jueves, 1 de agosto de 2013

CONVERSACIONES CON AMARA

__________________________________



La abrazo y la beso. Ha pasado unos días difíciles con su salud, además temía, con razón, que no llegara a tiempo para mi aniversario. Está en la cama, agarrotada por el dolor. La miro y me doy cuenta lo mucho que la quiero, lo que significa para mí y hasta dónde llega su valor y su confianza. Sabe que he estado a punto de no volver, y yo sé que nunca me lo habría echado en cara. Es Amara, la mujer que, junto a Mónica, ha organizado algo que escapa a la lógica humana, pero que responde a su espíritu, ese que me enloqueció.
-Eres el único que puede conseguirlo. Si tú no vas lo hará Biel y sabes que fracasará.
-Es muy difícil, no sé por dónde empezar.
-Cuando estés allí sabrás. Si no lo intentas y le pasa algo, no te lo perdonarás nunca.
-¿Eres consciente que es posible que no salga vivo?
-Sí, pero no te preocupes, no te lo echaré en cara y brindaremos con cava en tu memoria.
Y recuerdo sus palabras al despedirme en el aeropuerto, después de darme un beso.
-No vuelvas sin haberla dejado en lugar seguro. Es lo que yo haría si pudiera.
Y que, antes de subir al avión con Artur, que todavía no entendía por qué debía esperar en Bangkok, me sonreí al pensar que, en caso de salir mal, sería una bonita manera de morir a los sesenta. La mejor.

__________________________________________

-Cuando toda la fortuna que puedas acumular haya desaparecido, este árbol que ves ahí todavía vivirá.
Observo el árbol. Es alto y delgado, los he visto más grandes y viejos y ese tiene mucha vida por delante. Si nadie lo tala, trescientos o cuatrocientos años como mínimo.
-Nuestra fortuna, nuestras vidas y las de nuestros nietos. Nada es eterno, sería muy aburrido serlo -respondo con ironía.
-No me has hablado de Amara, de su salud. ¿Y Joan y Vicki, cómo están?
Me encojo de hombros y sonrío.
-A punto de ser abuelos. Amara sobrevive, ahora mejor que antes, pero ya sabes, su enfermedad es crónica y va a peor. Solo su espíritu la mantiene como es.
Tras nuestro se alza un montículo tan rocoso como selvático. El aire de la noche es fresco, incluso esa humedad que hace rato nos empapaba ha desaparecido. Uno de sus compañeros, sentado con las piernas cruzadas, está curando sus descarnadas rodillas. Debo apartar la vista, porque en una de ellas se le ve el hueso. Un rato antes, cuando le han sacado los vendajes que le pusimos para suplir los primeros, una chica se dedicaba a apartar los cientos de moscas que hacían turno para devorar su carne. Me mira a los ojos y sonríe. Su compañero médico le ha puesto unos polvos desinfectantes, después de lavarle la herida con cuidado y de inyectarle una dosis de antibiótico, que se me antoja más para ganado que para humanos. Ha de dolerle mucho, tanto que debe ser insoportable, pero no lo denota.
-Duele mucho, supongo. Yo no podría aguantarlo.
-Muchísimo. Es horrible. Y no seas estúpido, tú también lo aguantarías y lo sabes –responde con una entrecortada carcajada.
Y recuerdo mi entrenamiento, las lágrimas que caían de mis ojos y cómo me abstraje del dolor y del miedo, gracias a soñar con Mónica. Ella lo engaña con su risa, tan típica, tan alegre.
-Si sigues así no llegarás a vieja.
Se ríe, abiertamente esta vez; yo también por la tontería que he dicho, que llevaba dentro durante todo el camino, que me sentía estúpidamente obligado a espetarle.
Y vuelve a mirar el árbol.
A nuestro alrededor una nube de mosquitos envuelve la llama de aceite, mientras cientos de grandes mariposas revolotean a su alrededor, y algunas se queman y caen con estrépito.
-Sabes Popol, excepto los árboles aquí todo dura poco, pero a cambio se vive con intensidad. En algunos barrios de Bangkok sesenta años son muchos, mientras en otros hay quien muere a los noventa, Aquí, a partir de los cincuenta ya se es anciano y lo extraño es encontrar alguien de nuestra edad. Como menos esperanza de vida tengas, más valor le das y menos a la supervivencia.
Debo hacer un esfuerzo para entenderla, aunque todo lo que ha dicho ya lo sepa. Y se ríe mientras lanza una exclamación de dolor. Su compañero levanta la cabeza.
-Sorry.
Y ella sigue con su risa, amagando una mueca de dolor.
-No te preocupes Frank, ha sido sin querer. No todos tienen mi suerte, la de tener amigos como vosotros.
Y pienso en el charco de sangre, aún fresca, que vi junto a ella en su celda. Su compañera tuvo la desgracia de ser birmana y de precio bajo, y la violaron y le partieron las rodillas, para que no escapara antes de matarla.
*
Me sorprendió su tranquilidad, como si nada de lo que pasara a su alrededor le afectara. Pero la conozco y sé que no es así. La aceptación de la realidad es parte de su fortaleza y de su capacidad de lucha, la misma de tus amigos de “médicos sin fronteras”, la que vi en su amigo australiano, cuando la curaba tranquilo y sin inmutarse por el dolor que le provocaba.
No preguntó cómo conseguimos rescatarla, quizá para no obligarnos a mentirle. Sabía que en tan poco tiempo había sido imposible negociar, también que los militares de la zona querían interrogarla con tranquilidad, antes de enviarla a Rangún. De hecho ya habían empezado cuando llegamos.
Ya en la calle y a hombros de un compañero preguntó, casi sin fuerzas, cuántos guardias encontramos.
-Solo uno. Supimos esperar el momento –respondí.
Lo preguntó en su idioma y uno de ellos lo tradujo para que fuera yo quien le respondiera.
-Solo uno...
No fue pregunta sino incredulidad, pero no por el hecho sino por mi presencia. No entendía qué hacía allí. Al principio creo que ni ella sabía dónde estaba, sin embargo, sí que vi su mirada de alegría y confianza cuando entré en la celda. Entonces me reconoció y hasta pensé que no le extrañaba mi presencia.
Delgada y desfallecida, sucia, hambrienta y obnubilada por la somnolencia. Hacía días que no comía ni dormía. La encontramos de rodillas, sobre un suelo de arena lleno de sus detritus, con los brazos en cruz obligados por una madera a todo su largo, con unas cuerdas pendidas del techo alrededor de sus sobacos, para obligarla a mantenerse erguida, y unos aros en las piernas que le impedían cualquier movimiento.
A medio camino la cogí en brazos para que su compañero descansara. Creo que fue entonces cuando empezó a darse cuenta de que era yo, porque me abrazó de una manera muy especial y sentí sus dulces labios en mi cuello, y porque en catalán me preguntó por el bulto que llevábamos.
-No sé, debe ser algo que habrán cogido.
Luego, en un recodo del camino y ya en el 4X4, uno de ellos lo arrastró hasta un rincón del bosque. Nadie dijo nada, seguramente para no soliviantarla, pero entendí, por las señas que me hicieron, que cerca había una familia de leopardos. Y donde hay depredadores, hay carroñeros.
Estuvo un día entero durmiendo. Se levantó para comer, charló un rato conmigo y preguntó por una compañera también detenida, de la que nadie sabía nada y, por lo que entendimos, habría corrido la misma suerte que la otra. Luego se echó y ya no volvió a levantarse hasta la tarde del día siguiente
*
-Sabes Popol, después que partieran las rodillas a mi compañera pensé en Biel y en ti, e imaginé que me hacíais el amor. Y pensé, te lo prometo, que si os enterabais de lo que me había pasado vendríais a buscarme. Y temí por vosotros y deseé con todas mis fuerzas que no os avisaran. Habéis tenido suerte de llegar antes que empezaran a torturarme, si no me habríais encontrado hecha un estropicio.
La miro en silencio y observo el vendaje de sus rodillas. No sé lo que para ella es tortura, en todo caso me alegro que hayamos llegado a tiempo, no solo por mí sino también por Artur, que me espera en Bangkok, y por Biel, que lo hace en Rangún por si fallamos. Por Joan y Vicki, que han sufragado parte del viaje y que con un poco de suerte se habrán enterado de nuestro éxito, igual que Mónica y Jep, desesperados frente al ordenador y al lado del teléfono.
Unos extraños monos bajan del árbol. No entiendo que lo hagan a esta hora, ya casi de noche. Se acercan con cuidado, siento que dudan porque no me conocen. Uno de ellos se acerca más, me toca la mano y chilla. Ella me mira y sonríe.
-Creo que ya eres de la familia.
El mono de un salto se sube a su hombro, mientras el médico toma asiento a nuestro lado, satisfecho por haber cortado la infección a tiempo. Antes de marchar le extraerá sangre y se la llevará en una nevera para hacer análisis. Una mujer, que de tan arrugada parece anciana, nos acerca unos platos con arroz y plátanos cocinados al estilo caribeño, y otro lleno de una especie de langosta cocida. El médico coge una y se la lleva a la boca mientras me observa con curiosidad. Yo cojo otra y la saboreo. Cruje y tiene un sabor parecido a la cigala, pero más suave. Y Anna se ríe, no por mí, que ya sabe, sino por su amigo.
-Con Popol podrías perderte en un desierto y no morir de hambre.
Y recuerdo nuestras largas caminatas por las montañas del norte de Pakistán, donde señorea la aridez de la piedra desnuda, a cinco mil metros de altura.
Me sorprende la extraña humanidad de los monos y su egoísta complacencia, tan parecida a la de mi gata. Uno de ellos acerca su boca al oído de Anna. Me hace gracia el gesto de ella, como si hubiera entendido un susurro que ninguno de nosotros ha oído, porque acto seguido coge un plátano y se lo da. Y él lo agarra con una mano y salta hacia la rama más cercana.
-Ve con ojo. Esos monos no son tan amigables como parece. Con Amara lo serían, pero no contigo –Y se ríe por la ocurrencia.
Extraña humanidad, más sincera y previsible que la del ser humano. 
Observo a mi amiga. Parece como si unas lágrimas brotaran de sus ojos. Intenta levantarse y no puede, las rodillas duelen demasiado. Creo que los monos han hecho que recuerde algo, quizá a una de las compañeras que ha perdido.
Es curioso como nuestra conversación está cargada de silencios, como si no hiciera falta hablar, porque ya sabemos, como si las palabras fueran dardos que despertaran el dolor del alma.
-¿Quieres contarme algo?
Ella vuelve a mirar el árbol y sonríe, no con alegría, pero sí con esperanza.
-Todo lo que hacemos sirve para algo. Si vale la pena vivir por nuestros sueños, imagínate lo que es morir, que es más sencillo y llevadero. Lo terrible es hacerlo por nada, vegetar y dejarse llevar por las circunstancias. Y, aún peor, morir con la convicción que no has servido para nada, que tu vida ha sido un vacío.
Y en este momento siento la necesidad de quedarme junto a ella, de vivir plenamente y sin freno. Pero, ¿no lo estoy haciendo ahora mismo? Siento cómo me bulle la sangre, cómo se eriza mi piel. Hoy soy el hombre más feliz del mundo, aun sabiendo que quizá Amara esté esperando noticias, destrozada por haber sido la espoleta de todo lo que puede haber pasado. O tal vez ya las haya recibido, si Artur ha entrado en contacto con quien debía y ha seguido las indicaciones preestablecidas.
-Con el follón que hemos montado, creo que ya no podrás volver a Birmania.
El australiano mira a Anna perplejo. No puede creer lo que acaba de oir. Y ella suelta una risotada.
-¿Dónde crees que estás?
Me encojo de hombros. En este país las fronteras son tan ambiguas como los monos que nos rodean, que no saben ni les importa dónde empiezan y terminan.
-Estamos en Myanmar, muy cerca de la frontera con Laos. Mañana, antes que salga el sol, pasaremos por zona amiga y entraremos en Tailandia.

-Es extraño que no te preguntara.
-Sí que lo hizo, pero solo por amigabilidad, casi para mostrar su agradecimiento sin necesidad de demostrarlo.
La acaricio y me recreo en su nariz, en sus carnosos y sensuales labios, en su barbilla. Y me admiro por su extraña serenidad, tan parecida a la de Anna.

-¿Por qué has venido?
Me giré y la miré con una sonrisa. Aún conserva su belleza, con la delgadez incluso ha ganado en atractivo. Sus ojos, su boca; y su cabello, desordenado como siempre, más largo que antes e igual de rebelde, gris perlado porque no lo tiñe. Echo en falta los divertidos hoyuelos de sus mejillas, que imagino ha perdido por la delgadez.
-No lo sé, supongo que sentí la necesidad. No creas, me costó mucho que no viniera Artur. Es el que ha puesto más dinero en la empresa, incluso el suficiente para pagar un rescate.
Pero ella sabe que Artur es así, que se lanza sin pensar, con la convicción que todo lo puede.
-Podrías haber dejado la vida.
Acaricié su preciosa boca, su garganta y sus pechos; me incorporé lo justo para besarla, sin necesidad de apoyarme demasiado en su maltrecho y desnudo cuerpo. Solo quería rozarla, volver a sentir su piel en contacto con la mía.
-¡Mira quién habla! Por lo que parece, eso es lo que haces cada día.
Y entonces fue ella quien me miró y me sonrió.
-Me amas, en el fondo es eso.
Me reí mucho. Es la primera vez que escucho algo así de ella, la mujer fría e inmune a los sentimientos amorosos.
-Según tú, los hombres no sienten el amor como las mujeres. El macho está preparado para seducir y copular como buen reproductor masivo, en cambio, la hembra necesita la estabilidad para cuidar su nido. Tú eres la excepción y nos convertiste a todos, a ellas en mujeres libres como tú y a nosotros en fieles constructores de nidos. Pero no, no solo es eso. Tú nunca has amado como la mayoría de los humanos. Cuando me amas, en realidad lo haces a mi libertad. Serías capaz de morir por ella y si hoy me tuvieras que llorar, lo harías como Amara y Mónica, con una copa de cava para brindar por mi memoria y por lo que he sacrificado mi vida.
Abandonaste vuestra asociación de maltratadas, porque te hartaste de su cobardía; y aquí encontraste lo que buscabas: gente con más temor de vivir como esclava, que de morir por su libertad, mujeres valerosas como tú, que no se conforman, que estudian, trabajan y pretenden lo que les pertenece.
Es cierto, he venido porque te amo y porque me ha dado la gana, porque Amara, tu amiga hermana amante, me dijo que viniera y que no volviera sin haberte dejado en lugar seguro; porque, sin debernos nada, somos los compañeros de siempre, y abandonarnos ahora y aquí, hubiera sido lo mismo que hacerlo hace tantos años en el Himalaya. Y me quedaría a luchar a tu lado, en parte porque te amo y en parte por lo mismo que tu. Pero ni uno ni otro es suficiente por sí solo, y la suma de los dos no sigue la lógica aritmética. Cuando aterrice en Barcelona me arrepentiré, del mismo modo que si me quedara contigo. Amara lo sabe, incluso que ni ella es suficiente para retenerme. Quizá eso del nido no funcione conmigo, tal vez Joan, Jep y Pierre, incluso Richard; esos que se jactan de no sentirse atados a nada, lo estén mucho más que yo.



.

sábado, 27 de julio de 2013

SEXO, AMISTAD Y TEMPESTAD

_________________________________


Esta foto fue tomada un día de brutal tempestad mediterránea, desde lo alto de la entrada a Mahó, junto a Richard, Mila y Amara, después de haber llegado de la península.

A medida que descifro o voy entrando en los secretos de la física, me doy cuenta que llegará el día que una inteligencia conozca la clave mecánica del Universo, que no solo será capaz de entenderlo sino también de crearlo. Y eso, para una sociedad que cree en ángeles y demonios, en magia y esoterismo, ahora mismo es inconcebible.
Los últimos magos, esos que buscan desesperadamente una explicación al cosmos, sin destruir la creencia de un ser sobrenatural, nos explican que el humano llegará a entender la mecánica, pero nunca podrá disponer de la llave. Para ellos es incomprensible que un ser sea capaz de crear a su propio creador, mientras lo único que yo veo dudoso, es que sea el humano quien lo consiga, debido a su obsesión autodestructora.


________________________________________________

Las historias que cuento de sexo no son excesivamente duras, esas las omito, al menos por ahora. Aquí relato las vividas con gente ajena a nosotros, eventual o casi desconocida. Nuestras historias más brutales, aquellas en las que desplegábamos nuestros instintos con total libertad gracias a la intimidad, nadie las hubiese entendido y seguramente haberlas contado me habría reportado serios problemas. Con el tiempo quizá cuente alguna, no ahora, que he decidido hacer un receso de este tipo de entradas; esa, por tanto, será la última o un adelanto de las que hablo. Ahora toca volver a otro tipo de pasado, para contrastarlo con la actualidad. Porque todo se repite, aunque en forma distinta, supongo que para intentar demostrar que los tiempos cambian.
Somos, para bien o para mal, el producto de lo que fueron y pensaron nuestros antepasados; la forja de muchos años, incluso siglos, acelerada o frenada por pequeños incidentes.

El que no me conozca pensará, al leer esas historias, que tengo dos mujeres, aunque suela hablar más de una que de otra. Pero el que me conoce sabe que eso es circunstancial, debido principalmente por la idiosincrasia de Amara. Pero si tuviera que describir a Mónica no me quedaría más remedio que utilizar las mismas palabras que con aquella: inteligencia, valentía, arrojo, serenidad, nobleza y belleza. Y eso último va parejo con lo demás, porque esa belleza, sin cualquiera de las otras características, se desvirtúa; y sin la mayoría se disipa entre la bruma de la vulgaridad. Lo único que las diferencia es el exhibicionismo. Amara es exhibicionista en grado superlativo, mientras que Mónica lo aborrece en la mayoría de los casos. Y eso, que para muchos podría ser trivial, las hace distintas en la manera de interactuar con los demás y, por ende, en su manera de vivir y de ser.
Las dos gustan de los hombres por igual, quizá más Mónica. Amara es más exigente en eso y sabe rechazarlos, Mónica no. Las dos son igual de independientes, nunca piden ayuda, ni siquiera entre ellas. Mónica es hermética, no comparte sus problemas, los soluciona sin que nadie se entere. Solo, a veces, sus ojos denotan lo que siente; esos ojos oscuros, grandes y profundos, devoradores, sinceros, limpios. Es Mónica, la mujer que nada teme, que se ofrece a los que ama sin preguntas, capaz de sacrificar todo lo que tiene por un ideal; la mujer con la que me jugué mucho más que la vida.

________________________________________________

Por eso se me hizo extraño lo que hiciste aquel día, aunque luego, sabiendo lo mucho que amas a Jep, quise entenderlo. Lo cierto es que lo pasé bien, no tanto como cuando estamos solos, que te disfruto tal cual te deseo, haciendo más el amor que el sexo; que puedo recrearme en tu cuerpo para entregarte lo que más me place: tu satisfacción. Sabes que te deseo tanto como te amo, igual que con Amara; que nadie entiende nuestro sentimiento, supongo que por serle ajeno. Pero hoy no quiero hablar de eso sino de tu amor hacia Jep y de nuestra sorda complicidad.

Hace mucho que no estábamos solos los cuatro. Me siento bien, como si estuviera con mucho más que con amigos. Apenas hablamos, con el tiempo nos hemos dicho todo lo que un hermano puede contarle a otro, mucho más. Fuera empieza a diluviar, lo notamos por el ruido del agua al chocar contra la cabina. Hace mucho calor, pegajoso, tanto que casi no llevamos ropa. Nos reímos, aunque preocupados, al imaginar por lo que Richard y Joan estarán pasando en alta mar, en el centro de la tormenta. Pero no, solo es risa, porque sabemos que navegan en un gran barco, gobernado por un comandante de la real marina británica y en compañía de Joan, el mejor marino que podría encontrar.
Miramos el reloj y ponemos música. Con este tiempo no sabemos lo que pueden tardar, ni siquiera si harán noche en alta mar para no arriesgar. Siempre es mejor capear que correr un temporal, al menos es lo que yo haría, pero con Richard todo es posible.
Mónica se levanta y tira de mí. Es su música y quiere bailar. La abrazo, siento su cuerpo pegado al mío. La beso y acaricio su piel a través del fino y empapado algodón. Siento la intensidad de su respiración, su boca en mi garganta. Desabrocha lentamente mi camisa y besa y muerde me pecho. A pocos centímetros Jep y Amara nos observan abrazados.
Es la segunda vez que lo hacemos frente a Jep, pero no tan de cerca ni entonces llegó a nada, pero esta vez, quizá por su manera de besarme por cómo me acaricia y me desviste. Intuyo que será distinto.
Y nos amamos, nos decimos cosas al oído y nos reímos, y la desvisto con infinito cuidado. Y lentamente, bajo su minúscula braga, acaricio su perfecta piel. Aparto los vasos que hay sobre la mesa de cartas y le pido que se eche sobre ella. La acaricio y la beso, muerdo sus oscuros pezones, mientras mis manos acarician su pubis, sus maravillosos muslos, su vientre liso y perfecto. Y siento como su cuerpo se contrae con pequeños impulsos y se retuerce. Y escucho sus gemidos y su queja de hembra cachonda a punto de estallar.
Amara se levanta y me acerca un par de vibradores, uno es anal, al menos eso dicen, pero nosotros lo utilizamos para excitar el clítoris durante la penetración. Y juego con su cuerpo y nos reímos, ella entrecortadamente, entre espasmos de satisfacción. Jugamos con fuerza, la penetro y siento su orgasmo, profundo, intenso, largo.
Y Jep estalla. Amara lo ha masturbado con cuidado, esforzándose en alargar su agonía al máximo.
A través de la emisora oímos la voz de Joan. Grita pensando que no podemos oírle por el ensordecedor ruido del mar y del viento. Ha dejado de llover. Ahora solo se escucha los reflectores de radar en su choque con los mástiles y el silbido del viento al rozar las escotas. Están a una milla del puerto, eso creen, porque con este mar es imposible estar seguros. Navegan con la mayor rizada y el tormentín a punto de estallar, el mar los invade por estribor y la mar gruesa esconde las luces del puerto.
Nos vestimos y salimos a cubierta. Quiero partir en su busca por si necesitan ayuda o naufragan, y pido a Jep y a Mónica que desembarquen de inmediato. Jep grita, no quiere dejarme solo, es más, quiere impedir mi salida. Discutimos mientras Amara prepara el barco. En un caso como este solo confío en ella, en su serenidad y la pericia adquirida en muchos temporales. Y oímos el ruido del mar al chocar contra la escollera, y con espanto e impotencia veo como la espuma se levanta muchos metros por encima del muro del puerto. En estas condiciones es más difícil salir que entrar. Amara y yo nos miramos en silencio, acongojados por lo que nuestros amigos estarán pasando. Y de pronto veo la majestuosa bandera británica avanzar por el otro lado del muro, lentamente, subiendo y bajando con el mar. Es Richard, que desafiando las normas nunca la arría para que todos sepan que es él.
Los ayudamos a amarrar y a desembarcar. E, impertérrito, me busca con la mirada esperando mi comprensión. Sabe que yo nunca hubiese intentado entrar con este mar, que casi nadie lo hubiera hecho. O sí, quizá algún insensato que ya se habría estrellado contra la escollera. Sabe que, por espantoso que fuera, me habría alejado mar adentro a la espera de mejor momento.
Joan y yo nos miramos en silencio, con la complicidad de saber que coincidimos. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en las maniobras que mi amigo habrá realizado, en su juego con las olas, el motor y el viento. No se me escapa que, hasta no haber entrado en la bocana, llevaba la mayor desplegada y el tormentín a todo trapo. Pero es Richard, un marino británico acostumbrado a temporales en mares desconocidos, y, por mucho que quiera, a lo máximo que puedo aspirar es saber cómo lo hace sin pretender imitarlo.

Cenamos en casa de Jep, pero antes Amara y Mónica pasan por la casa de mis padres, para pedirles que esta noche se queden los niños. No sabemos cómo terminará, pero conociéndolas y por tal como ha ido lo imaginamos.
Las esperamos en el granero de la gran casa, acomodado como biblioteca y salón de invierno, rodeado de cómodos y viejos sofás, un hogar y un dormitorio para invitados con su cuarto de baño. El cielo se ha despejado y entra la luz del típico atardecer de finales de junio. Ha refrescado un poco y es agradable estar en el interior de este precioso espacio, entre libros y muebles antiguos, con las paredes cubiertas por viejos aperos de labranza, y con cadenas y cuerdas colgadas del techo, que nosotros damos una utilidad menos prosaica para la que fueron diseñados.
Incluso yo, el más frío de nosotros, tengo un sobresalto cuando las veo entrar por el gran portón de madera. Amara con una camiseta de tirantes, de Jep seguramente por lo ancha que es, y sus bragas de fino encaje. Mónica solo lleva su camisa, abrochada en sus dos últimos botones, justo para esconder su pubis. Y se acerca, sencilla, sin aparente malicia, me abraza y me besa, y se echa sobre Jep, al que desnuda sin mediar palabra. Amara toma asiento junto a Joan y Richard y hace lo mismo, pero a los dos a la vez y a su manera, con una picardía y un erotismo que hasta a mí perturba.
No sé qué debo hacer, me siento momentáneamente desplazado, hasta que siento la mano de Mónica, que me arrastra hacia ella y Jep.
Y vuelvo a besarla, a acariciarla y a desnudarla. Me fascina su delicado y sensual cuerpo, su culo respingón, su precioso vientre, el color de su piel, casi cobriza, que repaso con la punta de mi lengua. Jugamos con ella, Jep con reserva por sentirse inexperto o demasiado excitado. Ella gime y se revuelve. Paso uno de mis brazos por su espalda y le introduzco dos dedos de mi otra mano en la boca, y tiro su cabeza hacia atrás para mostrar el precioso cuerpo a su compañero.
Sé qué debo hacer para excitar a mi amigo, para que pierda el sentido tal como ella desea, para hacer que le desborde su morbosidad.
-¡Qué buena está! La vamos a reventar a polvos. No te preocupes, estoy acostumbrado a follarla en grupo, te enseñaré cómo hacerlo.
Al otro lado Joan, Richard y Amara se divierten, ellos con agresividad. Amara lo permite porque sabe lo mucho que disfrutan con ello, que con muy pocas mujeres pueden. Y veo como la arrastran fuera de la estancia y la llevan al jardín, supongo que para atarla al columpio o a un árbol y disfrutar de su cuerpo con total plenitud. Jep, Mónica y yo nos miramos y nos reímos con complicidad. Y Mónica señala las cadenas que penden del techo y nos pregunta si seremos capaces de colgarla.

______________________________________________

En unos días Mila llegará en avión y para mí será un gran reencuentro, aunque solo venga para recibir, junto Richard, a sus amigos británicos. Es mi amiga hermana y sé que pasaré la noche con ella, hablando de lo que hacemos y soñamos, de lo que sentimos y de lo que recordamos. Y beberemos y nos reiremos, mientras Richard y sus tres amigos se divierten con Mónica y Amara en su barco.

.

domingo, 14 de julio de 2013

UN LUGAR PARA CADA ROSA

________________________________




Hace rato que deambulo por el jardín, admirado por la infinidad de rosales que lo pueblan con aparente desorden, pero en los mejores lugares para cada variedad, muchos al descubierto y otros bajo el resguardo de la sombra de los árboles. Se les nota cuidados, no de un día o de una semana sino de siempre. Me acerco a un Chrysler Imperial y absorbo su suave fragancia.
-¿Te gustan?
Es Irene, sentada en un peldaño de la entrada, la anfitriona de la curiosa fiesta que se desarrolla en el interior de la casa. Me la presentó Biel, junto a su compañero, un tipo alto y fuerte, muy agradable y extrovertido, y de edad parecida a la de mi amigo.
Como no se levanta tomo asiento a su lado. Me gusta estar con esta mujer. Ha sido una sorpresa encontrarla aquí, fuera del espectáculo. En la casa seguía sus movimientos, admirado por su serena belleza, su manera de hablar y de estar con la gente. Viste sobriamente, pero con la misma sensualidad que emite al moverse, sus carnosos labios, su entreabierta boca, su nariz, su mirada, incluso el desorden de su pelo al caer sobre sus hombros. Me observa de la misma manera, sin amagar su interés. El disimulo, en una fiesta como ésta, está de más y solo sirve para incomodar.
-Te he buscado por la casa, Jeni me ha dicho que te había dejado en la biblioteca observando mis viejos libros.
La miro con curiosidad. Reconoce tener interés conmigo, seguramente porque me cree desubicado; y no le falta razón, aunque tampoco hay para tanto. En ese tipo de fiestas mi incomodidad dura poco. Solo necesito variar, andar y meditar de vez en cuando.

Dos horas antes estaba hablando amigablemente con Biel y un par de tipos, aparentemente amigos suyos, en un rincón del gran salón. A nuestro alrededor alguna pareja bailaba, mientras el resto se recostaba en los mullidos sofás. En otro rincón un pequeño grupo charlaba sobre asuntos demasiado trascendentales.
En ese momento llegan ellas acompañadas de un tipo alto y desgarbado, de cabello claro y desordenado, con una chaqueta de grueso algodón gastada por el uso y de color tan ambiguo como su propietario. Yo las esperaba más tarde, sabiendo que venían de lejos en el coche de Jep, ausente a causa de uno de sus muchos viajes. Se acercan con una sonrisa, después de haberse presentado a nuestra pareja de anfitriones. Mónica viste con sencillez y elegancia, un traje de chaqueta de falda entallada y corta. Ya a su lado descubro que bajo la chaqueta no lleva nada, pero es la moda y a nadie debe extrañarle, aunque siempre sorprenda. Directa como siempre y sin amagarse de nada, nos presenta a su eventual compañero después de abrazarme y besarme. Amara lleva un vestido de algodón blanco, adquirido por mí en Ibiza hace muchos años, semitransparente, lo justo para que pueda verse su increíble cuerpo al trasluz, la casi absoluta desnudez. La miro embobado, como si fuera mi primera vez, absorto en sus formas, en su serena sonrisa, en su mirada, en la insultante perfección de su cara y de su cuerpo. Treinta años, nadie podría creerse que hace dos meses los cumplió. Su cara parece la de una chica de veinticinco lo más. En cuanto de su cuerpo, qué puedo decir. Cuidado en el gimnasio y en el mar, y disfrutado hasta un límite que ni yo puedo precisar. Nunca hubiera imaginado que aquella mujer, tan bella y atractiva, se superara año tras año, que los nacimientos de nuestros dos hijos solo sirvieran para dar un pequeño toque de madurez a su portentosa belleza.
Se acerca, me sonríe con picardía, conocedora de la dirección de mis pensamientos, me besa y luego abraza a Biel mientras le besa en la boca con delicadeza, absorbente y lenta. Saluda a todos y da la vuelta a la mesa para servirse una bebida.

Hablamos sobre las personas, sus gustos y sus virtudes, la gente con la que coincidimos, que es poca y toda alrededor de Anna y de Biel. Le pregunto de qué los conoce y responde con evasivas, dando a  entender que son viejos amigos de su compañero. Y entiendo, Jose es navarro y de hablar bastante vasco. Ya no pregunto más, solo me queda hacer un esfuerzo por si recuerdo sus facciones en aquel bar de Pamplona o en el de Donosti, aunque es improbable. En este caso Biel nos habría presentado de otro modo. Aún así, ahora entiendo el por qué de esta invitación tan limitada.
Se levanta.
-¿Quieres tomar algo? Quizá un gin tónic de esos que tanto te gustan.
Me sorprende, alguien le habrá contado qué bebida me gusta más, seguramente Anna o la misma Amara, porque hasta el momento no he tomado ninguno.
Vuelve rápido y sin nada en las manos, como si temiera que el impase me sirviera para escapar; pero no, no es eso.
-Ahora viene mi sobrina con las bebidas.
Y seguimos hablando, esta vez de árboles y el efecto que su tenue y parpadeante sombra provoca en el color y la floración de algunas variedades; de la idoneidad de utilizar mariquitas para combatir las plagas, resistentes con las hormigas y voraces consumidoras de sus granjas de pulgones.
La chica aparece con una bandeja llena de canapés y dos gin tónics primorosamente elaborados, con la piel de limón recortada en forma de espiral ocupando delicadamente todo lo largo del cilíndrico vaso. Toma asiento a nuestro lado y abraza efusivamente a su tía, solo diez años mayor que ella.
-Tu mujer es maravillosa –me dice sin contención.

Y la recuerdo acariciando embelesada el hombro de Amara, tras la mesa de las bebidas; y su mirada de admiración, penetrante y apasionada, mientras le pregunta si desea algo especial.
Las vi hablar animadamente, la una de combinados y la otra de los sabores que más le gustaban. Amara, al ver que la chica no le dejaría servirse sola, le dio las gracias y volvió con nosotros.
Coquetea, pero sin que nadie pueda acusarla de ello. Caes en su red, convencido que es ella quien lo ha hecho; y te crees el mejor seductor, cuando tu eres el seducido. Ha llegado al cénit en su arte, más allá no hay nada, es imposible.
Biel y yo observamos fascinados cómo teje su suave e imperceptible telaraña, con qué maestría raciona su encanto e, incluso, cómo nos utiliza para conseguir su fin.
Acaricio su cuerpo, lo pellizco con traviesa delicadeza, simulando sorpresa al descubrir que es real, que tras la transparente tela no hay cera, que sus preciosos senos desafían la gravedad sin artificio, que la tersura de su piel no es ficticia, que su uniformidad y su brillo no son producto de afeites. Amara odia el maquillaje y no tiene reparo en enseñar sus pequeñas y finas arrugas, producto de la alegría, de la simpatía.
Charlamos un rato sobre asuntos que desorientan a nuestros compañeros, como si nuestra relación fuera de amistad y de fugaz sexo. Entonces lo hace apoyada en Biel, mostrando más familiaridad con él que conmigo, natural, sin esconder su cariño, su ternura, sonriéndole con la mirada, mientras se dirige a los dos desconocidos. Y me recreo en sus pequeños gestos, en la sensualidad de su voz, en su refinada gesticulación, en su limpia y sugerente risa.
Me acerco y la beso levantando su barbilla, mientras cierro los ojos para saborear mejor la dulzura de sus labios, el aroma de su piel.
-Os dejo un rato. Necesito andar un poco.
Y Jeni, solícita, sale de su rincón empeñada en enseñarme la casa.

Jeni se levanta y deja la bandeja sobre una pequeña mesa de madera cercana donde nos encontramos.
Y empiezo a sentir algo de frío, e inconscientemente mi mirada se dirige hacia una caseta de madera, bien barnizada y con una pequeña ventana en su lateral, rodeada, cómo no, de preciosas matas de rosales.
-¿Tienes frío? Vas muy desabrigado para la temperatura que hace. ¿Te apetece volver a la fiesta o prefieres resguardarte en la sauna?
La fiesta no nos atrae, de ella lo sé por su conversación. No es su estilo y si las acepta es por contentar a su compañero. De mis gustos sabe poco, pero es obvio que los imagina e intuye que mi presencia obedece a algo parecido.
No esperaba que aquello fuera una sauna y muestro interés por verla.
Una pequeña sala toda ella construida de madera, desde el suelo hasta el techo. Al fondo un minúsculo cuarto de baño y a un lado un banco casi pegado a la pared. La mujer enciende una luz tenue e indirecta, imagino que a propósito para mantener el ambiente nocturno.
-Si quieres la ponemos en marcha.
Lo dice por educación, porque antes que pudiera responder ya ha encendido el sistema.
Me sorprende que el centro de la estancia se levante unos centímetros del suelo y le pregunto que hay bajo la madera.
-Un jakuzi -me dice una vez sentados en el banco -¿Lo quieres ver? –Pregunta tras descubrir que es el primero que veo en mi vida, y, una vez más sin esperar mi respuesta, retira su cubierta de madera. Me mira fijamente a los ojos, son instantes, suficientes para que nuestras miradas hablen por nosotros. Se acerca a un cuadro y lo enciende. No tardará en notarse el calor. Dos grandes chorros de agua van llenando la gran bañera. Miro a la chica y siento como el ritmo de mi corazón se acelera. De pie, con los brazos caídos a los lados y una sonrisa tan serena como enigmática, sigue mirándome con fijeza, como si esperara un gesto por mi parte.
El calor empieza a ser sofocante incluso para mí. No pido permiso, no hace falta, es mejor el silencio. Me saco la camiseta. Ella sigue observándome, igual de silenciosa, impertérrita, ya sin esa sonrisa. Su chaqueta cuelga del perchero del cuarto de baño y lentamente con la mirada sobre mi cuerpo, se desabrocha la camisa, se la saca y la arroja, casi sin mirar, a un rincón de la larga bancada. Se desabrocha el pantalón y, con la ayuda de un pequeño contoneo, hace que se deslice por sus piernas. Me saco el mío y recojo su ropa y la mía para colgarla. Al volver del cuarto de baño la encuentro en la misma posición, de pie y dándome la espalda, como si esperara otro gesto por mi parte. Siento su tensión, los nervios que afloran por todo su cuerpo. Son segundos, quizá ni eso, lo suficiente para sentirme impresionado por la belleza de su cuerpo, la perfección de sus suaves y sugerentes curvas.
-Eres preciosa –le digo sin poder contenerme.
El silencio, en este caso, habría supuesto una estupidez.
Es estremecimiento lo que percibo. Un pequeño respingo provocado por mi esperado impulso. Me acerco y acaricio su espalda con las yemas de los dedos. Ahora su estremecimiento es más evidente, siento su respiración, entre tensa y excitada. Con mis índices acaricio sus hombros resiguiéndolos hasta el revés de sus manos. Me acerco más, hasta estar seguro que si no lo siente intuye mi aliento. Baja ligeramente la cabeza, más por sumisión o para mostrarme su nuca que para alejarla
-¿Nos bañamos? –Le pregunto, mientras mis dedos juegan con el broche de su sostén, buscando el modo más rápido y limpio de abrirlo.
Y tiro de él con fuerza, con la excusa de desabrocharlo. Sé que en este momento debe sentir mi iniciativa en su cuerpo, que ha de obedecer mi voluntad.
¿Qué me ha llevado a esto? Me pregunto. ¿Su belleza o algo más profundo, una fuerte e incontrolable empatía? Ahora ya es demasiado tarde para preguntármelo.
La chica se acerca al borde y entra, vuelve su cuerpo ligeramente y me mira con un gesto de endiablada sensualidad. En sus ojos vuelvo a percibir seguridad, como si hubiese retomado el control. Alarga la mano.
-Ven. Estaremos mejor dentro.
Y sin inmutarse se saca la pequeña braga de encaje y entra en el agua antes que pueda ver algo más que su perfecto trasero.
Y me río de mi mismo. Yo, el compañero de la reina de la seducción, acabo de caer en la red de esta mujer.
Me saco los calzoncillos frente a ella, no tengo otra opción, y tomo asiento deslizándome hacia el fondo hasta que el agua me cubre los hombros. El aparato debe tener sensores, porque para solo. Y me enseña a regular los chorros de aire y de agua, y se ríe al ver mi sorpresa.
Hablamos de la gente, de cómo es cada uno, y buscamos gustos e ideas coincidentes.
Esta mujer me excita y lo sabe. Supongo que es mi mirada, mi sonrisa, lo que me descubre; y, no sé por qué, algo trasciende de ella que me hace pensar que siente lo mismo.
Y cierra los ojos y sonríe para sí misma. Se sumerge un poco y se desliza por la bañera.
-Hazme sitio.
Y siento su cuerpo pegarse al mío. Levanto el brazo y la rodeo por los hombros. Otra cosa no podría haber hecho, porque no cabemos y es muy incómodo. Todo es un juego compuesto de sutiles gestos. Ha empezado ella, luego yo, que la abrazo y acaricio su hombro. Después ella apoya su cabeza en el mío, mientras su mano se desliza por mi muslo; y yo levanto su mentón y la beso en los labios.
- Desde que estoy con Jose es mi primera vez con otro hombre –dice con casi timidez.
-¿Y antes? –Le pregunto con un guiño mientras le acaricio la barbilla.
Y su risa, tan suave como abierta, me enamora.
-Antes era muy mala.
La levanto y hago que apoye su cuerpo sobre mis rodillas. Acaricio su cuerpo con cuidado, primero la cabeza, los hombros, el cuello. Le hablo de mil cosas, de la tersura de su piel. Le acaricio los labios, la nariz. Me exclamo sobre lo afortunados que somos algunos hombres, de tener como compañeras mujeres como ella, Amara, Mónica... Me inclino y vuelvo a besarla en la boca. Hace tanto tiempo que no seduzco de esta manera, que debo hacer un esfuerzo para no precipitarme, a la vez que me recreo en este arte. Sé cómo terminará, ambos lo sabemos, pero lo alargamos a propósito para convertirlo en un juego.
Acaricio sus senos, su vientre; y siento su jadeo, casi imperceptible, como una sombra escondida tras la vergüenza. Y hago que se sienta sobre mis rodillas, y acaricio su nuca y su espalda con las yemas de los dedos y luego con sus extremos, los excito para que sientan el más leve contacto, para que a través de mi piel pueda penetrar su cosquilleo. Quiero sensibilizar su piel tanto como sus sentidos, quiero ver como se eriza, como se estremece su cuerpo.
Le pido que se abandone, que se olvide de las convenciones, que sea ella y deje libres sus instintos, que disfrute sin amagar lo que siente. Y se lo digo con voz queda, insinuante, mientras con una mano sostengo su ingrávido cuerpo y con la otra araño con delicadeza la aureola de sus pezones. Vuelvo a besarla, le muerdo los labios y mi mano se desliza por su vientre y acaricia su pubis.
Ya es mía, la he conseguido. Soy feliz de sentir su placer, de oír sus gemidos sin atisbo de arrepentimiento, de ver cómo agita sus brazos, el chapoteo instintivo de sus pies en el agua. Extiendo una toalla en el borde de la bañera y le pido que se eche en ella. Quiero que se abandone más, absolutamente, que se convierta en hembra por encima de cualquier otra cosa.
Y después vuelve a mi lado, con sus ojos entrecerrados, con la maravillosa belleza de mujer satisfecha, feliz, poderosa. Apoya una vez más su cabeza en mi hombro, somnolienta, tranquila. Descansamos unos minutos, en silencio, como si necesitáramos digerir todo ese sexo. Nos miramos y hablamos con voz queda, casi en susurros, nos reímos. Mira la hora y se levanta con espanto. Se ríe de sí misma, de cómo ha pasado el tiempo, y nos vestimos.
El salón está en silencio, en uno de los sofás una pareja duerme. Me acerco con la esperanza de encontrar a Mónica. No es nadie que conozca. Ella busca a su alrededor, como yo, intuitivamente, por si encuentro el rastro de mis compañeras. Subimos al primer piso y abre con sigilo una habitación, oigo como susurra unas palabras y vuelve a cerrarla.
-Es tu compañera, pero no la molestes, está durmiendo.
Siento la fuerza de su mano, como si quisiera decirme algo. Se acerca a mi oído.
-Está con dos hombres –dice sin aguantar su excitación.
Me encojo de hombros. Es Amara, que, al contrario que Mónica, descubrió la manera de evitar el compromiso, que la empatía se convierta en algo más.
–De dos en dos los tíos nunca te complican la vida –dijo hace tiempo, tras su aventura con Santiago.
Abre la puerta de su dormitorio, la revisa con cuidado, imagino que buscando el rastro de su compañero, y vuelve a cerrarla. Pasamos cerca de una pequeña puerta, la mira durante unos segundos y la abre con cuidado. Unas escaleras llevan al desván, de él escapan suaves risas y algún que otro aullido femenino, tan sordo como ellas. Distingo la voz de Amara, de Anna y de Biel, junto la de Jose.
-¿A quién has visto en el dormitorio? Amara está arriba –pregunto divertido.
Me mira perpleja y me pide que espere, sube las escaleras en silencio y abre unos centímetros una portilla de madera. La cierra con el mismo cuidado, baja y me coge de la mano.
-Vamos. Hay una habitación vacía al lado del cuarto de baño. Allí estaremos bien y podremos hacer lo que nos plazca. Por cierto, ¿no era Mónica tu compañera?
Y no sé qué responder.

Nunca más supe de ella. En junio, justo después de mi aniversario, Anna y Biel marcharon a Sudamérica. Estuvieron más de un año incomunicados. A su vuelta, fugaz como siempre, Anna no me habló de ella ni yo le pregunté. Nunca me acerqué a su casa, a no ser que pasara cerca por coincidencia. Entonces me demoraba frente a ella con el coche en marcha, solo unos segundos.


.