sábado, 12 de septiembre de 2026

SUBIENDO A MUNIELLOS

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A algo más de medio camino empiezo a arrepentirme, pero no por ello voy a dejarlo. El parque natural integral de Muniellos, el bosque de los bosques, vale la pena. Sé que lo duro aún no ha empezado. Subí hace diez años, quizá más, de manera algo más precaria, además lloviendo a mares durante la bajada. Entonces perdí dos uñas, aunque podría haber sido peor. Lo recuerdo duro, muy duro, pero no tanto. Obviamente, la edad es un factor que nunca tengo en cuenta, o mejor confesar que no quiero tener en cuenta.

Echo en falta a Albert. Bueno, de hecho a los dos Albert, a mi hijo y a mi amigo hermano, ambos por razones distintas.

Subo solo. He sido el primero en salir de los veinte que pueden entrar en el parque. Voy tranquilo, no como la vez anterior; sin embargo, nadie me alcanza. Paro a menudo para recrearme en el brutal paisaje y, de paso, aprovecho para aguzar el oído. Hay osos y algún lobo, y me gustaría verlos.
 


A los dos tercios empiezo a preguntarme como puedo ser tan idiota. El camino que recordaba duro es infernal, y sé que lo peor está por llegar. El paisaje es abrumador, pero ya no hago fotos, me faltan las fuerzas y las ganas. Importa más sobrevivir. Las piernas flaquean y el sendero, si se le puede llamar así, no llega a los 40 cts. y está sembrado de cascotes. A un lado la empinada ladera repleta de matorral y al otro un precipicio tan increíble como el paisaje. En casos así uno ni siquiera piensa, y si lo hace es solo para insultarse. Desde luego, quienes sufren vértigo no deben preocuparse, suficiente trabajo tienen con mirar por donde pisan para no precipitarse. Yo, como estoy un poco loco, paro para respirar y, de paso, mirar donde me llevaría un pequeño traspié.

 

En principio el camino no es muy largo, el problema son las pendientes, que van de los 30 a los 45º, de afiladas y grandes piedras. Un paso no es un metro, ni siquiera medio, algunos no pasan de los 20 cts. Encontrar uno de 50 se convierte en una fiesta. Es decir, para andar un kilómetro hay que hacer tres mil, y cada uno de ellos es un tormento. Hace rato dejé de insultarme. Sé que hay que ser muy estúpido para seguir con la tortura, pero retirarme ahora es peor, o eso pienso.

En mi desesperación me aseguro de llevar el walkie que me dejaron en la oficina de Tablizas, como medio de aviso o socorro. Durante el trayecto la cobertura es mala y no se puede confiar en el teléfono.

Debe faltar poco. Recuerdo que la vez anterior el lago apareció tras un recodo, cuando ya había perdido la esperanza. Abro el maps para ver lo que falta por llegar. Que nadie se deje engañar. Según la aplicación está a la vuelta de la esquina; sin embargo, lo que no te dice, porque el camino no está en su mapa, es que aún falta más de un kilómetro de un zigzagueante camino de cabras, con una endiablada pendiente.

Y sí, cuando una vez más había perdido la esperanza de llegar vivo -debo confesar que a los setenta y cinco, el riesgo de un colapso es grande- tras uno de los muchos recodos aparece el lago. Subo sobre una cresta y miro el paisaje. Y, entonces, contra el poco sentido común que me queda, me felicito por haber sido tan idiota.

Dejo la camisa y los pantalones sobre una rama para que se sequen. Están chorreando. El cansancio o la desesperación no han dejado que me diera cuenta. Los pocos senderistas que han decidido llegar van a encontrarme en calzoncillos. Si no les gusta que no miren, me digo.

Descanso lo suficiente para que el corazón vuelva a su normalidad. No es bueno comer con él disparado. Paseo un poco y hago un vídeo que de poco va a servir, porque por mucho que me esmere, ni siquiera el más experto podrá reflejar lo que veo y aún menos lo que siento. 


Tras haber comido y descansado cierro la mochila y empiezo a bajar. Me sorprende que nadie haya llegado aún, sabiendo que tras mío como mínimo subían tres grupos. Al poco encuentro una pareja de mediana edad. Son fuertes y parecen preparados, más que yo seguramente porque sonríen al verme. Me preguntan por lo que falta y lo duro que es. Esos llegan seguro. Más abajo uno más joven. Me dice que ha dejado a su compañera atrás y que no llegará al final. Le recomiendo que no se amilane, que no falta tanto y el premio lo vale. Me pregunta por la dificultad y le respondo con la verdad. Cien metros más abajo encuentro a tres mujeres de unos sesenta o menos, una de ellas montañera sin duda, se nota al hablar y como controla. No parece cansada, al menos para mí. Las otras dos rayan en la desesperación. Es obvio que fueron arrastradas por la primera. Les intento convencer que echarse para atrás después de lo que han pasado es un error. Sigo bajando y oigo gritos, están discutiendo con virulencia.

Llego a Tablizas más muerto que vivo. Devuelvo el walkie y me siento en un banco para descansar un rato mientras hablo con la chica. Lo primero que me pregunta es si he llegado a la laguna. Pues claro, respondo. Me mira… sé lo que piensa, la mitad no llega y yo soy el más viejo, o mejor decir el de más edad. Le aseguro que no volveré a subir, dos veces son suficientes y uno ya tiene una edad; aunque hoy me pregunto qué haría si mi hijo tuviera la oportunidad y las ganas. Mi amigo Albert imposible, la enfermedad se lo impide. 
La chica reconoce que el camino es muy duro pero seguro. No todos pueden subirlo; sin embargo, no reviste peligro. Le recuerdo el precipicio, que debido a su inestabilidad y de estar sembrado de cascotes afilados, debes ir con los cuatro sentidos y controlar muy bien los pies y las piernas. Me confiesa que un mes atrás cayó un hombre y tuvieron que rescatarlo, que menos mal del walkie y de la maleza, donde quedó enganchado, que se despistó… Y me río. El despiste es imposible. En este tramo nadie puede permitírselo. Algunos hombres no aceptan reconocer su agotamiento, aún más si van con sus compañeras. El cansancio en las piernas provoca calambres, flaqueza e inestabilidad; y eso en un sendero de 20 a 40 cts. bordeando un precipicio puede ser mortal.

Hoy me duele la rodilla izquierda y uno de los hombros, aunque el otro también está tocado. Las pastillas no lo resuelven y la fuerza de voluntad tampoco. Los setenta y cinco pesan, aunque no debería quejarme. Aún me queda algo de fuelle.

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lunes, 6 de abril de 2026

UNA HISTORIA SIN FINAL

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Hoy escribo desde el convencimiento que de un momento a otro mi vida terminará. Y ustedes dirán que no hay para tanto, que a mi edad ya me podría tocar. Y sí, es cierto, pero la sensación es de inmediatez, de un día para otro.
No hace tanto escribí sobre la pérdida de muchos de mis amigos, aquellos que fueron los protagonistas de mis aventuras. No lo hago con pena, sé que mi tiempo, el nuestro, ha terminado, y no podemos quejarnos, lo hemos vivido intensamente y, lo más importante, con libertad casi absoluta.

Pero, ¿a qué viene lo que ahora escribo?
Ayer visité a Al. Últimamente lo hago a menudo. Se está muriendo, sufre una enfermedad terminal. No hace mucho necesitaba respirador y una medicación muy agresiva para el corazón, por una serie de males añadidos, lo cual nos hacía esperar lo peor; sin embargo, ayer estaba mejor, ya no necesita el respirador y sus médicos le han retirado parte de la medicación. Al es muy fuerte, muy duro, el que más de todos nosotros. Eso me hace pensar que, con un poco de suerte, o mala según como se mire, es capaz de sobrevivirme. Eso pensé mientras le recordé nuestra vieja promesa, la que nos hicimos hace mil años, cuando nos sentimos eternos e invulnerables, mientras acariciábamos el desastre solo para verlo de cerca. En caso de enfermedad terminal y dolorosa, el sano ayudaría al enfermo a terminar con su sufrimiento. Afortunadamente, con la ley de la eutanasia ahora es más fácil, aunque visto el caso de Noelia, demasiado complicado.

A mi edad los achaques llaman a la puerta. Coloquialmente puedo estar de puta madre para quienes me conocen, al menos eso dicen; sin embargo, ya no puedo trepar por acantilados ni paredes rocosas, tampoco andar más de quince kilómetros seguidos. Aunque, cierto, no puedo quejarme. Soy un hombre afortunado. La polimialgia reumática, severa parece ser, ha remitido con menos medicación de lo esperado; sin embargo, el costo ha sido terrible, en dos meses perdí seis kilos de masa muscular. Recuperarla va a ser muy difícil. Los esfuerzos en el gimnasio no han servido de mucho, sobrecargas musculares y tendinitis a cambio de una parte de lo perdido.

A mediados de invierno marcho al sur de Argelia, justo en el centro del Sahara. Quizá sea mi último viaje de aventura, aunque debo reconocer que en eso me repito más que el ajo. En el anterior, que también había de ser el último, estuve al borde de romperme la cadera. Tras enseñarle las fotos del lugar, Amara me dijo que lo mío era una mezcla de suerte, saber caer y una osamenta más dura de lo normal; según ella, con solo que uno de esos tres parámetros hubiera fallado, mi cadera habría quebrado. Afortunadamente no lo hizo. En un lugar donde con un poco de suerte pasan seis o siete personas durante el día, en una región donde el centro sanitario más cercano está a seis horas, con un médico uno de cada cuatro días, y que solo podría estabilizarme a la espera de llegar a un hospital a dos días de camino, cabe decir que no mucho mejor, el desastre estaba cantado.

Me quedan unos meses para eliminar los residuos de la enfermedad, perder peso y, lo que más me inquieta, conseguir la musculación suficiente para andar veinte kilómetros y subir una cumbre, desde la cual me han asegurado que se aprecia un asombroso paisaje. Estoy obligado a llegar. Le prometí a Al que se lo dedicaría.