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Hacía bastantes horas que habíamos pasado Muzaffarabad y el terreno llano, y ya habíamos olvidado el encuentro con el control policial. No era tarde, pero el sol parecía querer esconderse tras las montañas a nuestra espalda. La carretera era infernal, casi siempre de tierra y con rocas en el centro de la calzada. Si encontrábamos un camión, por pequeño que fuera, debíamos parar, arrimarnos a un lado y algunas veces recular hasta un lugar más ancho. Donde el terreno lo facilitaba, los caseríos se agrupaban y conformaban un pueblo. Sus calles parecían pasillos, por donde escasamente podía pasar el ganado en hilera de a uno. Tampoco había comercio ni bullicio, era un mundo rural absoluto, que todo lo más debía ser abastecido por pequeños vendedores ambulantes. Paramos en el más importante por lo poblado que estaba. Había sido día de mercado y llegamos justo cuando empezaban a recoger. Ya no había aguadores con sus carros, que tanto abundaban más al sur, allí el agua era sana y de manantial; pero sí un médico o sanador, una farmacia ambulante con extraños remedios; el óptico, que de oculista no tenía nada, con cientos de gafas usadas que la gente se probaba; y un increíble dentista, que en poco tiempo extraía una muela o instalaba ortodoncia; y tenderetes de tejidos con muchísimo colorido.
Al
esconderse el sol, cuando ya empezaba a ser necesario parar y
resguardarse en algún lugar para dormir, preguntamos a nuestros
amigos cómo seguir el viaje hasta nuestro destino.
- Y cuál
es vuestro destino, nos preguntaron.
No lo
sabíamos, habíamos visto algunos mapas y no terminábamos de
entenderlos. La cartografía paquistaní con respecto a Cachemira era
muy relativa y no podíamos concretar mucho. Su gobierno no aceptaba
la ocupación hindú y evitaba reflejarla en sus mapas, o lo hacía
de manera tan ambigua, que solo los entendía quien conocía la zona
o estaba habituado a ella. Y lo seguro es que por allí había pocos
caminos y nuestros pasaportes no servirían de mucho. Con un
pasaporte español, ir a la China no podíamos ni soñarlo, y entrar
en la India cruzando por una zona de guerra era materialmente
imposible.
El
anciano nos dijo que fuéramos al sur de la alta Cachemira, pero no
sabíamos donde se encontraba ni los límites de aquel increíble
país. El anciano lo había dicho con toda claridad, para él era la
tierra más bella y hospitalaria del mundo. Y pensábamos que era
difícil, casi imposible superar lo que hasta entonces habíamos
vivido.
¿Qué
es el enamoramiento? El flechazo que te hace temblar, que deconstruye
tu ser, le da la vuelta y lo reconstruye con unos parámetros que
antes no habías imaginado que existieran.
La
observé mientras hablaba y repentinamente me fijé en su cara, en
sus labios, en su nariz, en su modo de expresarse, y en su fuerza y
su voluntad. En aquel momento habría deseado estar en su interior,
introducirme en su piel, la deseaba con locura.
Obviamente
me había enamorado, quizá de otra manera que de Alba, ahora no sé
si con más o menos ardor, pero sí con más sentimiento y corazón.
Curiosamente por Anna hubiese sido capaz
de poner mi vida en juego, incluso darla por ella; sin embargo, por
Alba nunca lo habría hecho.
Me miró, no del mismo modo, aunque
seguramente debió darse cuenta de mis repentinos sentimientos.
-Queríamos seguir el Indo, respondió a nuestros compañeros con una seguridad pasmosa, como si hubiéramos tomado la decisión mucho antes de salir de Lahore
Volvió
a mirarme, seguramente esperando mi reacción. Alguien tenía que
hablar y a mi me costaba mucho hacerme entender, aunque en aquel
momento ese no era mi problema. Me había cogido tan desprevenido,
tan en otro planeta, mundo o como quiera llamarse, que me sentía
incapaz de responder. Mi mente se había entremezclado con mi
espíritu y nadie la podía sacar de allí.
Desperté
de mi letargo. ¡El Indo! Tenía su lógica, No conocíamos las
carreteras ni las ciudades o pueblos de la región. Solo sabíamos
que ellos iban a una ciudad llamada Gilgit y que el Indo era un río
paquistaní que nacía en el Himalaya.
Anna nunca había
destacado en geografía, no obstante, en este caso acertaba, aunque
fuera por casualidad. El camino que Mansur nos había recomendado,
necesariamente tenía que seguir el curso de este gran río.
El
Indo. Y por qué no. Una vez puestos ya no venía de un poco más,
aunque este poco representara media vida. Habíamos empezado una
aventura y nos estaba saliendo bien. Y dinero no nos faltaba sino
todo lo contrario. Allí, con diez rupias vivíamos un día. Para
gastar veinte teníamos que esforzarnos, y lo que menos deseábamos
es que la gente creyera que íbamos sobrados.
Mi
sentido común decía que era imposible llegar al nacimiento del río,
pero podíamos acercarnos. Entonces no sabíamos que una parte de él
discurre por territorio hindú, pero de saberlo tampoco me habría
importado. Si Anna hubiera decidido seguir hasta Mongolia, sin duda
la habría seguido. Durante un rato guardaron silencio, como si
estuvieran asimilando la idea. Al fin uno de ellos habló:
-Deberéis ir a Skardu, dijo.
Hablaron entre ellos, parecían dolidos, quizá creyeran que los acompañaríamos hasta Gilgit; pero, por lo que habíamos entendido, era una ciudad y nosotros no buscábamos tal cosa sino la aventura y el país que Mansur nos había recomendado. Queríamos ver el país más bello del mundo y viajar por los pueblos donde, según él, se le da tanta importancia a la vida como a la muerte, y al ser humano por encima de cualquier otra cosa. Habíamos llegado muy lejos, para ahora abandonar por lo seguro y conocido; y tampoco estábamos dispuestos a soportar más tiempo su exacerbado patriarcado. Aquella gente nos caía bien, era hospitalaria y sana en extremo, pero no santo de nuestra devoción.
Al fin descubrimos de qué hablaban e incluso discutían algo acaloradamente. Uno de ellos todavía nos consideraba sus invitados y creía que se nos debía proteger. Para él, dejar que fuéramos a Skardu en una situación prebélica, era una imprudencia, y más allá de esta ciudad una insensatez, prácticamente un suicidio. Una tierra sin policía ni ley, en la que de un momento a otro se esperaba un enfrentamiento con la India, y entonces allí solo podríamos encontrar un ejército luchando contra otro, y con la guerrilla en medio. Uno de ellos nos explicó que más allá de Skardu solo había caminos y pueblos abandonados por las represalias de los hindúes, que era tierra de la guerrilla patriótica y de los bandoleros. Y pensamos cómo se puede cambiar el término y la percepción de la realidad, según quien la mire. Lo que para los paquistaníes eran patriotas, para los hindúes seguramente eran terroristas, y ni el uno ni el otro erraban, sin contar que el ejército hindú mantenía una frontera irreal mediante el terror y la represión. Aparte de la visión de cada uno, la diferencia entre terrorista y patriota depende de si se gana o se pierde. Israel es un estado creado por terroristas, que se convirtieron en un ejército de patriotas porque ganaron la guerra. Años más tarde ETA se convirtió en un grupo terrorista por no conseguir ganarla, de hacerlo seguramente se habría convertido en el ejército de Euskadi y tratados como patriotas.
Aquella
noche acampamos bajo un cielo como nunca antes habíamos visto, ni en
las noches más claras en lo alto del Pirineo. Millones de estrellas
iluminaban el cielo, tanto que parecía no ser noche. No había Luna,
no la recuerdo, pero tampoco hacía falta. Había tanta luz que
podíamos andar por el camino con toda tranquilidad, que por
importante que fuera había dejado de ser carretera o pista. Hacía
horas que no pasaba de los tres metros de anchura, algo más en las
curvas, y no todas, para que los camiones pudieran cruzarse. De eso
que lo tratáramos como camino.
De día
hacía calor y de noche mucho frío, y sobre el kamez nos poníamos
un jersey de lana. En la mochila llevábamos sacos, y cuando dijimos
que dormiríamos al raso se pusieron a gritar. Nos dijeron que había
fieras y que los osos bajaban de las montañas.
No era
así, estábamos lejos de la zona donde campaban el oso y el
leopardo. No obstante, gracias a su alarma descubrimos que en
Cachemira abunda una raza de oso muy agresiva, además de cabras
salvajes, leopardos, y muchos otros animales; pero de noche, el que
debía preocuparnos era el leopardo.
Nuestra pretensión de dormir a la intemperie dio alas al que intentaba evitar nuestro viaje en solitario, por lo que nos costó algún esfuerzo convencerlo. Aquel hombre, de tan preocupado, había incluso propuesto obligarnos a seguir con ellos. Según él, en un par de días habríamos muerto de frío, de hambre o nos habría matado una fiera; eso sin contar que, de tropezarnos con bandoleros, nos robarían y violarían a Anna, y luego nos asesinarían. El fuerte patriarcado se impuso y Anna durmió con las mujeres y los niños en el autobús, y yo con los hombres en una gran tienda de lona pegada a él.
El
honor obliga al pashtún a salvaguardar la dignidad de su mujer, de
manera que la esconde de las miradas ajenas; sin embargo, acepta la
costumbre del extranjero. Yo intenté hacerles comprender, sentado
entre ellos y rodeado de franqueza y simpatía, que Anna era una
mujer muy orgullosa y no aceptaba que nadie defendiera su honor; que
incluso en Europa era una mujer difícil y peligrosa, y que si
alguien osaba tocarla sin su consentimiento, era capaz de matarlo, y
si no lo hacía ella lo haría yo.
Nuestros
amigos eran sanos y nobles, pero en Lahore había percibido hasta qué
punto podía ser peligrosa tanta obsesión y, por mucho que nos
adaptáramos, tanto en el vestir como en las formas, no podíamos
evitar que la imaginación de muchos hombres volara en exceso. Mi
compañera era demasiado bella, joven y atrevida, le costaba no mirar
a los hombres a los ojos. Y pensé que quizá tuviera razón el
hostelero de Lahore, cuando nos dijo que no habíamos de esconder
nuestra condición de occidentales. A lo lejos cualquier persona nos
habría confundido con la gente de su país, sin embargo, de cerca
solo con ser un poco perceptivo se notaba la diferencia. Y Anna, por
su carácter independiente, liberal y fuerte, aunque se esforzara no
tenía remedio. En muchos lugares de España, incluso en la moderna y
europeizada Catalunya, su temperamento era poco comprendido, y
constantemente había de plantar cara al machismo, presente hasta en
la Universidad.
El autobús servía para todo, incluso para cocinar con hornillos de carbón. Aquella tarde cenamos arroz con unas alubias de la zona, muy pequeñas y cocinadas de manera muy parecida a la que muchos años después encontraría en Cuba, y carne de cordero muy troceada. Después, a la luz de las estrellas, cantamos acompañados de los sitares, las canciones más bellas que jamás habíamos escuchado. Anna y yo intentamos acompañar una canción, pero el sitar es muy complicado, algo más que la guitarra, y una de las chicas se acercó para afinarlo y enseñarnos. Tocaba como los ángeles. Y cuando Anna, sorprendida le preguntó por qué no lo había hecho hasta entonces, ella, algo avergonzada y mirando hacia su padre, respondió que no tenía sitar. Y nos dimos cuenta de la insensibilidad de que habíamos hecho gala, al comprar cuatro de golpe y regalar dos a las más pequeñas. Los sitares eran caros para aquella gente, sobre todo, los que habíamos adquirido como souvenir con tanta ligereza. Para nosotros no valían nada, para ellos el valor de tres o cuatro corderos. Y Anna, sin dudarlo ni un instante, le regaló el suyo. La chica se puso a temblar, miraba a su padre sin saber qué hacer. Entonces, antes de dar tiempo a que alguien pensara en el asunto o se sobrepusiera a la sorpresa, le pregunté quién querría el mío, confesándole que yo nunca lo tocaría. Me costó mucho, me había hecho ilusión tener uno. Y ella, aún más avergonzada, señaló a su prima y se puso a llorar. Quise abrazarla para consolarla y disculpar nuestra prepotencia, afortunadamente en el último momento recordé que estaba en Pakistán y que era Anna quien debía hacerlo.
Por la
mañana los hombres se reían de mí, mientras yo me admiraba de ver
a mi compañera fabricando pan en un horno portátil de barro cocido.
Nunca había visto nada parecido. Una gran vasija cilíndrica, con un
espacio en su parte baja para poner el carbón encendido. Por un lado
introducían las tortas recién amasadas y, en poco tiempo y sin
quemarse, las extraían ligeramente tostadas.
Anna se
había cubierto la cabeza y las mujeres parecían satisfechas, quizá
creyeran que se estaba adaptando. -La chica europea ha dormido con
nosotras y ahora confecciona pan con su cabeza cubierta- parecía que
se dijeran entre ellas. Lo que no sabían es que mi amiga rabiaba por
no haberse podido lavar la cabeza y solo le hubiera faltado sentirla
ahumada. Ellos se reían por fuera y yo interiormente.
Desayunamos tortas de pan, que nunca supe de qué lo hacían, con mermelada casera y leche de búfala, con más aroma que la de vaca y de mucha calidad por ser natural. De haber estado en Francia, no hubiésemos dudado en tratarlas como creps, y en España como filloas.
Antes de llegar a Chilas, un gran pueblo rodeado de montañas y cultivos, tuvimos que atravesar un pequeño puente colgante medio roto. Había tramos a los que le faltaban tablas de madera, que no eran otra cosa que troncos desgajados por la mitad. Y colgados de las cuerdas tuvimos que irlos trasladando de un extremo al otro, de manera que el autobús pudiera seguir avanzando. Anna, se reía desde una de sus ventanillas, y en nuestro idioma, de manera que nadie la entendiera, me decía que no podía ayudarme, que era mujer y de esas cosas no sabía. Hubiese sido divertido ver la cara de aquellos hombres y mujeres, en caso de haberla entendido. El puente estaba en tan mal estado, que a veces el autobús se inclinaba peligrosamente y parecía que quisiera volcar, entonces mi compañera ya no reía de burla sino de nervios.
En Chilas nuestros amigos preguntaron por el medio de transporte a Skardu. Había dos autobuses que partían desde Gilgit y otros dos del mismo Chilas, pero no eran seguros y dependía si había suficiente pasaje. El horario tampoco era fiable y salían cuando el conductor se aseguraba de obtener el beneficio esperado. Lo mejor, explicaron, era esperar en el cruce de Skardu, a ochenta kilómetros de distancia. Si no era uno sería otro, a no ser que alguien pasara antes.
Ochenta
kilómetros nos separaban de la aventura. Cada día lo era, pero
nosotros no la sentíamos como tal. Lo que habíamos pasado y vivido
hasta el momento, en cualquier otro lugar de Europa hubiera sido una
aventura impresionante, pero al irla viviendo gradualmente hacía que
pasara desapercibida, que la encontráramos normal. En cuanto a la
dificultad y a la incomodidad, en el peor de los casos eran
parecidas.
Arreglar
el puente no me había costado nada, colgarme de una mano mientras
pasaba una cuerda para atar un tronco con la otra, no era nada del
otro mundo; en todo caso menos difícil y peligroso que haber
escalado con Artur algunas montañas de roca.
Comer en el suelo, sobre una alfombra de mil colores y bajo un cielo iluminado por cientos de miles de estrellas, no era ni más ni menos que haberlo hecho a tres mil metros de altura durante una noche pirenaica. Dormir en una tienda para resguardarme de las alimañas, no era nada comparado con hacerlo en un iglú, rodeado de nieve y a diez grados bajo cero. Los faroles de aceite eran parecidos a los de gas, y los guisos que salían del autobús, mucho mejores que las fabadas asturianas de lata, que Artur y yo calentábamos con el camping-gas en los refugios de alta montaña. Aquí la gente era más amable, hospitalaria y sana. Al contrario que en el tren de Barcelona a Puigcerdà, aquí nadie iba a robar tu mochila o tu anorak; nadie te dejaría tirado en la carretera, muy distinto que en cualquier lugar de nuestra tierra; y nunca te preguntarían si llevabas dinero, si podrías pagar el viaje, la comida, la manta.
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