jueves, 4 de julio de 2013

Y AMARA NOS CUENTA UNA HISTORIA

___________________________________________



Solo se oye el drapear de la mayor y el chapoteo del agua al deslizarse por los costados del barco, sinuosa y lenta. Biel, con evidente satisfacción, maneja la caña del timón mientras vigila el mar para evitar cualquier tronco o boya. El barco avanza lento, sin prisa y con solo la ayuda de la poca brisa de la mañana. Tenemos tiempo. Si no llegamos da lo mismo, porque el mejor amor es el que se hace sin prisa.
Los niños juegan dentro, sobre el colchón del camarote de proa. Amara considera que con unas horas de sol al día ya tienen suficiente y mira de atrasarlas. Se divierten con poca cosa, dibujando en una pizarra de plástico o montando cacharros con su Playmobil.
Y, quizá para aprovechar el tranquilo silencio, Amara nos cuenta una historia mientras ensimismada mira el mar.

-Me llamó hace un año para pedirme que evitara a su padre, y cuando le pregunté si podía aconsejarme respondió que no tenía ni idea, pero que intentara hacerle el menor daño posible.
No fue fácil, sabéis, nada fácil. Yo no sé hacer estas cosas. Hacía tiempo que le daba vueltas al asunto, que sabía que debía cortar lo más rápido posible, pero él siempre encontraba el modo de acercarse con inocencia, como si quisiera atrasar lo inevitable.
-¿Por qué no me lo contaste? –Pregunto sorprendido, sin saber de qué está hablando.
Se vuelve, me mira y sonríe, esta vez con un deje de amargura.
Lo intenté, claro que lo hice, pero para qué. Siempre me cortas y me dices que no quieres saber nada, que no tengo por qué darte explicación alguna. Y no era eso, ni siquiera quería consejo. Solo necesitaba contárselo a alguien.
Me avergüenzo por no haber estado a la altura. Mi obsesión por su libertad, y la suya por contarme todo lo que hace, piensa y sueña; de sus amantes, de sus amigos, de sus pacientes, de sus colegas.
-No te preocupes. Hablé con Tessa, aunque no sé para qué, porque lo único que hizo fue encogerse de hombros y decirme que lo mandara a la mierda, como si yo no sintiera nada por él.
¿Me lee el pensamiento? Debo reconocer que hasta en eso me supera. 
Al principio la cosa fue fácil, pareció entenderlo, pero una semana más tarde me volvió a llamar. Tenía una cena y quería llevarme de pareja, aunque, claro, no lo trató así. Entonces me di cuenta que no se había dado por vencido y que la cosa sería más compleja de lo que había creído. Y tuve que mostrarme distante y fría, casi insultante; y, ya sabéis, eso no va conmigo. Lo cierto es que la chica llevaba razón, su padre se había enamorado, y para contrarrestar eso solo cabe provocar odio.
-Los hombres son muy sensiblones y no saben dónde está el límite, y ni por mucho que nos follen entienden nuestra naturaleza. –me había dicho la chica antes de colgar el teléfono. Curioso que una chica de solo dieciséis sepa tanto de eso, ¿no os parece?

Estaba con Joan y Vicki tomando un cremat en el Maritim, cuando se presentó Artur con uno de sus tantos conocidos. Simpático, muy inteligente y extrovertido, aunque algo tímido, al menos conmigo; maduro, de cuarenta y tres y muy atractivo, casi tanto como vosotros –dice con una de sus divertidas muecas.
¡Cuarenta y tres, nueve más que yo y diecisiete que ella! Ha pasado un año, de modo que hemos de aumentar la diferencia.
Recuerdo aquel agosto, en el que tuve que pasar unos días en Barcelona por un problema de obras en mi empresa. Veinte años son muchos, aún más con Amara, que no aparenta los que tiene, aunque al conocerla se descubre la mujer que es. A Amara, igual que a Mila, siempre le ha atraído la madurez, lo demuestra con nuestros amigos británicos o con Xavi, su amigo amante, el mediático y famoso médico.
El tipo andaba preocupado, antes de anochecer tenía que llevar en barca a su hija con unos amigos a Cala Nans. No conocía bien el lugar y aún menos de noche.
-Tengo el título desde hace un mes y solo llevo seis o siete salidas –nos explicó.
Artur no podía y Joan andaba con una colitis de cuidado, de modo que decidí llevarles yo misma.
No esperaba encontrar gente tan alegre y, a la vez, responsable y madura. Entre quince y dieciocho años calculé, aunque luego recordé cómo habían sido mis dieciséis, lo que llegué a estudiar y trabajar. Con demasiada facilidad olvidamos cómo fuimos y lo que pensábamos, que no difiere demasiado de ahora.
Dos de ellos se sentaron junto a mí para ayudarme. Conocían el lugar y las rocas mejor que yo y me aconsejaron sobre cómo volver sin luz.
Lanzamos el ancla por popa y dos chicas bajaron por la proa para tirar del cabo hasta la playa. Se las notaba acostumbradas. Desembarcamos y los ayudé a bajar las cosas, montar un par de toldos de lona y encender una fogata. Empezaba a oscurecer y miré hacia arriba, donde converge la montaña con el promontorio del faro. Ya empezaba a vislumbrarse la claridad de la luna, que en poco saldría de su escondite tras la montaña. Y por su belleza entendí por qué a los jóvenes, les gustaba reunirse en esa aislada e impracticable playa las noches de luna llena. Llamé a Joan por radio y le dije que llegaría algo tarde. Me sentía bien entre aquella gente, y al ver a Santiago, que así se llamaba el padre, ayudando animado, preferí volver con la luz de la luna. Los vi bañarse desnudos. En la barca ellas ya no llevaban la parte de arriba de sus bañadores. Me desnudé y nadé con ellos. Se reían y jugaban sin vergüenza ni amagar cómo se atraían. Santiago también se desnudó y vino a mi encuentro. Entonces pude apreciar su magnífico y bronceado cuerpo, su elegancia incluso desnudo. Refinado y extremadamente educado, que, por mucho que fingiera, noté que no podía abstraerse de mi cuerpo. No sé por qué, ni lo que pasó entonces por mi cabeza, pero en aquel momento deseé hacerlo mío, sentí la necesidad de seducirlo; quizá fuera su mirada, segura y tierna, su apostura equilibrada, humilde y, a la vez, suficiente.
Nos separamos unos instantes, que aprovechó su hija para acercarse. Muy parecida a él, extremadamente sensual y de envolvente voz. No me extrañó que siempre estuviera rodeada de chicos, que jugaban con ella de manera más que amigable. Me acarició el hombro mientras me miraba fijamente a los ojos.
-Me encantaría que os quedarais esta noche. Lo pasaríais bien y así él podría olvidar un poco todo lo que le ha pasado.
No supe de qué hablaba y me lo aclaró. En mayo su madre los abandonó por un norteamericano y se fue a vivir con él. Se llevaban bien, pero solo se comunicaban por teléfono y por correo. Y entendí el carácter tímido y la extraña inseguridad de su padre, que principalmente se reflejaba en los momentos de mayor acercamiento, y su afán por satisfacer a su hija, mutuo por lo que entonces descubrí.
Debería haber marchado en ese momento, pero su manera de hablar, de mirarme; y el atractivo de su padre, la extraña ansia que había sentido momentos antes, su inteligente y cuidadosa conversación, su caballerosidad. No sé, quizá fuera que en aquel momento llegó una menorquina llena de chicos cantando y riendo. Me encontré al lado de Santiago, tirando del cabo para embarrancarla y luego ayudando a los chicos a bajar. Hicimos una cadena para descargarla. Traían paquetes de carne de cordero, butifarras y garrafas llenas de sangría y agua. Al terminar, agotada me apoyé en la amura de estribor y caí como una tonta, la barca descargada había dejado de tocar fondo y se deslizó. Y sentí su abrazo, la dureza de sus manos, que me atraparon justo antes de dar contra las rocas, donde podría haberme hecho mucho daño; y sentí la virilidad de su cuerpo, cubierto de gotitas de agua de mar que brillaban por el reflejo de la luna. Nos reímos de la situación, él casi disculpándose, pero sin atreverse a soltarme por miedo a que cayera. Le miré a los ojos, pegado mi cuerpo al suyo, y le besé lentamente para saborear sus labios, oler su efluvio.
Biel la observa anonadado. Está acostumbrado a las escapadas de Anna tras el amante de turno, pero no a una confesión como esa, que denota mucho más que una aventura. Ella ha entrado en un extraño silencio, abstraída en un horizonte vacío, como si estuviera rememorando aquel día, recordando el sabor de los labios de su amigo, el aroma de su piel. Levanta la cabeza, nos mira y sigue con su historia.
Nos sentamos bajo un toldo de lona cubiertos con la misma toalla, él más para darme calor que para resguardarse del frío. Luego se empeñó en encender una fogata, con tan poco éxito que terminé encendiéndola yo. Ya llameando me incorporé y estiré mis brazos hacia el cielo y mi nuca, simulando desentumecerme. Y sentí su mirada de deseo, cómo se recreaba en cada rincón de mi cuerpo. Me acerqué para sentarme a su lado, pero se levantó para impedírlo. Me hizo levantar los brazos y dar vueltas lentamente sobre mí misma. Me reí nerviosa. Y se acercó, magnífico y bestial, con el reflejo del fuego sobre su cuerpo y la luz de la luna iluminando el fondo de su entorno. Y empezó a acariciarme y a decirme las cosas más bellas que una hembra puede escuchar. La piel se me erizó por completo, mientras un extraño ardor abrasaba mi interior. Y sentí su abrazo, fuerte y apasionado; y su boca, que recorría mi nuca, mis hombros, mis pechos. A lo lejos los chicos bailaban y jugaban, unos haciendo el amor y otros el sexo; y alguno nos observaba a hurtadillas, respetando nuestra intimidad.
Torpe, no más que cualquiera, pero sencillo y abierto al aprendizaje. Lo guié y conseguí llevarlo al placer, gracias a su afán por satisfacerme y disfrutarme. Un magnífico ejemplar de macho casi virgen, abierto a todo lo que representara sexo. El sueño de cualquier mujer que se precie. Lo guié, sí, pero respetando su iniciativa y provocando su intuición. Simulé abandono de dulce satisfacción, cuando en realidad ejercí de maestra. Y disfruté más por eso que por el abundante sexo que me prodigó.
-Soy torpe –me dijo sin amagarse, al descubrir su inexperiencia.
-Te falta un poco de práctica –respondí para salvaguardar su ego, cuando no le hacía falta.
-No, no es eso sino que nunca he tenido la oportunidad de estar con una mujer como tú.
Y entonces, tras saltar sobre su cuerpo y besarle y morderle sus pechos, de ver como su pasión salía a borbotones por sus ojos, le pedí que me follara como nunca había hecho, que me reventara de placer hasta matarme. Eso le dije con voz queda.
Pasado el agosto me llamó. Le di largas, del mismo modo como lo traté las pocas veces que coincidimos por el pueblo, con un saludo o una sonrisa lejana, mostrándole siempre lo bien acompañada que estaba. No quería parecer tan asequible a un hombre así.
No entiendo qué me pasó por la cabeza, por qué quise seducirlo hasta tal punto, cuando mi intuición dictaba que me alejase.
Me llamó dos veces más, las mismas que le rechacé. No se rendía. La tercera fue justo después que Jep lo hiciera para avisarme que no podría venir al mediodía. Estaba sola y me prometió una comida de amigos, sin líos ni intención. Me vestí con sencillez, una camiseta de tirantes, unos tejanos ajustados y una cazadora por si refrescaba. Me llevó a un libanés y no aguantamos ni la espera del café. Lo llevé directamente, entre risas, a la Casita Blanca para que escogiera la habitación que más le motivara.
-Decídete, le dije después de haberle contado el ambiente de cada una, para que supiera qué tipo de mujer se iba a llevar a la cama.
Y no puedo dejar de pensar que, curiosamente, yo nunca he estado en este lugar.
Me sorprendió. Fue brutal, increíble. El mismo hombre, con su serenidad y su apostura, igual de delicado y fuerte, pero sabio y seguro de sí mismo. Hizo lo que quiso conmigo.
Repetimos, pero siempre en su casa, hasta darme cuenta que me había enamorado de alguien que exigía más de lo que podía darle. En él descubrí lo que no tengo contigo, lo que nunca podrás darme, ser poseída de una manera que no puedo aceptar, que atenta contra lo que soy, lo que tú me has entregado y enseñado, contra mi libertad.
Irene, su hija, me ayudó a dar el último paso, se había dado cuenta que nunca me conseguiría, al menos tal como él me quería, y sólo por lo que le contaba y cómo le veía sufrir.
Se levanta.
-Voy a ver a los niños. Hace rato que no los oigo.
Del camarote llega un cuchicheo y alguna risa. Anna y Biel guardan silencio, aturdidos por una historia que nadie, ni siquiera Mónica, hubiese podido imaginar. Me levanto para ayudarla y hacerle compañía, y la encuentro arrodillada en el borde de la gran colchoneta, ayudando a sonarse al niño. Le acaricio la nuca, me agacho y le beso la espalda. Vuelve la cabeza y me sonríe con uno de sus maravillosos gestos. Estoy enamorado, perdidamente además, y por un momento he temido por nuestra relación, como si algo se hubiera roto entre nosotros. Pero no, no ha sido así y lo demuestra con palabras y acciones; y yo debo apresurarme a estar más por ella, a escucharla y apoyarla, a demostrarle que la siento mía sin necesidad de comprometer su libertad. No, nunca le preguntaré lo que piensa, sueña o siente; pero la escucharé cuando me lo cuente y le mostraré mi solidaridad.
Salimos a cubierta con los niños y sigue con la historia, pero esta vez sin la misma gravedad.
Hace unos días, justo antes de empezar las vacaciones, me encontraba cenando con Juli, Xavi y Mónica en el Isidre, cuando lo vi entrar acompañado de una preciosa mujer, de edad más acorde a la suya. Al principio me alarmé, pero pronto aprecié su sincera y abierta sonrisa. Se acercó y me la presentó como si se tratara una joya. Y, elegante y seguro de sí mismo como siempre, le dijo delante de todos.
-Esta chica es aquella de la que tanto te he hablado, la que me ayudó a salir del pozo y, en su momento, supo ponerme en mi sitio.
Y vuelve a mirar el horizonte. Y la abrazo porque percibo su mezcla de congoja y felicidad, lo que solo una mujer como ella puede llegar a sentir.


.

lunes, 24 de junio de 2013

UNA NOCHE DE SAN JUAN

_______________________________







"Siento decir también que los atenienses son terribles en eso de robar al Tesoro Público, y que, a pesar del peligro que corre el ladrón, son los más distinguidos los que más roban, del mismo modo que son los más distinguidos los que forman parte de la magistratura" 

(Jenofonte en "Los diez mil")

__________________________________________

Una noche de San Juan, veintiocho años atrás:

Me acerco con Mónica, que al ver que los observaba ha querido presentármelos. Están con Amara, bromeando sin cesar. Dos tipos bien parecidos, no tan grandes como a ella le gustan, pero si musculosos. Luego me entero que son famosos alpinistas, que han subido más de un ocho mil en el Himalaya y que conocen los parajes por dónde Anna y yo andamos en tiempos de guerra. Los habían conocido en una fiesta a la que fueron solas. Mi amiga los besa en la mejilla, mientras Amara y yo cruzamos una mirada de complicidad. Saben que tenemos una relación, pero no cual, aunque eso no les condicione. Acaricio la nuca de Mónica en claro gesto de posesión.
-¿Tu compañero? –Le pregunta uno de ellos.
-Y mi amante - responde Amara anticipándose.
-Soy un hombre afortunado –adelanto con sonrisa burlona y un guiño.
Risas, muchas, ya que Amara se ha empeñado en hablarles agachada frente a sus braguetas, de manera simpática mientras hace divertidas muecas.
La miro interrogante mientras uno le acaricia la mejilla con evidente ternura.
-Dice que nuestra neurona sube y baja sin parar y, por lo visto, sabe dónde está en todo momento.
Me siento observado, analizado en todos mis gestos y miradas. Obviamente se preguntan mi nivel de amistad con ellas, si soy compañero de cama, de casa o si entre Mónica y yo hay algo más.
-Debe ser difícil apreciar la diferencia entre compañero y amante con dos chicas como estas.
Eso dice uno mientras acaricia el magnífico pecho de Amara, a través de la camisa de fino algodón blanco, que hace juego con sus desgastados shorts tejanos. Por intuición o casualidad, lo cierto es que ha acertado y lo percibe por algún gesto nuestro. Y sonrío al sentirme descubierto. Es difícil de entender, pero es cierto, sean amantes o compañeras da lo mismo.
Charlamos distendidamente. Se nota que pretenden tirarse a las dos y me sorprende que Mónica no les siga el juego, porque son del tipo de hombres que gusta. Por mi parte trato que no se sientan coaccionados, incluso en un momento de descuido intento escapar, pero ellas lo evitan, principalmente Mónica, que me agarra del brazo.
Y Amara habla de sexo directamente, sin cortarse un ápice.
-La última vez me dejasteis hecha unos zorros. Al día siguiente empezaron a salirme moratones con forma de mordiscos –dice con otra de sus divertidas muecas.
Les veo incómodos, casi nerviosos y sorprendidos. Están seguros de haberla tratado con cuidado, incluso con delicadeza. Uno de ellos la atrae hacia sí, la abraza y la besa. El otro se disculpa azorado y ella le acaricia el pecho, se ríe y les cuenta que su piel es sensible en todos los conceptos, que son maravillosos, pero que después tiene que acostarse con su compañero y dar explicaciones. Y, claro, entonces recuerdo los múltiples y pequeños moratones repartidos por todo su cuerpo.
- Estás de muerte... Follas como los ángeles... Quizá me pasé sin darme cuenta... A veces no puedo remediarlo... Éramos tres ¿recuerdas?...
No parecen arrepentidos, pero sí abrumados, y les abrevio el tormento.
-A mí con ella me pasa lo mismo, y verla con este tipo de marcas excita a cualquiera. Estoy seguro que a su compañero le encanta saber que la follan así.
-¿Lo conoces?
-Es uno de mis mejores amigos.
Ahora es Mónica la que se ríe y bromea.
-Es el mejor tipo que conozco, el más sano y noble, aparte de ser mi amante.
Mónica habla de Jep, su verdadero compañero. No es de engaños ni de bromas, no los entiende, pero hoy los sigue, quizá porque no lo son. A ella, igual que a mí y a Amara, da lo mismo amante que compañero, porque a veces ni nosotros apreciamos la diferencia.
Nos separamos, otra vez con Mónica tirando de mí. Y se nos acerca Biel mientras los sigue con la mirada sin reflejar lo que piensa. Charlamos un rato admirándonos sin disimulo del despliegue seductor de Amara, que deja entrever una gran empatía hacia sus interlocutores.
-¿Cómo no has querido participar? –Pregunto a mi amiga.
-No me apetecía. Hoy prefiero estar a solas contigo. ¿Y tú?
¿Qué puedo responderle? Lo cierto es que me hubiese gustado ver cómo revienta de gusto mi compañera, que es algo que me satisface mucho. Pero no, prefiero callar y abrazarla, amarla como merece.
Anna charla con unos amigos, sé que anda tras uno de ellos y lo seduce con su arte, tan parecida y directa como la de Amara. Nos despedimos de Biel. Me sabe mal dejarlo solo, tan adusto e incapaz de relacionarse con desconocidos. Y veo acercarse a Amara, sensible a cualquier sentimiento de su amigo, le sonríe, lo coge del brazo y se lo lleva hacia donde están sus dos acompañantes.
-Ven, quiero presentarte a dos tipos muy interesantes, son alpinistas y han estado en el Himalaya.
Mónica y yo salimos a la calle, me da el casco de Jep y monta sobre su moto. A nuestro alrededor estallan petardos y se oye los silbidos de algunos cohetes.
-Sube, quiero llevarte a una buena verbena.

.

viernes, 14 de junio de 2013

EL REFLEJO DE MI SUEÑO

_______________________________




Ayer un viejo conocido, sin poder guardar lo que siempre había pensado, se admiró sobre lo mucho que Amara y yo hemos soportado, antes por nuestra extraña liberalidad y ahora por la enfermedad que ha postrado a mi compañera.
-Lo que tu llamas liberalidad nosotros le llamamos libertad, y a lo que llamas soportar, nosotros amor.

He tenido una vida privilegiada y estoy intentando compartirla.
Esta frase, que hoy me parece actual, la hice mía hace años, cuando creí haber vivido mucho más de lo que por ley me hubiese tocado.

Para mí fue un juego, un apasionante divertimento con satisfacción añadida, conseguir que aquella bellísima y sensual mujer conociera su poder y lo ejerciera.
Amilanada, reprimida por su sociedad machista, violentada y desprotegida por los suyos; pero luchadora y valiente, rebelde, inteligente y desafiante ante todos y todo.
Por vez primera pensé en hacer a alguien mío, hasta el límite que mi espíritu impusiera; y para eso debía conseguir que fuera absolutamente libre, más que Mónica, que Anna, incluso que Mila.
Veintiún años, una niña que, aun muy vivida, estaba por moldear. Y yo con veintinueve y una mochila repleta de vivencias, que necesitaba compartir antes que me consumieran.
Mis amigos, todos excepto Anna, nos dieron un mes de plazo, decían que más allá uno de los dos abandonaría. Luego fueron seis, esta vez ya sin Mónica, que empezó a conocerla. Pasados los cuatro primeros meses alargaron el plazo a un año, pero no Jep, que ya la frecuentaba. Y tras nuestra boda solo quedaron unos pocos, los que menos la conocían.
Le enseñé a no temer a nada ni a nadie, a quererse más que a cualquiera, a ser ella misma, a no preguntar antes de tomar lo que consideraba suyo, a mirarse en el espejo y satisfacerse de lo que veía. Y a disfrutar de las tormentas, del agua y del granizo, de la tempestad y del mar, de las noches más oscuras en lo alto de la montaña sin nadie que pudiera socorrerle. Y  poco a poco le fui contando mi vida, para demostrarle que nada carece de belleza, que incluso el horror enseña y puede ser recordado con emociones encontradas. A Amara le enseñé todo lo que sabía y había soñado poder llegar a ser, a vivir cada día con toda la intensidad que ofrece la vida, a mirar más allá de las estrellas, a creer que cualquier sueño es posible si se lucha por él, a ser libre por encima de todo y de todos.
Y le enseñé a no preguntarme ni siquiera con la mirada, a dejar libre su instinto, a disfrutar de su cuerpo como nunca había imaginado que pudiera, ni en sus más íntimas fantasías. Le enseñé a dar placer a los hombres con su propio disfrute, a requerir sus caricias, a abandonarse en sus brazos y expresarles sus sentimientos sin miedo; y a reír con el sexo, a dejar atrás los prejuicios, a jugar con la morbosidad humana, a seducir sin freno. Le enseñé a ser lo que siempre había deseado, a sentirse libre y fuerte como nadie, a poder escoger, a no sentirse atada por nada que no fuera su propio espíritu. Solo entonces la creí mía, no por serlo realmente sino por ser el reflejo de mi sueño.

.

sábado, 8 de junio de 2013

HASTÍO

______________





Me preguntan por qué no hablo de política ni de economía, que para mí es lo mismo, por qué he dejado de denunciar lo que ocurre o no planteo soluciones como solía.
Hoy mismo, después de leer una entrada de Manuel Conthe, secretario de Estado de economía en tiempos de Felipe, uno entiende por qué estamos como estamos, hasta qué punto somos y hemos sido gobernados por estúpidos, gente retrógrada y sin espíritu, incapaz ya no de superar lo heredado sino de mantenerlo. Y uno se pregunta que si eso es nuestra clase inteligente, qué puede esperarse de la normal, que es la que actualmente nos gobierna. Normal, sí, porque el nivel medio del elector español no pasa de eso.
Antes, en su blog me permitía divagar, pensar y discutir. Ahora solo queda la mofa, porque ir más allá es entrar en su juego; aunque debo reconocer que al menos sabe escribir, muy bien por cierto.
Hace poco un amigo me preguntó por mi obsesión en repetir que las democracias tienen los gobiernos que merecen, y me aseguró que él no merecía ser gobernado así. Y recuerdo que como respuesta le pregunté cómo escogía a sus representantes, y que, ante su reflexivo silencio, respondí por él.
-Si eres un tipo normal y sin instinto masoquista, seguramente escoges el que te gusta más, que crees más preparado, que habla como a ti te gusta, con el que sientes más empatía, que tiene tus mismas inquietudes.
-Pues sí –respondió.
-Pues eso es lo que hace la mayoría, que se supone no es masoquista, y en tu caso no puedes quejarte porque votaste a CIU.
-Pero mintieron y de eso no tengo responsabilidad alguna.
-Sabías que mentían. Ahora no te hagas el tonto, primero porque avisado estabas y segundo porque no lo eres. Dejaste que te engañaran porque te resultó más cómodo, solo eso. Ahora no me vengas con milongas.
Y ahí quedó la cosa, con unas cervezas y más risas, porque con los amigos mejor no hablar de política.
En fin, por qué debo quemarme aquí, en este precioso sitio, cuando los que me leen ya saben a qué me refiero y suelen coincidir conmigo sobre ese asunto. Es mejor hablar de sexo, de aventura y de divertimento, que es más sano y llena.
Mañana, que eso puede significar en unos días, contaré mi experiencia con una de las pocas mujeres que me dejaron un bellísimo recuerdo, excepto mis amigas, claro; y con la que solo tuve un encuentro que ya no podré olvidar. Y si me queda tiempo hablaré de Amara, de sus aventuras de libertad y, cómo no, del sexo más brutal.


.

miércoles, 5 de junio de 2013

PUEDES TORTURAR, PERO NO COMPARTIR

_____________________________________________
 



"Puedes torturar, pero no compartir"
Ese es el nuevo código penal del señor Gallardón, obsesionado en restringir las libertades más esenciales del ser humano, que son poder comunicarse y compartir la cultura.
¿Por qué?
No hay que ser muy listo para entenderlo. En la actualidad el estado represivo solo tiene un enemigo: la libertad de información, el que todo el mundo pueda ver a su policía enloquecida mientras se salta la Constitución, como reprime a salvajemente a los que no están conformes con el gran robo. El señor Gallardón está preparándose para lo que viene: un recrudecimiento de la represión al más estilo dictatorial y para ello necesita acallar lo único que no controla: la gente que graba y comparte.
Eso por un lado, por otro necesita reprimir y encauzar la cultura, y adecuar las leyes a lo que su amo le ordena, que paguemos incluso por lo que nosotros mismos hemos escrito para compartir y enseñar. Esa es la nueva fuente de ingresos del corrupto.
La manera de conseguirlo es penalizar salvajemente compartir, por ejemplo, un vídeo de YouTube en este mismo lugar. A partir de ahora se castigará más a un tipo como yo, que comparte vídeos, que a un malnacido que apuñala a un niño.

Recordar eso antes de votar a PP, PSOE y UPyD.

.

lunes, 3 de junio de 2013

DE ANIVERSARIO

__________________________



Falta poco para que cumpla los sesenta y dos, y eso ha hecho que recuerde muchas cosas, algunas en demasía y otras con cortedad.
Con los años el individuo, al menos yo, tiende a hacer las paces consigo mismo, de modo que deja de arrepentirse de lo peor; de analizar o preguntarse si había otra opción y, de ser así, por qué no la escogió; y descubre que todo, absolutamente todo, aún sin excusa, tiene su explicación.
¿Cuántos años llevo con el blog? Tantos que ni recuerdo, pero sí que hace unos cinco, cuando mi gran amigo bloguero me pidió conocer a Mónica, le respondí que tal vez le impresionara más la historia de Anna. Hoy, al pensar en ellas, no sé cuál de las dos marcó más mi vida. Hay momentos que pienso que fue Anna, mientras que en otros Mónica. Y si me pregunto cuál de ellas se acerca a mi ideal, no puedo responder, ni siquiera introduciendo a Mila y Amara entre las dos. Mi vida, como cualquiera de mis lectores puede comprobar, ha transcurrido alrededor de cuatro mujeres, aparte de otras que apenas dejaron rastro en mi espíritu. Y no por sexo, porque con Mila nunca lo hubo, sino por su inteligencia, su independencia y su espíritu combativo. Mujeres que prefieren la derrota o la muerte antes que la rendición.
El jueves Amara me despertará con un beso, Mónica me llamará después que lo haga Jep y cuando sepa que nadie la escucha. Anna ni siquiera me escribirá y si lo hace no será para felicitarme sino para que sepa que aún está viva; y Mila puede que me escriba, se olvide o esté en un lugar donde sea imposible contactar. Lo último que sé de ella fue antes que zarpara con unos ingleses hacia el cabo de Hornos.
Mónica me llamará y quedaremos para cenar, tomar unas copas y hablar de nuestras cosas, nunca de nuestras aventuras; y aprovechará para preguntarme por Anna, si sé algo de ella. Me contará que apenas responde a sus correos, aunque lo cierto es que Mónica apenas escribe y lo último que sabemos de nuestra amiga, es que estaba a punto de entrar a China desde Myanmar, por la frontera Himalaya, con pasaporte tailandés y en compañía de un camionero tan revolucionario como ella, cosa que dificulta bastante el envío de correo.
-Si te pasara algo ya no podría venir a buscarte -me hubiese gustado decirle como advertencia, pero preferí el silencio. Sé, además, que no quiere que vuelva a buscarla; y ella sabe que, en cualquier caso, ni la distancia ni las fronteras me lo impedirían.
Y saldremos sin nuestros respectivos compañeros y, como solemos, cenaremos en la taberna de Tomás. Y me recrearé en su exótica y perfecta belleza, aún sin el castigo de los años, en su piel suave y sin apenas arrugas, en su sonrisa y su grácil cuerpo. Y, como siempre, volveré a maravillarme de su fortaleza y de su indomable espíritu. Y dormiremos juntos en casa de algún viejo amigo.


.