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domingo, 1 de abril de 2012

UN APUNTE PARA EL BLUES DE AMARA

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Solo Mila con diecisiete años, me pidió que nunca la abandonara. Solo ella me pidió amor para siempre, precisamente el que no necesita sexo, el de hermano, en un momento de ternura sin igual.
Las otras tres mujeres con las que he compartido el amor: Anna, Mónica y Amara, nunca me lo prometieron para toda la vida y tampoco me lo pidieron; sin embargo, junto con Mila ha sido con las únicas que ha perdurado, pese todos los contratiempos.
Solo Anna, en uno de los días más difíciles de nuestra relación, me dijo que siempre, por muy complicado que fuera, por imposible que pareciera, cuando la necesitase estaría a mi lado. Y sí, apareció en mi puerta cuando más falta me hizo y sin necesidad de llamarla, igual que yo a ella en los momentos más difíciles de su vida.
La fidelidad y el amor no se prometen sino que se practican, porque cuando necesitan de promesas pierden su razón de ser.
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La veo a lo lejos echada en la toalla, en el rincón donde termina la pequeña playa. Muy cerca, las rocas han conformado una minúscula laguna que se llena con las olas más altas. Con ella, uno a cada lado, están los dos tipos que conocimos ayer, después de desembarcar.
Jep la observa desde la cubierta, mientras repasa con cuidado la génova. Hace dos días, justo cuando la recogimos por el fuerte viento, nos pareció que se rasgaba. En el barco tenemos todo lo necesario para reparar el velamen y Mónica en eso es una experta.
Al intuir que eran de su gusto, simulamos que sólo era una amiga de poco compromiso. A Jep no le agrada este tipo de comedia, pero a mi me divierte el engaño. Joan y yo lo utilizamos a menudo, para darles la oportunidad de contemporizar con tipos atractivos, con rapidez y sin necesidad de dar demasiadas explicaciones. Lo hacemos cuando notamos interés por su parte o si creemos que los hombres que se les acercan son de su agrado.
No parece que los tipos se decidan a lanzarse, tal vez porque uno por el otro se estorban o se intimidan. Solo cuando son más de dos se aclaran, quizá porque lo dan por perdido y lo toman como un juego.
Jep y yo nos miramos y sonreímos con complicidad. Amara tampoco les da pie y no parece que tenga el mismo interés del principio. De haber querido, haría rato que los habría seducido.
Jep encuentra la pequeña rasgadura, la marca y, entre los dos, doblamos la vela de manera que se pueda trabajar. Me acerco a Mónica y tomo asiento a su lado con las piernas cruzadas, para charlar con ella mientras la cose; mientras Jep salta a la auxiliar y se pone a remar hacia la playa.
-Voy a buscarla –nos dice, después de constatar que Amara empieza a dar signos de aburrimiento.
Jep casi nunca utiliza el pequeño fueraborda, le encanta remar, sobre todo cuando puede hacer gala de músculo ante su amiga. Es el eterno seductor, incluso con Mónica, cuando ya no le hace falta. Todos sus gestos, su voz, su parlamento… apuntan en una dirección: seducir hasta la muerte, y a mí me divierte y me enorgullece.
Embarca apoyándose en Jep, que le brinda su ayuda con elegancia, cuando en realidad va sobrada de agilidad y fuerza.
Desnuda, bellísima. Tiene veinticuatro y su cuerpo provoca delirio. Es belleza, atractivo y desbordante sexo. Hace dos años que estamos con ella, yo unos meses más; sin embargo, aún la miramos embelesados, mientras imaginamos que le hacemos mil perrerías. Cada día nos descubre una nueva manera de moverse, de mirar, de expresarse. Su cuerpo cambia solo para mejorar, y nos sorprende, porque ya lo tenemos como insuperable.
-Parecían ser de tu agrado –le digo mientras recibo su beso.
-Puede, pero son unos chulitos inmaduros.
La miro y sonrío. Amara se vuelve cada día más exigente con los hombres. Ya no tiene suficiente con la apariencia. Ha crecido y no solo en edad. Su conversación sigue siendo igual de interesante, pero ahora es más inteligente y culta. Anna y Mónica han hecho estragos en su personalidad. A Amara le siguen gustando los hombres maduros, sentirse poseída con fuerza, tanto física como mentalmente. La sensación de serlo por uno o varios hombres maduros y gastados, aún le atrae poderosamente; pero ahora quiere más y con Mónica y con sus dos amigos médicos, solo un par de años mayores que ella, ha descubierto una nueva forma de madurez.
Vuelvo a sentarme junto a Mónica, que ya casi ha terminado de reparar la rasgadura. Estamos sobre la cubierta, sentados con el ventanuco de proa entre los dos. Amara entra en la cabina seguida por Jep. Mónica y yo nos miramos y sonreímos, y apartamos la vela de sobre el ventanuco, no fuera que los dos amantes se asfixien por nuestra culpa.

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jueves, 16 de febrero de 2012

OTRO APUNTE PARA EL BLUES DE AMARA

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                            En defensa de la valiente Aliaa Magda ElMahdy


-No sabes lo difícil que es encontrar tíos como vosotros, que no se complican la vida, ni tienen la cabeza llena de malos rollos.
Está echada a mi lado, mirando el cielo a través del ventanuco de proa, después de hacer el sexo hasta reventar. Del exterior llega la inteligente conversación de Jep con Amara, acompañada de alguna de sus risas. Tiene la cabeza recostada sobre mi hombro, la miro y me recreo en su perfecto y sereno perfil. Sé que ahora mismo desearía encender un cigarro, se muere por hacerlo, aun sabiendo que en el interior del barco está prohibido. Solo hay una cosa que puede evadirla de su ansia. Vuelve la cabeza y me mira, se levanta y me monta. Sabe lo que provoca, con su cabello cayéndole sobre el rostro, apuntándome con sus pequeños y duros pechos; y con su sonrisa, con su inagotable deseo. Es la belleza en su estado más puro y salvaje y, a la vez, el más tierno y delicado.
Días antes y casi en la misma tesitura, Amara comentó lo mismo, pero con más morbosidad y detalle.
Son distintas, la una más formal y seria, la otra más alegre y abierta. Incluso en su belleza se nota la diferencia, sin que nadie, ni siquiera nosotros, pueda discernir cuál es la más atractiva.
La miro y me río, más que nada porque creo que ya no puede sacar nada aprovechable de mi cuerpo. Intento atraerla para besarla y no se deja, en cambio, yergue su precioso cuerpo y levanta los brazos simulando recoger su cabello tras la nuca.
-Necesito que me despedacen, que destrocen mi cuerpo, que lo devoren…
Su vientre, su ombligo, sus pechos, que parecen hincharse de tan enhiestos… Y mi sexo resucita contradiciendo todos los manuales de la ciencia.

-No puedes llegar a imaginar lo complicado que es encontrar tíos como vosotros, con ganas de divertirse, que empaticen sin complicarse la vida, que digan hola y adiós, que no pidan ni den el número de teléfono; que, preocupados, no pregunten si lo has pasado bien; tíos que te acaricien y te besen después de follar como salvajes, que luego se levanten y se vistan dejándote tan tirada y sucia como satisfecha; que, a lo sumo, antes de marchar te digan que follas muy bien… ¡Mierda! No sabes lo difícil que es.
Eso me dijo Amara, también echada a mi lado, pero esta vez en casa y con los niños ya en la cama, después de mi viaje por media España.
Hacía poco habían estado con Richard y sus amigos británicos en su barco, más grande y cómodo que el nuestro.
-Para lo que vamos a hacer es mejor -me dijo entonces, cuando le ofrecí el nuestro.
Los mismos camarotes, pero más grandes y equipados; también con más cubierta y una amplia sala de mapas. Nuestro barco, más pequeño y compacto, paradójicamente estaba más preparado para largas travesías, navegar con fuerte viento y soportar temporales. El suyo era más de paseo, para costear o, como máximo, ir de Barcelona a Mallorca en un día claro y tranquilo.
Los británicos, adinerados y sin problemas, solían venir para visitar a Richard, aprovechando un rally, una famosa regata o, simplemente, pasar un fin de semana con su amigo; entonces él las llamaba para pasar esos días juntos. Era con los únicos que mantenían una relación continuada, que lo pasaban bien y se divertían sin ningún prejuicio.
-Es como si fueran de putas, pero sin pagar y dando tanto como reciben. Sabemos lo que les gusta y ellos de nosotras también.
Yo me reía con ganas, porque ellos, de tan educados siempre preguntaban por nosotros, por los hijos, por… pero nunca hablaban de sus mujeres, señoras de la clase alta británica, que, probablemente, creerían que sus maridos iban a España a echar una cana al aire, pero de pago; más asumible para una sociedad puritana, sea europea o china.
Algo les habría pasado durante mi ausencia: una decepción o un problema. A Mónica no valía la pena preguntar, se encerraría en su tradicional mutismo y sería imposible sonsacarle algo. Con Amara es distinto, no puede remediarlo y lo termina explicando, aunque a plazos y sin orden. Lo único que hay que hacer es ir pegando las anécdotas y, una vez ha terminado, reordenarlas y montar la historia. Y eso puede llevar días o semanas, con el agravante que a ella le parece que lo ha contado mil veces y espera una respuesta. Una vez completada ya puedo hablarla con Mónica, que ni se extraña ni se molesta, aunque sea con Jep enfrente.
Y luego dicen que los hombres somos complicados…

-Los encontramos en el Tulip, desesperados y con el motor de la Zodiac echando humo. Al principio creímos que habían salido a pescar, porque no eran los típicos jóvenes que andan de cala en cala para divertirse, sino unos tipos de casi cuarenta. Nos acercamos para ver si necesitaban ayuda y se pusieron nerviosos, eran franceses y no sabían cómo explicarse. Fondeamos en su barlovento y salté a su lancha para revisar el motor. Entonces me di cuenta, estábamos en pelotas y ellos no; y claro, allí, apretados en la lancha, los tipos no sabían cómo moverse ni qué hacer.

Imaginé su turbación y me reí. Dos chicas desnudas, tan atractivas como espectaculares y sin ningún prejuicio, y una de ellas les asalta en la lancha.

-Al principio creímos que vendrían de Cadaqués o del Port de la Selva, pero no, los muy brutos habían llegado de Colliure, seguramente para ver tetas o ligar lejos de su casa.

Al escucharla no podía más que troncharme de risa. Los pobres por fin habían conseguido ligar, pero a costa de quedarse sin motor.

-Debo reconocer que estaban buenos y nosotras con ganas. Les ofrecimos remolcar la lancha hasta Colliure; no teníamos nada mejor que hacer, que navegar y tomar el sol, y nos venía de paso; y los embarcamos, sin que aún supieran qué les había pasado.
¿A qué habéis venido? Seguramente a ligar un par de españolas, supongo. Les pregunté a bocajarro. Y aún aturdidos respondieron que sí.
Nos gustaron, ¿sabes? Eran sinceros y no se arredraban de burlarse de sí mismos.
Miramos la hora, estudiamos el recorrido y descubrimos que llegaríamos tarde. Entonces les preguntamos si sabían de un lugar para cenar en Colliure, más que nada para dejar que se marcaran un tanto. Respondieron que sí, que nos debían mucho y, como mínimo, debíamos aceptar su invitación. Y ahí se lió, porque tu amiga soltó una de las suyas y respondió que con solo la cena no nos sentiríamos cubiertas.

Yo me desternillaba. Mónica por fin había decidido cazar a tipos con más edad. Probablemente, la aventura con los cuatro británicos le había enseñado a valorar lo que es la edad.

-No veas… uno de ellos, cuando vio la foto del camarote, esa que estamos con los niños, se puso nervioso y le dio la vuelta; dijo que no podía hacerlo contigo y los niños mirándolo. Sin embargo, uno de sus amigos no paraba de hablarte; me contó que le daba morbo. A los otros dos les cogió por sentirse culpables y no hubo manera. Uno de ellos, después que Mónica se lo trajinara, pasó el resto de la noche hablando sobre cómo se lo contaría a su mujer, y que probablemente se divorciaría. Y, claro, quiso que le diera el teléfono, porque estaba seguro que a ella también le pasaría lo mismo.

A esas alturas yo ya no sabía si reír o tomármelo en serio. El asunto es que lo habían pasado bien y los tipos sabían lo que hacían, pero, ¿a cambio de qué?

-Nada chico, que hay mucho chiflado por este mundo. No veas cómo se pusieron cuando les pedimos que hicieran unas fotos mientras nos los tirábamos. Son para nuestros compañeros, les dijimos con toda la sorna del mundo, cuando preguntaron para qué las queríamos. Y va y los muy capullos se lo toman en serio y nos montan el numerito.
A uno lo dejamos llorando, a otro lo tuvimos que sacar casi a hostias, arrepentido por no haber follado cuando tocaba. Los otros dos aún se podían aguantar, pero chico, no veas lo que es hacerlo con un tío, que le habla a una foto donde estas tú con los niños; y otro que no se le levanta porque cree que lo estáis vigilando.

Amara tiene una forma de explicar las cosas, incluso cuando habla de muertos o de enfermedades extrañas, que uno no puede más que reírse a carcajadas, que es lo que hice en aquel momento.

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martes, 7 de febrero de 2012

EL BLUES DE AMARA (El camino imperfecto)

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Llegamos con sed, posiblemente por tanto boniato o quizá por el viaje, y de las jarras de cerveza no queda nada. El barman, tal vez sintiéndose culpable por no haber cortado a tiempo a los dos estúpidos, da la vuelta a la barra y nos sirve dos jarras más.
-Estas chelas las paga la casa –nos dice con elegancia.
Por la mañana el mesero nos envía a casa de un amigo.
-Es mecánico y alquila autos a gente como vosotros, son viejos cacharros, pero son de más fiar que los nuevos y más baratos. No os defraudará.
Tenemos que andar unas cuantas manzanas, menos de un kilómetro de casas tan pequeñas, como sencillas y encantadoras, antes de dar con el mecánico. Por el camino me dedico a observar los coches y entiendo al mesero. Los que para muchos son nuevos, en Barcelona serían viejos, y de esos mejor no hablar.
Por las callejas del barrio corren niños en harapos, se supone que los mismos de la noche anterior, que con la escasez de luz no vimos bien; y también gente sentada en los soportales o andando sin aparente rumbo. Es el contraste entre la ciudad rica y la pobre a unas pocas manzanas de la Lima administrativa, de los ministerios y del gobierno. Barro en las calles, ya no por el aguacero sino por el deficiente alcantarillado. Un niño corriendo se cruza en nuestro camino, no lleva calzones y los excrementos cuelgan de su ano. Nunca había visto nada igual, ni siquiera en los valles más escondidos de Cachemira o durante mi adolescencia, en los remotos poblados de Guinea. Lo siguen más niños de ambos sexos, algunos también sin calzones y con el cuerpo marcado por la desnutrición, que corren tras él para escarbar en la basura. Sorprendentemente no nos piden dinero, ni ellos ni sus mayores. Es la cultura y el orgullo de una gente, que, viviendo en tal pobreza, serían capaces de invitarnos en sus casas.
Nos recibe un tipo con barba entre negra y blanca, un color sorprendente, atribuible al peculiar modo como le han salido las canas; ancho de cara y muy pulcro por ser mecánico. El taller parece un desguace, tanto es así que por un momento me recuerda al del traficante de Lahore. Coches medio desmontados, sin cristales y llenos de piezas, incluso por encima de los asientos, que a simple vista deben servir para reponer otros. Le explico quien nos manda y hasta dónde pretendemos llegar.
-Más allá de Cuzco no es seguro, no puedo proporcionaros un carro para llegar tan lejos.
-¿Tan mala es la carretera? Le pregunto preocupado.
El tipo nos mira de arriba abajo, seguramente preguntándose cómo su amigo ha podido mandarle semejante ganado. Me pongo en guardia, por un momento pienso que está calculando cuánto dinero puede arrancarnos.
-Bueno, no se preocupe, ya encontraremos algo que nos lleve –le digo mirando a mi alrededor con desconfianza, imitando el mismo sistema utilizado la tarde anterior con el taxista.
-Para que os alquilen un auto nuevo tendríais que ir al Cercado y decir que lo necesitáis para corretear por la costa, no aquí, en Bajo el puente, y os saldrá muy caro y con él no llegareis demasiado lejos. Si queréis un auto para ir al altiplano, este os irá bien y es barato –nos dice señalando un antediluviano Peugeot, que miro con el máximo cariño, ya que de otra manera sería incapaz de tomármelo en serio. Me dice el precio y doy un respingo.
-Nos sale más a cuenta comprarlo –respondo irritado, convencido que intenta tomarnos el pelo.
Y el tipo me saca de dudas al decirme que en realidad el coche será nuestro hasta Cuzco o donde nos dé la gana caer muertos.
-En Cuzco tengo un amigo que por poco menos y dependiendo del estado, os lo comprará si le enseñáis el contrato.
Es la primera vez que me proponen algo así. El coche tampoco es tan caro, en cualquier sitio sería más barato, pero dudo que con él llegáramos lejos, sin embargo, el tipo me inspira confianza, quizá por la promesa de que en un sitio tan lejano, alguien lo comprará con solo ver el contrato. Sin embargo, soy consciente que la promesa no debería bastarnos, pero, por otro lado, el mesero nos lo ha recomendado. Miro a Leire a la espera que diga algo, inútilmente, porque hace como si la cosa no fuera con ella. Cuando salgamos debo hablar con ella, pienso. La excusa de no saber de automóviles no es buena y aún peor no atreverse a opinar por considerar mío el dinero.
-Una vez allí y dependiendo de sus intenciones, Ramón les alquilará el adecuado.
Y pienso sobre la facilidad que tienen de llamar alquiler a una venta, porque, visto lo visto, seguro que el tal Ramón querrá vendernos su auto.
-Podemos coger el coche de línea –escucho tras mío.
Y sí, es cierto, pero el plan era otro y pienso que la mejor manera de disfrutar del viaje es parar donde te place. Poco antes hemos visto pasar un autobús de esos, con la gente de pie y sentada en el suelo. Seguro que nos tocaría a nosotros y esa no es la mejor manera de ver el paisaje.
Al fin salimos con el Peugeot, miro por el retrovisor y veo la cara del tipo que nos observa mientras nos alejamos. Y, no sé por qué, me da que no está nada seguro que lleguemos con el trasto entero. El coche es mucho más antiguo de lo que al principio había pensado, lo menos de mediados de los cincuenta, de cantos redondeados y luces que sobresalen como chichones, el volante delgado y grande, mucho más que el de mi Dianne, los pilotos del cuadro no funcionan, aunque tampoco lo esperaba. El tipo, antes de marchar me ha dado instrucciones sobre cada cuánto debo revisar el aceite del motor, también me ha entregado una larga y estrecha lámina de acero para revisar el nivel del gasóleo. En el maletero, como aquel que no quiere la cosa, ha dejado un juego de bujías, un cepillo de alambre, dos latas de aceite, un depósito con veinte litros de gasóleo y una pequeña caja de herramientas.
-Si pasa algo no deben preocuparse, siempre encontrarán quien los ayude y sepa de mecánica –nos dice al despedirnos.
Solo salir de la calle y entrar en la que parece principal, miro a Leire y coincidimos al soltar una gran carcajada. Por lo que nos han explicado, es más fácil reventar una rueda que el coche se averíe, y no estoy seguro de haber visto la de recambio y la herramienta para montarla.
-Estará en algún lugar -dice mi compañera para tranquilizarme.
Dejamos atrás el ancho y sucio río, las decrépitas casas de su orilla, de las que se desprende el hambre y la pobreza, tan cercanas a la plaza donde curas y jerarcas gobiernan.
Lima es extraña, aunque supongo que como todo país tan lejano al nuestro. Es por el idioma por lo que debo sorprenderme. En Pakistán era otro muy distinto y eso hizo que no me extrañaran las diferencias, sin embargo, aquí, al hablar el mismo parecen más acentuadas. La ciudad enorme, kilómetros y kilómetros de estrechas calles para llegar a ninguna parte. Pronto dejamos de seguir las indicaciones recibidas. Prefiero las de mi intuición, buscar el sudeste y la montaña, que, después de todo, es lo que el mesero había trazado en su mapa.
Las ciudades engañan y las calles hasta pueden contradecirse, pero el sol y las estrellas nunca mienten, tampoco las montañas que pueden verse a lo lejos. Podríamos equivocarnos, pero para eso paramos y preguntamos, y la gente, da lo mismo el país donde te encuentres, siempre suele ser amable con el forastero.
-¿A dónde se dirigen?
-A Ayacucho.
-Van bien, sigan recto hasta encontrar una calle ancha y giren a la derecha. Para llegar a Ayacucho deben ir por la Molina.
El peruano habla bien, su castellano es limpio y fluido, más rico que el de España y, para mí, más culto; aunque eso tampoco es difícil y podría extrapolarse a todos los idiomas. El francés de algunas colonias es mejor y más culto que el de la metrópoli, degradado y prostituido hasta en la propia pronunciación. Es tal la diferencia de nuestro idioma con el peruano, que me obliga a esforzarme para hablarlo correctamente y evitar mi vergüenza.
-¿De España, supongo? -Acostumbran a preguntar casi retóricamente, porque no solemos apreciar el interrogante. Y lo peor es que no solo se nota por el acento o la falta de él, o por la típica gangosidad catalana, sino que tememos que por la pobreza de nuestro vocabulario.
Calles estrechas y embarradas a tramos, por la falta de desagües, porque no habían sido preparados para el desmesurado crecimiento de la ciudad o por la fuerte lluvia caída días antes de nuestra llegada.
-Han llegado con suerte –nos había dicho el taxista del aeropuerto, ya que hacía casi un año que no llovía en Lima. -Casi un metro de altura, señores, y lleno de huaicos -comentó el mismo taxista, hablando del Rímac.
Un metro de altura no es nada, pienso; pero nada es igual en todos los sitios y para ellos un metro puede que sea mucho. Y cuando le pregunto qué es un huaico, entiendo la importancia de un metro de lodo, con rocas y árboles bajando por el río.
Una calle ancha y giren a la derecha, nos habían dicho… De ancha tiene poco, apenas quince metros con aceras incluidas. Leire baja del coche para preguntar, ya que entre el barro y los bordillos nadie se acerca.
-Para ir a Ayacucho, por favor.
-Por aquí van mal, giren a la izquierda, para Vitarte, y sigan por la carretera central.
Bajo del coche para escuchar mejor. Por lo visto, ir a Ayacucho por la Molina habría sido un locura. El tipo, al vernos dubitativos nos aconseja comprar un mapa.
-Entonces entenderán -nos dice con seguridad.
La definición de carretera central me gusta más que algo sin ella y no veo que Leire, siempre tan aventurera, tenga ganas de discutirlo. Al poco nos volvemos a encontrar con el Rímac, ahora más estrecho y un poco más caudaloso, aunque creo que lleva menos agua que nuestro Llobregat en un día normal. Nos han dicho que no debemos dejarlo, por lo menos en cien kilómetros.
La carretera es buena y sigue el río, que conforma un largo y ancho valle, es recta y está jalonada por kilómetros de pequeñas y bajas casas, y de campos de cultivo que escalan por la montaña. No paramos de subir, la cuesta es muy pronunciada, sin embargo, la humedad sigue siendo igual de empalagosa, triste e incómoda.

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viernes, 3 de febrero de 2012

EL BLUES DE AMARA (Soy una calamidad)

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Aprendimos a quererte                  Aquí se queda la clara,                Tu mano gloriosa y fuerte
desde la histórica altura                la entrañable transparencia         Desde la historia dispara
donde el sol de tu bravura             de tu querida presencia               cuando todo Santa Clara
le puso cerco a la muerte.             Comandante Che Guevara.          se despierta para verte

Vienes quemando la brisa             Tu amor revolucionario                 Seguiremos adelante
con soles de primavera                 te conduce a nueva empresa        como junto a ti seguimos
para plantar la bandera                donde esperan la firmeza              y con Fidel te decimos:
con la luz de tu sonrisa.                de tu brazo libertario.                   !Hasta siempre, Comandante!




Soy una calamidad, para ciertas cosas tengo una memoria fatal. Tal como hoy recuerdo cada hora, minuto, segundo, de mi historia con Anna, de nuestro viaje a Cachemira, no hay manera de cuándo cogí el avión con Lourdes, la Leire de mi novela, para ir a Perú; si fue de mañana, de tarde o de noche. Hago un esfuerzo y recuerdo nuestra llegada, debía ser tarde, no mucho, pero sí que casi había anochecido. También que nadie esperaba, que llamó a su amigo desde el teléfono de un mostrador y, como respuesta, le dijeron que estaba fuera de Lima, en casa de un amigo, y que no podían ponerse en contacto con él; cuando lo más probable es que, expectante y acobardado, esperase a unos metros del aparato, temeroso que, de acercarse, su amiga oyera su respiración.
-Cuando lo vea dígale que me olvide –dijo Leire como respuesta. Muy típico de ella, aunque luego las palabras de una enamorada se las lleve el viento, tal como las oraciones de un banderín budista.
Recuerdo coger un taxi, después de arrastrar las mochilas por el desangelado y triste aeropuerto.
-Le doy dos dólares si nos deja en el centro de Lima. -Que podrían ser cuatro porque ahora no recuerdo.
-Usted no sabe lo que dice, eso no funciona así, por esa cantidad nadie le llevará más allá del área aeroportuaria.
-Bien, no se preocupe, pasaremos la noche aquí y subiremos en el primer coche de línea de la mañana.
-Espere, espere, por cinco le llevo a un hotel bueno y barato del centro.
Vuelvo a tener la mochila en el hombro y con lo que me ha costado, no parezco dispuesto a descargarla.
-De verdad, no se preocupe, ya nos espabilaremos.
-Por cuatro se lo arreglo, menos de eso imposible –dice mientras abre el maletero.
-Le ofrezco tres, ni uno más.
Lo acepta, posiblemente por no haber más vuelos y va de retiro. Y cuando veo lo cerca que estamos del centro y los arrabales por los que pasamos, me felicito de haber discutido tanto. De saberlo quizá hubiéramos ido andando hasta el primer hostal que encontráramos.
Nadie nos contó que en Perú hay que regatear por todo y sin compasión, que hay que ser ladrón y coger lo que no es tuyo si ves un descuido, nadie, pero es lo que hago por lo que pueda pasar. No me siento cómodo y la intuición me dice que debemos ir con pies de plomo. No lo estoy porque no tenía ningunas ganas de venir. Justo antes de subir al avión lo pensé, todavía estaba a tiempo; pero la inercia y no saber qué hacer en caso de quedarme, ver la alegría en los ojos de mi compañera, quizá fuera eso último.
Y al llegar pregunto al taxista si conocía alguna pensión por el camino.
-Claro señor, pero no son distritos seguros.
Distritos seguros… ¡Que sabrá él de seguridad! Pienso para mí, mientras me acaricio el bolsillo para sentir mi última adquisición: una navaja automática de manufactura cántabra.
A un lado la plaza de Armas, -así creo que la llaman- de la que sobresalen las cúpulas de la curiosa catedral, frente a nosotros una estrecha calle pobremente iluminada y con poca gente paseando, algún bar, un pub que quiere parecer inglés y un precioso edificio que se publicita como casa de correos, tiendas abiertas, aún más anticuadas y vetustas que las típicas de un pueblo de Castilla.
Con las mochilas en la espalda nos acercamos al hotel recomendado por el taxista.
-Es familiar, pero no se les ocurra regatear –recuerdo que dijo al despedirse.
Un edificio típicamente colonial, elegante y cuidado. Es tarde, pero la irritación y el rechazo que siento por todo lo que me rodea no me permiten entrar. A Leire, tras lo sucedido con su presunto amigo, le da todo igual y se siente con poco ánimo de discutir mi estúpida obcecación. Andamos un rato, las mochilas pesan y empezamos a sentir el cansancio de tantas horas de viaje.
Es la rabia lo que nos mantiene, la rabia y la resistencia de nuestros cuerpos, acostumbrados a andar, a nadar y a escalar durante horas. Unos cientos de metros más adelante, seguramente pocos, cruzamos un río y la calle cambia de color, apenas se ven tiendas y de las calles adyacentes sale el hedor de la basura amontonada. Entramos en uno de los callejones y encontramos a hombres sentados en los soportales, que nos miran expectantes, pero sin extrañarse por nuestra indumentaria. Algunos niños corretean por la calle, removiendo la basura en busca de algo con qué jugar. Cerca, justo en la siguiente bocacalle, vemos un pequeño rótulo que pone pensión. Me llama la atención la tilde en la sílaba tónica, pocas veces la encuentro en los carteles de sus gemelas en España. Es una casa de dos plantas, ancha y alegre, con pequeños y viejos balcones tachonados con sencillas barandillas de hierro forjado y cubiertos de madera a modo de glorieta. A su alrededor las casas son bajas y pobres, excepto alguna parecida. Nos miramos, Leire se encoje de hombros, ya nada le importa, ni siquiera si decido dormir entre la basura.
-Tienes su dirección, si quieres intentamos pernoctar aquí y mañana te acompaño –le digo mirándola a los ojos, mientras acaricio su barbilla con ternura.
-¿Y tu qué harás?
Unos segundos, los suficientes para tomar una determinación.
-Si lo encuentras y quieres quedarte, me iré a Machu Pichu o al lago Titicaca, andaré por los cerros y dormiré en las aldeas de la zona, conoceré gente y luego volveré a buscarte.
Me mira a los ojos y sonríe. -Me gusta. ¿Puedo venir?
No ha necesitado ni la mitad del tiempo que yo para decidirse.
Llamo al picaporte –pienso que lo había porque no recuerdo ningún timbre- y me abre un tipo adusto, de ojos pequeños y oscuros, vestido con una camiseta de tirantes, blanca, raída y algo sucia por el uso; sus facciones son agresivas, sin embargo, no sé por qué, denota amabilidad y provoca confianza. Llama a su mujer, mestiza como él, rechoncha y simpática, que, sin saber, en un instante se hace cargo de la situación.
-Estarán hambrientos y cansados, les prepararé algo de comer, aquí solo servimos el desayuno y la cena es a las siete si se pide con anticipación. Mi esposo les enseñará su habitación.
Un dormitorio pequeño, limpio y agradable, con el suelo hecho de tablas superpuestas. A los pies de la cama, una pequeña mesa y una silla. Abro el cajón y encuentro cuartillas, sobres y alguna postal sin usar, todo heterogéneo pero bien ordenado. Sobre la única mesita de noche descubro unos cuantos libros apilados. Sorprendido por el hallazgo repaso sus títulos. Y el tipo, después de disculparse al darse cuenta que no había preguntado si éramos matrimonio, nos cuenta que son cosas que los huéspedes dejan tras suyo y que él arregla y deja en su sitio.
-Poco podremos dejar nosotros, que solo estamos de paso –le digo ya relajado.
Y pienso que allí nos sentiremos a gusto, mucho más que en cualquier otro lugar más caro y pretencioso.
El tipo nos enseña el baño, sencillo pero pulcro, tanto como cualquiera de los que se pueden encontrar en España, sin embargo, echamos en falta las toallas. Y ya en la escalera noto el excelente olor de huevos fritos y boniatos.
-Aquí revolvemos los huevos con los camotes –me dice la mujer -pero se los sirvo por separado para que decidan.
-Por favor, hágalo como para ustedes.
Es la primera vez que veo eso que ahora llaman huevos estrellados, pero en cambio de utilizar patata, la mujer los hace con boniatos gruesos, redondos y más pálidos que los habituales de nuestra tierra. Los corta a rodajas y después de repartirlos por la bandeja, le echa los huevos, que parte y aplasta con un tenedor. Plato único, aparte de un plátano como postre, pero tan abundante que casi no podemos terminarlo.
El tipo, antes de retirarse nos da una llave, parece preocupado, no suele darla a nadie, pero durante la cena les hemos contado cómo y por qué habíamos llegado de tan lejos, y que teníamos ganas de dar una vuelta para beber y charlar.
-Sobre todo, no dejéis que os la quiten y si tenéis algún problema llamad al sereno –nos ruega, después de aconsejarnos que no nos retirásemos muy tarde. Antes nos ha contado que su calle no es una prioridad para la policía y que se nota que somos turistas. Lo veo tan preocupado que hasta estoy a punto de decirle que podemos llamar al sereno para que nos abra la puerta, pensando que, como antiguamente en España, tendrá la llave y acudirá al batir palmas.
El cansancio suele jugar malas pasadas, una de ellas es el insomnio y tanto ella como yo lo sabemos. No es mi caso, aunque sí el suyo en forma de excitación. El pub no está lejos y nos encaminamos hacia él, es el mejor lugar para charlar, con una cerveza al lado y agradable música de fondo. Leire lo necesita y a mí me está bien.
Lo que debía ser o pretendía pasar por un pub inglés, resulta ser una taberna, en la que prolifera el pisco y un vino, que con solo el aspecto es suficiente para no probarlo. Del pisco nada sabemos, pero, por lo que nos dicen, es aguardiente de alto grado y no tenemos interés en llegar a la pensión borrachos. Del vino nos cuentan que es español, de Murcia para ser exactos, llegado en garrafas que el barman nos enseña muy ufano. El tipo, después de una corta charla, entiende que no queramos probarlo; para eso no habríamos llegado de tan lejos. Tomamos unas cervezas del país, que ahora no recuerdo el nombre, pero sí que no tenía nada que ver con algo típico de Perú. En la barra, dos tipos de mi edad, blanquitos y medio idos, seguramente por el pisco o mucho whisky, que al saber nuestra procedencia no se les ocurre otra que hablar del genocidio cultural y no sé cuántas barbaridades más que hizo la madre patria. Los tipos se ponen pesados, especialmente con Leire, más por su salvaje atractivo que por otra cosa. Yo me río al ver al camarero preocupado. Está claro que son clientes y que de nosotros mañana dejará de saber. Leire, mujer de pocas palabras y menos paciencia, se los saca de encima con un exabrupto; pero yo, al escuchar que hablan de mis antepasados, suelto una risotada que se escucha por toda la sala.
-Entonces no hay problema, según creo, somos los primeros de nuestra estirpe que cruzamos el charco. Pienso que deberíais buscar en vuestro árbol genealógico y no en el nuestro –les digo con mucha alegría.
Y los tipos, ante la risa de complicidad del resto de la clientela y la cara de pocos amigos de Leire, optan por una retirada más vergonzosa que estratégica.
-Mañana podríamos alquilar un coche, ¿qué te parece? Con él podríamos movernos y viajar hasta el Altiplano o a donde nos plazca, sin necesidad de regirnos por los de línea.
Afirma con la cabeza, mientras observa divertida el peculiar ambiente de la taberna. Es la única mujer y me choca, dado que no tengo a la sociedad peruana por machista. No atrae las miradas, ni siquiera después de las risas que hemos provocado, ni parece que su presencia incomode o dé que hablar.

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viernes, 27 de enero de 2012

UN APUNTE PARA EL BLUES DE AMARA

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Una de las fiestas más interesantes que recuerdo transcurrió en casa de un amigo de Alvar, el Artur de mi novela, fotógrafo, político y, como él, rico de nacimiento. Fuimos Joan, Mónica, Amara y yo; Vicki, ahora no recuerdo por qué, no pudo asistir, y Jep estaba de viaje.
-Una de esas que tanto os gustan –dijo Alvar con un guiño.
Hacía tiempo que habíamos dejado de asistir a este tipo de fiestas, que solo nos acarreaban problemas ajenos; aun así, sabiendo que se podía hacer cualquier cosa, desde tomar unas copas, hasta entablar relación con gente interesante, nos presentamos tranquilos.
Actores, escritores, algún pintor… hay de todo y de todas las edades y condiciones. Un piso aledaño a las Ramblas barcelonesas, sorprendentemente grande por lo que yo creía de la zona. Se compone de una enorme estancia soportada por viejas columnas de hierro forjado, de claro estilo modernista. Grandes focos cuelgan del alto techo y cortinajes negros y blancos están replegados en las paredes. En un rincón: focos y pantallas con dos máquinas en sus trípodes. En el centro y con cuidado desorden: unas cuantas mesas llenas de canapés y bebidas. Música clásica de fondo y una pantalla, por la que pasan sin cesar diapositivas de París y Londres. A nuestro alrededor: una serie de puertas, y colgadas de las paredes, multitud de fotografías en blanco y negro, desnudos en su mayoría, oscuras o suavemente difuminadas; la misma modelo en la mitad de ellas, hombres en unas pocas y alguna que otra mujer en el resto. Somos entre veinte y treinta invitados, quizá más, porque algunos aparecen o desaparecen por las habitaciones colindantes. Los modelos están presentes, ya que reconocemos alguno, entre ellos la chica más fotografiada.
A Amara y a Joan les fascina el arte, sobre todo la pintura y la fotografía, de manera que nos dedicamos a pasear por el perímetro del estudio.
-¿Os gustan? 
Tras nuestro, un tipo de mediana estatura y cara angulosa, de tez pálida, con el pelo largo y negro recogido en la nuca, acompañado por Alvar, que también mira las fotos con interés.
-Es mi ex –explica a Amara, cuando esta le señala la chica exclamándose por su belleza. Gira la cabeza y la busca para presentárnosla –seguimos siendo muy amigos –dice como si fuera una gran cosa.
La chica aparece solícita. Parece la anfitriona de la fiesta. Alta y delgada, con el cabello corto y ligeramente ondulado, de mirada profunda y simpática, piel morena, ojos grandes y oscuros, cejas pobladas, negras y cuidadosamente recortadas, la nariz recta, pequeña y algo afilada. La perfecta modelo para un fotógrafo.
-Son buenas –respondo.
Amara le habla de algunas que hemos dejado atrás, de sus detalles y la extraña luz que emiten.
-¿Aceptaríais posar para mí?
Respondo con una mirada burlona, es indudable que me utiliza para convencer a Amara, alguna de las fotos expuestas lo demuestran. Directamente le digo que le estropearía el cuadro y él se lo toma como un desafío.
-Depende, aunque sí, la que me interesa es ella.
Hacía rato que había visto cómo la seguía con la mirada y estudiaba sus gestos al hablar, al apoyarse en el canto de una mesa, al mirar a su alrededor. Ahora es la chica quien la observa sin pestañear. El tipo parece buscar un plano, porque mira la sala como un profesional.
-¿Qué haces con los negativos? -Pregunta Amara.
-Los guardo en una caja fuerte, solo yo puedo manipularlos y si el modelo me los pide se los entrego. No comercio con mis fotos y solo fotografío a gente de confianza.
El tipo no para de observarla, parece extasiado ante la expresividad de su cuerpo, de su rostro; la chica también, pero quizá por ser mujer no me extraña. De pronto ella le acaricia la cara, con uno de sus dedos le mueve el labio, se lo pellizca, sigue por un lado del cuello hasta el desnudo hombro. Amara lleva un vestido de tirantes, de algodón blanco, corto y ceñido; no se ha puesto ropa interior y la chica lo nota. Acaricia el resto de su cuerpo, que a través de la tela se dibuja a la perfección.
-Brutal –exclama sin cortarse.
Me siento incómodo, Amara, sin embargo, parece divertirse y responde en consonancia y con una mal disimulada queja. Está acostumbrada a las lisonjas, por la calle, en el hospital, pero nunca así, de una mujer y en una fiesta como esa, tan de intelectuales. Y me mira interrogante.
-¿Por qué me preguntas? Exclamo casi riéndome, sorprendido por el silencioso requerimiento.
-No es lo mismo Popol, eso es más comprometido.
Alvar la mira perplejo, mientras yo ya no puedo aguantar la risa.
-En todo caso pídele a Alvar que haga de pareja –le digo al tipo –da más la talla que yo.
Gimnasta, musculado, exótico, gastado, rubio y con el pelo largo, depredador hasta la médula. Mi amigo es el modelo ideal para Amara, el contraste de una belleza salvaje con otra sensual y adorable.
-Podría sentirse cohibida y se reflejaría en las fotografías.
Me esfuerzo para no estallar en carcajadas. Esos artistas tan intelectuales sorprenden a cualquiera, pienso.
-No te preocupes, con Alvar no se sentirá cohibida.
Podría decirle que con nadie, pero prefiero callar.
-¿Cuándo sería? –Pregunta ella.
-Ahora.
Amara mira a su alrededor, los focos del techo, los tapices y las cortinas, también los treinta invitados, que departen con risas y en voz alta repartidos por las distintas mesas.
-¿Dónde?
El tipo, sin dejar de mirarla, de recrearse en su demoledor atractivo, hace un gesto con la mano abarcando toda la estancia.
-¡Ah! ¿Y supongo que quieres que me desnude?
Lo dice sin ironía, quizá porque el tipo emite confianza, por su manera de hablar y de tratarla, por sus gestos. La chica, sin que nadie le diga nada, se desnuda con naturalidad; alguno la observa, pero solo por un instante, luego sigue con lo suyo. Después, mirándola a los ojos le levanta el vestido con cuidado, por si Amara reacciona negativamente.
-¿Y ahora qué? -Pregunta una vez desnuda.
El tipo parece despertar de un ensueño, a mí me ocurre lo mismo. Tan acostumbrado que estoy de ver a mi compañera desnuda, siempre me sorprende y admira su brutal belleza, su maravilloso cuerpo, cómo se mueve, simulando no ser consciente de lo que provoca.
Jim se mueve rápido, como si temiera perder la oportunidad, mueve los trípodes, las cámaras, enciende los grandes focos del techo, arrastra las pantallas, y apaga el resto de luces de la gran estancia. Se acerca al grupo del centro y pide naturalidad, que las traten como si fueran vestidas. Elia coge de la mano a Amara y la acerca a la mesa, la apoya en ella y le ofrece un canapé. Entonces lo veo, el grupo ha quedado suavemente iluminado, en contraste con el resto, que parece disimularse tras una difuminada penumbra. Todos los invitados de la mesa están en el plano, ninguno destaca y se han convertido en personajes, entre la claridad de la luz y las sombras, en un perfecto claroscuro. Elia se acerca a Amara y se despide después de preguntarle si no le molesta quedarse sola. Una mujer con un vestido largo y oscuro, de cabello corto, casi plateado, entra en la conversación, lleva un gran libro en la mano. El resto del grupo sigue con lo suyo, uno de los tipos se gira y pide que le enseñe las pinturas del libro. Al fondo, en la penumbra, el resto de los invitados charla en voz alta, alguien canta y se escuchan unas risas. El contraste es bestial, sin embargo, Amara parece estar en su mundo, charla, gesticula, cimbreando su cuerpo tal como hace en cualquier sitio. La mujer abre el libro, es un catálogo de pintura, se lo enseña.
Y Jim va de una cámara a otra, no para de tomar fotos, su compañera abre una de ellas y la carga con un nuevo rollo, sale corriendo y en pocos instantes aparece con otra, la prepara y la deja sobre la mesa, se acerca al grupo, apoya una mano sobre el hombro de Amara, sus pechos chocan, se aplastan uno con otro. Mi compañera levanta la vista del libro y con un gesto aparta el cabello de su cara, escucha, sonríe y besa la boca de Elia después de atraerla por la cintura. Artur. Joan y yo las miramos extasiados, mientras Jim no para de mover sus cámaras y echar fotos. Elia marcha y uno de los tipos se acerca a Amara, le acaricia un hombro, los pechos, el vientre; ella, recostada en la mesa, sigue la mano con sus ojos, se muerde el labio, lo mira, lo atrae hacia ella y, mirándolo fijamente, le dice algo en voz baja.
Joan me mira, parece desconcertado, pero también excitado por la escena.
-Mónica se encuentra mal, tiene dolor de cabeza y quiere marchar; lo contrario que yo, que lo estoy pasando fenomenal.
Lo entiendo, está embriagado por el ambiente, ha conocido gente interesante y le gustaría quedarse. Me acerco a Amara.
-Si no te sabe mal marcho con Mónica, tiene ganas de irse y creo que no quiere quedarse sola. Llámame si me necesitas, en todo caso Joan y Artur se quedan.
Le doy un beso y una palmada en el trasero. Ahora sí que nos miran, curiosamente más a mí que a ella. La mujer del libro sin rodeos le pregunta si soy su marido y ella responde que sí, y, con una risa, que soy el padre de sus hijos.
-¿Hijos? –Nos pregunta sorprendida, mientras admira el magnífico cuerpo de Amara, su vientre, sus preciosos y tersos pechos, sus duros pezones.
-Dos, un niño de cuatro y una niña de seis.
Y las dejo hablando de hijos con el resto del sorprendido grupo. Amara tiene veintiocho, sin embargo, aparenta menos de veinticinco.

Deben ser las dos o las tres de la madrugada, a mi lado descansa Mónica, desnuda y maravillosa, cuando suena el teléfono. Se queja, alarga el brazo.
-Es Amara, dice que se queda a dormir, que por la mañana posará con Artur y Elia.
A Mónica le apetecía estar conmigo, pasar una noche tranquila haciendo el amor. No quiere líos ni historias complicadas, el dolor de cabeza había sido una excusa.
Ya es mediodía cuando Amara llega, comemos juntos mientras nos enseña unas fotos de estudio; está con Artur y Elia, en alguna con Jim y en otras sola.
-¿Aguantó mucho la fiesta?
-Cuando llamé ya había marchado todo el mundo, Joan también.
No pregunto, nunca lo hago, lo contrario que ella, que siempre quiere saber. Sé, sin embargo, que mañana o pasado me contará lo que hizo, cosa que yo nunca hago. Cada uno tiene su vida y no debe inmiscuirse en la de los demás. Le diré que no es necesario, pero ella igualmente me contará. Necesita compartir con su amigo hermano amante todo lo que hace, siente, piensa, explicarle su vida, lo sorprendente e intensa que es. Mañana, lunes, hará de médico por vez primera y siento la felicidad en su mirada, cómo su espíritu salta de alegría; además, por su cara sé que por fin Alvar se ha deshecho en su interior, aparte del tal Jim, mientras era devorada por Elia. Está nerviosa, no le gusta estar tanto tiempo sin los niños y solo piensa en pasar por casa de mis padres para recogerlos; y ellos, emocionados, le contarán lo que han hecho y con quién han jugado; y los bañará y les dará de cenar, y los meterá en la cama después de jugar un rato con ellos.
Amara, la mujer absoluta.

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lunes, 2 de enero de 2012

...EL BLUES DE AMARA... (Una Noche Vieja)

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-Hace tiempo que no llaman.
La miro… No sé si reírme, como siempre hago, o tomármelo a pecho. En realidad lo que debería haber dicho, es que hace tiempo que no habla con él.
-¿Qué estarán haciendo?
Lo normal, podría responder con ironía, pero prefiero el silencio. Jep no hace nada que ella no se entere, sin que le aconseje, cuide.
-No sabe vestirse, la imagen no acompaña a su categoría –me dijo un día, preocupada porque nuestro amigo debía dar una conferencia, siendo obvio que para Mónica la imagen siempre ha sido lo de menos.
-¿Qué hacemos? –Me preguntó un día, no recuerdo el año, al enterarse que Jep no podría estar por Noche Vieja. –No podemos dejarlo así como así.
-¿Qué quieres? ¿Ir con él a París? Puede ir Mónica si quiere –espeté sin cuidado.
Como respuesta se encogió de hombros. Aquel día estuvimos a punto de discutirnos, no por él y su presunta soledad sino por el tono de hastío de mi respuesta. Pero Jep llegó a tiempo y estuvo entre nosotros. Por la noche, después de las doce campanadas, que, como siempre, tuve que tocar yo, bailamos, él con ella y Mónica conmigo.
-Hacen buena pareja –me dijo mi amiga, antes de darme un beso. –Siempre temo que un día desaparezcas con Amara, por no poder resistir tanta presión.
Aturdido la miré a los ojos, yo sentía el mismo temor hacia ella, solo que nunca me atreví a confesarlo. Nos sentamos, cada uno con su pareja, compañera… pero, cuál es la mía, si ya he perdido la cuenta.
Amara se viste como me gusta, con lo que le compro con tanto cuidado, y su corte de pelo es de mi agrado, dejando su largo cuello descubierto; y me habla y acaricia con ternura, pero tendría que ser ciego para no darme cuenta a quién todo va dirigido. Mónica alza la vista y me mira, sus ojos denotan burla, igual que su torcida sonrisa. Nada se le escapa o quizá es que ha notado lo mismo de Jep.
Ahora bailamos, esta vez cada uno con su compañero.
-Estoy enamorada de dos hombres, Popol, y no quiero perder ninguno de los dos. Cuando cada mañana vas al trabajo, siempre temo no volver a verte, y al oír que llegas me entran ganas de llorar de alegría. Eres mi amigo y mi compañero, no lo olvides nunca.
Muy cerca Mónica y Jep bailan abrazados. Algo más lejos Mila charla animadamente con Biel y Anna, mientras Joan y Vicki lo hacen con una pareja que ninguno de nosotros sabe de dónde ha salido. Y recuerdo las palabras de Mónica en el 2CV, de vuelta de La Cerdaña, después de nuestra primera aventura tantos años atrás. La misma idea, el mismo sentimiento, casi las mismas palabras.
Un día, tal vez fuera el de su extraña declaración, Amara me preguntó qué pretendía de ella. –Que seas libre, absolutamente libre, tanto que lo perdería todo por tu libertad, incluso a ti misma –respondí entonces, igual que haría ahora.

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Un cantante alcohólico vocifera como un energúmeno unas horribles canciones, mientras Amara y Jep bailan y se acarician. Mónica y yo también bailamos, pero sin mostrar tanta pasión, y Xenia, la hija de nuestros amigos, asiste impasible a nuestra demostración de amor junto a su compañero, de la misma manera que ahora hace un año, lo hicieron mi hija y mi yerno.
Ya no fingimos, hace tiempo nos cansamos de simular y guardar las apariencias, ahora ya solo guardamos lo que fuimos, nuestra vida secreta, que en poco tiempo y tras la edición de mi segundo libro, quedará al descubierto.
Cojo la botella de Cava y arrastro a Jep hasta un reservado, para resguardarnos del atroz ruido. Amara y Mónica siguen bailando, esta vez en compañía de Xenia. Y hablamos de amor y de sexo con el compañero de su hija, que nos ha seguido, no sé si por la botella o por huir del enloquecedor ruido, que escucha en silencio la intensa conversación sobre nuestras antiguas amantes, lo que fueron y en lo que se han convertido, lo que hicimos y dejamos de hacer con ellas. Y explico que sigo buscando a nuestros viejos amigos, hombres o mujeres, me da lo mismo. Le hablo sobre mi reencuentro con Carlota, de su hija, tan bella y desinhibida como ella; de Inma, famosa actriz de cine y de teatro, a la que apenas conoció; de Lourdes, a la que parece que la tierra se la haya tragado.
-El poder de la red es inmenso, todos terminamos saliendo.
-Yo no, no salgo en ninguna de esas redes sociales –responde.
Y me río, porque Jep, como Anna, es de los que más salen. Solo hay que escribir su nombre en el buscador y seguir su rastro. El de Anna se pierde a partir del 2008, cuando marchó a la selva, pero qué más da si ya sé dónde está. Y hablamos de ella, de cómo hacía el amor, pero no de lo sucedido en Birmania. Y le hablo de mi largo período de impotencia y cómo con su ayuda conseguí solucionarlo. Me sorprende que no lo supiera, que Mónica fuera tan discreta en eso, cuando fue quien llamó a mi querida amiga, para ponerla al corriente y preguntarle qué debía hacer para solucionar el mal.

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lunes, 21 de noviembre de 2011

...EL BLUES DE AMARA...

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La amistad con los dos médicos no frenó su afán de divertirse en solitario o disfrutar de nuevas aventuras, que ellas nombraban salir de caza. A Jep y a mí nos divertía esa expresión, tan sincera como precisa. Yo, con solo ver la excitación en su mirada y la ropa con que salía de casa, tan sensual como sencilla y aparentemente discreta por cierto, ya sabía cuál era el plan de la noche y se lo preguntaba directamente y con descaro.
-De caza supongo.
-¿Tanto se nota? -Me preguntaba divertida.
Eso los hombres solemos notarlo, otra cosa es que se reconozca. Ocurre que los más andan fuera de onda, el alcohol les engaña o la timidez les impide plantar cara. El hombre siempre está dispuesto y su hambre es compulsiva como la de un perro, en cambio, en eso la mujer es más cuidadosa y se parece más a un gato, que solo come cuando su estómago lo demanda.
El hombre con facilidad cae en la trampa de la mujer que se divierte atrayéndolo con su extremo descaro y que aparenta más apetito del que tiene. Por eso la auténtica cazadora es discreta y evita mostrarse en demasía, para poder escoger su presa sin que nada le estorbe. Nuestras compañeras eran buenas en eso y sabían que debían huir de los tipos que se dejan engatusar con facilidad, o de los que se sienten atraídos por el fácil espectáculo.
Mónica y Amara nunca mostraban animadversión, como hace la mayoría de las mujeres, hacia las que enredan o atraen al hombre mostrando su sexualidad con exuberancia. En todo caso las aceptaban como un útil complemento para facilitar una buena caza. Y cuando salíamos con ellas y nos embobábamos con alguna de esas mujeres, no tenían reparo en mofarse de nosotros.
-Estas tías solo sirven para discriminar a los estúpidos con poco fondo –nos decían con la sonrisa de una que sabe que te ha torpedeado los bajos.
Y nosotros les seguíamos el juego. Teníamos lo que queríamos y podíamos permitirnos lo que nos diera la gana, incluso hacer unas risas con alguna calienta braguetas.
Pocas veces entrábamos en una discoteca y, de hacerlo, solían ser las más refinadas, todo lo contrario de lo que a mi me gustaba. A Mónica le importaba poco, pero los demás aborrecían esos locales y solo soportaban los pocos donde podían sentarse y hablar con comodidad. Una noche que llovía y se nos había estropeado el plan, entramos en una de la calle Muntaner. Tenía fama de tranquila y poco concurrida. Estaba llena de gente, hombres en su mayoría, y en un extremo de la pista bailaban unas gogos medio desnudas. Pocos grupos de jóvenes, en su mayoría bien vestidos, y repartidos por las butacas; en la barra, algunas chicas con buen cuerpo y bien maquilladas, rodeadas de tipos mayores que nosotros. Al principio me sorprendió, no estaba acostumbrado a este tipo de locales. Amara y Mónica se miraron con complicidad, por lo visto lo conocían, supuse que, por la zona y por sus dos amigos médicos. Estaba claro que las chicas sentadas en la barra eran prostitutas caras, aparte de algunas de las que bailaban. Los grupos de jóvenes, aunque bien acompañados en su mayoría, debían visitar el lugar para divertirse con la vista, mientras que el resto, de nuestra edad como mínimo, buscaba un imposible o estaba dispuesto a que le vaciaran la cartera. Sin saberlo habíamos entrado en una local de alterne.
Jep y yo nos recreábamos con las gogos y el erotismo de su sensual baile, comentando lo buenas que estaban y el favor que estábamos dispuestos a darles, mientras nuestras compañeras se reían por nuestro embobamiento y nuestra simpleza.
-Creo que a esas ni pagando. Me parece que sus novios las esperan en la barra –nos dijo Mónica.
Las gogos pararon de bailar, supusimos que para hacer un descanso o por haber terminado su sesión.
Mónica y Amara se hablaron en voz baja, mientras Vicki y Anna se retorcían de risa. Nosotros, que no sabíamos de qué iba, las observamos con prudencia. De pronto Amara se levantó y se acercó a la barra, habló con uno de los camareros, luego con otro y volvió; dijo algo a Mónica y a Anna y se las llevó tras la barra. Nosotros, sorprendidos, preguntamos a Vicki qué se traían de cabeza. Ella ya no se reía, parecía expectante y algo preocupada.
-Viniendo de esas dos, seguro que algo gordo.
Un cuarto de hora más tarde volvió Anna con una sonrisa y se sentó junto a Vicki. Al poco vimos salir a las otras dos, no parecían las mismas, llevaban menos ropa y parecían algo más maquilladas, subieron a los pequeños y altos cilindros que servían de peana y se pusieron a bailar. La minifalda de Mónica, ya muy corta, parecía haberse encogido; mientras que Amara había doblado al máximo el bajo de sus shorts.
Anna, Joan, Biel y yo nos partíamos de risa, pero sin dejar de admirar su baile, tan o más sensual y erótico que el de las anteriores gogos. Poco a poco, entre una canción y otra y de espaldas a nosotros, empezaron a desnudarse. Parecían profesionales y lo hacían al unísono. Jep y Joan se removían inquietos en sus butacas y yo, por lo que más tarde me contaron, no podía cerrar la boca. Por la posición de sus brazos imaginé que los utilizaban para cubrir sus pechos. Los tipos de la barra, petrificados en sus taburetes parecían no creer lo que estaban viendo.
No era su primera vez. En nuestras fiestas de vez en cuando una de ellas nos regalaba con un espectáculo; pero así, casi al unísono y en el centro de una discoteca, era tan inesperado como impensable. Cada una bailaba a su manera, pero algunos gestos los hacían coordinadamente; como en el momento, que levantaron los brazos simulando recogerse el pelo tras la nuca. Una exclamación recorrió toda la sala. Se dieron la vuelta. Yo, ya repuesto de la primera sorpresa, sentí una gran excitación, parecía ser uno más. Miré a Jep y no pude más que reírme, se había cubierto la cara en un vano intento de no seguir mirando. Llevaban la cremallera bajada y contoneaban sus caderas, otra vez cubriendo sus pechos con los brazos, de manera que tanto la minifalda como los shorts, imparables, no paraban de deslizarse hacia el suelo. Mónica, con el cabello por encima de la cara, la boca entreabierta y una mirada que derretía un iceberg, con una mano empezó a acariciarse el vientre; parecía seguir una vertiginosa danza. Su falda ya solo le cubría el pubis y estaba al borde de caer, se la había arremangado en pleno éxtasis, de manera que parecía un ancho cinturón. Amara bailaba con las manos aguantando los shorts por la parte de atrás, ya que solo le cubrían parte del pubis, irguiendo sus pechos y mostrando su cuerpo con tanta naturalidad como erotismo.
Me volví hacia Jep.
-Creo que no llevan bragas.
Era lo más probable, dada la cantidad de carne a la vista. El pobre, que no se atrevía a mirar siquiera a través de los dedos, empezó a menear la cabeza.
A Jep, hombre público ya entonces, le preocupaba la imagen; según él no podía permitirse habladurías y había adiestrado a Mónica al respecto. No le importaba con quién estuviera o lo que hiciera, siempre y cuando fuese en la intimidad y con gente de confianza; pero el alcohol, la excitación y el ambiente, desbaratan las voluntades y hacen que la persona olvide sus promesas; aunque yo dudaba que algo de eso tuviera que ver en el asunto o que Mónica prometiera algo que afectara su libertad.
Súbitamente la música cambió, probablemente de manera pactada, y las dos chicas se arreglaron, bajaron de los pequeños escenarios y se refugiaron tras la barra. Debieron pensar que lo más prudente era esperar que se enfriara el ambiente y recuperar su imagen antes de cruzar el local. Al volver nos miraron con burla.
-¿Qué os ha parecido? ¿Nos merecemos un buen polvo o no? Incontables según los tíos que nos rodeaban, y ni os cuento la de dinero que estaban dispuestos a soltar por solo uno.
Habían pasado cuatro años de cuando la conocí. La transformación había sido tan radical que cualquiera de sus antiguos amigos no la reconocería; y pensé en sus compañeros de trabajo, que necesariamente habían vivido su cambio. Amara, como cualquiera de nosotros, compartía más tiempo, ideas e inquietudes con la gente de su entorno inmediato, que con su familia y sus amigos. Pero en su caso todavía era más profundo, la vida hospitalaria afecta más intensamente y sus dos amigos médicos eran un buen ejemplo. Yo no podía abstraerme de un cambio, que por mucho que lo hubiera vivido y promocionado, era tan brutal que hasta a mí se hacía extraño. Amara corría más que mi mente en todos los sentidos y la sensación de ir a su remolque, aparte de no molestarme, era tan evidente que me acostumbré a la situación. Quizá fuera entonces cuando descubrí que yo solo había sido una herramienta y en aquel momento ya ni eso. La complicidad de Amara con mis amigos era absoluta. En realidad habían sido Anna, Mónica y Mila quienes la habían despertado y la vida hospitalaria moldeado.
Recuerdo una noche en particular. Amara discutía con Jep y con Joan sobre algo que escapaba a la mayoría. Habíamos jugado una partida de cartas y, después, en cambio de bailar o divertirnos, nos habíamos puesto a hablar de las diferencias entre las distintas sociedades. Echados sobre los colchones y en los dos grandes sofás, había pedido unos minutos de silencio para explicar los entresijos de la mente humana, desde la disciplina psicológica, hasta la biológica pasando por la médica. Nadie de los presentes, prepotentes con su cultura y con la creencia de poseer más sabiduría, se atrevió a abrir la boca. Yo, recostado en el sofá, disfrutaba de las sensuales caricias, y los maravillosos besos de Anna, mientras escuchaba la disertación de mi compañera. Y me di cuenta que eran Anna y Mila quienes hablaban por su boca, sus mismas ideas, pero con otra manera de expresarlas, más concisa y fácil para nuestra sencilla mente.
De pronto sentí el beso en la garganta, tan característico, tan distinto a cualquiera, y sus dedos recorriendo mi nuca y mi cuero cabelludo. Me estremecí. Amara seguía hablando, ya no reclamaba minutos y silencio, no hacía falta, mientras Anna recorría mi cuerpo con sus manos, con su inconfundible tacto y suavidad, su repentino y cálido abrazo. Casi las mismas caricias, el mismo fuego, la misma manera de besar, casi. La miré entre divertido y emocionado, hasta en eso se notaba su influencia. Si cerraba los ojos y hacía un esfuerzo, en mi mente podía imaginar la gestualidad, la sensualidad y la manera de poseer y deshacer al macho de mi compañera. La diferencia solo se limitaba en su belleza, su atractivo y su apabullante desbordamiento sexual, que arrasaba hasta el punto de hacer olvidar a su maestra. Sonreí… ahora la recordaba en sus ligeros gestos, que servían para brindar su cuerpo al goce del macho, sin condiciones ni reservas; y la manera de mostrarlo, cubriéndolo con simulada timidez o marcando su poderosa sexualidad con sutil picardía.
Gracias, me habría gustado decir en aquel momento, gracias por todo lo que has hecho
¿De qué? Me habría preguntado sorprendida. Y yo habría callado por prudencia.
Para Amara la psicología era una pasión y la biología su hobby. Escuchando a Mila sus disertaciones y siguiendo sus investigaciones, había aprendido biología; y leyendo los artículos de Anna y siguiéndola en sus conferencias, había perfeccionado sus estudios de psicología. Amara en ningún momento puso la ideología como excusa, sabía que esa depende de la víscera y no admite reflexión; sin embargo, utilizó la mejor arma que disponía y a la que sus dos amigos, científicos y cultos, nunca se opondrían. El más joven del grupo y al que todos amparaban, les había desmontado el entramado ideológico con la incuestionable ciencia, igual que Darwin hizo con el creacionismo.
Se volvió con una sonrisa, la misma que conquistaba voluntades y destruía fronteras.
-Ahora, aclarado que la genética y las costumbres nada tienen que ver con las diferencias socioeconómicas, si queréis seguir con el tema nadie mejor que esos dos –dijo señalándonos, con la certeza que en eso les dábamos un baño.
Me encogí de hombros, mientras que Anna siguió acariciándome como si la cosa no fuera con ella. Ninguno de los dos estábamos dispuestos a discutir sobre un tema que saltaba a la vista. No era cosa nuestra que los demás no quisieran utilizar el cerebro, y tampoco teníamos interés en escuchar sus peregrinas ideas.
págs. 58, 59 y 60

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sábado, 12 de noviembre de 2011

...EL BLUES DE AMARA... (Una historia de amistad)

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"Mi compañero de aula". Una canción iraní, estudiantil y revolucionaria.
Al contrario que la nuestra, hay sociedades que merecen la democracia sin tenerla.


Por entonces, Amara y Mónica habían hecho amistad con dos médicos, amigos y compañeros de la primera. Muy extraño para el caso, pues tanto una como otra evitaban mezclar la diversión con el trabajo. Empezó de la manera más natural, con el constante roce y la complicidad. Unos años mayores que yo, atractivos, muy cultos y ya encumbrados en su profesión; amigos y compañeros de la facultad, que habían escogido la misma especialidad. Una conversación a la salida del hospital… No sé como fue, pero sí que Mónica, que ya era conocida, esperaba charlando con el guardia de seguridad.
Por entonces Amara había conseguido el turno de día y nuestra manera de vivir había cambiado por completo. Ya no hacía falta contratar una canguro. Las mañanas que ella trabajaba, yo vestía a los niños y los llevaba a la guardería.
Nos lo contaron entre emocionadas y divertidas. Aquellos dos médicos eran un referente de profesionalidad y humanismo para la mayoría. Amara se los había encontrado en el ascensor y hablaron de teatro y de cine, en particular de la película que tenían pensado ver aquella noche. Los dos amigos, después de un día estresante, también habían quedado para salir aquella noche, pero no para ir al cine sino a cenar y charlar de sus cosas, en suma, para olvidarse durante unas horas del trabajo.
¿Cómo pasó? Amara me contó que, divertida, le explicó que para combatir el estrés lo mejor era hacer unas risas, antes que cenar con otro en su misma situación; que por muy amigo que fuera no era el mejor remedio.
-¿Dónde cenaréis? –Le preguntó él, quizá con ánimo de cambiar el curso de una noche que ya vislumbraba aburrida.
No fueron al cine, terminaron en un pub tomando cócteles hasta altas horas de la noche y riéndose de todo. Llegaron a casa, se acostaron y, como benditas, se quedaron dormidas en nuestros brazos. Por la mañana los dormitorios todavía olían a alcohol. Amara libraba y no tenía necesidad de levantarse pronto, sin embargo, Mónica debía ir al trabajo y nos costó mucho hacer que se levantase.
A partir de aquel día se hicieron habituales. A ellos les gustaba su inteligente conversación y su juventud y a ellas la gran cultura que demostraban y su atractivo. Alternaban el teatro con el cine, un día escogían ellas y otro ellos y solían coincidir bastante en sus gustos. Cuando Amara me lo explicó pensé que ellas se esforzaban y ellos simulaban, pero al conocerlos mejor descubrí la gran empatía que compartían. Era curioso ver a unos médicos tan famosos, que se codeaban con la clase más alta, con políticos e intelectuales, creadores de técnicas revolucionarias y con varios libros de obligada lectura entre sus colegas, ir al teatro y al cine con dos bellísimas jóvenes sin esconderse de nadie. Luego, una vez en el trabajo, el trato volvía a ser convencional y protocolario.
Al principio Amara temió que la relación conllevara más exigencia y tensión, aunque solo fuera para demostrar al resto, que la curiosa amistad no significaba condescendencia. Pero no fue así, quizá por la madurez y profesionalidad de los tres.
-La mejor manera de evitar las habladurías es hacer pública la relación –me dijo un día.
Y cierto, no se escondía cuando hablaba con las compañeras sobre la película o el concierto de la noche anterior.
-¿Con Mónica o con Popol? –Le preguntaban sin aparentar excesiva curiosidad.
Y ella, que ya conocía el interés que provocaba, respondía que con Mónica y dos amigos del hospital. Y aunque todos supieran quienes eran, ante la sencilla respuesta preferían callar. Luego, cuando uno de ellos pasaba visita, cabía la posibilidad que comentara una anécdota de la noche sin amagarse de nada, tal vez para dejar sentado que cualquier habladuría estaba de más.
Amara nos contó que un día, en cambio de ir directamente a cenar, tuvieron que pasar por el domicilio de uno de ellos –ella ya conocía a su mujer, que la había cuidado en su parto- y las hicieron entrar y esperar en el salón.
-Son como nosotros –nos dijeron a su vuelta –sus dos compañeras estaban preparando su cena, entramos en la cocina y charlamos como si nada.
Al final cenaron en su casa y luego salieron a tomar unas copas. Sus compañeras no, ya que no podían dejar a los niños; la perfecta excusa para no reconocer que había un acuerdo que respetar.
Jep y yo nos reímos, él por el asombro que mostraban y yo por la divertida situación y porque estaba seguro que había sido preparada de antemano. Las dos mujeres debieron tener interés en conocer más y mejor a las dos jóvenes amigas de sus maridos, solo conocidas por lo que les habían contado.
Un par de semanas más tarde, a la siguiente salida, nos llamaron para avisarnos que no vendrían a dormir. A Jep y a mí no nos extrañó, sabíamos que el cariño y la complicidad algún día empezarían a surtir efecto. Tal vez sus compañeras también lo hubieran percibido y quisieron saber a qué se enfrentaban.
-¿Y dónde pasasteis la noche, si puede saberse? –Les preguntamos al día siguiente.
-Al piso del hermano de uno de ellos. Se ha ido a vivir a Londres por trabajo y le ha dejado las llaves –respondieron.
No era lo habitual. Que recuerde, de todas las salidas solo pasaron cuatro fuera de casa; tampoco abandonaron la costumbre de ir al cine y al teatro. El sexo solo era un sano y circunstancial suplemento, en especial para ellos, que lo habían convertido en un desahogo, a mi modo de ver, demasiado peligroso para su estabilidad conyugal.
Por Semana Santa los invitó a pasar un día en el barco con sus compañeras. Esperaba que tanto Mónica como Jep pudieran venir. No pudo ser, y de ellos solo pudo presentarse uno, ya que el otro había organizado una salida lejos de la ciudad. Yo, que creía estar preparado para todo, hice lo que pude para que nadie se sintiera incómodo. La situación era sorprendente hasta para mí. Una vez en alta mar, Amara, sin arrugarse, les planteó la posibilidad de hacer nudismo.
-Nosotros solemos hacerlo y a Popol le cuesta mucho mantenerse con el bañador puesto.
Yo nunca lo hubiese hecho, la diferencia de su cuerpo con el de la compañera de su amigo, de tan evidente se hacía insultante; incluso yo, acostumbrado a su desnudez, no paré en recrearme con su espectacular belleza; sin embargo, una vez más me sorprendió el encaje de aquella singular mujer, que la observó con admiración.
-Amara es preciosa, no me extraña que los hombres pierdan la cabeza con ella –me dijo casi orgullosa.
Les gustaba navegar y no parecían marearse, y les propuse, si no tenían inconveniente, pasar dos días con nosotros a la busca de bandadas de delfines, de grandes tortugas o algún banco de atunes en mar abierto. Todavía no era la época, pero ya empezaban a dejarse ver. Les preparamos el camarote de proa y lo pasamos bien, sobre todo yo, que admiraba la inteligencia y la cultura de su amigo, y disfrutaba con su charla.
En un momento me sentí estudiado por la mujer, pero de una manera tan sutil y respetuosa que no me provocó incomodidad. Probablemente querría saber de mis sentimientos, allí, en medio del mar y a muchas millas de la costa, cuando el hombre se descubre pequeño y el marino muy fuerte con los demás.
Qué debía pensar aquella gran mujer, con la que Amara hizo una muy buena relación y a la que acompañó en la terrible enfermedad que terminó con su vida. Dos parejas tan distintas, en que la compañera de uno lo pasaba bien con el esposo de la otra, sin que nadie pudiera decir que fueran amantes. Recuerdo su inteligente y tranquila mirada. Igual que yo, no simulaba desconocimiento. Cuando su compañero y Amara hablaban de un paciente más interesante de lo normal, de cómo enfrentó la enfermedad y su final, de su familia y de su personalidad, nuestras miradas se encontraban en un claro gesto de complicidad Y entonces entendí el gran amor que sentían el uno con el otro, su sensibilidad y lo mucho que se respetaban.
Tiempo después, cuando ya solo quedaba la amistad, a la mujer le detectaron un tumor maligno, incurable y rápido; y su compañero no dudó ni un instante en pedirle a Amara que cuidara de ella hasta el último momento. Y una vez más, la amistad, el amor, la vida y el sexo se entremezclaron sin necesidad de confundirse.
Pasados unos años, Mónica me contó algunos de sus juegos. A ellas les divertía brindarles las fantasías más extraordinarias, y más cuando las conocían y ya las habían practicado con nosotros. Con ellos les encantaba utilizar todos sus recursos, su exuberante belleza, su atractivo, su erotismo.
-Son felices con sus compañeras y las aman y respetan con locura, pero no se atrevían a pedirles ciertas cosas o ellas no eran capaces de responder satisfactoriamente. En el fondo, y por muy maduros y liberados que sean, son unos pardillos que se entusiasman con facilidad y se mueren por disimularlo. Para ellos, nosotras éramos una diversión y un desahogo. Lo más sano es que lo reconocían, sobre todo cuando practicábamos el sexo. Entonces les gustaba tratarnos como sus putitas cachondas y les seguíamos la corriente para darles el gustazo. Pero en cuanto todo terminaba, volvían a hacerlo con respeto e, incómodos, intentaban arreglarlo con su conversación y su franca amistad. –me explicó.
Y me reí, porque nuestras compañeras también nos sorprendían y entusiasmaban. La diferencia es que nosotros, al no disimularlo, conseguíamos ponernos a su altura.
Su relación se convirtió en un extraño intercambio y entendí el por qué no había fructificado. Los intercambios son posibles cuando existe equilibrio, sin embargo, en aquella relación ellas daban más de lo que recibían, y en el momento que empezaron a aburrirse dejaron de participar.
El hombre culto y encumbrado suele caer en la tentación de creerse por encima de los demás, como si el resto de los mortales fuera deudor de sus favores. Los dos amigos, aunque íntegros y humanos, no contaron que en ese intercambio también estaba la inteligencia y la personalidad de las dos mujeres, tan interesantes y cultas como ellos, su conversación y sus vivencias, que podían incluso ser superiores a las suyas. Al tratarlas como divertimento no pensaron que debían superarse y estar a su altura, volverlas locas en la cama y convertirse en una necesidad intelectual; en cambio, optaron por la pasividad, y, ellas, al agotar su repertorio perdieron el interés; ya no les divertía verlos enloquecer ni sentir su pasión de machos. Eso, con facilidad podían encontrarlo en casa, entre sus amigos o, incluso, después de una buena cacería.
-Son como la mayoría, ni más ni menos, pero se creen mejores, por lo que a menudo debíamos ponerlos en su sitio; entonces, avergonzados reconocían su error y bajaban al mundo de los mortales –siguió contándome Mónica.

Págs. 54, 55 y 56
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miércoles, 26 de octubre de 2011

...EL BLUES DE AMARA...

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Este vídeo le emociona, tal vez por haber sido voluntaria olímpica en el hospital de campaña.



Debo sobreponerme y seguir escribiendo mi último libro. No puede ser que escribir tres líneas sea tan costoso, que no sepa expresar mis sentimientos ni relatar lo que Amara es para mí, para nosotros. No puedo ni quiero entenderlo.

Cuando pienso en ella, la recuerdo rodeada de nuestros hijos y sus amigos, viviendo para ellos y peleando por su educación y por inculcarles unos valores basados en el respeto y la libertad. La recuerdo en el barco, sentada en la proa con los pies colgando, desnuda, disfrutando de olas de más de un metro. La recuerdo desnuda, bailando conmigo, con Jep, con Vicki… disfrutando de la piel y de la carne del hombre, ejerciendo su insuperable arte. La recuerdo viviendo por su profesión, incluso arriesgando su vida para ayudar a un accidentado.
¿Cómo puedo explicar algo así?
No puedo, no sé o quizá no sea el momento.

Al principio temí haber despertado un monstruo. Cuántas veces pensé en ello, cuántas… Creí haber sobrepasado el límite de lo humano, sin embargo, en realidad ni siquiera fui capaz de dibujar lo que creí que moldeaba. Lo único que hice es allanarle el camino que ella misma marcaba, aunque a veces, demasiadas, solo me quedaba seguir su rastro.

Pretendí que fuera y, sin embargo, he pasado media vida tras ella, solo para rubricar quien es.

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domingo, 16 de octubre de 2011

...EL BLUES DE AMARA...

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Hace tiempo, quizá un par de meses, que en mi tercera novela debería haber escrito sobre el viaje que Lourdes y yo hicimos al Perú; sin embargo, empecé por cómo conocí a Amara y los dos primeros años de nuestra relación. Nada menos que cuarenta y ocho páginas.
En realidad el libro empieza por el viaje y no debería llevarme demasiado tiempo ni esfuerzo. Mi memoria es fresca y este tipo de historias se me dan bien; en cambio, el relato de una relación como la de Amara conmigo supone un esfuerzo. Cada uno tiene su versión y ve las cosas de distinto modo. Es difícil congeniar el sentimiento de mi compañera con el mío y mostrar el por qué de una situación, lo que pensábamos y sentíamos.
El viaje con Anna a Cachemira es un relato y lo cuento tal como fue. No hablo de lo que ella pensaba o cómo lo vivió, excepto de lo que sé con certeza.
La revuelta y la terrible y agitada vida que llevamos Mónica y yo, la explico con dificultad y también respetando los grandes vacíos que tengo, sobre lo que sentían y pensaban mis compañeros, incluso Mónica; sin embargo, la he podido terminar sin demasiados contratiempos. En cambio, mi historia con Amara es distinto, discutimos y no nos ponemos de acuerdo. Ella la recuerda de una manera y yo de otra. La lee y se disgusta, no comprende cómo puedo pensar así de ella, cómo puedo ver las cosas desde tanta lejanía y frialdad.
-Yo no soy así –me dice.
Pero es la verdad. Yo solo cuento lo sucedido, tal como lo viví, sin juzgar ni plantearme lo que pensaba, soñaba, sentía…
Hace unos meses, tal vez fuera en julio, hablé por teléfono con mi amigo bloguero.
-A mi eso no me pasará –le dije, cuando me contó las dificultades que podría encontrarme al escribir una historia de tal magnitud, aunque fuera en forma de novela. Y es cierto, pese la discusión con Amara y su perplejidad al leer la historia, la sigo escribiendo y ella lo respeta. Y sin embargo, no sé cómo enfrentar lo sucedido en el Perú, cómo reflejarlo sobre el papel.

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El pasado domingo compré en el mercado de Sant Antoni, "Lituma en los Andes", de Mario Vargas Llosa. Y me asombra la semejanza, los pueblos y ciudades, la historia que cuenta… Y los terruños, como despectivamente llaman a cualquier indígena que quiere reclamar justicia. Explica que los indígenas de la zona hablan el quechua, sin embargo, nosotros hablamos en castellano, mientras que algunos de los que encontramos hablaban el aymara. También cuenta que los senderistas hablaban el castellano y con fluidez, y en esto coincidimos.
Solo llevo leídas cuarenta y cinco páginas de la primera edición, demasiado pocas para opinar; pero que han servido para refrescar mi memoria sobre palabras olvidadas. El castellano de Perú es rico y culto, a mi modo de ver, más que en España; y los senderistas que conocí lo hablaban bien, incluso las mujeres indígenas.
Vivir para ver…
Todavía no sé cómo termina la pareja de franceses de la novela, que Sendero apresa en el autobús de línea. Me recuerdan a los que conocí en Cuzco, aventureros como ellos, pero con más valor y arrojo, más templados y preparados para lo que deviniera. Con el tiempo pensé que quizá fue la tranquilidad de aquel francés, y la simpatía y templanza de su compañera, que nos contagiaron; la serenidad con que pusieron sus vidas en nuestras manos, lo que nos salvó la vida. Y el mutismo del colombiano, que prefirió el silencio; y la melodiosa voz de su valiente compañera, que miraba a sus captores a los ojos como Lourdes y yo, como si le diera lo mismo que la mataran o no.
Vivir para ver…

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jueves, 6 de octubre de 2011

...EL BLUES DE AMARA... (Un agradable receso)

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         No todo el mundo tiene el primer número de la revista satírica Papitu.
         El gráfico muestra cómo dos candidatos antagonistas pregonan lo mismo con distintos idiomas.

Anoche escribí en mi tercer libro cómo fue engendrado Alvar; y esta mañana, no sé a santo de qué, he recordado a la hija de Anna, de la que no sé nada. En el poblado no se me ocurrió preguntarle por ella y Mónica nunca la menciona. Es como si no existiera.
Por la fecha cabía la posibilidad que mi hijo fuese natural de Alvar, pero el tiempo ha demostrando, con los gestos, la manera de andar y algunas pequeñas similitudes físicas, que el padre soy yo. También es cierto que, según mi amigo, aquel día de locura y amor con el Cap de Creus de fondo, no pudo eyacular, aunque aún hoy siga recodándola mágica e insuperable. A nuestro hijo lo bautizamos con su nombre, no por el lugar o por cómo fue engendrado sino por el amor que siento por él.
Mi hija Marta, la que más se parece físicamente a mí, es distinta a todos. A veces me pregunto de dónde demonios pudo sacar su carácter. En cambio, Alvar es mitad Amara y mitad yo, quizá por eso nos desconcierte tanto. Marta es más plana y previsible, por muy fuerte e independiente que sea. Alvar es… distinto.
Ayer nos escribió desde una isla caboverdiana. Decía que ya es seguro que vendrá en diciembre, y que en marzo volverá a marchar hasta diciembre del próximo año. Lleva allí no sé cuántos meses cuidando tortugas marinas, amparando y estudiando sus puestas y su nacimiento. Vive como puede y pasa semanas enteras con su compañera, que está tan chalada como nosotros, acampado en una playa, en teoría desierta, pero frecuentada por cazadores furtivos.
En realidad nadie sabe qué hará el próximo año, ni siquiera él por mucho que diga. En diciembre lo podrían reclamar para estudiar la barrera coralina de Australia, los huevos de los pingüinos del cabo de Hornos o la leche de la cabra himalaya; que sé yo. Alvar es alpinista, espeleólogo, marino, submarinista… y biólogo.

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Amara me pregunta por algunas facetas de mi relación con Anna, hasta ahora, desconocidas para ella.
-Si no fuera porque os conozco, pensaría que has mezclado dos personas en una –me dice.
Y sí, es cierto, lo parece. Sin embargo, esta paradoja aún es más evidente con Mónica, uno de los protagonistas de mi segunda novela, y seguramente no se extrañará, ya que de ella no desconoce nada; aunque, ahora que lo pienso, con Mónica todo es posible. Mi gran amiga hermana puede estar quince días sin abrir la boca, sin que nadie se entere. Y no es mimo lo que hace, que de eso no sabe, sino que participa de tal modo, que cuando le preguntas a alguien si nuestra amiga está de acuerdo de lo que hablamos hace días, responde que sí con sincera seguridad, sin poder determinar cómo lo sabe ni quién se lo ha dicho.
Hace muchos años, cuando empecé a escribir nuestra historia, me pidió que lo hiciera por y para ella. Lo intenté y no pude. Me salían pocas cosas y mal. Hace unos días volvió a pedírmelo y decidí cumplir su pedido en cuanto terminase mi tercera novela.
-Deberás pasar un tiempo conmigo, casi pegada a mí y hablar mucho -le dije para prepararla.
-¿Por qué?
-Para conocerte mejor, saber lo que piensas –respondí.
-¡Pero si de mí lo sabes todo!
Me la quedé mirando… No, apenas sé algo de ella; ni siquiera Jep sabe cómo piensa y qué le pasa por la cabeza, cuando se enfrenta a un problema. Y al recordar le pregunté qué pensó cuando nos conocimos, cuando su primera vez con Jep, cuando corría delante y tras la policía, cuando tuvo a su hija, a su hijo…

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En mi tercer libro me atasco demasiado, como si la historia que cuento no me perteneciese, todo lo contrario que con los otros dos, que los escribí de seguido y casi sin parar. Además, hay demasiado sexo.
El sexo es omnipresente durante los primeros catorce o quince años de mi historia con Amara, hasta un límite que dudo que alguien pueda imaginar. Amara era un animal sexual absoluto y en todos los sentidos, el que emitía por su especial belleza, por cada uno de los poros de su piel, de su mirada, de su boca, de su cuerpo; que mezclaba la amistad, el amor y la ternura con el sexo más refinado, brutal, tierno o salvaje, que yo y cualquiera de nuestros amigos hayamos podido conocer.
Mi compañera tenía dos vidas, la familiar y la del trabajo, distintas y separadas por un infranqueable muro; y vividas con tal intensidad que se me hace difícil explicarlo.
Hace poco, al hablar de este tema con Mónica, me contaba que le doy demasiadas vueltas a las cosas, que Amara es como ella y le gusta vivir el momento, sin pensar en su maldad o en su bondad. Necesita tocar y sentir a las personas que le motivan y le gustan, de la misma manera que a un paisaje, una situación, un animal, el mar… Como cuando andaba por la montaña con Jep buscando animales, plantas o hablando de lo que más le interesaba. O cuando se lanzaba al mar y daba de comer a los peces que la rodeaban y picoteaban; o al encontrar una estrella de mar y hacía lo posible para enseñárnosla sin moverla del sitio, solo acariciándola. O cuando, con mar gruesa, se sentaba en la proa con las piernas colgando inspirando con intensidad, como si quisiera apoderarse del instante, del aire y del agua. Y con los amigos también era así. No podía concebir el poder compartir su vida, sus inquietudes, sus sentimientos con ellos, sin amarlos, sentirlos en su interior, inspirarlos hasta el límite. 

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