sábado, 10 de julio de 2021

El Poder de una Convicción, 1ª parte

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Anna y yo, a partir de nuestra llegada a Lahore, nos habíamos convertido en uno y, por mucho que supiera que nunca sería mía porque no lo era de nadie, creía que ya nada podría separarnos. Nuestra libertad era innegociable. La suya siempre lo había sido, mientras que a su lado yo había aprendido a descubrir una parte de la mía que nunca había imaginado que existiera. Y después de lo vivido estábamos dispuestos a morir y matar por defenderla.
Yo era consciente que tras nuestra vuelta las cosas cambiarían, dejaríamos de vivir pegados el uno junto al otro y, si bien nuestra relación sentimental y de amistad había quedado marcada para toda la vida, recuperaríamos nuestras anteriores vidas y los encuentros poco a poco se irían espaciando. No obstante, había algo que ya nada ni nadie podría cambiar, Anna y yo habíamos creado una extraña, sorda, invisible, casi imperceptible dependencia mutua. Podíamos vivir muy alejados uno del otro, pero en un momento de necesidad, tanto ella como yo sabíamos que
jamás nos fallaríamos. No era dependencia sino todo lo contrario, porque en caso de haberla sentido, de inmediato nos habríamos alejado. Era algo más intenso, para lo que no tengo palabras para expresarlo. Seguramente como mejor podría definirse, es que, pese la posible lejanía o falta de contacto, seguiríamos siendo uno.

Al día siguiente llegué a casa. No me esperaban. Creían que estaría más tiempo, meses o incluso un año, que era lo que nuestros antiguos compañeros de viaje pretendían. No sé cuánto tiempo tardé en contarles nuestra historia, no toda porque hay cosas que solo a la familia puedes contar, y coincidí con la famosa abogada feminista y también la laboralista, que años más tarde se convertiría en dirigente de un partido político de la derecha independentista. Pero entonces era la historia de Popol la que interesaba, que rompía todos los moldes. El chico joven e inmaduro, que antes escuchaba en silencio y en un rincón, había vuelto con un bagaje para muchos difícil de creer y más seguro de si mismo.

A menudo me vestía con el shalwar kamez, me sentía incómodo con mi ropa europea, los tejanos ceñidos y con cremallera, las camisas con cuello, botones, puños. Iba a trabajar vestido a la usanza europea, pero cuando salía a comprar algo por el barrio o llevar los niños al parque, me vestía al modo de Cachemira.
Volví a ganarme la vida, no fue tan difícil, y poco a poco la historia vivida fue quedando en el olvido. Las necesidades de la comuna, los problemas cotidianos, que poco tiempo antes me
habían parecido triviales y hasta estúpidos, volvían a tener vigencia y ser importantes.
Jep había conseguido nuevos productos, con más diseño y vanguardistas. Y tuve que buscar nuevos materiales, técnicas
más novedosas y abrir nuevos mercados; y renovar permisos municipales para instalar paradas en más pueblos y barrios, en las fiestas patronales o de verano. Y tuve que buscar nuevas amistades entre los policías municipales, conseguir que no registraran innecesariamente nuestras paradas en búsqueda de una droga inexistente. Y es que el vecino de más edad, con pinta de sumiso, pelo corto y camisa bien planchada, podía permitirse la falta de un permiso, tenerlo caducado y hasta fumar un porro en público. Nosotros no. Era la imagen y la edad lo que marcaba la diferencia.
Algunos me miraban con desconfianza. Algo no cuadraba debían pensar. ¿Qué hace un tipo como este, vestido normal y de pelo corto, con esos mamarrachos? Se preguntarían. Y yo me reía al ver que no sabían si pedirme la documentación o esperar mejor momento. Y en casos como este, los buscaba y enfrentaba con la realidad.
- Buenos días agente, somos nuevos en la feria, ¿quiere ver nuestros permisos?-
Y se retiraban mustios,
confusos y decepcionados. Su instinto represor había sido reprimido, momentáneamente se dirían. Pero con nosotros ya no podrían, al poco me encontraban hablando animadamente con los vecinos de parada: el de la ropa, el de los juguetes y, a veces, desayunando en el Casino con algún concejal.

Anna, poco a poco, casi imperceptiblemente, fue diluyéndose. No tenía teléfono y el que podía utilizar del trabajo, no me lo había dado. De vez en cuando me llamaba, preguntaba cómo me iba o se presentaba en casa como si viniera de visita. En esos casos, si la situación lo permitía, que casi siempre era así, se quedaba a dormir. Otras veces era yo el que pasaba algunos días en su casa, los justos para mantener nuestra peculiar llama encendida.
Aquella mujer no era de nadie, nunca lo sería o eso creía yo. Más intimidad, convivencia y hermandad que conmigo era imposible; más amor que el sentido el uno por el otro era difícil. Y, no obstante, no éramos pareja, nunca lo habíamos sido.

Un día, creo que a primeros de Septiembre, me propuso ir a un concierto de Pete Seeger cerca de la Universidad. A mi me gustaba mucho, su música y su personalidad, y había sido anunciado con profusión. No sabía nada de sus inquietudes políticas y tampoco me importaban. Habíamos quedado en una salida de Metro, no recuerdo cuál. Me esperaba con una amiga. Me sorprendió su parecido, igual de alta y estilizada, morena y atractiva; un poco más robusta, de cabello ondulado, Anna con flequillo y María sin él. Vestía de manera más clásica y refinada. Recuerdo muy bien su sonrisa, que por sus hoyuelos parecía perpetua. Tan simpática como extrovertida, no percibí timidez por mi presencia sino al contrario, al momento se situó de modo que yo quedara en el centro. Me llamó la atención la separación en sus incisivos, muy parecida a la de Anna pero ligeramente en forma de uve.

Llegamos tarde o eso nos pareció. El concierto había sido prohibido a última hora por el Gobierno Civil, y la Diagonal estaba tomada por la policía, había cientos de “grises” que era como los llamábamos entonces por el color de su uniforme, a caballo y con furgones de cristales enrejados. La gente estaba en el centro, cercada excepto por el lado de los edificios universitarios, aunque desde donde nos encontrábamos no podíamos apreciarlo. Y vimos a la policía cargar contra la gente de manera despiadada, sin aparente motivo.
Correrías, golpes de porra, policías cebándose a patadas con los caídos. Y un furgón abrió una brecha entre la gente sin pensar si la atropellaba.

Nos encontrábamos fuera de aquel espacio y entramos en los jardines del Palacio Real. Desde allí vimos el espectáculo sin saber a cuento de qué venía. Los guardas habían cerrado las puertas a nuestro paso y nos sentimos a salvo. Yo estaba muy nervioso, mis dos compañeras, sin embargo, observaban lo que pasaba tras la cerca con pasmosa serenidad, sin alterarse ni denotar preocupación. Muchos corrían con sangre en la cara o en las manos. Me sentí fatal y me retiré unos metros con los guardas. Ellas prefirieron mantenerse en el gran portón de hierro, para ver lo más cerca posible todo lo que pasaba.

Terminó tal como empezó. La policía se replegó cuando pareció haberse cansado de apalizar. Había detenido a una docena de estudiantes y con aquello parecía estar satisfecha. Cogimos el Metro y nos fuimos a la Cova del Drac. Yo estaba alterado, era la primera vez que veía algo así y me había impresionado. Sabía por mis amigos Jep, Joan y Toni, y por los que a veces irrumpían en nuestra casa, el carácter de las manifestaciones y la exagerada y demente violencia con que eran reprimidas por la policía, que solo podía ser producto de mucha anfetamina y odio. Jep innumerables veces había intentado motivarme, siempre infructuosamente, más por su carácter dogmático y alineado a una ideología que no me convencía, que por mi falta de interés; pero aquella vez, haberlo visto tan de cerca me produjo asco. Sentí una profunda repugnancia por la inmundicia de los sátrapas y el descerebramiento inhumano de sus esbirros. No podía imaginar tanta saña y violencia gratuita por parte de la policía hacia sus ciudadanos, ni siquiera en Pakistán, donde su gobierno no dudaba en enviar a sus jóvenes a la guerra.

Nosotros solo quisimos asistir a un concierto que parecía muy interesante, pero no hasta el punto de arriesgar el físico. De haber sido desconvocado, seguramente me habría molestado, pero nada más. Pete Seeger me gustaba, pero podía pasar sin él. Y aquellos tipos, sin necesidad, habían decidido que no con violencia y ensañamiento. Habíamos tenido suerte de haber llegado tarde. Anna y María escuchaban mis quejas en silencio, como si no fuera con ellas, manteniendo la misma postura de horas antes tras la verja del Palacio Real. De pronto María me preguntó que si en cambio de hablar tanto estaría dispuesto a actuar. No lo hizo despectivamente ni de manera que pareciera un desafío sino tranquilamente, como aquel que ofrece un plato sencillo y poco caro a alguien que no para de decir lo mucho que le gustaría. Respondí que sí, pero que hasta el momento a todos mis amigos y conocidos, comprometidos con un cambio de régimen, los encontraba excesivamente dogmáticos y muy manipulados.
Las dos chicas se rieron.
- Como todos- dijeron. Y yo seguí con mi discurso.

No me gustaban las banderas ni los discursos que se tomaban como ideales al pie de la letra. No era nacionalista y odiaba ir tras una bandera, y estaba harto de los que decían que era mía y tenía que defenderla. Defenderla para quién, preguntaba. Tenía amigos anarquistas y en la CNT, pero habían terminado trabajando para el resto y también se habían inventado otra bandera, eso sí, lo suficiente ambigua para que nadie se sintiera mal. En cuanto a la izquierda, los que había conocido lo eran tanto como cualquiera, peleándose entre ellos por estúpidas nimiedades que solo llevaban a la inmovilidad.
- Pasan más tiempo peleándose entre ellos que contra quienes los persiguen- dije casi riéndome.

- Ese es el problema, ¿no te parece? Manipulados por unos y utilizados por todos, y así la situación termina eternizándose. Solo hay una
manera, destruir el régimen desde dentro- dijo María.

Anna me observaba del mismo modo que su amiga, pero en silencio y aparentando falta de interés por las palabras de María, simulando que le importaba poco el modelo de lucha, siempre que sirviera para destruir el sistema. Sin embargo, yo era muy consciente de su lucha interna. Para Anna no todo vale. De hecho para ella solo debería existir un camino, imposible de tan sobrehumano.

María se hizo habitual en nuestros encuentros. Aquella semana nos vimos dos o tres veces más. Anna llamaba, quedaba conmigo y se presentaba con ella. Era aragonesa y se conocían de pequeñas, del pequeño pueblo donde veraneaban. Hablaban de su lago, de haber nadado de un extremo a otro de adolescentes, cuando sus hermanos mayores no podían. Ahora, durante un tiempo y mientras María buscaba un alojamiento, vivían juntas.
I
maginé aquellas dos mujeres en la misma cama y me reí interiormente. Estaba seguro que la bisexualidad de Anna no podía encajar con el carácter de María, sin embargo, durante aquellos días mi maravillosa amiga hermana amante evitó acostarse conmigo.

Y poco a poco María fue introduciéndose en mi mundo. Nos encontrábamos a solas, charlábamos hasta altas horas de la noche de política, de ciencia, de música y de literatura, mientras Anna, por una u otra razón, o simplemente sin ella, no se presentaba. Y, tal como había pasado antes con ella, María empezó a ser apreciada por mis compañeros.
Mi nueva amiga conocía el amor que Anna y yo compartíamos y no lo entendía. A veces pasaba la noche en
nuestra casa, sin atreverse a confesar que lo hacía porque Anna había llevado un hombre a su cama, con la confianza que ella podría estar con nosotros. Anna era así, y lo aceptabas o la dejabas.
Una de esas noches, durante la cena, hablamos de la relación que manteníamos entre los de la casa; y también de la mía con Anna, de nuestra libertad
y nuestro amor; y conté algunas anécdotas del viaje que, aunque sencillas, mostraban muy bien lo que sentíamos el uno por el otro. 

Dormíamos en la misma cama, no había otra. Yo solía hacerlo desnudo, pero con ella vestía con un pijama que me molestaba en extremo. Aquella noche María nos contó que salía con un chico de Zaragoza, que lo quería mucho y nunca había pensado en estar con otro, pero que su relación era abierta y liberal y no la comprometía a nada. Estaba especialmente espléndida y simpática, mucho más abierta de lo normal, habíamos bebido algo más de lo habitual, pero sin que nadie pudiera pensar que lo hacíamos con alguna intención. Tardó mucho en salir del baño, de manera exagerada, tanto que Rina y Mila introdujeron la cabeza en mi dormitorio y guiñaron un ojo. Yo lo aproveché para escribir y dar cuerpo a nuestro pequeño negocio.
Por entonces habíamos contactado y hecho amistad con mucha gente, pequeños talleres y cooperativas que producían piezas de artesanía. Habíamos conseguido organizarlos y centralizar la venta de sus productos, y así evitar la competencia en estilos y diseños, de modo que podíamos estar en las mismas ferias y mercados sin pelear entre nosotros.
Al oír la puerta levanté la
vista. En un primer momento sentí temor, María era muy bella, pero lo último que quería era una aventura con una compañera de la casa y aún menos con la amiga de Anna. Estaba maravillosa, y si bien durante unos momentos sentí deseo, pronto me di cuenta que no era su intención. De haber sido así aquella noche habría cometido una locura, aunque quizá no lo fuera. Es posible que ella pensara lo mismo, o tal vez no y en sus planes no entrara yo.

Durante la cena nos había preguntado si sería bien recibida y si podría disponer de una habitación. Le dijimos que si. Previéndolo por cómo iba su convivencia con Anna, unos días antes lo habíamos comentado entre nosotros. Y por la mañana, aún recuperándome del golpe de aquella misma noche, con la ayuda de Alex, preparé el dormitorio que quedaba vacío.

María hablaba muy a menudo de la democracia que deseaba, y de la dictadura y su opresión. Parecía que quisiera sondear al resto de mis compañeros. También hablaba conmigo a solas, como si temiera que se enfriara mi repentina rabia y determinación. No hacía falta. Desde entonces me había estado informando por amigos de la CNT y por Jep de la situación de los pequeños grupos políticos, de sus debilidades y cómo esquivaban la policía política, y lo que el partido comunista y la CNT hacían al respecto, que eran quienes movían casi todo.

 

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jueves, 24 de junio de 2021

Segunda parte de la historia

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La anterior historia ha sido publicada en cincuenta pequeñas partes, de hecho cuarenta y nueve, pero la última la dividí en dos.
En realidad habían de ser cincuenta, pero sorprendentemente una de ellas se ha perdido. La buscaré y si la encuentro la publicaré con un bis, sino la reescribiré nuevamente. Para Anna y para mi fue muy importante, de las más intensas, y no puedo permitirme obviarla. Estuvimos a punto de perder la vida por el calor, el hambre y la sed, sobre todo eso último.
Pero esta entrada no va de eso sino que sirve para presentar la segunda parte de la historia que quiero contar

En 1932 se estrenó la famosa película Rasputín y la zarina. En ella la princesa Irina Alexándrovna era violada por Rasputín. La escena, por muy falsa que fuera, consiguió engañar al público, muy dado a creer cualquier morbosidad en la que estuviera implicada la familia real rusa.
La productora Metro Goldwyn Mayer, aparte de indemnizar con una ingente suma a Irina, se vio obligada a explicar al público que la escena no era más que una fantasía cinematográfica, con las siguientes palabras: 
Los personajes y hechos retratados en esta película son completamente ficticios. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales es pura coincidencia, que como ustedes saben se popularizó con esta versión más simplificada:
Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”.

Pues bien, por obvio que sea, en esta segunda parte el autor utilizará la famosa frase.
Solo las mentes más calenturientas o las personas que saben que la realidad supera la ficción, podrían creer que la próxima historia, con título “El Poder de una Convicción”, es real y refleja las vivencias del tal Popol.

 

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domingo, 20 de junio de 2021

El Camino Infinito, 50ª y última parte

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Al mediodía bajamos a comer, éramos los últimos. En el comedor nos esperaban la telefonista y el conserje. Por lo visto eran matrimonio, y entendimos la cara de él cuando ella se quejó con amargura sobre su suerte al conocer nuestro viaje. Y una vez sentados nos pidieron si podían hacernos compañía. Era su hora libre y se la habían combinado. Nos hizo gracia, podrían ser nuestros padres o casi, en Pakistán seguro, porque la gente se casaba muy joven, muchas veces con la chica ya embarazada, algo que nos sorprendía por ser un país musulmán.
Parecían muy abiertos y simpáticos, sin demasiados complejos. Tenían interés por saber de nuestro viaje y nuestras impresiones sobre Cachemira. Y tal como había sido se lo contamos. No olvidamos nada, ni nuestro encuentro con el cadáver, ni el bombardeo con la consiguiente represalia. Lo único que evitamos explicar fue nuestra aventura con la droga y cómo ganamos tanto dinero. Y a medida que íbamos hablando, sus ojos se abrían con asombro. Y querían saber de la gente de Cachemira, cómo era, de qué vivía y si sus mujeres vivían tan oprimidas como se decía. Y nos asombró su pregunta, cuando en el mismo Karachi se podía encontrar lo mismo o peor, incluso frente al hotel en el que trabajaban.
Karachi, Lahore o Pindi, eran un gran mosaico del resto del país. Allí había de todo, aunque abundando el androcentrismo en los barrios periféricos. En las ciudades paquistaníes se podía encontrar mujeres completamente cubiertas, como otras con un kamez semitransparente; y mujeres encerradas en su casa con un candado en la puerta, como desenfadadas y abiertas estudiantes, que podían beber alcohol y escuchar música en la intimidad y en compañía de sus novios y de sus amigos. Sin embargo, el norte de Cachemira era una región olvidada y rural, donde señoreaban los prejuicios, pero no en exceso y menos que en algunos lugares de la misma Karachi. De la misma manera que en muchos pueblos de nuestra España, las mujeres no pasaban del balcón, de la persiana entreabierta y de la misa de los domingos, cubiertas de los pies a la cabeza. Eso contamos al matrimonio, mientras asentían en silencio y con tristeza.

Después de comer volvimos a subir a la habitación. Nadie debía extrañarse. Nada de Karachi podía emocionar a unos jóvenes de Barcelona, solo sus tiendas y su bazar, pero habíamos visto y vivido tanto que nada nos motivaba, solo el descanso y el sexo. Nos acostamos y dormimos, nos hacía falta. Desperté al cabo de una hora, quizá más. El ventilador movía sus palas en el techo y Anna se encontraba sentada a mi lado con las piernas cruzadas, observándome mientras acariciaba mi cuerpo. Me levantó y me llevó hasta el gran cortinaje. Allí hizo que levantara mis manos simulando colgarme de él y disfrutó de mi cuerpo, lo arañó con delicadeza, lo besó y mordió, luego se separó para mirarlo; en algún momento empezó a masturbarme, pero sin llegar a nada, arañando mi sexo y mis testículos evitando traspasar el límite; en otro me azotó con el cordón del cortinaje y me pegó con la palma de sus manos, pero con la justa suavidad. No le satisfacía provocarme dolor, lo hizo para disfrutar de la tensión de mi cuerpo, de mis lamentos con desesperación, entonces se separó y se acarició el cuerpo con voluptuosidad.
Fue un espectáculo, el del sexo en toda su plenitud, y lo disfrutamos por igual, ella a su manera y yo a la que su fantasía había decidido. Cuando se sintió satisfecha me dijo que podía hacer lo que quisiera con ella.

- Ahora sí te toca a ti. Puedes hacer lo que te venga en gana con mi cuerpo-

Lo dijo para provocarme, porque era consciente que poco de eso era de mi gusto, pero consiguió que nada quedara encerrado en mi mente, en mi más íntimo deseo.

Cenamos solos, el conserje y la telefonista, políglotas por cierto, habían marchado a su casa. Ya era oscuro cuando salimos a pasear. El vigilante nos aconsejó pedir un taxi.

- Este barrio no es de los mejores para un turista- nos dijo.

Pero al mirarnos más de cerca, se percató que no precisábamos consejos de este tipo y aún menos un taxi. Solo Anna, con la fuerza que aparentaba, que era muy inferior a la que gastaba, hubiera dejado malparado a cualquier asaltante; y nos habíamos vestido con los shalvar kameez del norte de Cachemira, oscuros y bastos como ninguno de los que corrían por allí. Si alguien parecía de mal fiar éramos nosotros, y el tipo, al darse cuenta se rió.

Al día siguiente la telefonista nos despertó para decirnos que ya podíamos ir a buscar los billetes por las oficinas de la PIA. Debíamos ir nosotros personalmente y nos habían conseguido un descuento. Esta vez no preguntamos la razón. Por la cantidad imaginamos que habían conseguido el precio de agencia, que era bastante reducido, y respondimos con una buena propina. Se lo merecían, y no solo por el descuento y el favor, que lo uno era innecesario y lo hicieron porque les vino en gana, y lo otro era un servicio al que estaban acostumbrados.

Embarcábamos al día siguiente, muy pronto, antes de salir el sol. Teníamos todo el día por delante, podíamos visitar la gran mezquita, que ya habíamos visto al pasar cerca de ella, las viejas y anchas calles con sus casas, palacios y museos de la época colonial, el gran bazar; pero nos quedamos en el hotel, acariciándonos y amándonos hasta la saciedad, recreándonos con nuestros cuerpos. Yo, por vez primera, había descubierto una mujer que me hacía sentir hombre por encima de todo, que lo demostraba con palabras y hechos, las unas inteligentes y abrasadoras, los otros con una sabiduría que perturbaba mis sentidos. Por vez primera, yo, tan templado y seguro, sentí perder el sentido.

La vuelta fue rápida. Al mediodía habíamos llegado a Londres y en pocas horas volvíamos a estar en Dover. Esta vez no nos complicamos y fuimos directamente a la pequeña pensión donde tan bien nos habían tratado. Al principio no nos reconocieron, sobre todo a mí. Pensaban que éramos orientales de un país musulmán. Solo entonces nos dimos cuenta que aún llevábamos los shalvar kameez de Cachemira, de eso que la gente nos mirara de aquella manera. En Londres estaban acostumbrados, existían muchos emigrantes paquistaníes, pero pocos de Cachemira y menos aún con aquel atuendo tan pobre y basto. Y nos reímos con ganas y pensamos en viajar vestidos así hasta Barcelona. Nos reiríamos de los revisores franceses, de la guardia civil aduanera, que nos revisaría las mochilas buscando cualquier cosa y hasta nos introduciría el dedo por allí donde más asco les da. Y nos reiríamos de la gente, de los barceloneses de bien, que por entonces les era difícil ver alguien vestido de tal manera y con nuestra pinta, que se apartarían a nuestro paso, temiendo que sacara una cimitarra para degollarlos. Y pensamos en ponernos el turbante al modo de algunos cachemires mientras cargábamos nuestras modernas y europeas mochilas. Lástima que abandonáramos el machete antes de llegar a Muzaffarabad, en casa de nuestros jóvenes amigos. Solo por ver la cara de los gendarmes o de la guardia civil al detenernos y confiscarlo, hubiera valido la pena viajar con él.
Es un recuerdo, les diría, de un cadáver a cinco mil metros de altura, allí donde campa el oso himalayo y el leopardo de las nieves, la guerrilla cachemira y los soldados hindúes y paquistaníes. Y nos hubiéramos reído al ver sus caras de incredulidad, pero de recelo por nuestra vestimenta y fisonomía.

Un hombre necesita muy poco para adaptarse, ser absorbido por un país, por su gente y por sus costumbres. Cambia sus maneras, la mirada es distinta, incluso transforma su habla, aunque sea en su propio idioma. Quizá por eso los gendarmes y los revisores franceses no se molestaron ni nos molestaron. Para qué complicarse la vida con aquellos extraños extranjeros, de apariencia peligrosa y cara de pocos amigos; pero educados y de habla francesa. Debieron pensar que era mejor no molestarnos y mantenernos vigilados a distancia, no fuera que algo se les escapara.
En Barcelona fue distinto y ningún taxi nos quiso llevar. Tampoco nos molestó, pensamos que si tan estúpidos eran, perderían la carrera, y cogimos un autobús hasta la plaza de España. Entonces aún no llegaba el tren de cercanías hasta el aeropuerto.
En la plaza de España podíamos coger el Metro hasta la Barceloneta. No nos planteábamos otro destino, sabíamos que durante unos días viviríamos juntos hasta hartarnos de tanto amarnos. No lo hablamos, no hizo falta. Después volvería a mi casa y mantendríamos nuestra independencia. Nuestra vida cambiaría poco, solo en el amor, que en aquel momento era lo que más valorábamos; porque en cuanto a la libertad, ya sabíamos que ninguno de los dos atentaría a la del otro.
Anna y yo, a partir de nuestra llegada a Lahore, nos habíamos convertido en uno y creí que ya nada podía separarnos, por mucho que supiera que nunca sería mía, porque no lo era de nadie. Su libertad seguía siendo innegociable y yo estaba dispuesto a morir y matar por ella.

Al día siguiente nos acercamos a mi casa. Nos esperaban, querían saber de nosotros, de nuestra aventura. Creían que estaríamos más tiempo, meses. No sé cuánto tiempo tardamos en contarles nuestra historia. Aquel día volvía a estar la famosa abogada feminista, también la laboralista, con el tiempo dirigente de un partido político de la derecha independentista. Pero entonces era la historia de Anna y la del joven Popol lo que interesaba, que rompía todos los esquemas; de la atractiva, joven e independiente pareja, que antes escuchaba en silencio y en un rincón, que había vuelto madura y segura de si misma, mucho más fuerte en todos los sentidos.

A menudo me vestía con el shalvar kameez, me sentía incómodo con otra cosa. Los jeans ceñidos y con cremallera, las camisas con cuello, aunque abierto; con botones, puños. Iba a trabajar de europeo, pero cuando debía ir a comprar algo por el barrio o llevar uno de los niños al parque, me vestía al modo de Cachemira.

Volví a ganarme la vida, no fue tan difícil y poco a poco la historia vivida fue quedando en el olvido. Las necesidades de la comuna, los problemas cotidianos, que poco tiempo antes me parecían miserables y hasta estúpidos, volvían a tener vigencia e importancia. Jep había conseguido nuevos productos, con más diseño y más vanguardistas. Y tuve que buscar nuevos materiales, nuevas técnicas y abrir nuevos mercados; y renovar permisos municipales para instalar paradas en más pueblos y barrios, en las fiestas patronales o de verano. Y debí buscar nuevas amistades entre los policías municipales, conseguir que no registraran innecesariamente nuestras paradas, a la búsqueda de una droga inexistente. Y es que el vecino de más edad, con pinta de sumiso, pelo corto y camisa bien planchada, podía permitirse la falta de un permiso, tenerlo caducado y hasta fumar un porro en público. Nosotros no. Era la imagen la que marcaba la diferencia.
De vez en cuando, de coincidir conmigo, algunos me miraban con desconfianza. Algo no cuadraba, se decían. ¿Qué hace un tipo como este, vestido normal y con pelo corto, con esos mamarrachos? Se preguntaban. Y yo me reía al ver que no sabían si pedirme la documentación o esperar mejor momento. Y en casos como este, los buscaba y los enfrentaba con la realidad.

- Buenos días agente, somos nuevos en la feria, ¿quiere ver nuestros permisos?-

Y se retiraban mustios, algo turbados y un punto desangelados. Su instinto depredador había sido reprimido, momentáneamente se decían para consolarse; pero ya no podrían. Al poco me encontraban hablando animadamente con los vecinos de parada: el de la ropa, el de los juguetes y, a veces, desayunando en el Casino del pueblo con el concejal.

Anna, poco a poco, casi imperceptiblemente, fue diluyéndose. No tenía teléfono y el que podía utilizar del trabajo, no me lo había dado. De tanto en tanto me llamaba, preguntaba cómo me iba o se presentaba en casa, como si viniera de visita. En esos casos, si la situación lo permitía, que casi siempre era así, se quedaba a dormir. Otras veces era yo quien pasaba algunos días en su casa, los justos para mantener nuestra particular llama encendida.
Aquella mujer no era de nadie, nunca lo sería y el tiempo lo demostraría. Más intimidad, convivencia y hermandad que conmigo era imposible; más amor que el sentido el uno por el otro era difícil. Y lo más que podía aspirar cualquier otro hombre o mujer era igualarlo. Y, no obstante, no éramos pareja y nunca supe si en algún momento lo habíamos sido.

 

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miércoles, 16 de junio de 2021

El Camino Infinito, 49ª parte

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En Londres, los empleados de la compañía aérea nos habían aconsejado viajar en tren. Dijeron que solo eso ya era toda una aventura para un occidental. No podían imaginar la que viviríamos sin necesidad de viajar en uno de ellos. Pakistán es tan grande y multicultural, que difícilmente un paquistaní de Karachi o incluso de Pindi podía conocer su país por entero, ni la mitad de él, y mucho menos una zona tan remota como el norte de Cachemira.

Llevábamos casi un mes fuera de casa y nunca tan poco había ocupado tanto. Y es que antes de coger el avión de Karachi a Lahore éramos unos, y a nuestra vuelta en la caja del camión de patatas, otros. Personalmente me fui siendo niño y sintiéndome hombre, y ahora sabía que de lo último era poco, pero sí infinitamente más que cuatro semanas antes.

Era el último día de junio y habíamos salido justo antes que yo cumpliera los veinte. Mi aniversario lo celebramos en Karachi. Nadie nos esperaba, ni familia ni amigos. Ni siquiera sabían dónde estábamos ni cuándo volveríamos. De mi familia no me acordaba y Anna apenas hablaba de la suya. Teníamos dinero y estábamos bien. En aquel momento podríamos haber pasado toda una vida juntos, pero en las ciudades paquistaníes no nos sentíamos a gusto, aunque no menos que en la misma Barcelona. Una solución habría sido viajar al oeste, pero todos nos decían que era peligroso, allí el bandolerismo era un oficio y en algunas comarcas la mujer era despreciada, usada y un objeto mercantil, y la que se rebelaba, machacada. Solo de pensar que encontraríamos más androgenismo nos repugnaba. Más adelante descubrimos que, excepto la inseguridad y el bandolerismo, el resto era falso. Y a esas alturas a nosotros la mera mención de bandolerismo se había convertido en una atracción. La otra opción era seguir andando hasta Lahore. Pero nos teníamos ganas, nuestras últimas conversaciones trataban de sexo directamente, sin tapujos y con excitante desparpajo, aparte que tampoco nos atraía la idea de andar siguiendo carreteras o caminos, que cruzaban grandes poblaciones separadas por extensos campos de cultivo.
Ya habíamos visto mucho, aunque nunca es suficiente, pero en aquel momento lo creímos así. Nos faltaba el interés de viajar, de conocer más gente y más país. Tiempo después nos arrepentimos de haber actuado así y de no haber seguido el maravilloso viaje, hasta agotar nuestro tiempo o nuestros recursos.

Por nuestros compañeros y por el encargado del hotel, nos enteramos que viajar en avión a Karachi era casi imposible. Los aviones de la PIA estaban parcialmente militarizados y solo funcionaban a medio rendimiento los vuelos internacionales. Los aviones civiles eran utilizados para transportar tropas y material a Bangla Desh. Tan mal estaban las cosas.
Tiempo después, cuando la India entró en guerra, nos enteramos que derribó casi todos estos aviones, con tropa o sin ella, de ida con material o de vuelta con heridos, algo que era de esperar. Y pensamos en lo que debió ser para aquellos soldados, heridos en una guerra horrible, odiada e innoble, ser derribados y muertos a la vuelta; y el odio y crueldad que debía sentir un piloto hindú, al derribar un avión de pasajeros paquistaní, tan inofensivo como desarmado.
Nosotros, no obstante, fuimos al aeropuerto. Nunca se sabe, pensamos, y hasta era posible que los pocos vuelos estuvieran medio vacíos por la noticia. No era así, se habían formado colas de docenas de metros de gente disciplinada pero nada silenciosa. Aparentemente todo el mundo se conocía. Nos situamos en una de ellas y esperamos. No teníamos nada que perder, lo máximo que podía pasar es que tuviéramos que coger uno de los pintorescos y atestados autobuses o viajar en el famoso tren.

La gente se trasladaba con gigantescas maletas, tan grandes que no entendimos cómo podían caber en las bodegas del avión. Nosotros ya habíamos vaciado nuestras mochilas. Anna regaló los tres shalvar kameez ricamente bordados a sus compañeras de habitación. Dos de los que llevábamos y un juego de botas los tiramos, de tan reventados que habían quedado por el viaje; conservamos los dos sacos de dormir, que tan buen servicio nos habían dado, por no estar seguros de cómo terminaría nuestra aventura, un par de shalvar kameez para cada uno, un par de mudas interiores y nuestra escasa ropa occidental. Las mochilas, sin apenas ropa y nada de comida, ya no eran tan voluminosas; y colgado del hombro llevaba un sencillo y barato sitar que nos habían vendido en el autobús, y que ni en broma pensábamos abandonar.
En un momento apareció una pareja de empleados, podía ser tan joven como la que conocimos en el mostrador de la PIA en Heathrow. Y vimos como frente nuestro la cola poco a poco se fue dispersando. Estaban avisando que no permitirían más de una maleta por pasajero y de un tamaño determinado; eran las normas, que siempre habían sido tratadas con laxitud y que ahora utilizaban para eliminar pasaje. La gente se quejó, unos airadamente, otros con la conformidad de quien sabe que no obraba bien y que algún día terminaría pasando.

Nunca sabríamos lo que nos habría deparado el tren. Quizá un nuevo viaje. Estábamos tan sensibilizados que, con solo que alguien más nos hubiera hablado del encanto del oeste, de su desierto, de sus animales, de su belleza; o del noroeste, de la hospitalidad de los pashtunes, de la grandeza de su tierra, de sus costumbres; o simplemente que la pareja de empleados hubiera puesto un inconveniente al embarque del sitar. En aquel momento lo pensamos, recordamos la conversación con nuestros amigos del hotel, su tan peculiar y relativo machismo, tan intransigente para ellos como transigente con las costumbres del extranjero, su inmensa hospitalidad y nobleza, y su respeto por el resto de culturas. Nos hablaron de su país con tanta ternura, que nos faltó poco para cambiar nuestro destino.

El pashtún que nosotros conocimos es grande y fuerte, porque solo los grandes y fuertes, los que no temen, pueden respetar al extraño aun siéndolo tanto. El pashtún es hospitalario, generoso y noble, y solo pide el mismo respeto que brinda.

En Karachi buscamos un buen hotel. Decidimos pasar el último día con comodidad, al estilo más occidental posible, con un buen cuarto de baño, agua tibia, colchones y cojines, sábanas limpias y una buena cena. Los mejores estaban ocupados por periodistas, políticos y seguro que muchos agentes de inteligencia. Karachi era un hervidero, porque si la capital de Pakistán es Islamabad, la real, del dinero, de los negocios, de la industria, es Karachi. Las decisiones, su crítica, la opinión de los políticos más influyentes, se sabían antes allí que en Pindi, que es de donde procedían.
Al final conseguimos una habitación en un viejo hotel, tan vetusto como maravilloso, del centro de la ciudad y del que no recuerdo el nombre. En el último piso, con un ventilador de grandes aspas sobre la cama, igual que en las películas de la época colonial, un balcón que daba a la gran avenida y a unos jardines con un palacio. En la planta había cuatro habitaciones y el ascensor solo llegaba a la tercera, sin embargo, las habitaciones eran las más grandes y parecían suites, y, aunque antiguas, disponían de todas las comodidades. Desde la terraza se veía tanto coches y triciclos, como carros tirados por asnos, mujeres con jeans o cubiertas por completo y con una abertura en los ojos. Nadie se extrañaba por nada, ni siquiera por nuestra manera, que no era paquistaní ni occidental.

En el hotel pagamos por adelantado y pedimos que no nos molestaran. Habíamos decidido bañarnos, dormir y refocilarnos en la cama hasta hartarnos; bajar a desayunar, almorzar y cenar, solo eso.
Al recepcionista del mostrador, un tipo simpático, de abundante y rizado cabello, tez morena y con bigote, que parecía más del Punjab que de Karachi, pero vestido con el correcto traje oscuro, uniforme del hotel, le preguntamos si nos podrían conseguir el vuelo a Londres sin necesidad de movernos demasiado. La mujer de la centralita, ya entrada en años, ligeramente oronda, morena, con la nariz ancha y algo aguileña y con el cabello muy ensortijado y vestida con un kameez muy floreado, nos miró ceñuda y preguntó de dónde veníamos para parecer tan cansados y hartos. Parecía muy susceptible, quizá por haber escuchado demasiadas impertinencias de algunos extranjeros. Y Anna le respondió que de haber estado andando por las montañas y valles del país más bello del mundo. La mujer levantó la cabeza y la miró entre sorprendida y escéptica. No estaba acostumbrada a una respuesta como aquella de unos tipos tan jóvenes y extraños.

- ¿De dónde?– Insistió perpleja.

Y le contamos nuestra peripecia en la alta Cachemira.
Ella nunca había estado, no había tenido la suerte de ser occidental y tener un esposo como yo. Eso dijo ante la reticente pero comprensiva mirada del responsable al que pedimos el favor. Ahorramos decirle que, excepto ratones, habíamos comido de todo para sobrevivir.

- No os preocupéis, mañana por la mañana os despertaré, a poder ser con todo solucionado- Nos dijo ya en un castellano que parecía portugués, entre emocionada y divertida, mientras el que parecía su jefe asentía con firmeza.

Nos desnudamos mientras la gran bañera se llenaba, no estábamos tan sucios, el día anterior, aunque someramente, nos habíamos duchado; pero la humedad, el calor y la contaminación, eran impresionantes y aún nos sentíamos desastrados. Me miré en el espejo, no recordaba la última vez que lo había hecho. Veinte años que parecían veinticinco o más, de metro ochenta, delgado y musculoso, moreno y con barba rala, mucho más poblada de lo que había podido imaginar. El montañismo y la escalada con Artur nunca dejaron que criara demasiada barriga ni que mi musculatura se debilitara, pero ahora no me reconocía. A través de él vi a Anna mirarme divertida, se había dado cuenta de mi sorpresa. Paradójicamente ella no había cambiado, siempre había aparentado más edad de la que tenía, excepto por su cara. Seguía siendo la misma, alta y fuerte; de preciosos pechos, redondos, esféricos y muy bien adheridos a su cuerpo; ancha de hombros y cintura estrecha, apenas había adelgazado. Me abrazó por detrás y sentí la tibieza de su desnudo cuerpo en mi espalda, y besó y mordió mi nuca como solo ella sabe hacerlo. Me cogió de la mano y me llevó a la bañera.

Quizá fuera tantos días y noches juntos hablando de nuestros sentimientos, ahora no sabría decirlo, pero en aquel momento intuí lo que esperaba de mí, de cualquier hombre. Tal vez fuera un sexto sentido o la continuación de nuestra curiosa relación. Anna necesitaba hacer el amor a un hombre, que sin abandonar su naturaleza, supiera tomar un rol de sutil sumisión.

Me hizo entrar y se sentó en uno de sus bordes. Me atrajo con una mano por mi cintura y me acarició el torso, el vientre. Su boca entreabierta, sentí su tranquila excitación, segura, pausada; recrearse con el cuerpo que tenía enfrente, disfrutarlo con los ojos, las yemas de los dedos, las uñas. Sabía que era suyo, que podía hacer conmigo lo que quisiera, pero antes quería sentir al macho en todo su esplendor. Mi cuerpo reaccionó. La erección, la musculatura de mi vientre. Se separó un poco y volvió a mirarme para regodearse, y eso llenó mi espíritu, me sentí fuerte y poderoso, pero sabía que debía contenerme para no echar a perder lo que ella esperaba. Y llenó sus manos con jabón y me lavó desde la cabeza hasta los pies con sublime delicadeza, los rincones más íntimos, los pliegues más escondidos. Y mantuve mis brazos levantados con las manos tras la cabeza, ofreciendo mi cuerpo a su satisfacción y resistiendo mal que bien el masaje. Y mi respiración, mis gemidos y mi sexo no pudieron disimular el esfuerzo. Luego me llevó al gran balcón y me puso de espaldas a la barandilla, introdujo dos dedos en mi boca forzando mi cuerpo a doblarse hacia el exterior, con la mitad de él colgando en el vacío, y de pie me folló de una manera que no pude definir si salvaje o delicadamente, porque lo fue todo.

- Ahora te toca- le dije cuando terminó. Pero se negó
- En Barcelona dejaré que hagas conmigo lo que te venga en gana, pero aquí no, aquí mando yo- respondió.

Y solo pensar en lo que podía significar su promesa e imaginar las mil y una maneras con que podría hacerle el amor, me excitó nuevamente.
Sus orgasmos eran largos y profundos, lo cual me satisfizo enormemente. Por mucho que simulara resistencia, finalmente conseguí lo que tanto deseaba, hacerle el amor tal como yo quería. Y su cuerpo se convirtió en un juguete para mí, pero bajo su control, como si dejara que jugase con él a mi gusto, cuando en realidad era ella quien guiaba mis impulsos.

Nunca había conocido una mujer como aquella. Aunque por mi edad no fuera sobrado en experiencias, no había de ser muy listo para percatarme que Anna era la mujer perfecta y que difícilmente conocería otra así: inteligente, fuerte, noble, valiente y sin ningún prejuicio; porque era eso lo que la hacía tan brillante como mujer y como persona: la absoluta falta de prejuicios, tanto en la vida diaria como en el amor, de vergüenza en demostrar placer, sus morbosidades y sus fantasías. Se reía de ellas de la misma manera que las disfrutaba, y no tenía empaque para llevarlas hasta el final y en el grado que más gusto le daba. Y sabía qué hacer para que su pareja la acompañara en la aventura hasta el límite de los sentidos y de su resistencia física.

Salimos del baño y me llevó de la mano hasta el sofá que había en una de las paredes. Con un empujón me tiró de espaldas en él, y empezó a acariciarme, pellizcarme, besarme, morderme. Me convertí en su monigote, tan perdido como afortunado. Moverme, intentar ser activo, habría sido de mentecatos, aunque tampoco habría podido. Trabajó mis sentidos hasta el límite del orgasmo. Y entonces me abrazó y absorbió, chupó mi cuello, mi pecho, mis orejas, hasta sentir que me extraía el alma. Y por fin se sentó sobre mi y me folló mientras acariciaba mi cráneo con sus uñas. Y bajó su boca para mordisquear mis pezones hasta enloquecerme, y luego exhibió los suyos para que le hiciera lo mismo.

 

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domingo, 13 de junio de 2021

El Camino Infinito, 48ª parte

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Para ir de Muzaffarabad a Pindi habíamos de subir a un autobús, y para evitar problemas el conductor del camión prometió que nos dejaría cerca de la estación. Pero antes debíamos llegar y lo que había de ser un viaje tranquilo y rápido, duró ocho horas de baches, polvo y constantes paradas; que no se nos hizo tan largo por las muchas risas, largas conversaciones mímicas y reparto de comida y de un montón de diferentes bebidas; aparte de cantar a coro canciones del país y de nuestra tierra, porque los viajeros nos las pedían. Causaba asombro ver aquella gente seguir el estribillo de: “si yo tuviera una escoba” y otras canciones parecidas.
De vez en cuando parábamos. El conductor, investido por una autoridad que nadie discutía, decidía cuando debíamos vaciar la vejiga, comer con tranquilidad o estirar las piernas. A esas alturas Anna ya pasaba de todo, se acercaba a un rincón de lo que decían carretera, se remangaba la camisola, se bajaba los pantalones y orinaba tranquila. Y cuando la parada se hizo justo al lado del río que seguíamos, nos acercamos a él y se lavó. Y nos sorprendió gratamente que nuestros acompañantes se pusieran de barrera para cubrir la intimidad de la guapa spanish, por cierto la única pasajera del camión, principalmente porque allí poca gente podía haber, solo ellos. Y entendimos que así demostraban que no tenían nada que mirar.

La carretera, difícil y polvorienta como habíamos esperado, se hizo infernal en los últimos tramos, precisamente los más rectos y que debían ser agradables y arreglados por la proximidad a la ciudad. Llena de baches, con automóviles y camiones parados, a veces en medio de la pista y sin ninguna explicación, aunque el conductor y la mayoría del pasaje lo consideraran normal o hicieran como si lo fuera.
Nos habían explicado que había otra vía para llegar a Pindi, casi toda ella asfaltada y sin tanta curva. Pero nuestro autobús era de línea y paraba en pequeñas poblaciones o fuera de ellas, en paradas preestablecidas sin ningún cartel y cercanas a grupos de caseríos. En cualquier caso habíamos sido nosotros quienes habíamos decidido utilizar este transporte, y no nos arrepentimos.

Seguimos el curso del gran río. Al otro lado, pequeños caseríos y pueblos, de los que sobresalían los esbeltos minaretes, y puentes colgantes para cruzarlo, algunos muy largos y en tan mal estado, que ni nosotros nos hubiéramos atrevido a andar por ellos.
Nos recreamos desde la ventanilla en esos pequeños pueblos, muchos más a nuestro lado de la carretera, donde no se debía cruzar el río, quizá porque fuera territorio claramente paquistaní y el hindú no estuviera reclamándolo eternamente como suyo.

Era curioso de ver los miles de kilómetros que nos separaban, y la gran diferencia cultural que existía entre nosotros; y que, sin embargo, las costumbres religiosas eran las mismas y siguieran un mismo patrón arquitectónico: el pueblo de casas bajas con tejas, disimulándose en la orografía por su color, y la mezquita, con su minarete destacando por encima de toda la población; igual que en nuestro país o cualquiera de nuestro ámbito, con sus casas, sus estrechas calles y la iglesia, con el campanario dominando para dar rebato al pueblo llano.
Ocho horas para un viaje de cuatro en cualquier carretera en mal estado, o de tres en una de normal. El autobús repleto de gente sentada en el suelo, de pie o en sus asientos. Daba igual, todo el mundo había pagado lo mismo. En un momento decidí que ya había suficiente y me levanté para dejar que un tipo de entre cuarenta y cincuenta años pudiera sentarse. Al principio se extrañó, pero un rato antes alguien había hecho lo mismo con otro, aunque estaba claro que eran de la misma familia y había sido por un pacto de turnos. El tipo me lo agradeció y se sentó, y al poco vimos que parte de los sentados, entre ellos Anna, iban levantándose gradualmente para dejar su asiento a otros. Me quería morir de risa, eso nunca habría sucedido en nuestro país, sin embargo, aquella gente, con el lío enorme que representaba sentarse y levantarse en tan poco espacio, parecía seguir un protocolo recién inventado, convencida que seguramente era típico de un país extranjero y muy civilizado. No podían ser menos, y quizá una docena, aparte de nosotros, terminaron por dejar su asiento a otros tantos. Anna aguantó con esfuerzo para no deshacerse de risa. Sentada tras mío en el suelo del pasillo, me habló en catalán y voz baja sobre el asunto. Y vimos a algunos hacer lo mismo entre ellos. Era imposible saber de qué hablaban, pero seguramente del lío montado y lo que habíamos provocado.

La Pindi de nuestra ida había cambiado, no era la misma. Soldados en las esquinas, en las calles, en las avenidas, en las puertas de los cines; con galones o sin ellos, en camiones o andando. Tres semanas habían bastado para notar tanto cambio. Hasta pensamos que el ataque a la escuela podía tener algo que ver. El ejército, antes omnipresente en los acuartelamientos o en la carretera, ahora también lo era en la ciudad, aunque bien podría ser por un aumento de los permisos o por el relajamiento de la tensión con su vecino. Nosotros, tal vez influenciados por el terrible suceso que nos tocó vivir y lo vivido entre la gente de la montaña, es posible que imagináramos más de la cuenta.

Anduvimos en busca de un hotel barato donde pernoctar. Nuestra intención era quedarnos el menor tiempo posible. Había tensión en el ambiente y la gente parecía más excitada e irascible de la cuenta. Algunos tipos me miraban con desafío y a Anna sin pudor. Alguno se acercó y nos habló a bocajarro sin importarle la presencia de militares, que hacían caso omiso a su agresividad. Respondimos mirándolo a los ojos, sin temor, y le hablamos en catalán con la misma agresividad. Yo me acerqué a él sin temor a que estaba acompañado, con cara de pocos amigos y, puede que por mi pinta, que por joven que fuera daba la impresión de fuerte y salvaje, o mi mirada, que demostraba hasta dónde estaba dispuesto a llegar, lo ahuyenté sin problema.
En una de las calles del centro, abigarrada, repleta de gente circulando arriba y abajo, topamos con una tienda de recuerdos; era la primera que vimos con postales. Entramos para comprar algunas y mandarlas a los amigos, a la familia. Y desperté de mi ensoñación. Había marchado de mi país habiendo olvidado despedirme de mis padres y de mis abuelos. Solía hacerlo, pero hasta el momento mis salidas habían sido cercanas, Cadaqués, el Pirineo o Valencia. A veces los llamaba desde allí, solo para explicarles dónde me encontraba. Escogí unas cuantas y decidí mandar una a mi casa, a los que consideraba mi familia, que me habían ayudado a ser como era y que me respetaban tanto como yo a ellos. Fuera de aquí, el único que sabía de mi viaje era Jep y, por ende, Joan y los demás del viejo grupo de amigos de veraneo. Si mis padres se enteraban de mi viaje sería por ellos.
Sentí desasosiego, por qué negarlo. De ningún modo merecían aquel trato y enterarse por extraños. Seguramente estarían preocupados, o quizá no, porque no era la primera vez que desaparecía dos o tres semanas sin dar señales de vida, aunque esta vez eran más días. Me sentí mal, porque si las cosas habían llegado a tal punto, la culpa solo era mía. Ellos siempre habían hecho el esfuerzo de soportarme tal cual era, sin entremeterse en mi vida. Al final envié las escogidas a todo el mundo y decidí hablar del asunto a mi vuelta, cuando las cosas se hubieran calmado. No hizo falta, las postales llegaron mucho después que nosotros. El correo paquistaní hacia España era lento y poco fiable.

Al salir de la tienda volvimos a tener problemas con la gente, que en cuanto veía que éramos extranjeros, nos esquivaba con evidente malhumor. Era muy tarde y pensamos que quizá fuera eso lo que les irritaba. Había pocas mujeres por la calle, casi escondidas entre sus acompañantes y cubiertas de arriba a abajo; mientras que Anna había abandonado el poco decoro que le quedaba. Y aunque vistiéramos de manera parecida a ellos, el desenfado y descaro de mi compañera superaba todos los cánones establecidos, lo haría incluso en gran parte de nuestro país, de manera que una mujer con vestimenta occidental no solo pasaría más desapercibida sino que a nadie molestaría. Su juventud, su insultante físico, su manera de mirar, su postura. Las cosas más insustanciales suelen ser las que más diferencia marcan. Una camisa entallada habría representado mucho menos que la desafiante mirada de mi compañera.

Entramos en un sitio con ínfulas de hotel, al que en España nadie le hubiera dado el permiso para ejercer de pensión. Tenía cuatro dormitorios, enormes y con varias camas, uno para mujeres y los otros tres para hombres. Daba lo mismo que fueran casados o solteros, allí la cosa funcionaba así. Al rato de entrar, unos tipos que tomaban el té, de mirada torva y típicamente pashtunes, al escuchar nuestra conversación con el encargado y saber de dónde veníamos, se ofrecieron cambiar de dormitorio y apretarse por una noche para que pudiéramos dormir juntos. Nos sorprendió su amabilidad y generosidad; y nos dimos cuenta, por enésima vez, que la imagen y la mirada de aquellos hombres, que ya no nos eran extraños, no reflejaban su espíritu. Y vi a Anna sonreír por vez primera desde nuestra llegada a la ciudad, se acercó a ellos y les agradeció el gesto, pero negó la posibilidad. Pasaríamos la noche como marcaban los cánones. Ella, les dijo, se sentiría cómoda entre sus mujeres y yo soportaría pasar una noche sin su compañía. Y los tipos se rieron e hicieron broma a mi costa.

¿Qué nos podía importar una noche más o menos, después de la aventura que habíamos vivido?Tomé asiento con ellos mientras ella marchaba hacia otra sala, y con gestos, palabras y mímica nos contamos nuestras historias. Yo la aventura que habíamos vivido y ellos la suya.
Eran familiares de soldados movilizados y de algún suboficial. Y hasta allí, en aquel sucio hotel, se dejaba sentir la diferencia de clases, la jerarquía militar de sus hijos; y sentí aprensión por ello, porque creí que pronto me encontraría con el mismo problema en el ejército más atrasado y retrógrado de occidente. Y mi sentimiento de solidaridad y, probablemente, el hecho que tuviera la edad de sus hijos, sobrinos, nietos, hizo que me brindaran su intimidad.
Ninguno de aquellos hombres estaba conforme con lo que pasaba en Bangla Desh. El que más y el que menos se enteraba por la radio hindú, por viajeros o por los muchos soldados heridos que volvían del país, y se sentían desconcertados. ¿Cómo era posible que su ejército masacrara y destruyera a sus hermanos, y violara a sus mujeres? Y, sin embargo, alguno todavía creía que la guerra podía ganarse; y el resto guardaba silencio, sin atreverse a confesar lo que pensaba o expresar lo que cualquiera podía ver, lo que hasta un tipo como yo, de veinte años y español.

Pakistán ya había perdido la guerra en su propio país, ni siquiera necesitaba enemigo, lo tenía en su interior. Y pensé que en caso de guerra contra el hindú, a menos que este cometiera la estupidez de intentar invadir Cachemira, en dos semanas quedaría resuelta. Una lástima para los cachemires, que serían los grandes perjudicados de la segura derrota paquistaní y seguirían sin poder relacionarse con sus familiares y amigos del otro lado de la frontera.

Allí no daban desayuno y, de haberlo mejor no comerlo. Unos tipos como nosotros, que nos habíamos alimentado de cualquier manera y con lo primero que caía en nuestras manos, no nos sentíamos muy dispuestos a seguir en aquel lugar, lavarnos en su cuarto de baño y, aún menos, comer.

 

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lunes, 7 de junio de 2021

El Camino Infinito, 47ª parte

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La belleza de la soledad, de los grandes bosques sin un alma, de aquella tierra tan llena de contrastes, nos había embriagado hasta el punto que, sin duda, de haber dispuesto de agua y alimentos en abundancia, habríamos vuelto atrás para desandar lo andado.
Nunca la congoja que produce la soledad y el frío, la austeridad del inacabable bosque, había conformado tanta belleza y paz interior. Andar sin aparente rumbo, sin apenas ver el sol, escuchando los ruidos, pequeños o grandes, el crujir de las ramas, el viento moviendo las altísimas copas, y el que hacen las piñas secas al caer, con las que encendíamos el fuego; y las ardillas, que nunca se oía su brincar, tan discretas como invisibles, a menos que fijáramos la vista en un punto. El sonido del bosque, que paradójicamente formaba parte de su silencio.

Y por el camino Anna me habló de las maestras de la escuela bombardeada, de su historia. Eran amigas y amantes, las dos de una ciudad del interior del país y graduadas en psicología, y soñaban con emigrar a Occidente, donde creían que su sexualidad sería más entendida o, por lo menos, aceptada. Allí tenían que fingir y lo conseguían gracias a ser de otra región, simulando tener los prometidos en su ciudad. Convencidas marxistas y laicas, también debían llevar su inquietud política en silencio, fingir su mahometismo para poder enseñar, que era su vida.

Ser homosexual en España era difícil, estaba prohibido y podía significar la cárcel. Ser bisexual representaba pasar por enfermo, casi obsesivo; pero, en caso de ser mujer el hombre lo aceptaba, porque daba a entender liberalidad con añadida morbosidad. Pero en muchos lugares de Europa era distinto, estaba permitido y en algunos países hasta respetado.
Ser homosexual en Pakistán podía significar la misma cárcel que en España, pero con una represión sin límite. En las cárceles paquistaníes, los homosexuales eran tratados como pervertidos, a los que se les podía hacer de todo. Curiosamente, pocos años atrás y como en la mayoría del mundo musulmán, la ley y las costumbres del país no lo prohibían y era aceptado como natural. Fueron las costumbres británicas y su puritanismo, lo que hizo cambiar la percepción de la homosexualidad y las leyes sobre libertad sexual.
Y entendí el cuidado que había dispensado a la maestra herida, su empeño en consolarla, hasta el momento que se valió por sí misma y se sintió con fuerzas de cuidar a sus alumnos, cuando encontró algo por lo que sobrevivir. Mi amiga no pasó la noche ayudando a una maestra herida, sino a una persona que había perdido su compañera sentimental de manera terrible, sin poder compartir su gran pena.

Al entrar en el valle nos dimos cuenta que el tipo que nos hizo el mapa se había equivocado de muy poco o nosotros no lo seguimos con la suficiente precisión, a lo que ya estábamos acostumbrados. A veces salíamos antes, otras un poco más lejos, pero nunca tuvimos que desandar el camino, sino corregirlo ligeramente. El sol era quien nos dirigía y todo el mundo sabe que no se deja llevar por el capricho.
El pequeño valle parecía deshabitado, cubierto del mismo bosque y de praderías, pero no tan extenso sino escalando las montañas que lo flanqueaban. No seguía el Oeste sino el Norte, y no lo regaba el gran río sino uno pequeño que, a buen seguro, daba a él.
Anduvimos unos cientos de metros y tras el bosque apareció un grupo de casas, grandes y bien construidas. A su alrededor unos campos de labranza que se iban abriendo hasta perderse, praderías con ganado y un grupo de camellos sentados en un campo. Era la primera vez que veíamos unos en aquel país. En los aledaños de Lahore y Karachi abundaban, pero en la Cachemira que habíamos visitado se utilizaba el caballo.

Un hombre recolectaba con sumo cuidado una gran cantidad de rosas, había miles de ellas y las depositaba en unas cestas alargadas y tapizadas de grandes hojas verdes. Se nos quedó mirando. No pareció sorprenderse, y tampoco, como luego descubrimos, sabía de nuestra existencia. El tipo era así: amable y cercano, se apoyaba en una azada que utilizaba para remover la tierra y nos miraba con tranquila sonrisa, aparentando normalidad donde, a todas luces no la había. No parecía el típico paquistaní, mediría algo más de metro setenta, extremadamente delgado, tanto de cuerpo como de brazos, de ojos oscuros, pelirrojo y con el pelo muy rizado. A sus tierras se llegaba desde el otro lado del valle, no de donde veníamos con nuestras grandes mochilas y tan tiznados por el sol que parecíamos mulatos. Nos acercamos y le ofrecimos la mano. El tipo siguió sonriendo y nos habló en un idioma que no entendimos. Al poco se dio cuenta de su descortesía y quiso enmendarlo de la mejor manera. No sabía a quien dársela primero, si a Anna o a mí y nos embarullamos con el gesto. Yo me reí, no pude hacer otra cosa. Dio unos gritos y al poco salió una mujer de la casa más cercana. Llevaba un pañuelo de mil colores y vestía de manera parecida a una hindú. Mucho más baja y bastante más gruesa. Era tan distinta a él en todos los aspectos que al principio no creímos que fuera su mujer. Fue tan grande la impresión que, sin saber cómo y por qué, tuvimos la impresión de estar en el país equivocado; sin embargo, la riqueza y el tipo de caserío no coincidía con lo que esperábamos encontrar en la India o nos habían contado, gente pobre y oprimida.
Y Anna preguntó:

- ¿Pakistán?- El tipo con una sonrisa afirmó con la cabeza.

De la casa salieron dos jóvenes muy atractivos, tendrían nuestra edad. Chico y chica, y guardaban mucha semejanza, tanto entre ellos como con el padre, parecían mellizos. Pelirrojos, los ojos de color verde claro y vivo, sonreían como su padre. Se acercaron, nos dieron la mano y nos miraron a los ojos con extraña fijeza. Me señalé y dije:

- Spanish-
- ¡AH! Spanish- respondió el padre. Los jóvenes rieron, sabían que su progenitor no tenía idea de lo que significaba.

Hablaban inglés a la perfección y Anna les explicó quienes éramos y de dónde veníamos. Al principio no pudieron creerlo, pero el camino por el que habíamos llegado era inequívoco. Hablaron con el padre, que, extrañado, miró nuestras botas, los sacos y nuestras caras. Anna seguía hablando animadamente con el pelirrojo. Me di cuenta que se gustaban y que habían conectado. El joven era muy atractivo y su simpatía lo acentuaba, su hermana también y los miró con cierta ironía. Me gustaron sus ojos despiertos y risueños, y también su desenfado, cuando, mirándome a los ojos, me dijo:

- Dejemos a este par y entremos en casa. Me cogió de la mano y la seguí. Era la primera vez que asentía con tanta facilidad y sin oponer resistencia, también que una mujer me cogía de la mano al estilo de los hombres paquistaníes.

La casa era grande y bien amueblada, pareja a otra en la que vivían algunos de sus trabajadores.

- Estaréis cansados. Os podéis quedar el tiempo que haga falta-

Y me enseñó el que había de ser nuestro dormitorio, sencillo y austero, pero cómodo como ninguno de los que habíamos estado. Busqué algo que demostrara a quién pertenecía. La chica debió darse cuenta porque me dijo:

- Es la habitación que usan mis primos cuando vienen de visita- señalando una gran foto enmarcada en la que estaban ellos con otra pareja de jóvenes en una calle de Londres.

Era una familia rica y culta, al menos ellos dos, y sus padres muy abiertos y sin prejuicios. Superaba con creces cualquier familia o grupo de los conocidos en Karachi y Lahore, y bastante más que la mayoría de barceloneses, mi familia entre ellos.
Vi al hermano entrar en la casa con Anna cogida de su mano. Ella se reía y le hablaba en voz baja. Me gustó, aunque lo vi demasiado aniñado para ser su tipo, pero había de reconocer que mi compañera se sentía a gusto y muy cercana a él.

Pasamos cuatro días con ellos. Nos habíamos acostumbrado tanto a dormir juntos y en el suelo, que la primera noche tuvimos problemas y, entre risas, estuvimos a punto de hacer sitio entre las dos camas para echarnos en el suelo.
Comer, pasear, muñir, arar y conversar. Y hacer excursiones por la montaña, por el largo y precioso valle, por el lago. Allí se cultivaba de todo y en cantidad, se trasladaba en carros hasta el final del valle, a unos dos kilómetros, donde llegaban los camiones que eran cargados con leche, ganado y los frutos del campo. Durante nuestra estancia nos hartamos de comer mangos, de un sabor y calidad que nunca más encontraríamos. Por entonces era prácticamente imposible encontrar esta fruta en España.

Un día encontré a Anna echada sobre la hierba, con su cabeza apoyada en el vientre de nuestro amigo pelirrojo. Le hablaba mientras él se la acariciaba. Su hermana, echada panza abajo, me esperaba vigilante a mi reacción; y al verme, se llevó un dedo a los labios, como pidiendo discreción, a la vez que me guiñaba un ojo. La cogí de la mano y subí a una peña para enseñarle unas plantas que había descubierto, cuyas raíces eran comestibles, sabrosas si se las freía y muy alimenticias. Y me sentí feliz al pensar en mi compañera, en lo cercana que la sentía, en lo mucho que la amaba y en lo libres que éramos. El carácter, la proximidad y la empatía nos habían emparejado sin malicia ni sentimiento de posesión. Yo me sentía mejor con la chica, mientras que Anna lo estaba con el hermano.

Otro día que fuimos a ayudar en un campo cercano, me fijé en una especie de trinchera con forma de uve cavada en la tierra. Pregunté a mi compañera y me señaló el cielo, y con una mano hizo de avión y con la otra de bomba.

– Hindúes, me dijo con pasmosa tranquilidad-

Y durante la cena averigüé que un avión hindú, después de haber violado el cielo paquistaní, había dejado caer un par de bombas en los sembrados. No mató ni hirió a nadie, pero un granero había quedado algo dañado y aún lo estaban arreglando, y a los trabajadores, que se habían echado al suelo, la explosión los asustó y construyeron la trinchera. Y pensé en lo que nos dijo nuestro amigo comandante, que para los paquistaníes era su gente, tanto a un lado como a otro de la frontera, y nunca atacarían o bombardearían la población; sin embargo, los hindúes se sentían en casa ajena y no les importaba hacerlo en cualquiera de los dos lados, aun creyendo que les pertenecían.

El último día casi lloramos, nos hubiéramos quedado cinco, diez, quince días; daba lo mismo. Nunca nos cansábamos del paisaje, de su belleza, porque parte de él era la gente que lo habitaba. No era el más bello, fantástico, grandioso de los que habíamos conocido, pero sí el más entrañable. Les dijimos que no teníamos nada qué regalarles y se rieron de la idea, aunque lo hacían a todas horas por cualquier cosa. Nos dijeron que parando en su casa les habíamos hecho el mejor regalo del mundo, sobre todo a sus hijos.

En la casa había un mapa de la comarca, hecho curiosamente por el padre, que tenía unas dotes de geógrafo y dibujante envidiables. Luego descubrimos que también escribía, principalmente sobre la comarca y su historia. Gracias a él descubrimos que habíamos cambiado de provincia y que durante los últimos días habíamos avanzado mucho, quizá por haberlo hecho más en línea recta y haber subido y bajado pocas montañas. Lo cierto es que habíamos superado en muchos kilómetros el meridiano de Skardu y dejado atrás Chilas, el destino que nos habíamos marcado, muy al norte. Estábamos más cerca de Muzaffarabad que de aquella ciudad. El padre nos dijo que teníamos dos opciones, llegar a la carretera siguiendo la del valle, para coger uno de los autobuses que iban diariamente a la capital, o seguir andando por las montañas y valles del país más bello del mundo. Pero las montañas ya no serían las mismas y encontraríamos gente en ellas, militares casi siempre; y en los valles había muchos y bellísimos pueblos con carreteras limpias y arregladas, algunas incluso con electricidad. Pero nosotros, que ya sabíamos lo que para ellos era una carretera limpia y arreglada, y bellos pueblos, pensamos que ya nada sería como hasta entonces y dimos por terminada nuestra aventura.

A la mañana siguiente nos llevaron en carro hasta donde empezaba la carretera. Un camión debía salir cargado de patatas y maíz y se había brindado llevarnos hasta la capital.
Nunca hubiéramos imaginado que haríamos el viaje en la caja, sobre una lona y una montaña de patatas, junto a un variopinto grupo de lugareños. La cabina ya iba llena de gente que había pagado por ello. Debía ser un espectáculo viajar con dos jóvenes occidentales vestidos de manera extraña para cualquiera, sobre un típico camión adornado hasta en sus parachoques con chapas de latón a su alrededor, chocando unas con otras provocando un constante campaneo, y pintado de amarillo, verde, rojo, azul y más colores que ahora no puedo recordar

 

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miércoles, 2 de junio de 2021

El Camino Infinito, 46ª parte

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Al otro lado de las montañas, el mismo paisaje, pero a casi diez kilómetros encontramos un grupo de casas. No era un pueblo ni sus arrabales, tampoco había carretera sino solo un sendero, por el que justo podía pasar un jeep o un carro tirado por caballos, que moría en los mismos cultivos. Quedamos prendados del paisaje y su exuberante riqueza. A lo lejos vimos a un labrador. Nos saludó dejando sus aperos en el suelo. Al poco entramos en el camino, no era estrecho y se podían apreciar rodadas de carro, aunque solo de uno. Junto a él, el río, ancho y caudaloso. A uno y otro lado se abría el valle, esta vez ancho, de dos o tres kilómetros sin que pudiéramos apreciar bien su final. El Nanga Parbat seguía a nuestra derecha, impresionante. Habíamos entrado en otra orografía más llana y abierta, con más riqueza, llena de bosques que escalaban las montañas y los prados, y volvimos a ver el precioso color de los rododendros.

La carretera estaba salpicada de caseríos muy separados y en su mayoría deshabitados. De vez en cuando nos saludaban o llamaban nuestra atención. A las dos horas de caminata encontramos un puente en buen estado. De seguir el camino iríamos encontrando más y más casas hasta llegar a un pueblo, eso creímos por el número de caseríos; aunque a lo lejos, el valle parecía morir en altas cumbres. Al otro lado del río, más casas, bosques y montañas. Debíamos acampar, estábamos muy cansados y empezaba a atardecer. Lo atravesamos y buscamos un buen lugar cerca de él.

En la comarca ya no se apreciaban rasgos tibetanos ni pashtun, y el idioma era nítidamente kashur, aunque muchos también utilizaban el panyabí y entendían el urdu, del que sabíamos unas cuantas palabras y alguna frase hecha, insuficiente para entendernos.
Al poco un hombre se nos acercó, hablaba un inglés lento y cuidado. Supusimos que alguien le habría alertado de nuestra presencia. Llevaba pan, ciruelas, tortas y un poco de carne. Deseaba que aceptáramos su regalo. Nosotros, sin embargo, abrimos nuestras mochilas y le pedimos que se sentara a compartir. Siempre que nos comportábamos así, conseguíamos cercanía y saber mucho más de nuestro camino y dónde nos encontrábamos. Y gracias a él descubrimos que si nos separábamos del valle entraríamos en una zona de la Cachemira ocupada, deshabitada y maravillosa, de innumerables valles cubiertos de bosques y prados. Nuestro anfitrión la conocía, pero dada la situación nadie se atrevía a entrar en ella, ni el ejército hindú, ya que era territorio de la guerrilla y refugio de bandoleros.
Y nos habló del oso y del leopardo, aunque el primero ya era pardo, más grande y pacífico que el tibetano, pero del que debíamos desconfiar. En cuanto al segundo, nadie lo había visto; pero una vez más tuvimos que oír la historia del hombre leopardo en forma de alerta, que se creía que había atacado rebaños confundiendo a los pastores y a sus perros. Y nos trazó un mapa, por si estábamos tan locos de seguir aquel camino para llegar a nuestro destino. Nos aconsejó el que habíamos dejado, que, aun siendo más largo, era seguro y practicable, con casas en las que podríamos pernoctar y comer; o el que seguía por el río hasta enlazar con el camino que llevaba a la carretera, también largo y lleno de peligros, pero estaba seguro de poder encontrar alguien que nos llevara. Y se empeñó en llenar nuestras mochilas con comida de su casa: zanahorias, carne ahumada, tortas de cereal, queso. Nos dijo que en caso de pasar por la Cachemira ocupada, solo encontraríamos animales difíciles de cazar y ningún caserío.

La gente del valle no nos molestó, tampoco sabía de nosotros, por lo menos hasta entonces, porque, como pudimos, explicamos al hombre nuestra aventura, el bombardeo de la escuela y la represalia de los guerrilleros, nuestra amistad con el comandante de Skardu, con Hammed Malek, con Yuz Benzir. Y a medida que hablábamos, el hombre abría los ojos con asombro. Lo cierto es que no estaba seguro de dónde veníamos. En un primer momento había creído que éramos dos intrépidos e imprudentes excursionistas occidentales, llegados de Muzaffarabad por el único camino practicable, no sabía cómo ni por qué. Solo entonces entendimos plenamente que de seguir el camino llegaríamos a la capital, aunque después de muchos días de caminata y por el valle que algunos consideraban del Indo. De seguir así terminaríamos pensando que había tres Indos y no dos como nos habían hecho creer en Skardu, o uno como debería ser.

El hombre, antes de despedirse nos dijo que le habían hablado de un joven europeo, al que Hammed Malek, a quien no tenía el honor de conocer personalmente, lo había tratado como Rashid Kamran. Y por un lado me satisfizo tal renombre, porque supe que se refería a mí, y por otro me disgustó que nuestro protector no hubiera tenido en cuenta a la mujer más entera que hombre alguno pudiera conocer. Pero vi que Anna, a la que miré con aprensión, me observaba con un punto de orgullo y muchos de ironía, por lo que decidí no darle más vueltas al asunto, principalmente porque ni ella ni yo conocíamos el significado de tales palabras. Y ella misma le explicó que Rashid Kamran era yo, aunque no sabíamos por qué me dignaba con este nombre. Y aprovechó la circunstancia para preguntarle qué dignidad tenía Hammed Malek, porque, aunque nos cayéramos mutuamente bien, no tuvimos tiempo suficiente para tratar con él. Y nos respondió que todas las tribus le obedecían, tanto las del Este como las del Oeste, de la Cachemira libre como de la ocupada; que incluso los bandoleros le respetaban y obedecían. Y que si con sus amigos era frío y duro, mejor no ser su enemigo. Y no supimos si nos lo dijo como advertencia o como enaltecimiento, pero lo que estaba claro es que habíamos conocido al señor de la guerra más importante de la región, y que esos últimos días habíamos estado viajando bajo su protección.

Al día siguiente seguimos el camino indicado. No teníamos manera de perdernos, debíamos marchar por una larga vaguada, hasta enlazar con otra y otra, cubiertas de bosques de coníferas y praderías. No había otras en dirección a la puesta de sol. Más al sur podríamos encontrar pequeños y pobres caseríos de gente asediada y reprimida, tan humilde como generosa; pero a costa de desviarnos de nuestro camino y de arriesgarnos a tropezar con destacamentos del ejército hindú.
En aquella comarca, la frontera ya no seguía las cumbres sino las laderas y los valles, aunque en ningún lugar de aquella tierra se sabía dónde estaba y a quién se podía encontrar en ella. Probablemente antes a la guerrilla, omnipresente por ser el mismo pueblo, que al ejército hindú, abandonado y perdido en aquel vasto territorio de montañas, bosques y pequeños valles.

Tres días andando, cincuenta o sesenta kilómetros, quizá más. No los contamos. Ya no era subir altas cumbres y zigzaguear, sino andar con dificultad por la falta de camino, en tramos bastante rectos y de suave pendiente. A veces encontrábamos lo que parecía un sendero, pero pronto descubríamos que se había formado por el paso de grandes animales, rebaños de cabras salvajes o las corrientes de agua. El último día, a lo lejos vimos un oso, era pardo y muy grande; lo supimos porque el himalayo es negro y más pequeño, y aquel tenía un color parecido al del visón, pero más claro. El bosque, en aquel lugar era profundo y espeso, tanto que costaba orientarnos por la oscuridad o el constante parpadeo del sol entre la frondosidad. Seguimos avanzando, no debíamos pasar por donde se encontraba y lo único que nos podía preocupar es que cambiara el sentido de su marcha. Ya no temíamos nada, el último reparo que podía quedarnos lo perdimos en la meseta. Nos sentíamos inmunes a todo y eso empezaba a ser peligroso.
Hablábamos en voz baja, engurruñando las palabras como si no quisiéramos romper el encanto o temiéramos descubrirnos. Y de golpe un grupo de grandes cabras azules apareció frente nosotros. Unos segundos antes no estaban, de eso estábamos seguros, porque vigilábamos de manera constante todo lo que nos rodeaba y manteníamos muy despierto nuestro oído. Y tal como aparecieron, se disiparon, que es la palabra más exacta que ahora puedo encontrar. Eran rápidas y silenciosas como sus hermanas de las rocas.

El bosque, al igual que la desolación de las altas montañas, es yermo aunque parezca lo contrario. Un hombre perdido en él, terminaría muriendo de hambre o envenenado por bayas y setas ante la desesperación que produce. A veces, cuando creíamos ver un nido con huevos y el abeto permitía la escalada, subía a buscarlos sin conseguirlo. Me valía de mi pericia como escalador, cosa que Anna no disponía, aunque a veces y para no sentirse inferior lo intentara. Y primero los buscábamos desde la altura, cuando veíamos las copas de los árboles desde la parte superior de la ladera, porque los pájaros anidaban tan alto que era imposible verlos desde el suelo. Y al subir a uno de ellos se quebró una de las ramas que me sostenían. Me confié demasiado y estuve a punto de caer desde más de diez metros de altura. Fue un aviso, el justo para recordarnos hasta dónde podíamos llegar y lo estúpido del riesgo. Lo cierto es que no pasamos hambre gracias al hombre del valle, a su aviso y a los alimentos que al fin nos vendió, aparte de los que llevábamos encima. Debió pensar que si no accedía a cobrarlos, se convertiría en responsable de nuestra muerte por inanición.

Tal como calculamos aparecimos en un valle, pero no el que esperábamos. Aparentemente nos habíamos adelantado veinte kilómetros, aparte de lo andado según el plano, aunque no podíamos estar seguros, dado lo accidentado del terreno y la dificultad para orientarnos. Cabía la posibilidad que el plano tuviera algún error producto del olvido, o que nosotros, en nuestra obsesión por seguir el ocaso y la dificultad de saber donde estaba, nos hubiéramos desviado y nos encontráramos perdidos en la Cachemira ocupada.

 

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viernes, 21 de mayo de 2021

El Camino Infinito, 45ª parte

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La cumbre del Nanga Parbat nos salvó, se convirtió en nuestro guía como si de un imán se tratara. Sabíamos que no podríamos subirlo, que solo estaba hecho para los escaladores más preparados y osados y nosotros ni siquiera lo éramos; pero desde el primer día que lo vimos, entonces a nuestra derecha en el cruce de Gilgit a Skardu, sentimos su atracción.
La meseta era una plataforma gigantesca, de muchos kilómetros, tantos que nos era imposible recorrerla en su totalidad. Estaba cubierta de grandes matorrales y quebrada por innumerables fallas en la misma piedra, de distintos kilómetros de largo, entrecruzándose unas con otras de la manera más caprichosa que pueda imaginarse.
El Nanga Parbat se mostraba formidable a lo lejos, con las inmensas nubes cubriendo su mitad superior. Debíamos seguir andando siempre con él a nuestra derecha. Abandonamos la zona de vegetación y frente nosotros apareció la paradoja más sorprendente: pequeños lagos, y riachuelos. Agua por doquier corriendo casi sin sentido, y la desolación, el desierto más absoluto. Acampamos después de haber andado dos o tres kilómetros hacia el suroeste, sin encontrar camino o sendero, como si no nos atreviéramos a penetrar en su interior. Frente a nosotros la impresionante y bella desolación, tras nuestro el gran precipicio y las altas montañas de una cordillera que creímos separaba la India del Pakistán.
Nos bañamos en uno de los lagos. Hacía mucho sol, apenas corría el aire y el agua daba la sensación de calidez; sin embargo, al salir nos helamos.

Para nosotros, algo tan simple como el papel higiénico se había convertido en el más acuciante de los problemas. Comida o agua nos podrían haber faltado, aunque supiéramos que no por mucho tiempo; pero lo de nuestra higiene más íntima se hacía difícil y muy incómodo, y carecer de papel nos preocupaba y amargaba, incluso más que no saber si podríamos comer durante las siguientes horas. Solo en Karachi y Lahore lo pudimos encontrar con cierta facilidad, y supusimos que en Pindi o en Islamabad también, pero estas ciudades no estaban a nuestro alcance.
Al lado de los inodoros, que simplemente eran agujeros en el suelo, lo máximo que podíamos encontrar era una palangana con agua, que servía para lavarnos con las manos y que después la teníamos que echar por el agujero. Pero en la montaña era aún más difícil. Los caminos no siempre seguían el curso de un río y, cuando sí, eran rápidos y bajar hasta su cauce se hacía muy peligroso.
Cuando por casualidad encontrábamos algo de papel que pudiera suplir el higiénico, hacíamos acopio, no mucho por lo que ocupaba y porque lo utilizábamos con respeto.
Era curioso vernos tan preocupados por eso y tan poco por cosas bastante más angustiosas, puesto que nos habían asegurado que por allí corrían muchos leopardos y osos.
El leopardo daba caza a íbices, cabras azules, conejos, y conocía poco al humano. Y eso, como todas las cosas de este mundo, tenía su lado bueno y su lado malo. El bueno es que no nos consideraba presa, el malo es que no reconocía como arma un palo pintado.

Nos habían recomendado ir siempre juntos, puesto que, como buen felino, solo ataca al que se separa de la manada, a quien huye y se espanta. Y ante tal disyuntiva, decidimos no separarnos ni para hacer nuestras necesidades. Y cuando preguntamos qué hacer con el oso, nos respondieron que con una ráfaga de Kalashnikov era suficiente; que con un tiro no había bastante y tiro a tiro a veces no daba tiempo. Y nos lo dijeron tranquilos, como de pasada. Y respondimos que eso nos daba sosiego, porque no llevar arma simplificaba mucho el asunto. Y alegremente nos explicaron que lo habitual es que dejara tranquilo al caminante.
Nosotros sabíamos que con el oso lo mejor era pasar desapercibido, no dar muestras de espanto ni hacer ruido. Haberlo encontrado dos días antes, precisamente donde nadie nos había alertado, nos enseñó que no era tan agresivo como nos lo habían pintado.

El oso himalayo es peligroso si se le molesta. El truco, en caso que lo hubiera, creímos que consistía en saber lo que para él es molestia. Si bebíamos, pescábamos, cazábamos en sus lugares preferidos; o si corríamos, huíamos o intentábamos asustarlo, seguro que lo era. Pero si lo mirábamos de lejos o andábamos tranquilos, dando un rodeo para no coincidir, el oso no se agitaría y seguiría con lo suyo.
Días después, por un naturalista de Karachi nos enteramos que allí no era peligroso, ya que no estaba maleado por el hombre; que lo era por donde habíamos viajado más tranquilos, y que llevar los palos pintados había sido una temeridad, porque el oso podía sentirse amenazado. Lo que demuestra que nadie sabe nada, por muy entendido que parezca o se crea.

Anduviéramos hacia el sur o el oeste, nuestra mirada siempre se dirigía al Nanga Parbat. Ya en el largo valle nos fijamos en él. Unas veces se veía nítido entre las altas montañas, como si fuera el destino escogido; en otras sobresaliendo tras un pico. Ahora que lo teníamos enfrente, casi a nuestro lado, nos parecía tan imponente como inalcanzable.
Algunos tramos de la meseta estaban cubiertos de vegetación, arbustos cubiertos de bayas o frutos que no conocíamos, rosales silvestres y alguna pradería de rododendros. Entre las grandes formaciones rocosas, tan llanas como la poca tierra que había, corrían multitud de conejos que se dejaban cazar con facilidad, grupos de perdices y algún faisán despistado, y vimos un pequeño rebaño de cabras azules. No existía camino, parecía que nadie hubiera pasado por allí, de manera que tuvimos que inventarlo sorteando las grandes grietas que servían de ríos, y la multitud de pequeños lagos. El paisaje era grandioso y no cansaba.

Al segundo día decidimos pescar con la mano, una vez más como había aprendido en el Pirineo, levantando las piedras con forma de cuña y presionando la tripa del pez hasta sedarlo. Encontramos muchos panales de abejas, algunos pegados a las paredes rocosas. Nunca pensamos en robarles su miel, no habríamos sabido cómo hacerlo y tampoco hubiera sido prudente, ya que lo más probable es que estuviera hecha con el néctar de los rododendros, y la miel salida de sus flores es tóxica.
Al final del día encontramos el paso que tanto habíamos buscado. Un ancho desfiladero se abría frente nuestro, agreste y salvaje y en la dirección esperada, la del oeste. Cierto que en el valle nos habían hablado de la gran meseta y que debíamos atravesarla, también que nuestro protector de la barba blanca nos había dicho lo mismo y nos dirigió hacia ella con sus planos dibujados en el suelo, pero nadie nos explicó qué camino seguir una vez nos encontráramos en ella, quizá porque no lo había.

En la meseta por primera vez tuvimos la percepción de habernos perdido, de no saber qué dirección tomar ni qué hacer para encontrar la salida. Nuestra guía había dejado de ser el sol, era más fácil mantener el Nanga Parbat como referencia, y mientras anduviéramos con él a nuestra derecha, nos sentíamos tranquilos, aun sabiendo que podíamos desviarnos muchos kilómetros o pudiera ser que nuestro camino quedara más al sur o más al norte.

Se hace extraño al caminante andar sin sendero ni señales que marquen la dirección de un lugar habitado. En aquella tierra nunca vimos señales, pero los senderos nos daban seguridad, sabíamos que llevan a algún lugar o, como mínimo, encontraríamos el porqué habían sido creados. Una o dos semanas antes nos habría alarmado o llenado de incertidumbre, pero ya no temíamos nada, tal vez porque estábamos a gusto, no teníamos problemas de alimentos, de agua ni de higiene, y empezábamos a sentir el constante deseo del contacto físico, de la caricia o, simplemente, de ir cogidos de la mano; aunque por el cansancio, por lo mucho que nos absorbía la experiencia o porque nuestras largas conversaciones lo suplían con creces, habíamos dejado de sentir, al menos yo, tanta necesidad de sexo.

Descubrir que en el ancho y salvaje paso tampoco había camino no nos arredró. Pensamos que, en caso de habernos equivocado, un día o dos de andadura perdido no significaba nada, tan solo tiempo, que era lo que nos sobraba. Y lo único que pensamos es que, en caso de fracasar, siempre quedaba la opción de desandar lo andado, aunque fuera por otro lugar para disfrutar del país, o dirigir nuestros pasos hacia el Nanga Parbat, para rodearlo y encontrar la carretera principal. Nos daba igual que fueran cincuenta, cien o doscientos los kilómetros.
La vaguada era practicable, de tal que pensamos que mucho tiempo atrás habría existido un camino para franquearla. En ella se apreciaba otra clase de vegetación, más abundante y verde, llena de arbustos cubiertos de bayas, frutos que no conocíamos, y rosales silvestres. Podíamos subir por las rocas que iban escalonándose, algunas con la suficiente suavidad, mientras que otras debíamos escalarlas con mucho sufrimiento.

Teníamos suficiente comida, sin embargo, recolectábamos la que podíamos, ya solo por el gusto de comer huevos de faisanes y de perdices, fruta fresca, pequeñas y sabrosas ciruelas, y albaricoques silvestres; o pequeños conejos que nos lo ponían demasiado fácil, ya que allí, excepto algunas aves de presa y un tipo de culebra grande y vistosa, nadie les daba caza. Era tanta la tranquilidad de aquellos animales, que de haber querido habríamos comido perdices en todo momento; pero nos daba coraje darles caza, cuando no nos hacía falta y era un engorro prepararlas.

Nos sentíamos integrados en la naturaleza, los matorrales nos cubrían casi por completo y los pájaros no levantaban el vuelo a nuestro paso, de tal que casi podíamos tocarlos; ni siquiera las abejas, a las que siempre había tenido mucho respeto, parecían molestarse. Había agua por doquier en forma de pequeños torrentes, con cascadas y plantas acuáticas. Nos refrescábamos constantemente y llenamos las cantimploras con la que parecía salir de una mina, tan limpia como potable, por las ranas que la merodeaban y el rastro de los innumerables animales que paraban para beber.

 

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