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Hoy escribo desde el convencimiento que de un momento a
otro mi vida terminará. Y ustedes dirán que no hay para tanto, que a mi edad ya
me podría tocar. Y sí, es cierto, pero la sensación es de inmediatez, de un día
para otro.
No hace tanto escribí sobre la pérdida de muchos de mis amigos, aquellos que
fueron los protagonistas de mis aventuras. No lo hago con pena, sé que mi
tiempo, el nuestro, ha terminado, y no podemos quejarnos, lo hemos vivido
intensamente y, lo más importante, con libertad casi absoluta.
Pero, ¿a qué viene lo que ahora escribo?
Ayer visité a Al. Últimamente lo hago a menudo. Se está muriendo, sufre una
enfermedad terminal. No hace mucho necesitaba respirador y una medicación muy
agresiva para el corazón, por una serie de males añadidos, lo cual nos hacía
esperar lo peor; sin embargo, ayer estaba mejor, ya no necesita el respirador y
sus médicos le han retirado parte de la medicación. Al es muy fuerte, muy duro,
el que más de todos nosotros. Eso me hace pensar que, con un poco de suerte, o
mala según como se mire, es capaz de sobrevivirme. Eso pensé mientras le recordé
nuestra vieja promesa, la que nos hicimos hace mil años, cuando nos sentimos
eternos e invulnerables, mientras acariciábamos el desastre solo para verlo de
cerca. En caso de enfermedad terminal y dolorosa, el sano ayudaría al enfermo a
terminar con su sufrimiento. Afortunadamente, con la ley de la eutanasia ahora
es más fácil, aunque visto el caso de Noelia, demasiado complicado.
A mi edad los achaques llaman a la puerta. Coloquialmente puedo estar de puta madre para quienes me conocen, al menos eso dicen; sin embargo, ya no puedo trepar por acantilados ni paredes rocosas, tampoco andar más de quince kilómetros seguidos. Aunque, cierto, no puedo quejarme. Soy un hombre afortunado. La polimialgia reumática, severa parece ser, ha remitido con menos medicación de lo esperado; sin embargo, el costo ha sido terrible, en dos meses perdí seis kilos de masa muscular. Recuperarla va a ser muy difícil. Los esfuerzos en el gimnasio no han servido de mucho, sobrecargas musculares y tendinitis a cambio de una parte de lo perdido.
A mediados de invierno marcho al sur de Argelia, justo en el centro del Sahara. Quizá sea mi último viaje de aventura, aunque debo reconocer que en eso me repito más que el ajo. En el anterior, que también había de ser el último, estuve al borde de romperme la cadera. Tras enseñarle las fotos del lugar, Amara me dijo que lo mío era una mezcla de suerte, saber caer y una osamenta más dura de lo normal; según ella, con solo que uno de esos tres parámetros hubiera fallado, mi cadera habría quebrado. Afortunadamente no lo hizo. En un lugar donde con un poco de suerte pasan seis o siete personas durante el día, en una región donde el centro sanitario más cercano está a seis horas, con un médico uno de cada cuatro días, y que solo podría estabilizarme a la espera de llegar a un hospital a dos días de camino, cabe decir que no mucho mejor, el desastre estaba cantado.
Me quedan unos meses para eliminar los residuos de la enfermedad, perder peso y, lo que más me inquieta, conseguir la musculación suficiente para andar veinte kilómetros y subir una cumbre, desde la cual me han asegurado que se aprecia un asombroso paisaje. Estoy obligado a llegar. Le prometí a Al que se lo dedicaría.
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