar el agua, por mucho que abundara; a descansar unos minutos por cada dos o tres horas de andadura, a no ser que quisiéramos acampar por haber encontrado una fuente o filtración, o un lugar de incomparable belleza. Aunque lleváramos comida, nunca estábamos seguros de cuándo encontraríamos más, de manera que siempre que podíamos cogíamos huevos. Eran una buena fuente de proteínas y nutrientes. Después de haber acampado, buscábamos madrigueras de conejos e instalábamos un lazo con su trampa en la entrada; y lo normal es que cayera alguno, ya que vivían confiados y no esperaban ser cazados de aquella manera. Lo matábamos con un golpe seco en la nuca, lo despellejábamos y lo asábamos. Lo había aprendido con Artur en el Pirineo, así como pescar con las manos. Y gracias a todos estos inventos y trucos, nunca pasamos sed o hambre. También conseguimos evitar los caminos que parecían ser más transitados y los grandes caseríos aislados. En el valle habíamos descubierto la grandeza de la soledad y la libertad que esta procuraba, y sabíamos como encontrarla.
Dos días después empezamos a seguir el curso de un río bastante desbrozado. Se notaba la mano del ser humano, que lo cuidaba y explotaba. Apenas nos quedaban alimentos y necesitábamos abastecernos de las cosas más indispensables para continuar el camino.

La experiencia nos había demostrado que si entrábamos en un pueblo o en un caserío, aunque solo fuera para preguntar, sus pobladores nos invitaban con todo lo que tenían y más de lo que necesitaban, y se negaban a recibir algo a cambio; y eso, por agradable y cómodo que fuera, para nosotros se había convertido en un problema de conciencia. Una cosa es que compartieran su abundancia, y otra que lo extrajeran de su escasez. Pero nosotros, yo principalmente, no me sentía legitimado para juzgar su costumbre con severidad, cuando un par de años atrás hacíamos lo mismo en nuestra propia casa.

En las ciudades lo normal era trabajar de domingo a jueves, a veces también los sábados, pero desde nuestra salida de Lahore, como festivo solo se respetaba el viernes, incluso las escuelas abrían el sábado. Habíamos perdido la noción del tiempo, al menos del día de la semana en que nos encontrábamos, por lo cual no estábamos seguros si era jueves, viernes o sábado. Pasamos cerca de algunos silenciosos caseríos. Por la hora que era, su gente tanto podía estar en el campo y las mujeres trabajando en su casa o en los corrales, sin embargo no vimos a nadie trabajando, de manera que pudimos pasar desapercibidos, quizá por ser la hora del rezo o simplemente viernes. De pronto, solo girar el recodo formado por la ladera de una montaña, nos encontramos con un pueblo. Era grande para la zona, de más de cien casas, sin contar los caseríos vecinos. No se le veía tan aislado, estaba situado al pie de una ladera y por su parte baja lo cruzaba una carretera de cuatro metros o más, lo suficientemente ancha para pasar un camión con comodidad. Vimos algunos labradores, que dejaron de trabajar y bajaron de sus terrazas para poder saludarnos. Parecían contentos. Ya solo faltaba que nos recibiera una delegación oficial, eso nos temíamos.
A lo lejos podía verse la mezquita en la parte más alta del pueblo, con su minarete más parecido a una almena de vigilancia. Las casas estaban construidas de manera similar a las del pueblo de donde veníamos, pero más pobremente y sin la misma robustez. La tierra parecía fértil. Quizá hubiera más campos de labranza y los camiones llegaran al mismo centro del pueblo, la mezquita sobresaliera y su edificación fuera más cuidada, pero no había que ser muy perspicaz para percatarse que allí no reinaba la abundancia sino lo contrario. Y una vez más sus pobladores abrían las puertas de sus casas para invitarnos a entrar. Finalmente entramos en una de ellas, a la que un grupo de chicos y un anciano nos arrastraron casi por la fuerza.

En aquel pueblo, como todos los que habíamos visto a partir de Skardu, se veían pocos ancianos por la calle. Era difícil encontrar un hombre de más de sesenta, nosotros no vimos ninguno, excepto el abuelo de las dos chicas; aunque tampoco éramos capaces de concretar la edad de la gente por su apariencia, y debíamos confiar en lo que nos decían. Un hombre de cincuenta años ya empezaba a parecer anciano y su cuerpo denotaba el castigo del trabajo físico. Solo los de buena posición y con poca necesidad de trabajar, aparentaban la edad que tenían, y solían estar casados con jóvenes mujeres.
Comimos con los hombres de la casa. Las mujeres se quedaron a un lado, niñas y adultas, sirviendo solícitas los alimentos y regocijándose de lo sabrosos que los encontrábamos. Nosotros, que ya habíamos aprendido a rechazar lo que sobrepasase, y solo aceptar lo justo que puede recibir un forastero, pedimos, después de compartir lo poco que tenía aquella numerosa familia, que nos dijeran dónde podíamos encontrar una tienda.
¿Tienda? ¿Para qué queríamos una tienda si éramos sus invitados?
Y nos costó un buen rato convencerlos que no aceptaríamos nada más si no era pagando. Compartir no es gorrear, intentamos explicar, sin saber cómo hacerles entender que necesitábamos cosas que nadie podía ofrecernos, artículos personales de los que andábamos necesitados.

Aquella gente era pobre y nos daba el alimento del día, no había otro. Se hacía tarde cuando descubrieron que tampoco dormiríamos en la habitación de los chicos, el suyo, el del abuelo, el de las chicas o cualquier otro que no sobrara. Estaban desolados, aquello no era lo habitual y aún menos lo correcto. Tampoco queríamos intimar demasiado. Tanto androcentrismo nos había hartado y no teníamos intención de escuchar ningún discurso sobre la lógica del asunto, que por cierto tampoco entenderíamos. Yo ya no era capaz de contrarrestar la rebeldía de Anna y su beligerancia. Mi amiga había perdido el respeto a unas costumbres que había dejado de considerar cultura o religión, y a duras penas guardaba la compostura.

En aquel pueblo, tan pobre como hospitalario, se notaba que el gobierno, o quizá el mismo municipio, había invertido bastante dinero en la escuela. Cuando la vimos no pudimos creerlo. A unos doscientos metros del lugar y cerca del río, una nave sencilla pero moderna, limpia y muy bien acondicionada, con un cuidado jardín, que de poco servía en un lugar como aquel; y grandes ventanales y claraboyas, para que pudiera entrar la luz solar. Aunque disponía de un generador para producir electricidad, pocas veces debían ponerlo en funcionamiento, ya que las clases siempre coincidían con las horas de sol. Todas las aulas disponían de una sencilla estufa de hierro fundido, profusamente adornada con motivos florales y animales y, a su lado, unos canastos llenos de excrementos secos. Y entonces descubrimos el por qué de la pobreza del lugar. En el pequeño valle no había árboles. Nos habíamos aclimatado tanto a la altura, que no habíamos caído en la que nos encontrábamos.

Las maestras vivían en la misma escuela, y como estaban de vacaciones, algo en que no habíamos caído, quedaba una habitación libre y nos la cedieron. No pudimos negarnos y nos felicitamos por lo rápido que habían encontrado la solución.
Al fin conseguimos que en las tiendas del pueblo, unos pequeños y desvencijados cobertizos a pie de la carretera, se nos abasteciera de carne seca, calcetines de lana, fruta fresca, queso, miel, frutos secos, dos pares de botas y dos salwar kamez de la región, aún más largos que los que llevábamos y de vasto y grueso algodón. Intentamos comprar pan y tortas de cereal, pero eso lo fabricaba cada cual en su casa. El coste de todo era tan bajo que no llegó a las trescientas rupias. Con mucho había sido el gasto más elevado que habíamos hecho desde nuestra salida de Skardu. De seguir así, volveríamos a casa con el dinero ganado y parte del con que habíamos salido.
Ya teníamos algo que compartir con las dos maestras y con los que inevitablemente terminarían invitándonos. Hasta el momento lo habíamos evitado con la excusa del cansancio y que no queríamos ser una carga, pero éramos conscientes que sería imposible mantener esta postura otro día.

Hacía tiempo que mi compañera había perdido el embozo, se había hartado y no estaba para historias. Con los dos pastores ya noté su desafío. Su maravillosa piel de terciopelo, bronceada y rosada a un mismo tiempo, las gafas de sol y su ensortijado cabello, sus gruesos labios y su sonrisa, su desbordante sensualidad.

- ¿Por qué tengo que seguir fingiendo, si soy tu compañera y nunca me dejas sola?- Me preguntó belicosa, sin preocuparse siquiera de lo que podía sentir yo.

Al entrar en la escuela, en una casa, en la tienda, levantaba sus gafas de manera que recogieran su cabello; y lo hacía con desenfado, mirando a los ojos de su interlocutor, con el escote abierto, que lo había cortado con una tijera por comodidad, sin disimular su magnífico y poderoso cuerpo, bronceado de haber andado por las montañas con el torso desnudo y el pantalón enrollado.
Aquella mañana, al despertar no tuvo reparo en desnudarse frente a mí y de las dos mujeres, preguntando primero si les era una molestia. Y ellas, con algo de turbación y fingiendo naturalidad, la imitaron después que yo saliera. Más tarde me contó que tenían mucha inquietud social y eran marxistas, y que, de quedarnos un mes en aquel pueblo, era capaz de ponerlo patas arriba. Y me reí con ganas. Nos duchamos y nos echamos abrazados, bajo una manta y con los sacos haciendo de colchón, sobre un pequeño y duro camastro. Solo el frío y su extraña reserva impidieron lo que ambos intuíamos inevitable, y que me excitaba hasta el límite saberlo tan cercano. No dejó que la acariciase, prefirió hacerlo ella a mí; pero esta vez jugando con mi pecho, mis pezones, mi vientre y, al final, con mi sexo hasta enloquecerme. Mi mente y mi cuerpo volaron entre sensaciones difíciles de explicar, parecía que levitara. Nunca mujer alguna me había hecho tal cosa. No era sexo ni masturbación, era mucho más. Se rió abiertamente al sentir mi locura. Acarició mis testículos con suavidad, como si sus dedos fueran plumas. Cuando le pareció haber llegado el momento, levantó la manta y acercó su boca y sopló sobre mi miembro mientras arañaba mi escroto y mis testículos con extremada delicadeza. Y al fin hizo que me masturbara con solo tres dedos, acompañándolos con los suyos con extraña sabiduría.
Me habría gustado preguntarle dónde había aprendido tanta arte, pero antes que pudiera hablar me dijo:

- Te lo debía-
Y caí dormido en su hombro.

Por la mañana, solo haber salido el sol y después de desayunar, empezaron a llegar madres con sus hijos, los que por ser demasiado pequeños no podían ayudar en el campo o en el corral. Incluso algunos llegaron solos, y tan pequeños que nos sorprendió. Durante las vacaciones la escuela hacía de guardería y las dos maestras se brindaban gustosas para ganar algo más, aunque solo fuera en especias.
La estampa era igual a una película basada en la España rural de principios del siglo XX. Los niños traían su comida y algo para las profesoras, y, por sus caras y miradas, nos dimos cuenta que venían más cargados de la cuenta. Una de las niñas, con cara de pena, venía arrastrando una gallina por el pescuezo. Y de tan pequeña que el animal hacía casi tanto bulto como ella. Estábamos perplejos, sin saber qué hacer, no podíamos compartir la comida con los niños, hubiera sido el colmo, sin contar que nuestra intención era pasar el día paseando por el pueblo y su valle.

Volvimos a entrar en la escuela para hablar con las maestras y aclarar la situación. Estaba claro que por muy preparados que nos creyéramos y por mucho cuidado que tuviéramos, aquella gente siempre terminaría sorprendiéndonos. Decidimos hablar con las maestras, negociar si hiciera falta con ellas, para encontrar el modo que los niños, al terminar la jornada, volvieran a sus casas con el exceso. Sabíamos que para sus familias se trataba de un esfuerzo, y que a más de una le costaría comer durante el día. Las encontramos en la primera aula y solo una de ellas pudo atender nuestra queja, la otra tuvo que salir para hablar con algunas madres, supusimos que para charlatanear sobre nuestra presencia. Cuando creímos que nos había entendido y que buscaría el modo de ayudarnos, nos pidió que vigiláramos unos niños, mientras ella ponía orden en el aula de al lado. Anna y yo nos miramos confundidos, empezábamos a ser conscientes que, a menos que nos fuéramos de inmediato, no nos quedaría más remedio que aceptar la situación. No podíamos concebir que unos niños pasaran estrechez, con tal de vernos comer. No era aceptable, aún menos con la cantidad de dinero que llevábamos encima.

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jueves, 22 de abril de 2021

El Camino Infinito, 38 parte

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La subida por la vaguada fue muy dura. Al principio no había camino y tuvimos que inventar uno. Los derrumbamientos y la falta de uso lo habían destruido por completo. Nos guiamos por la intuición para imaginar donde podría haber estado, aunque tampoco fuera muy útil saberlo.
Escalamos como pudimos, sin cuerdas y con las pesadas mochilas colgando, por grandes rocas y piedras, que muchas veces se movían u oscilaban con nuestro peso. Lo hicimos con extremo cuidado, no podíamos permitirnos un resbalón, pero tampoco parar a medio camino. Vimos a un águila dando vueltas sobre nosotros, preguntándose, supusimos, qué tipo de bichos éramos y de qué pasta estábamos compuestos.
A trescientos o cuatrocientos metros, después de tres horas de penosa ascensión, encontramos lo que parecía haber sido un sendero. Lo seguimos y poco a poco fue definiéndose, aunque con grandes rocas y piedras cortándonos el paso. En algunos tramos tuvimos que pasar pegados a la pared, a veces cien o doscientos metros, hasta el punto de dudar si lo habíamos perdido o, simplemente, que no era tal camino sino un paso de cabras u otros animales. El piso se deshacía a nuestro paso y nos agarramos a las rocas como pudimos. No nos atrevimos a mirar el precipicio, era impresionante y la caída mortal, y volver sobre nuestros pasos aún era más difícil y peligroso que seguir. De vez en cuando escuchaba las quejas de Anna en forma de improperios, insultos a la montaña y a las rocas, y eso paradójicamente me tranquilizó y consiguió que no me rindiera. Mi compañera estaba igual de desesperada, pero ni mucho menos rendida. De hecho era una manera de pedir que no parara. Y en un momento de desespero, cuando creímos que era imposible el paso y no estábamos seguros dónde clavar la punta de nuestras botas, pude asomarme a uno de los requiebros de la roca que casi nos impedía el paso. Casi lloré de alegría, al otro lado se veía el camino dibujado en la montaña, zigzagueante, difícil y escabroso; pero la perspectiva no podía engañarnos, sin duda lo era y lo seguíamos correctamente. El problema era llegar a él, pasando la gran roca por encima con el riesgo que se desprendiera por el peso, o de alguna manera forzando su caída, con el riego de provocar un gran desprendimiento. Finalmente optamos por encaramarnos a ella y pasarla lo más rápidamente posible, deslizándonos como serpientes.
Tuvimos suerte, solo llegar a un tramo suficientemente ancho, empezó a soplar el viento; primero poco y suave, después, en menos de diez minutos, fuerte e intenso. En los tramos desprendidos no hubiéramos podido aguantar el equilibrio con semejante ventolera.

Llegamos a lo alto de la vaguada con el sol bastante caído. Habíamos resistido sin comer y casi sin beber para no perder tiempo, ya que desconfiábamos de la resistencia del piso y temíamos los desprendimientos y un cambio de clima imposible de superar. Una pequeña tempestad habría representado nuestro final. Lo sabíamos y, aunque no tuviéramos miedo, ni cuando creímos oír truenos a lo lejos o quizá el ruido de un desprendimiento, sabíamos que no podíamos pasar la noche en aquel lugar, colgados de cualquier manera.
Por entre las rocas no dejamos de encontrar excrementos de cabras monteses, en forma de bolas de dos a tres centímetros de diámetro compactas y secas. Las habíamos visto subir con una ligereza envidiable, seguramente de vuelta de su abrevadero natural. Y pensamos, con razón, que si había tanta cabra, también merodearía una familia de leopardos.

Tal como el valle era riquísimo, la vaguada, que por lógica había de bajar agua en cantidad, era un desierto de pizarra veteada con roca gris y cuarzo blanco. Allí ni siquiera crecía liquen. A los lados, dos montañas, verticales y desoladas, aterradoras para cualquiera excepto nosotros; que cualquier cosa ya nos importaba poco, que no pensábamos en el futuro.
El camino, todo ser difícil y peligroso, nos pareció una pista. Probablemente nuestros amigos del pueblo tendrían una referencia de él basada en el tiempo, cuando era más asequible y conservado. Nadie podía imaginar que tras un valle antiguamente habitado, tan ancho, rico y bello, el camino se convertiría en infernal.
Nos sentamos en un pequeño recodo, donde su anchura lo permitía, y comimos tranquilos. Disponíamos de toda la tarde para andar y estábamos decididos a no parar, hasta encontrar un buen lugar para descansar, aunque oscureciera. No habíamos perdido el respeto a la montaña, pero si el miedo.

La tensión nos había quitado las ganas de hablar. Comimos, una vez más, sentados en el borde del precipicio, pero ya nada nos impresionaba, ni la altura, ni las nubes, ni el águila, ni siquiera la posibilidad que el leopardo oliese la comida. Nos habíamos acostumbrado a la belleza y la grandeza. Nuestros parámetros habían cambiado, ahora importaban el riesgo, los hombres y el conocimiento. Y sin embargo, la enormidad que nos rodeaba no nos dejaba indiferentes, seguía siendo la frontera que traspasar; aunque supiéramos e intuyéramos, que lo visto y vivido era irrepetible. Por mi parte nunca había vivido nada parecido. Estaba acostumbrado a las travesías de alta montaña pirenaicas, con mucha más nieve y hielo, con más frío. Pero la diferencia era tan abismal que no cabía comparación. Si mirábamos para atrás no podíamos creer lo que habíamos pasado, aún más si lo hacíamos para abajo, pero nada comparado si mirábamos enfrente, a lo que nos esperaba; o a los lados, a las gigantescas paredes y cumbres que nos rodeaban. El silencio y la soledad eran tan brutales que habrían acongojado y llenado de ansiedad a cualquiera, sin embargo, a nosotros nos llenaba el espíritu y nos hacía sentir grandes, tanto como el paisaje.

Llegamos a la cumbre agotados, pero respirando bien, a media tarde y con el sol escondiéndose tras otra de más alta; aunque allí todas lo parecían. Esta vez quisimos llegar a ella por mucho que no hiciera falta. El paisaje y la comodidad son distintos. En las cumbres de aquellas montañas, siempre había, sin que encontráramos una explicación razonable, pequeñas plataformas naturales de piedra, justo antes de llegar, una vez traspasadas o en la misma cumbre. Un lugar donde descansar mejor y relajarse con el gigantesco paisaje que ofrecen todos los puntos cardinales. Y mucho frío, intenso y cruel en pleno junio; y viento, hielo y nieve.
Como pudimos cavamos un agujero y plantamos los palos a su alrededor. Ya lo habíamos hecho anteriormente, pero nunca con tanta nieve, ni con el previsible viento que podía levantarse en aquel lugar. Respirábamos bien, por lo que a eso no le dimos importancia. Pese la dificultad, el peligro de la subida y la cantidad de nieve, la altitud de aquella cumbre era muy inferior al resto de las montañas que habíamos superado.

Dormimos pegados, ya no de frío, de amor o de miedo, sino de agotamiento y tensión. Nos sentíamos uno, como si la intuición nos avisara de un peligro mortal, como si fuera la última noche que íbamos a pasar juntos. Esa era la sensación, tal vez porque, por vez primera habíamos rozado la muerte y dependimos más de la suerte que de nuestra pericia y fortaleza.
Desperté por el frío en la cara, la busqué en la penumbra y, al no encontrarla, me levanté y salí de la tienda. En otro lugar aún no habría salido el sol, sin embargo, allí, por la gran altura en la que estábamos, ya podía vislumbrarse. La encontré sentada en una peña, mirando hacia el Este; enfundada con el saco y vestida con el shalvar kamez y un jersey de lana. Me acerqué y me senté a su lado, estaba ensimismada con el paisaje, con su belleza, en silencio. Ni siquiera volvió la cabeza para mirarme o saludarme. Me levanté y dejé que disfrutara de su soledad.

Nunca me dio aviso de lo independiente que era, ni lo libre que se sentía, tampoco el significado que daba a estas dos ideas. Tampoco habría hecho falta, siempre lo supe. Lo desprendía por cada uno de sus poros, de sus palabras y de sus actos. A veces caía en la tentación de considerarla egoísta, sobre todo en la ternura, cuando para mi se convertía en necesidad.
¿Por qué evita esta forma de amor conmigo? me preguntaba, deseando que sintiera lo mismo que yo por ella. Nunca lo entendí. Ni siquiera hoy, después de tantos años y tantas vivencias uno junto al otro, puedo imaginarlo, y nunca me he atrevido a preguntárselo. Quizá fuera porque mi viaje había empezado por Alba y no por ella, cuando la realidad fuera distinta sin que yo osara reconocerlo; por mi relación con Patty; por mis aventuras con Artur. Tal vez fuera algo que se me escapaba, que la hiciera sentirse rabiosa e impotente.

Pasada la pequeña cumbre, el camino volvió a ser escabroso y difícil. Pero esta vez, por ser bajada y que ya nos habíamos acostumbrado, nos lo tomamos con más humor, sobre todo porque a lo lejos se vislumbraba vegetación.
Bajo una gran roca que formaba una cueva, de improviso nos encontramos cara a cara con un esqueleto humano, en parte destrozado y con sus huesos desperdigados. Apoyado en un rincón, como si hubiera parado a descansar, estaba el tórax con el cráneo entero, los huesos todavía estaban pegados y mantenían su forma original. A su lado y apoyado en la piedra, un machete completamente oxidado; en el suelo, un reloj de bolsillo. De su vestuario solo quedaban jirones y, bastante más lejos, donde creí que estaban las extremidades, un anillo y los restos de una zamarra. Me agaché para mirar su postura y comenté a Anna que aquel hombre podría haber muerto de enfermedad o frío, pero no por un ataque animal. Cogimos sus pocos bienes y cubrimos los restos con piedras.
Nos extrañó que llevara machete y no fusil, era el primero de aquellas características que veíamos en el país. Del pueblo salimos con unos bastones pintados de gris oscuro. Nos aconsejaron que los lleváramos en bandolera simulando ser armas de fuego, pero terminamos utilizándolos como bastones, para apoyarnos en las bajadas o para hurgar en la maleza del valle antes de dar unos cuantos pasos. Aquellos palos debían servir para engañar al leopardo, no pesaban y servían de bastón; mientras que de lejos, cualquier militar podía ver lo que eran sin llevarse a engaño. El fusil, aparte de ser un estorbo, daría que pensar a cualquiera.
Seguimos andando en silencio, aunque no duró demasiado. Al poco ya estábamos hablando animadamente, pero solo cuando la respiración y los momentos de poca dificultad lo permitían. El viaje, ya desde Lahore, nos había endurecido; y el valle, las montañas y la soledad, habían hecho que mirásemos la vida de otra manera, valorando la inmediatez por encima del futuro, como si no dependiera de nosotros.

Durante la subida, justo antes de encontrar el esqueleto, nos habíamos prometido que si uno de los dos caía malherido o enfermo, el otro lo abandonaría. Pero después y a medida que íbamos avanzando, en los momentos que el aire y el camino nos permitían hablar, la promesa fue diluyéndose. Éramos conscientes que ninguno de los dos abandonaría al herido, aunque representara su muerte. Y es que le dábamos más valor a estar junto al compañero que a la vida.

Atravesamos un pequeño valle absolutamente abandonado. Tanto los huertos como los caminos estaban llenos de altas hierbas y matorrales, los corrales abiertos y algunas de sus puertas caídas por el desprendimiento de sus goznes. Sin embargo, las casas, hechas de sencillos tablones de madera de cedro, tenían cerradas sus puertas; probablemente atrancadas desde su interior, ya que en aquel país nadie utilizaba cerrojos y sí unas baldas de madera, parecidas a las que se utilizaban en nuestro país. Buscamos una con la cubierta en buen estado, y al no encontrarla acampamos cerca de una caída de agua; un torrente regulado por un muro de piedra, que atravesaba el camino bajo un pequeño puente de piedra. Era más seguro que dormir en el interior de una de las casas, cuyo techo se caía o las tablas del suelo se quebraban con nuestro peso. Tanto el puente como el camino estaban llenos de maleza y ortigas, tan omnipresentes como incómodas durante todo el trayecto del valle. Hacía años que nadie pasaba por él.

Nunca nos habíamos sentido tan fuertes. Habíamos adelgazado, menos en el caso de Anna, y ganado musculatura. Y éramos capaces de andar un día entero, comer cualquier cosa y beber el agua que brotaba de fuentes o la que se filtraba a través de la roca; y acampábamos siguiendo nuestro instinto, y seguíamos el camino del sol.
¿Cuántos kilómetros andábamos al día?
No lo sabíamos ni nos importaba. Como mínimo el doble de los que habíamos hecho con el comandante, por el constante zigzagueo de las montañas. No sabíamos dónde estábamos ni si encontraríamos algún pueblo habitado, solo estábamos seguros de llevar la dirección adecuada por el sol. Íbamos al oeste, siempre al oeste, y solo nos permitíamos pequeñas variaciones, obligados por la dirección del sendero o para poder sortear las grandes montañas.
Posiblemente, el propietario del anillo y del reloj habría habitado en aquel poblado y su familia lo debió echar en falta. Quizá los pobladores tuvieron que abandonar sus casas con urgencia. Aquella noche, por vez primera nos sentimos tristes e impotentes.

Igual que en el valle deshabitado, recolectamos zanahorias, rábanos y otras verduras asilvestradas muy pobres en alcaloides; pescamos con la mano unos cuantos peces y conseguimos cazar un par de pequeños conejos. Dos días más tarde, después de haber seguido el curso ascendente del pequeño río, subimos una gigantesca cumbre cubierta de nieve. La noche anterior habíamos acampado en una pequeña oquedad escondida tras un muro de hielo, que poco a poco iba deshaciéndose. La cumbre era tan alta que empezamos a notar la falta de oxígeno, y tuvimos miedo de perder el conocimiento si no nos adaptábamos, pero solo fue una sensación pasajera, seguramente por la mezcla de cansancio y la altura, que finalmente pudimos controlar. En lo alto de la cumbre encontramos un pequeño lago. Su agua estaba tan fría que no nos atrevimos siquiera a lavarnos la cara, y supusimos que se habría formado por la nieve caída días atrás. A su alrededor crecían los típicos y desperdigados matojos, esta vez cubiertos de nieve. A lo lejos y a un lado del lago vimos un rebaño de cabras pastando, probablemente líquenes, porque otra cosa no había; y cerca de ellas una cabaña con dos hombres sentados en el suelo, justo en la entrada, que nos observaban con sendos fusiles apoyados en la pared. Recogimos las mochilas y nos acercamos, quizá estuvieran a más de doscientos metros de distancia. Ya más cerca vimos que levantaban la mano para demostrar amigabilidad. Parecían contentos de vernos. Nos presentamos como pudimos. No entendieron nada de lo que intentamos decirles y nosotros tampoco las suyas. Fue tan divertido que los cuatro terminamos riéndonos.

La risa es el mejor idioma, la alegría la mejor conducta y la música el mejor medio de comunicarse. Nos sentamos en el suelo frente a ellos, y les enseñamos el anillo, el reloj y el machete, y como pudimos les explicamos cómo los habíamos encontrado. Estuvieron largo rato estudiándolos, hasta que al final nos los devolvieron. Intentamos que se quedaran el anillo y el reloj, pero negaron ostensiblemente con la cabeza. Hablaron entre ellos, parecían no estar seguros de quién podía ser su propietario. Les explicamos con signos que solo quedaban sus huesos y señalamos el óxido del machete y, con un dibujo en el suelo, el valle con el pueblo abandonado y el número de montañas que habíamos pasado y su dirección. Entonces volvieron a hablar entre ellos y nos dijeron:
- Lahore-

Lo entendimos perfectamente. Los descendientes del tipo se habían trasladado allí. Y riéndose nos señalaron y con dos dedos simularon una persona andando y volvieron a decir Lahore. No había duda, nosotros éramos quienes habían de devolver aquellos objetos.
Apenas nos quedaba comida, algo de la fruta asilvestrada recolectada en el poblado, unas tortas secas, un conejo y la miel del pueblo que habíamos conservado como el oro. Aquella mañana habíamos comido raíces y verduras silvestres de las recolectadas en los huertos abandonados, que sabíamos comestibles y nutritivas, y huevos que habíamos encontrado escondidos entre las rocas, sin saber de qué animal eran. Ante la incertidumbre buscábamos alimento fresco e intentábamos reservar el que podía conservarse. Agua no faltaba, pero la renovábamos en cada lugar donde la encontrábamos potable, que es donde los animales beben y crecen.

Esta vez no podíamos compartir demasiado, sin embargo, abrimos la mochila para que no nos tomaran por inamistosos y mostramos todo lo que nos quedaba. Y nos dolió tanto, como alegría les dio a ellos poder invitar a los extraños forasteros. Por la noche encendimos un fuego con matorral y excrementos secos, y cantamos con ellos unas canciones maravillosas.
Habíamos sentido y visto la belleza de mil maneras. Creíamos que era imposible conocer otra y superar la del maravilloso valle. Y, sin embargo, con aquellos dos tipos barbudos y malolientes, de ojos pequeños e inquisitivos, armados hasta los dientes, con la cabeza cubierta al modo pashtún, que miraban a mi compañera de manera que podía significar cualquier cosa, desde admiración hasta codicioso deseo, descubrimos una nueva forma de ella, más intensa y humana que cualquiera de las encontradas hasta entonces.
Y después de compartir la cena con nosotros, tendieron alfombras desde el techo, para dividir la minúscula cabaña y dejarnos un pequeño espacio de intimidad. Y seguimos cantando, nosotros desde nuestro rincón y ellos desde el suyo. Y después, ya derrengados por el cansancio, los cuatro no pudimos más que reír de felicidad.

Por la mañana nos regalaron dos pares de calcetines confeccionados con lana y pedazos de tela, fuertes, recios, para suplir los que llevábamos, destrozados por las largas caminatas; y nos dieron carne ahumada y gran cantidad de ciruelas secas para el camino. Nos sentimos abrumados, por un lado sabíamos que íbamos a necesitar los alimentos, pero por otro no los queríamos sin dar nada a cambio; sin embargo, solo teníamos dinero y sabíamos que ofrecerlo era casi como un insulto. Anna me dijo que encontraríamos algo de comer por el camino. No podíamos estar lejos de un lugar habitado y nuestro camino llevaba a un valle. Y cuando me preparaba para simular desolación por no poder aceptar sus regalos, nombraron por dos veces a Yuz Benzir, nuestro atractivo y simpático amigo del pueblo, tan lejano y cercano a un mismo tiempo. La posible discusión había terminado.

Allí donde fuéramos de la comarca, su nombre nos seguiría y protegería, todo el mundo sabría de nuestra existencia. Y entendimos la alegría de los dos pastores. Habían pasado ocho días desde nuestra salida del pueblo, sin que nadie supiera de nosotros. Habíamos seguido el peor camino, el más deshabitado, agreste y salvaje, impracticable para la mayoría de los mortales, el más peligroso. Habíamos atravesado un valle que pocos habían visitado, tierra de nadie entre gente que se mataba, con agua y comida para dos días a lo sumo. Lo lógico es que pensaran lo peor.
Se despidieron casi como soldados, de pie al borde del camino y con la mano levantada, que en cualquier otro lugar y momento, y de no haber sido por sus gritos y su alegría, hubiera sido un saludo fascista.
A su vuelta podrían decir a todo el mundo que habían ayudado a los dos jóvenes amigos de Yuz Benzir, que, contra todo pronóstico, estaban bien y seguían su largo camino.

 

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