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domingo, 20 de septiembre de 2009

...LA HISTORIA MÁS BELLA...


Papa, ¿alguna vez te has acostado con dos mujeres?

No es Al sino Mar, quien hace la pregunta.

Al siempre me trata como Pau, Mar como papa, sin acentuar, en puro catalán.

Estaba convencido que las hijas esas cosas las preguntaban a las madres y los hijos a los padres. Uno, que parece estar a la vuelta de muchas cosas, no termina de digerir ciertas preguntas y esa es una de ellas. No entiendo por qué no lo cuestiona a su madre, como tampoco su utilidad. Dudo mucho que le haga falta.

Amara es más directa y tiene menos pelos en la lengua, tan pocos que a veces debo frenarla. De haberse dirigido a ella la respuesta hubiese sido clara y precisa. Mi compañera tiene el don de saber lo que nuestros hijos buscan, el significado de sus preguntas. Yo, al contrario, soy absolutamente literal y falto de perspicacia en estas cosas.


Acostarse, qué significa.

Hacer el amor, supongo; porque otra cosa no creo.

Me he acostado con Pili y Amara sin tocarlas; con Anna y Nabila, unas veces con sexo y otras sin, con...

Supongo que Mar quiere saber si he hecho el amor con dos mujeres a la vez. No voy a responderle.

Acostarse es echarse en una cama para dormir. Acostarse con una mujer es lo mismo, pero con la posibilidad de hacer el amor o follar, más de lo primero que de lo segundo; porque, aunque no sea necesario acostarse para cualquiera de las dos cosas, es más común hacerlo con quien amas.

Pero me estoy liando. A Amara la amo y mucho, en cambio con ella follaba. Con Amara, al hacer sexo uno se olvidaba del amor. Mi compañera es sexo puro, duro y salvaje. No hay intermedio y lo sabe, es consciente. Con ella, el amor hay que dejarlo para otras situaciones.

En el bosque, en un coche, en el barco, en la playa o colgados de unas rocas, en la piscina, en el césped, en una tumbona, en los columpios del jardín de José, en el suelo de nuestra casa, en el del cuarto de baño de la clínica donde me ingresaron, en la terraza de la casa de unos amigos, en el balcón del hotel, en el... Y solos o acompañados de un amigo, de una amiga, de dos amigos, de tres amigos... Hasta creo que más fuera de la cama que en ella, por lo menos de la nuestra, que fueron muchas. Por la mañana, al mediodía, por la tarde, de noche... casi siempre varias veces.

No obstante, ella amaba. Mientras hacía el sexo te dabas cuenta que amaba, sentías como el disfrute era acompañado por una ternura sublime, que deshacía. El hombre se sentía macho absoluto, pero también objeto de un deseo que sobrepasaba el mero placer sexual. Y cuando le preguntaba lo que sentía por aquel hombre... se encogía de hombros.

- Es mi tipo, me cae bien y es inteligente, sabe hasta donde puede llegar conmigo-



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- ¿Pa dónde cargas, ricura?-

Eso me pregunta una gitana con una pinta de bruja que te cagas.

Acabo de entrar en el Metro. He quedado con Amara en la plaza de España, para subir juntos hasta el Palau de sant Jordi. Fuera llueve a cántaros...

La miro perplejo. No sé que deba cargar nada.

Se da cuenta de mi sorpresa...

- El paquete, ricura, el paquete-

Ahora me río. Esta tía me cae bien y respondo. No sé que haría otro.

- Para la izquierda, abuela-

- Hoy es tu día de suerte, mi niño. Te voy a leer las manos gratis-

- Y yo las tuyas, abuela-

Imagino que tendrá los surcos más profundos y claros que haya visto nunca.

- No me digas que sabes leer la mano-

Las manos, abuela, las manos. Hace mucho que no lo hago. Hoy no tengo tiempo, mi compañera me espera...-

Se lo digo mientras ando, Oigo entrar un convoy y no quiero que Amara aguante sola tal chaparrón, aunque sea en el coche.

Deep Perple es una maravilla. Un grupo de sexagenarios con la misma fuerza del primer día. Es la maestría del rock más melodioso y armónico.

Amara parece una niña, disfruto cuando la veo así, en su estado más puro.

Aparca lejos del Palau. Ha dejado de llover y anda rápido para recoger las entradas. Por el camino adelantamos a unos chavales con rastas, se enrolla con ellos, les pregunta dónde se encuentran las taquillas. Todo ha cambiado desde nuestra última vez...

Les cuenta que, aun habiendo sido olímpica, se pierde por los vericuetos del gran palacio. La miran sorprendidos y me río... Amara confunde haber sido voluntaria médica durante las olimpiadas, con ser olímpica; aunque entonces los trataban como tales. Los chavales no entienden como una mujer como ella podía haber sido atleta, aun así ven como se mueve con una agilidad y elasticidad que asombra, algo que a mí también me sorprende. Ayer no podía moverse, hoy corre y salta las vallas como un gamo. A veces pienso si sus amigos no la drogan para casos como este.

Durante el concierto salta, baila y entona las canciones; a su lado un escocés de mi edad bromea con ella, lo acompaña una amiga o eso dice.

- Nos encontramos para seguir los conciertos que más nos gustan. Es inglesa-

Me mira... busca un gesto de sorpresa y, pese no encontrarlo, puntualiza.

- No pienses mal... también es amiga de mi mujer-

Y me río. Amara no lo oye, está inmersa en la música de los mejores roqueros del mundo, de no ser así seguro que le soltaba una de las suyas.

A la vuelta acompañamos a una pareja de chavales. Podrían ser nuestros hijos, son algo más jóvenes. Vio como tomaban un atajo saltando una valla y les preguntó. No hacía falta, ambos sabíamos que acortaba el camino; pero no... ella necesita gente, extender por el mundo que la rodea su generoso extrovertismo.



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Hace un tiempo visité la vieja casa de mi abuelo en el Maresme, en la que pasé los veranos de mi infancia.

Creo que ya recién nacido, en Junio de 1951, mi familia se trasladó allí. La recuerdo tan nítidamente que podría dibujar su interior y su exterior a la perfección. El jardín rodeaba por completo la casa de planta baja, con un terrado que servía para tender la colada.

Recuerdo las dos frondosas moreras de la parte de atrás y los dos pinos de la entrada. También el pequeño árbol que planté y nunca tuve la ocasión de ver crecer, el lavadero, la nevera de hielo, el jazmín y la aroma de la dama de noche...

La visité para medir, aunque con la vista, la altura del alfeizar de la ventana en el que mi madre, tan solo para mantenerme controlado, me sentaba. Sus baldosas hacían pendiente y eran resbaladizas. Así yo debía estar absolutamente quieto y agarrado, presionando con las manos para no resbalar y caer. Y es que recuerdo esta tortura perfectamente, como si de ayer se tratase...



- ¿Se te insinuó Vicki?-

Estamos en el chino cercano a nuestra casa. Como casi cada sábado, alternamos entre este limpio restaurante oriental y otro de una buena amiga, de alta cocina catalana. Amara habla de José, de Vicki... de sus viejos amigos, sobre todo del primero.

- Sí, con la mirada, con su deseo y su amor-

Una respuesta que no deja lugar a dudas. Vicki habla mucho, pero poco o nada de sus sentimientos amorosos. La familia, los amigos, el trabajo.... eso sí. Vicki es solidaria y comprometida con sus allegados, no con extraños y campañas políticas. Con sus amigos es como Mónica, que antes que sepas de tu necesidad ya ha llegado, la sientes cerca, sin ruido.

Me habla de José, de su gran capacidad oratoria e inteligencia, así como su impotencia para utilizarla en su provecho; de cómo una vez le habló de eso al principio de conocerse.

-Habíamos hecho el sexo, Pau, y no muy satisfactoriamente. Tu amigo al principio eyaculaba con solo tocarme. Y me preguntó si tanto ensalzamiento era para seducirle. Me reí mucho. Respondí que no me hacía falta, que con él hacía lo que quería-




El alfeizar es bajo, mucho, ahora lo veo casi a pie del suelo. ¿Cuántos años tendría? Mi madre, que no se arrepiente de nada, dice que cuatro, quizá cinco.

La habitación oscura... pero este castigo tuvo los días contados, no lo recuerdo. Parece ser que de pequeño no temía la oscuridad y tenía facilidad para jugar con cualquier cosa, y el cuarto oscuro estaba repleto.

Mi madre necesitaba el terror y aquello no me lo infundía. Y encontró otro: el taburete en la bañera. Un taburete de cuatro patas en el interior de la vieja bañera, una de esas antiguas que hoy están de moda. El taburete se aguantaba sobre tres y eso hacía que se moviera. Este castigo lo recuerdo perfectamente. El pánico, la sensación de vértigo, el mismo que debía sentir sobre el alfeizar, supongo que por la concavidad y blancura de la bañera, era insoportable y me obligaba a estar completamente inmóvil.

El taburete aún lo conserva, apenas llega a los cuarenta centímetros de altura. Debía ser muy pequeño, cuatro años también.




-Vicki es distinta, Pau. Lo nuestro fue el producto de una seducción compartida, y estuviste presente. Fue aquel día, en nuestra casa pirenaica, bailando los dos con ella, desnudos... Se derritió, y descubrí que ya era imposible la marcha atrás. El único que no supo verlo fue José, ciego de deseo contenido, morbosamente rabioso-

Y sí, me di cuenta. Estaba anunciado. Dos hembras así no podían mantener eternamente una relación contenida, y más conociendo el gran deseo de una de ellas.

Amara tenía que probar, saber lo que sentiría. Temía que el contacto físico, el roce de su piel con la de Vicki, le causara rechazo conociendo la intención. No era la primera vez ni la segunda, ya con Mónica la había sentido sin ningún problema, pero era distinto, casual, amigable... el estar con su compañero entre las dos, el resultado de un juego amoroso sin más intención que divertirse con él.

-Te utilicé... utilizamos como escudo. De no haberlo soportado hubiese vuelto a tu espalda-

Y la recuerdo en ella, mientras nuestra amiga, embriagada por el momento y sintiendo la aprobación de Joan, que sonreía feliz bajo las caricias de la sabia y percatada Anna, bailaba abrazada a mí, mordiendo con suavidad mi pecho mientras sus manos acariciaban el costado de Amara.

Me sentí en la gloria. Una preciosa y morbosa hembra delante y la más bella de todas detrás, abrazándose y yo en medio. Y con regocijo vi como daba la vuelta y era Vicki la emparedada. Y como le besaba la nuca y friccionaba su cuerpo en el de ella mientras era acariciado por cuatro manos. Y sentí la pasión de nuestra amiga al besarme, amarme... su repentina fuerza y estremecimiento. Y no se dio la vuelta, no se atrevió... prefirió que siguiera siendo Amara la que llevara la iniciativa. Temió lo peor, precipitar la situación delante de todos. No era el momento y ambas lo sabían.




Recuerdo a mi padre subido al gran pino tirando piñas para que, con mi hermana, pudiera extraer los piñones y romperlos con el pequeño martillo. Recuerdo aquellos días que venían todos mis amigos, vecinos entonces, que después serían mis compañeros de aventuras salvajes, de comuna con los que compartí todo.

Mi padre nos llevaba a la papelería del pueblo; comprábamos papeles de seda de mil colores y nos enseñaba a fabricar cometas con cañas del barranco, para soltarlas en el solar vecino. Y construyó un pequeño horno para cocer arcilla y nos enseñó a escogerla entre los campos, refinarla y fabricar vasijas de mil formas distintas.

Entonces no recuerdo la cercanía de mi madre, ni su alegría y felicidad; pero sí leyendo o haciendo media o ganchillo.




-La primera vez aprovechamos habernos quedado solas, también en nuestra casa de los Pirineos. Subí con los demás. Tu lo harías después con José y los chavales, Joan y Biel decidieron ir a comprar al pueblo y Mónica fue con ellos, no quiso ser un impedimento. Todos sabíamos como terminaría, sobre todo Joan, que es muy sensible en eso; tu no, que ,como siempre, estabas en la inopia. Nunca te preocupas de lo que hacen o dejan de hacer los demás, no te incumbe...

Limpiamos la casa lo justo y nos duchamos juntas. Esta vez era Anna la que hacía de escudo, aunque, en el fondo y como siempre, su intención era divertirse con las dos o, en caso de retirarme, con Vicki.

Cuando volvieron se encontraron con lo esperado, tres mujeres terriblemente excitadas en el baño. Anna ya nos había procurado placer a las dos. Lo hizo en plan técnico, como una experiencia más dentro de su profesionalidad, pero esta vez placentera. Nos enseñó a gozar con tanta plenitud como intensidad-

Y me río con ironía. Enseñó a las mujeres, exceptuando Mónica, con la sexualidad más desinhibida y sabia de cuantas haya conocido. Les enseñó a disfrutar...

- Sí, nos enseñó a aprovecharnos de todo, hasta del reparo y de la timidez; a utilizar estas sensaciones para gozar aún más-

Lo más grandioso de esta vida es que después de haber vivido mil años y experiencias, de creerse a la vuelta de todo, uno descubre que aún tiene mucho por aprender.

- Cuando llegasteis con los niños- y ahora se ríe -Biel distrajo a José y lo mandó con ellos al pueblo. Era tarde pero le dijo que había mucho polvo y suciedad, que habíamos encontrado muchas ratas. Y como Al era asmático... Tu te quedaste, quería que participaras de nuestra nueva aventura. Nos encontraste en el baño, ya con Joan, Biel y Mónica hirviendo, hambrienta de sexo de macho, de ti... sólo que tuvo a los otros dos con su salvajismo, con su misma fogosidad. Tu te quedaste en la puerta, perplejo pero contento, satisfecho de vernos felices y pletóricos-

¿Perplejo?

Nada más lejos. Era algo que esperaba, incluso con aquella intensidad.

¿Contento?

Sí, la felicidad de sentir tu libertad, la de mis amigos, el amor que sobrepasa el límite que marca el sexo, el más difícil de conseguir, el que demuestra su plenitud absoluta. El otro se consigue con la lucha contra las barreras, las fronteras que marcan las ideas caducas e intransigentes; éste se consigue luchando contra ti mismo, tus prejuicios más íntimos, aquellos que pocos se atreven a asaltar.




Mi padre, con ochenta y nueve años, por fin ve acercarse lo que tanto temió, la degradación mental, la de un campeón de ajedrez poseedor de un cerebro privilegiado, hasta ahora claro y preciso como pocos. El corazón le falla, pierde fuelle y no irriga el cerebro como solía. Se marea, se siente débil y, de vez en cuando, pierde la conciencia, no coordina algunas ideas y se da cuenta; lo disimula, finge... pero se da cuenta y lo sé. Sabe que ya no hay vuelta atrás, que no puede operarse; sería su muerte y los médicos no quieren jugar a ser dios. Es católico convencido y no va a forzarlos, ni siquiera intentará convencerme, convencer a Amara, que, a fin de cuentas, es la que puede aconsejar su intervención, acelerar su muerte.

Pienso que mi padre está entrando en la terrible duda del creyente afectado por su creencia. Su asombrosa inteligencia se altera y lucha contra la abstracción de una cómoda fe. Y sabe que pronto ya no podrá, que su inteligencia quedará ensombrecida por la degradación, que sus neuronas empezarán a morir por falta de riego sanguíneo, que las suaves descargas eléctricas que las enlazan dejarán de fluir. La naturaleza, el dios real, deberá decidir entre irrigar el cerebro de manera correcta o el resto de los órganos, y no dudará; ella sigue otra lógica y, al contrario que el hombre, nunca duda.

A mi padre le queda el consuelo de su religión, su gran inteligencia se aferrará a la abstracción, a la inseguridad de una imposibilidad lógica.




Mis amigos, los impresentables, siempre coincidieron en que no tenía nada de mi familia; nunca supieron de dónde salió mi carácter e ideología, ni cómo y por qué escapé de un ámbito familiar, en el que hacía lo que quería, a los dieciocho, sin nada puesto; para vivir en una casa medio derruida, sucia, con el tejado parcialmente hundido y en una zona donde en invierno el termómetro no pasaba de cero grados. Nuestro baño era el río, nuestra comuna también. Trabajábamos en las pistas de esquí y de noche volvíamos a la casa en un vehículo de desguace. Hacíamos la comida de la misma manera como nos calentábamos, con un fuego en el suelo.

Mi padre no me enseñó a ser libre, mi madre menos aun; mi abuelo quizá fuera el que tenía más sentido de la libertad, pero ni mucho menos el mío. Mis amigos reconocen que descubrieron su valor gracias a mi. Mónica no, ella ya era así; y tampoco nadie se lo enseñó. Mónica es la libertad en el grado más elevado que conozco.



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Esta semana, S, mi socio, ha recibido la llamada de su sobrino. Le pedía dinero para mantenerse. Lo vi perplejo, sumido en un estado entre desesperado y anonadado.

Cuántos años tiene, le pregunté. Once, respondió.

Y me escandalizo, me asombra la degradación a la que han llegado unos padres para hacer que sea el hijo quien dé la cara.

¡Once años!




Once años... ¿Cuántos tendría yo cuando mis padres me obligaban a visitar a mi tío para lo mismo. Once o doce, más no, ya que los hubiera mandado a la mierda.

Mi padre estaba sumido en una depresión, mi madre no paraba de acosarlo, de atacarlo. A menudo debí abandonar la escuela para acompañarlo en su trabajo, era representante de comercio y no podía ir solo por la calle. Mi madre, de una extrema vagancia, no solo nunca lo hizo sino que día tras día se lamentaba de su suerte. No podía disponer, como solía, de una chacha.




Mi padre morirá, ahora ya sé cual de los dos nos abandonará primero. Mi madre es consciente que no puede esperar nada de mí, se lo he hecho saber con la suficiente claridad y persistencia. Es orgullosa y sé que no buscará la pena, preferirá morir antes de hacerlo. No obstante, reconozco que la amo y mucho, que me costará. Ayudaré a mantenerla y mi hermana la cuidará lo justo. No quiero nada suyo, absolutamente nada. Lo poco que tengo lo he conseguido solo, sin ayuda de nadie; igual que lo mucho que he perdido.

He sido rico y pobre con la misma intensidad, mas nunca le he debido nada a nadie, ni cuando dejé de comer para que mis hijos no sintieran penuria. Desaparecí de mi entorno para que mis amigos no supieran de mi estado y se sintieran obligados. Solo Mónica estuvo al corriente. He sido celoso de mi libertad hasta en esto.



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Leo las últimas declaraciones de Zapatero y me satisfacen. No estoy seguro que su política económica sea buena o mala, quizá no sea la mejor, tal vez mi lógica se acerque más a la de la actual derecha; pero no... debemos aprender a separar lo honesto de lo aparentemente rentable.

Tenemos una clase empresarial deplorable, inculta y tercermundista. Ya está bien de hacerle la cama y pagar sus caprichos. Ahora es el momento de mandarla a la mierda, renovarla, regenerarla... Los inútiles que cierren, que busquen trabajos acordes a su capacidad, aunque sea de barrenderos.

Estoy harto de ver gente que se cree empresaria por tener una tienducha mal llevada, acostumbrados a que les dé para un piso de alto estánding, una casa en la playa, carrera en los EEUU para sus niños y un BMW en la puerta. Ahora esos tipos no tienen crédito y deben luchar por un espacio en el mercado, sin saber hacer la O con un canuto; han de pelear con sus competidores, con una familia acostumbrada a no dar golpe... Y esos, aunque voten a la derecha, ya no pueden esperar nada de ella, porque no hay dinero para todos. Quizá esperaban que bajasen los salarios, que no se repartiera dinero entre los ayuntamientos, que se dejara al asalariado sin cobertura para que ellos siguieran tirando sin preocuparse.

Esta crisis tiene unos culpables, todos los conocemos, los que pretendieron hacerse ricos especulando y los que gastaron sin posibilidad de pagar. Dejemos que sean ellos quienes la paguen. Los asalariados de base, los mileuristas... seguro que no son.

El empresario quiere que el Estado lo socorra, invierta dinero para mover la economía, pero no quiere pagar más impuestos; y se queja si el estado se endeuda, fabrica billetes; dice que más tarde o temprano habrá que pagarlos. Pretende que el estado lo socorra reduciendo sus gastos, los sociales.

El empresario español no quiere al Estado, a no ser de necesitarlo. Se queja si está, se queja si no está... todo depende de su momentáneo interés.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

... LA HISTORIA MÁS BELLA...



- Tu padre es la hostia-
Eso le han comentado a Al sus amigos.
- ¿Para bien o para mal?- Le pregunto mientras me parto la caja.
Y veo sorpresa en sus ojos... – Para bien, claro, sino de qué me lo hubieran dicho-

No me gusta causar asombro, aunque es natural entre sus amigos visto los progenitores que gastan.
El asombro es relativo, depende del entorno. Para unos puedes ser vulgar en exceso, para otros extraordinario.
No está mal, me digo; debo estar en el punto medio, este centro tan buscado por todos. Pero no... el centro es uno mismo.
“El hábito no hace al monje”. Eso dicen los entendidos o el refranero popular, ese que cada momento se contradice. Pero si me analizo, cosa harto difícil, mucho más de lo que dicen los sabios, con la turbia intención que la verdad no se proletarice, descubro que dispongo de poco hábito y menos normas. Será porque aún me siento marino y me adapto al cambiante mar de la Mediterránea, tan tranquilo por fuera, como traidor e imprevisible por dentro.


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La sospecha es intuición; el enemigo debe sospechar, no saber. La sospecha produce temor, la certeza seguridad.
Sospecha que algo hay, pero es invisible, indetectable para él; y eso hace que no sepa de su tamaño e importancia, ni siquiera está seguro que exista. No sabe dónde buscar o si dilapida recursos cazando fantasmas, mientras sigue perdiendo terreno e influencia. Sus informes se pierden o se manipulan, sino, por qué recibe órdenes tan confusas, se pregunta. Algo se le escapa y duda de si alguien juega con él, lo manipula para un fin desconocido. Todo está podrido, piensa; ya nada es como antes y la traición ha llegado su casa. Y se desmorona, así ya no puede seguir luchando.


Nunca muestres sorpresa de nada y de nadie, a no ser que desees confundir para mostrar una inexistente debilidad.


Es un juego, lo has convertido en tal y te diviertes con él; un maravilloso y peligroso juego, aunque no tanto como aquellos días en las montañas de Cachemira, que nunca estabas seguro si al día siguiente despertarías.
Piensas en el próximo movimiento, tienes el gigantesco tablero en tu mente, mientras conduces de noche por la solitaria y serpenteante carretera, que os acerca a vuestra casa pirenaica. Tu compañera dormita al lado, serena, tranquila... mientras en tu cerebro entran las notas de aquel jazz que nadie entiende. La música... esta complicada melodía es parte del gran tablero, así como las curvas de la carretera y los árboles del frondoso bosque. Todo liga: las piezas, las notas...
La miras y te emocionas, su bellísima cara, sus facciones de preciosa muñeca... por ella darías la vida, pero mucho más por lo que representa: la libertad más absoluta y la fidelidad a una idea.
Y sonríes, porque, después de todo, para ti nunca ha dejado de ser un juego; incluso cuando tuviste que ir al dentista, aún medio cojo, para que te remozara la dentadura.
Y recuerdas cuando te preguntó...
-¿Cómo te lo hiciste?-
Y tú, sonriendo...
-Jugando con unos amigos-
Y es que para ti era solo eso.


El hombre, ante lo desconocido, debe sonreír por fuera y reír por dentro. La risa es para los amigos, para el amor.


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Y hoy, al explicar a un buen amigo las vicisitudes que me tocó pasar, cuando me rescataron justo antes de morir de frío, he recordado hasta el más pequeño detalle, igual que si lo hubiese vivido hace nada.
Es curioso como algunos recuerdos quedan gravados en la mente, hasta el punto de rememorarlos como una fotografía.


La gran ventisca, la invisibilidad blanca... no impidió que hoy recuerdes hasta el dibujo que formaba en la nieve el paso de tus piernas, que no pies, de tus manos. Si hoy, después de cuarenta años, pasaras por el mismo lugar, con la misma nieve, lo reconocerías. Sus árboles, las ramas de pino negro colgando bajo el peso de la nieve; y que gracias a ellas, Albert te arrancaba de la mortal trampa.
Y recuerdas la bañera en la que una mujer frotaba tu cuerpo con una esponja, para que pudieras entrar en calor con la justa lentitud; los viejos grifos, la sala... Y más tarde, la estufa de leños, las pocas mesas con otros montañeros, que gracias a su sentido común no pasaron por vuestro trance. Y la chica, sus facciones, aquella que te devoraba con la mirada; que mientras tú te descubriste humano y vulnerable, ella ta veía como a un invencible gigante; y con la que, ya en la gran ciudad, tuviste la aventura más tórrida y salvaje. ¿Qué edad tendría la chavala? ¿Dieciséis, diecisiete? Tú quizá ibas a cumplir los dieciocho. Hoy, por un día te acusarían de corruptor.
Y recuerdas su mirada, aquellos ojos oscuros y penetrantes; la delgadez de su cuerpo, sus pequeños y duros pechos, sus fuertes pezones. Y su ardor... y su gran fortaleza aun siendo tan delgada.
Os creíais semidioses, gigantes inmunes al frío y al cansancio. Aquel día aprendiste lo contrario. La naturaleza te situó allí donde nadie debería salir, y la suerte te dio la oportunidad de tomar buena nota; o tal vez te sirviera para comulgar con ella y fuera la última acción que decidió la definitiva marcha de la casa paterna; porque después de aquello os fuisteis a vivir en lo alto de los Pirineos, en una casa semiderruída de un pueblo abandonado.


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El truco es la pauta, todos la tienen, la tenemos; si la descubrimos podemos seguir al intruso, a la víctima; si nos conocemos podemos desactivar la nuestra.
No es bueno moverse de noche. El enemigo espera agazapado, es el mejor momento para una emboscada. Debéis provocarlo, hacer imprescindible su movimiento. En contra de lo que se cree, el movimiento hace vulnerable.
Apostaros a los lados del camino, emboscados... cubridlo de hojas secas, ramas quebradizas, con naturalidad e inteligencia. El enemigo, por lo que sabemos, no está preparado, no sabe marcar el paso. Así sabréis de su presencia y su número, dónde empieza y termina su destacamento.
Y, por el contrario, de noche hay que moverse de uno en uno, marcando el paso a pasos largos, lentamente y separados. Marcándolo para que el emboscado no sepa vuestro número, lentamente para que el que siga pueda parar a tiempo, a pasos largos para tener menos posibilidades de pisar una mina y separados para evitar que, de estallar, elimine a más de uno.
Las minas deben recuperarse y montarse nuevamente, así se aprovechan y no matan al campesino aliado. De no poder, hay que extraer el explosivo para convertirlo en bombas y deben ser enterradas de nuevo; de esta manera provocáis terror e inseguridad, atrasáis la marcha del enemigo, que debe desactivarlas sin saber su inutilidad.


Las palabras no cambian el pasado, pero sí lo pueden hacer con el futuro.


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Echada sobre una toalla, o directamente en la arena, o en una roca granítica pulida por miles de años de tempestades marinas, o sobre la cubierta del barco... Es Mónica.
Amara te mira, sabe lo que piensas, deseas... y sonríe. José en la caña vigilando el compás, el lejano vuelo de las gaviotas que marcan un banco de peces. A tu amigo-hermano nunca lo encontrarás en la playa, en una cala; su piel no lo permite.
Y te acercas, te tiendes a su lado, le acaricias...
- Te pongo crema. Vas a achicharrarte-
Nunca se quema. Su piel es tan suave como densa, fuerte, inmune a los rayos solares. Es morena, tanto que parece mulata.
Y se deja, y al poco suspira, y sientes como sus músculos se tensan. Y se entrega o exige tu entrega. Es puro fuego, la extrema sensibilidad, la urgencia del más desatado sexo.
Y siempre: hazme de todo, o: quiero sentir como te deshaces, o: desmenúzame con toda tu fuerza...
Y comienza una corta lucha de sexo si eres tú el que exige, y larga si es ella.
Dicen que el macho es el primero en deshacerse, en rendirse al placer. No es cierto.
¿Lucha de sexo?
Quizá en tu caso sea de amor.
Y pierdes el sentido al ver su estilizado cuerpo rebrincar, reventar de gusto; su deliciosa cara mostrar placer, emitir el duro y prolongado gemido del orgasmo...


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Amara está tensa, se encuentra mal, pero insuficiente para sentirse anulada, no poder pensar. Le duele la cabeza, la espalda... está débil y se revuelve contra su estado y su físico. Me habla con inaudita agresividad, como si yo fuera el responsable de su dolor y su desgracia. En momentos así suelen reflotar viejas desavenencias, cuentas que creía pasadas, heridas que creía cerradas...
Me dan ganas de insultarla, mandarla a la mierda. Otro lo haría, aprovecharía la circunstancia. Soy fuerte, me siento joven... aún hay tiempo para vivir. Sin embargo, le pregunto por lo que hoy me preocupa y por sus palabras me incomoda.
- ¿Has sentido celos alguna vez?-
Quizá este sea unos de los pocos momentos que puede estallar y descubre o me clarifica lo que espero y creo: que muchos se confunden y es como Anna, Joan, Mónica, yo... nadie más. El resto no. Por poco que sea, sienten un punto de resquemor; como José, que juega con él, le excita.
- ¿Celos? No seas capullo. ¿Cuántas veces me lo has preguntado, aunque de mil maneras distintas? Y tú, que si no amas no se te levanta, ¿los has sentido alguna vez?-
Y callo. No sé lo que son los celos. Nunca los he sentido. Solo una vez, cuando Anna me traicionó, me pareció sentir algo parecido. Pero era rabia por su infidelidad, no la del sexo o el amor sino de la amistad y la confianza.
- No quise hacerte daño- Eso me dijo como excusa, estúpida, por cierto, viniendo de una de las mujeres más enteras, valerosas y de principios más sólidos que haya conocido.
No le vino en gana hablar, lo consideró innecesario o no pensó que Albert era más que mi amigo. Me hizo tanto daño que durante un año no quise saber de ella. Huí de su mundo y ella, acongojada, después de pedirme perdón, lo hizo del mío. Un año para perdonarla y olvidar, recordar lo maravilloso de ella, que es casi todo, y pensar si tal vez fui yo el equivocado. El año que conocí a Lourdes.
Y a mi vuelta de Perú y después de conocer a Amara, volvimos a ser lo que fuimos hasta un límite difícil de igualar.
- ¡Celosa yo! Tiene gracia...-
- Solo he preguntado. No hace falta responder con tamaño desdén-
- Celosa no. Solo siento rabia de no poder ofrecerte lo que mereces, lo que te gusta y tienes a la vuelta de cada esquina- Y, ya más tranquila... –A veces lo que tengo es miedo de perderte-

¿Que si no amas, no se te levanta...?
Por muchas vueltas que le dé nunca entenderé la situación.
Los más desinhibidos, los que siempre han sabido separar el sexo del amor y la convivencia, no pueden disfrutar de él si no es a partir de un cierto sentimiento romántico.
Joan y yo, los que más hemos vivido el sexo en su estado más puro y salvaje, los que lo hemos practicado con más brutalidad y despego... si no hay amor no se nos levanta.
A veces nos reímos de ello...
- Cómo lo has hecho, si esta tía ni te va ni te viene-
- He engañado el alma, he buscado algo con lo que sintiera empatía hacia ella-
Lo pasábamos bien, no cabe duda.
Un día se fue de putas con José. Nuestro amigo no paraba de pedírselo, ya que yo no estaba por la labor.
Dos niñas preciosas, jovencísimas, carísimas...
-Te hacían maravillas, Pau. No podrías creértelo-
- No me engañes. ¿Cómo terminó?-
Y, ya riéndose...
- Nada, ni manera-



A mí ya me pasó el día que un “conocido” depresivo tuvo la osadía de invitarme en una encerrona. No podía ir solo, le daba coraje... Él, de tan borracho, cayó de la cama y lo metieron en un taxi.
Me quedé solo, hablando con una chavala brasileña. Intimamos, hablamos de mil cosas distintas. Era una buena profesional, después de todo; pero el tiempo pasaba, el reloj daba las horas...
- Te van a llamar la atención, ni siquiera consumimos...-
- Hay poca clientela y nos lo pasamos bien. De vez en cuando nos dan esta libertad-
Al rato apareció su amiga, cubana, preciosa, divertida... hablamos de su país, de sus problemas, de su ciudad. Trabajaba para ahorrar y volver a la isla.
Y me contó lo de mi “amigo”...
- No te preocupes, pasamos su VISA por la máquina-
Al poco ya sentía el gusanillo. Un gin-tónic y dos preciosas chavalas, inteligentes y sensibles... hacen maravillas. Sentí la necesaria empatía.
Una sala con un gran jakuzi... Posiblemente ya lo habían cobrado y se sentían deudoras. Nadie regala nada y menos en este mundo.



No. Nosotros no somos de este mundo, nunca nos ha hecho falta y tampoco nos ha gustado. Amara y Mónica si, igual que José. Vicki es más parecida a nosotros, también necesita una cierta dosis de amor; y cuando hay desconocidos por medio, la introduce Amara con su simpatía y extrovertismo.
Por lo que la conozco, creo que mi compañera también precisa un punto de amor, al contrario que Mónica, capaz de cepillarse a un tipo sólo porque le gusta sin sentir nada por él. Amara busca empatía encontrándola sin apenas esfuerzo y, como su amiga-hermana, la emite con mucha fuerza embelesando a hombres y mujeres con asombrosa facilidad. Consigue que, al poco de conocerla, sientan la necesidad de poseerla.