martes, 7 de agosto de 2012

ESPAÑOLITO

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Hace tiempo Luis Garicano decía que era la última oportunidad para España de no volver a los años cincuenta. No recuerdo exactamente lo que comenté en aquel momento. Lo seguro es que dije algo parecido a que ya no había tiempo. Tampoco sé a qué se refería Luis al hablar de los años cincuenta.
Durante los cincuenta se empezaron a crear las grandes empresas públicas, que tanto el PSOE como el PP tuvieron a bien disolver, en aras a engordar las arcas de sus amigos, con la excusa de una mejor funcionalidad. Eso tan simple lo saben hasta los paganos que votan al PP y al PSOE, y que nunca cobrarán por ello.
Ahora, tal como van las cosas, solo quedan las empresas municipales, la sanidad y educación públicas, y, por último, la RENFE. El primer paso para disolver y privatizar las primeras es arruinando los consistorios, de manera que no les quede más remedio que ceder la funcionalidad de sus servicios a las diputaciones, que dispondrán de la potestad de vender el servicio. En cuanto a la sanidad y la educación, no es necesario tener demasiadas luces para ver de qué va el asunto. Se trata pues de financiar y apoyar las empresas privadas, en retirada y con grandes pérdidas por cierto, para que se queden o regenten a precio simbólico las infraestructuras que todos hemos pagado.
La electricidad, el gas, la red eléctrica, las centrales nucleares que ya pagamos con el recibo, las líneas aéreas, el transporte terrestre, el ferroviario, la minería, las fundiciones, los astilleros, la automoción... todo se ha privatizado en aras a lo anteriormente dicho; porque otra cosa no es, ya que el francés, que justo está aquí al lado, no se cansa de demostrar que el Estado puede administrar tan bien o mejor que el empresario privado.
¡El francés! El gran enemigo al que todos miran con aprensión, ya que es el ejemplo más evidente de la subnormalidad del españolito. Si el francés estuviera lejos, aunque fuera en Europa del Este, sería otra cosa; pero está aquí al lado y habla casi como nosotros, come cosas parecidas y también bebe vino; pero según los últimos estudios estadísticos, jode más y mejor, es más listo y, por lo que parece y hacia dónde emigra nuestro cuerpo sanitario, pronto nos adelantará en esperanza de vida.

No es difícil darse cuenta que, pese lo dicho por el bienintencionado Luis, ya hemos llegado tarde. Lo que no sé es hasta dónde nos retraeremos, si podemos llamarlo de esa manera o compararlo a un decenio anterior. Lo seguro es que podría haber sido distinto. Solo que el españolito hubiera elegido con la cabeza antes que con la víscera, seguramente hoy no estaríamos hablando de pobreza, de asaltos a supermercados, de paro y de corrupción. O quizá me equivoque y sea cierto que el españolito haya elegido conscientemente a sus dirigentes, porque cuanto más ando más escucho la frase, de que yo ya sabía que eso era una burbuja que terminaría estallando, que tanto cerrar fábricas para vender productos chinos, franceses y alemanes terminaría mal, etc. Lo que demostraría que el españolito no es tan tonto como parece o como sus dirigentes, sino solo estúpido.

Mi amigo, el holandés errante, un tipo de mundo y sin veleidades nacionalistas, se extraña que hable del “españolito” con semejante desprecio. Y yo, que de nacionalista tengo tanto como él, lo que más me gustaría es definirlo de otra manera. Pero mi amigo no sabe, como yo, que una parte importante de este pueblo vota a cierta gente solo porque va a joder al catalán, mientras que otra vota al contrario porque cree que le va a dar dinero por no trabajar; y tanto una como otra aplauden que se invierta en misas y en toros en cambio de investigación.
Si no, de qué.


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UNA BUENA HISTORIA

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En mi otro blog decía que la gente, de tan fácil que se la manipula, es patética; sin embargo, me pregunto cuánto de cierto hay en eso o si en realidad solo se deja manipular por comodidad y bastardismo.


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viernes, 3 de agosto de 2012

LO QUE NOS VIENE


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Ayer en la Rambla del Raval presencié algo tan surrealista como patético. Una mujer, después de intentar robar a un turista, montó un escándalo contra los camareros por haberlo evitado, los amenazó de muerte, etc. En eso que uno de los camareros ve una patrulla de la policía municipal y la llama, pero, mira por dónde, los polis ven a un chaval cruzar la calle sin camiseta y salen como loquitos a perseguirlo. Y la mujer, claro está, se larga sin hacerles ningún caso.
El asunto no tendría la menor importancia si no fuera porque mi amigo y político socialista, unos momentos antes de la  desbandada se había exclamado sobre la diligencia policial.
-Si no fuera por ellos en este barrio desplumaban a los turistas –dice.
Luego, al ver que la mujer sale como si nada y que persiguen al chaval, vuelve a exclamarse sobre la prontitud en multar o reñir a los descamisados, que degradan visualmente la ciudad.
El descamisado, evidentemente no degradaba nada, otra cosa sería si uno de nosotros enseñara su seboso y sexagenario ombligo.
Y hablando de ombligos, Barcelona y la obsesión represora del españolito, terminará como en algunas ciudades italianas, que empezaron con el desnudo masculino de cintura para arriba y acabaron prohibiendo los tirantes a las mujeres, aunque ahora, según tengo entendido, ya van tras las minifaldas. Por lo visto atentan a la fina moral de algunos, la mayoría se supone, puesto que son reelegidos.
Con mi amigo no discuto, por muy transigente que se crea por ser socialista, lo que tendría que ser diálogo suele terminar a gritos y mal.

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La gente va loca porque Alemania ceda y, claro, no cede. Yo, desde mi blog y todos los foros de discusión económica y política en que participo, no me canso de explicar que lo mejor para Europa y la continuidad del Euro pasa por la salida de España y de Grecia de la Unión monetaria.
Salvar España significaría aplazar su cambio y la resolución de sus males, aparte de hipotecar la eurozona y ponerla en grave riesgo.
El que crea que los alemanes tienen suficiente dinero para prestar a fondo perdido lo que necesita España, va aviado y no sabe o prefiere no darse por enterado, de la verdadera magnitud del problema.
Hay le comentaba a un competidor amigo, que ya queda menos para que el banco, en cambio de euros nos dé un vale.
-¿Cómo que un vale? -Me pregunta preocupado.
-Si hombre, un vale que diga: vale por cien, doscientos... euros.
-¿Y qué haremos con los vales?
-Pues iremos a comprar y pagaremos con ellos.
Y eso que cuento es inevitable, ya que el gobierno, con tanto balbuceo, desatino y subnormal suelto, espera, supongo, que caiga el maná del cielo justo en el último momento. Y los bancos, ante el descalabro de no poder entregar euros, harán de Estado y repartirán vales.

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La próxima crisis será medioambiental y tan intensa que hará que la gente olvide la actual. Está demostrado que el ciudadano, por pobre que sea, termina comiendo; que mientras sus salarios bajan, los precios al consumo también, a no ser que el gobierno de turno siga haciendo el estúpido. Sin embargo, la próxima crisis forzará la migración de cientos de millones de personas, hará que desaparezcan enormes extensiones de cultivo y que el mar se vuelva yermo. Y ya me contarás cómo podrá alimentarse el mundo.


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lunes, 30 de julio de 2012

DEGRADACIÓN

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Hace un mes busqué un tejido de punto, sencillo y muy básico, pero con el suficiente colorido. Visité algunas empresas, las más grandes del país. No lo encontré. Lo más parecido podía encontrarlo sólo en los colores más básicos y en caso de querer uno en especial, tendría que esperar a que lo tintaran sin la garantía que quedara bien o tal como lo quería. Al fin pedí una cantidad de metros entre cuatro colores, valía la pena arriesgarse, pensé en aquel momento.
Iluso, mil veces iluso.
Hace un par de días, en una visita a una amiga competidora, vi un muestrario parecido a lo que había buscado con tanto ahínco. Podía contar un mínimo de cuarenta o cincuenta colores. Desconcertado lo cogí para estudiarlo.
-¿Quién demonios fabrica eso? –Inquirí
-No sé, me lo dieron en París, en Francia hay muchos que hacen eso.
Di la vuelta al cartón, ya que en el envés se suele poner el precio y las características técnicas del producto. Algo más barato que el contratado por mí en la fábrica de Mataró.
-Te garantizan el servicio y el color. De hecho disponen del suficiente stock, -me dice preocupada.
Más barato y con servicio inmediato, sin riesgo, sin un mínimo y el color que me plazca.
Y recuerdo hace unos pocos años, cuando podía pasear por Igualada o Mataró sin dejar de oír los telares, ya que no había una manzana sin un tejedor. Recuerdo entrar en cualquier sitio y poder encargar lo que quisiera a un precio más bajo que en París. Y recuerdo cuando unos cientos de metros más lejos, un tintorero te hacía el color que quisieras.
El tejedor de Mataró no es malo y en principio creí que su precio era competitivo. Lo cierto es que no anda muy bien de trabajo, de tal que mi pedido le habrá servido de respiro. No gana lo suficiente y el salario de sus trabajadores ni de lejos se acerca a los del francés.
¿Qué ocurre?
El alquiler, los impuestos de un montón de administraciones distintas, el reciclaje de las sobras, la falta de inversión y la antigüedad de la maquinaria, su falta de preparación empresarial, la imposibilidad de abrirse al exterior por no saber idiomas, la energía más cara... Son tantas las cosas que es imposible corregirlas.
Es el producto de unos cuantos decenios de corrupción y de degradación.

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Mi hijo me llama por el Skype, hablamos de su trabajo, allí donde un gobierno tercermundista ha decidido invertir en investigación. Hablamos de submarinismo, del último título conseguido. Sabe que quiero ayudarlo para montar su propia empresa.
En el país está bien considerado, se reúne periódicamente con profesores, políticos, militares y hoteleros. Lo respetan y hace poco el gobierno local le preparó una sala de conferencias, para que explicara a la población sus logros.
Sabe que le prestaré todo lo que le haga falta para establecerse allí, nunca en España. Aquí ya no sirve ni el turismo, a no ser el cultural en Barcelona.
Un club de inmersión en la costa solo factura lo suficiente los meses de verano. El local es el mismo, los impuestos más elevados, los alquileres más caros, el transporte también, el material es el mismo, los técnicos de mantenimiento son peores y cobran más, el seguro de responsabilidad civil también, la gasolina... Allí el negocio aguanta nueve meses al año como mínimo, y se le respeta y de pasada puede ejercer de investigador de campo. Aquí se le desprecia y tendría que mendigar para encontrar el mismo trabajo, codearse con políticos y policías corruptos, para darles las gracias por dejarle hacer un trabajo que beneficia al país.


Es eso, no lo olvidéis cuando llegue el momento que se nos compare con un africano. Es eso y nos lo hemos ganado a pulso.



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viernes, 27 de julio de 2012

SANGRE, FUEGO Y HORROR

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Siempre que veo una determinada película recuerdo a Mónica.
Ayer llamé a una vieja amiga. Me había encontrado por el Facebook, el maravilloso e inigualable Facebook.
-¿Y Mónica, vendrá? -Preguntó.
Habíamos quedado para vernos la próxima semana.
Unos momentos antes había estado viendo la película, “El desafío de las águilas”.
Mónica, silenciosa, heroica, sólida; y femenina, sobria, fiel, independiente... tanto hay en ella, tanto, que no tengo palabras. Cierto, nunca tengo las suficientes para describirla.
Sentada a un lado, en su rincón, -quizá no fueran tantas las veces, pero tan intensas que es así como la recuerdo- en silencio, con las manos en el regazo y mirándonos fijamente. 
Acciones casi imposibles excepto para ella, arriesgadas, casi suicidas para cualquiera. Recuerdo mirarla a los ojos y ver su asentimiento de cabeza, suave como ella, casi tierno, incluso sensual. No recuerdo que saliera una palabra de su boca, solo el gesto afirmativo de su cabeza, a veces tan imperceptible que solo yo lo veía.
Mónica... silenciosa, grave, inmutable en todo, excepto en el amor y en el sexo.
Mónica... tan brutal como tierna, tan... no, no hay palabras que puedan describirla.
Y se levantaba y marchaba sin que nadie recordara un adiós, aunque tampoco pudiera sentirse despreciado. Y sí, se despedía, pero de manera tan tenue como su cuerpo al moverse, tanto que ni el aire movía, tanto que no parecía abrir la puerta.
Y después sangre, fuego y horror en las calles, en las casas, en el seno de las familias.

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La miro a los ojos, su frondoso y magnífico cabello, su precioso y grácil perfil, su sensual boca... Me enseña sus dibujos, la portada de mi libro, bello como ella; bello, incluso, como la sangre, el fuego y el horror; incluso como la herida de bala que aún acaricio cuando se deja, cuando nos abandonamos.
Por qué, me pregunto, veo y recuerdo belleza en tanto fuego, sangre y horror. Quizá porque siento su fuerza y su poder.
La rubia del desafío de las águilas me recuerda a Mónica, aun siendo tan distinta. Tal vez sea la serenidad que desprende al provocar sangre, fuego y horror.


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jueves, 26 de julio de 2012

UNA NUEVA MASA MONETARIA

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La nueva moneda: real, maravedí, íbero o como se le quiera llamar (nunca peseta) debería tener el mismo valor de salida que el euro para marcar un referente.
La nueva moneda, llamémosle por ahora “Íbero”, un nombre asumible por toda la geografía peninsular, a mi entender debería ser flotante con respecto al Euro, de no ser así perdería la practicidad necesaria, y su cambio debería ser defendido por el regulador, su único agente emisor, a efecto de mantener en lo posible su valor.
En contra de lo mantenido por Schwartz, la nueva moneda no debería servir para ganar competitividad. La competitividad va ligada directamente a la productividad y eso debemos dejarlo a las empresas y al mismo mercado.
Cierto que España entró en el Euro con una peseta sobrevalorada, pero también ha pasado el suficiente tiempo para que tanto los salarios, la inflación y el mismo mercado hayan eliminado esa diferencia. La prueba está en la capacidad exportadora de nuestras grandes empresas, precisamente las que menos pueden escapar de los convenios colectivos y que menos elasticidad tienen en relación al resto. Es nuestra pequeña y mediana empresa la que no exporta, quizá por falta de medios, competitividad tecnológica, preparación empresarial y una descapitalización sobrevenida por ser más beneficioso invertir en productos especulativos que en la propia empresa.
¿Cuántas veces hemos oído decir a un empresario, que había ganado más en la compra venta de un solar o unos pisos, que en un año de trabajo?
La nueva moneda, por tanto, debería servir para crear nuevas empresas y empleo, entre los jóvenes emprendedores o los pequeños empresarios que buscan cómo defender sus empresas, a través de un crédito aprobado sólo después de cumplir unos requisitos de inversión tecnológica o para mejorar la productividad; nunca para salvar algo sin viabilidad o para seguir perdiendo dinero.
Un crédito que solo sirve para pagar antiguos salarios o deudas, es un crédito perdido, a no ser que sirva para cubrir las deudas de las administraciones públicas.

En relación a los pagos del Estado, la nueva moneda solo debería ser utilizada para cubrir la diferencia de salarios, entre lo que el Estado puede pagar en euros sin endeudarse y el salario real que merece el funcionario; para completar los pagos a las administraciones locales y autonómicas, a los de proveedores de obras, de instalaciones, de estudios e informes que no precisen ayuda exterior, etc. Siempre para completar, nunca para acomodarse en la segunda moneda.

La nueva moneda nunca debería perder la excepcionalidad, aunque, a mi modo de ver, tampoco debería desaparecer, ya que siempre podría servir como respuesta a una próxima crisis financiera o de liquidez; aparte de ejercer presión al BCE, que vería menguar su influencia.

La nueva moneda, en caso de no emitirse en metálico perdería su razón de ser y su practicidad. Es más factible, dadas las circunstancias y por su previsible uso, que la primera moneda fuera la electrónica, aunque también está de más y sigo sin encontrarlo apropiado. Creo que existen muchas maneras de evitar el fraude, antes de sacrificar esa tan necesaria practicidad.
El parado que encuentra trabajos eventuales y se mueve por la ciudad, la ama de casa o el pensionista que compra en el mercado, en la panadería; la pequeña compra en el supermercado, el menú del pequeño restaurante, el café, la copa, la cerveza, el periódico y un largo etcétera de pequeñas cosas que mueven miles de millones de producto netamente nacional con mucha mano de obra, aparte de algunos gastos primarios como tasas municipales, aún se pagan en metálico. Coartar este movimiento impediría el uso de la nueva moneda, justamente donde más necesaria es.
En relación al transporte urbano e interurbano, la nueva moneda, excepcionalmente y a tenor de la necesidad, podría servir para reducir el precio de los billetes al mínimo en Euros. La nueva moneda debe servir para abaratar el transporte urbano e interurbano hasta el máximo, de manera que su usuario decida de una vez por todas abandonar el automóvil, que el parado pueda moverse a la busca de un empleo, que el joven pueda desplazarse al instituto o al trabajo con el mínimo gasto. El costo de la operación en la nueva moneda (gasto de mantenimiento, salarios y la adquisición de nuevo material producido en el interior del territorio) podría sufragarse directamente, sin pasar por el bolsillo del usuario. El coste sería ampliamente recuperado por el ahorro energético y de mantenimiento de la vía pública.

Los productos 100% de importación solo deberían ser pagados en Euros, tal como los carburantes, los productos de alimentación exóticos o fuera de temporada, los viajes, los billetes de avión, el material electrónico, etc.
Si mantenemos la dualidad y la necesidad del Euro para adquirir ciertos productos, conseguiremos que esos pequeños productores lo busquen, aparte de para su consumo, para proveerse de material importado, que de otra manera no podrían adquirir.

¿Se puede mantener un sistema con dos monedas paralelas de igual valor?
Difícilmente si la interna la hacemos convertible, ya que, tanto el productor como el consumidor tenderá a buscar la externa para adquirir todo tipo de productos, por lo que posiblemente se devaluaría. Y de no hacerla convertible, no pasaría de ser una moneda secundaria, que la mayoría también terminaría rechazando. Pero si el Estado tiene el cuidado de emitirla a tenor del producto y del crecimiento, y la hace de obligado uso para algunos servicios, para pagar tasas y algunos impuestos, y, así mismo, obliga a aceptarla a los comercios de productos de mercado, posiblemente mantendría su valor. En caso contrario y en que los productos nacionales no pudieran, por falta de suficiencia, abastecer tanta población, el Estado debería imponer cupos de cambio, forzando así la productividad interna y la devaluación por el previsible mercado negro. El Estado debería forzar el pago de las hipotecas en íberos, con una pequeña subvención en euros por parte del Estado. Por un lado conseguiríamos vender las viviendas vacías, por otro la banca aceptaría gustosa emitir hipotecas y rebajar los precios a cambio de recibir euros de subvención, y, por último, los que quisieran comprarlas, extranjeros o nacionales, se verían obligados a comprar íberos en el BE.

Es arriesgado, qué duda cabe, pero vale la pena probarlo, ya que muy posiblemente el paro bajaría y aumentaría la producción interna y, por ende, el valor de la moneda se mantendría.
Todas las empresas, incluso las más pequeñas, necesitan componentes o materias primas llegadas del extranjero para poder fabricar sus productos. Por eso mismo necesitamos una moneda segura, convertible y sin apenas comisión en el cambio.

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-Hoy, por poner un ejemplo, mi hijo y mi nuera, biólogos con dos másteres cada uno, submarinistas, alpinistas, espeleólogos y un largo etcétera, trabajan para el gobierno de Cabo Verde como biólogos. Mi primera intención es conseguir que se establezcan como submarinistas en el país, a poder ser con su propia escuela y club de inmersión. Para ello estoy dispuesto a invertir los euros que tengo, ya que no puedo pedir un crédito. En Cabo Verde tienen futuro, sin embargo, en España no. Pero imaginemos que dispusiera de crédito en íberos y que conozco grandes mayoristas de frutas, con excedentes que desechan porque no saben qué hacer con ellos. Lo primero que haría es proponer a mi hijo crear una pequeña industria de mermelada, de helado, de zumos… que podría comercializar, por ejemplo, en los mercados municipales, donde existen multitud de paradas sin uso.
¿Qué conseguiríamos con eso?
Evitar que emigren dos elementos altamente preparados, crear una nueva industria a partir de un producto nacional de futuro incierto e infravalorado, crear nuevos puestos de trabajo y potenciar una previsible empresa exportadora o, como mínimo, evitar que este producto se adquiera en el extranjero, y, por último, explotar la infraestructura municipal.
¿Qué se necesitaría para crearla?
Un crédito en íberos para el alquiler, el material, etc. y esos pocos miles de euros que dispongo para comprar una parte de la maquinaria.
¿Cuántos economistas que hoy están sin trabajo, que hacen de repartidores o emigran en busca de dignidad, podrían dedicar su esfuerzo y sabiduría en crear empresas de gestión, que organicen otras, como la descrita antes, para facilitarles la expansión al extranjero?
¿Qué necesitan?
Nuevas empresas sin complejos ni prejuicios, regidas y montadas por gente joven y preparada, y dinero. Pero... qué dinero. Si lo analizamos, sólo una cantidad limitada de euros y un crédito en íberos.-


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martes, 24 de julio de 2012

A MUCHO MEJOR

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Ayer, una amiga sabia y triunfadora me preguntó por quinta o sexta vez en pocos meses, cómo veo el asunto.
-Bien -le respondí –por lo menos mucho mejor que hace muchos años, cuando la gente temía a la guerra fría y el subnormal de Reagan andaba con su guerrita de las galaxias –ahora, que el Hubble nos enseña mejor el cosmos, eso de la guerra de las galaxias suena a filmoteca pasada de rosca-
La guerra de las galaxias solo sirvió para destapar la podredumbre del régimen soviético, que no dejaba de ser el reflejo de nuestros vicios, nada más; porque, ya entonces, un cohete norteamericano sin la tecnología nipona, no pasaba de la estratosfera. Ahora, mira por dónde, el ordenador de a bordo de una nave americana, precisa un montón de piezas de alta tecnología china.
Lo cierto es que, mientras a los norteamericanos les habría salido más rentable que Reagan se hubiera quedado con sus pelis de malo barato, al resto del mundo la cosa le ha ido de perlas.
A los occidentales el cambio nos saldrá caro, a unos más que a otros y a los españoles, en particular, mucho más que a la mayoría, porque ni somos europeos ni dejamos de serlo, y eso no suele salir bien que digamos.
El mundo ha cambiado, aunque en España, que como en todo llega tarde, se dice que está cambiando. China y la revolución de la comunicación han puesto al mundo patas arriba, y lo que antes servía como bueno, ahora es malo. China, que en realidad es el paradigma de la sociedad emergente, ha conseguido que la tierra de cultivo, los medios y el trabajo, tengan más importancia que la manipulación del dinero.
Ahora, por mucho que algunos digan o hablen de especulación, lo importante es cosechar trigo o extraer hierro y disponer del dinero para comprarlo, fabricar harina o acero y trabajar para convertirlos en bienes manufacturados. Algunos occidentales lo descubrieron a tiempo y adaptaron sus sociedades para el desafío, con la convicción que ya nada sería como antes; otros utilizaron la estrategia del avestruz y prefirieron no darse por enterados.
-El mundo ha cambiado, Cris. Si no me equivoco y el occidental no se vuelve loco, habrá menos guerras y los bienes se repartirán mejor entre las distintas sociedades del planeta. Algunos, como nosotros, sufrirán por su estupidez y su cobardía, mientras el mundo global prosperará. Sin embargo, si el occidental se vuelve loco y sigue a sus fantasmas, si prefiere escuchar a sus voceros ultracristianos, que cantan sobre la supremacía de su dios y de su cultura-religión, será barrido por una ola de destrucción sin igual.
Y Cris, la Hache de mi historia-novela, afirma con la cabeza. Ha visto y vivido mucho, lo suficiente para darse cuenta que es posible que no me equivoque, y con eso tiene bastante.


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miércoles, 18 de julio de 2012

UN APUNTE PARA EL BLUES DE AMARA

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El blues de Amara algún día terminará, supongo que en el momento que edite mi segundo libro, o cuando empiece a escribir esta parte de la historia para publicarla. Entonces habrán pasado tantos años que ya nada tendrá importancia.
El blues de Amara sigue siendo la historia de un hombre corriente, la de un tipo afortunado, incluso en el amor de una mujer extrema en todo, de inaudita y equilibrada inteligencia, de belleza y sexualidad tan extrañas como extraordinarias, y con un espíritu que le obligaba a actuar con una pasión desenfrenada y, a la vez, cerebral.
¿Intuición o pericia? Me pregunto ahora, cuando la cuido y recuerdo nuestra historia, tan extraña y extrema como ella.
Nadie que la conociera aquellos primeros días, taciturna, silenciosa y amagando su físico y su belleza, como si temiera descubrirlos, podía imaginar quién era, ni siquiera el más inteligente de mis amigos. Una mujer extraña, que en el trabajo abría su auténtico espíritu, humana, divertida y extrovertida; porque, según ella, era en el único lugar donde se le trataba como merecía.
¿Intuición o pericia? Lo primero, por supuesto, y también mi afición al riesgo. Porque, como bien dijo Anna, Amara era distinta a todo lo conocido y me hubiese causado mucho dolor perderla, tanto que nunca me habría recuperado.
Has de estar a su altura Popol, me decía a mí mismo constantemente.

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-No puedes imaginar lo difícil que es seguirte -me dijo abrazada a mi cuerpo y con un cabo enrollado a su cintura, cuando todavía no podía asumir por completo mi manera de vivir y de ser, y cómo me enfrentaba a lo desconocido.
Antes de conocerme padecía vértigo, no podía soportar los espacios pequeños y cerrados, temía a los monstruos imaginarios y a la magia, al abismo del mar y al precipicio. Y pasamos muchas noches, solos en nuestra solitaria casa del Pirineo, abandonada entre negras y agrestes montañas, cuando a media noche se escuchaban lamentos y las puertas se abrían y cerraban con el chirrido de sus bisagras, en la que yo jugaba con los espíritus, hasta cansarlos para que durmieran tranquilos. Y bajamos con cuerdas por profundos acantilados para, según yo, bañarnos desnudos en lugares donde el agua era especial y maravillosa. Y le hice dormir encerrada en el pequeño camarote parecido a un nicho, sin siquiera un ventanuco, en el barco y con el mar rugiendo a su alrededor, sin costa a la vista, solo mar y más mar.
Y me contó que no se atrevía a hablar de eso con mis amigas.
-Te quieren a ti, yo soy una extraña para ellas. Solo Jep es capaz de escucharme y cuando le hablé sobre mi problema, respondió que te perdería si no era capaz de seguirte.
La abracé con fuerza. Un rato antes, con él en el timón y un mar de mil demonios, la había encontrado con los ojos cerrados y los labios prietos.
-¿Qué te pasa? –Le pregunté mientras la abrazaba por su desnudo hombro.
-Tengo miedo a la muerte, siempre lo he tenido.
Ni una lágrima asomaba por sus ojos. Lloraba, pero sordamente, a escondidas del hombre que amaba, temerosa de ser descubierta en falta. La senté a mi lado, con el mástil a nuestra espalda y el tormentín hinchado al frente. La quilla se hundía en el mar, como si de un cuchillo se tratara, para salir al encuentro de un muro de agua. Y, abrazados, hablamos de la vida y de la muerte, que son partes de una misma cosa, de cómo nos enfrentamos a ella y cómo algunos la desafiamos. Y le conté mi historia en la nieve con Artur y cómo me rescataron en el último momento. Y lo que había visto y sentido cuando tuve que rescatar a otros con distinta fortuna. Y le hablé de Anna y de Cachemira, de la escuela bombardeada y de la niña muriéndose suavemente en mis brazos. Y de Sebas, de su pasión por el mar y la montaña, de su muerte por leucemia. Y de Jordi y el Ala Delta, de cómo encontró la muerte cuando menos lo esperaba. Y también de la belleza del mar y de su naturaleza, cómo a veces me sentía pez y hombre a un mismo tiempo, cómo jugaba con las olas y la corriente en los rompientes, sin hacer esfuerzo ni resistirme; y del aire y de la montaña; y de los hombres que matan, de sus ambiciones y rabias. Pero no de mi terrible experiencia en Perú, cuando descubrí lo poco que puede valer una vida y a mi propia naturaleza.

Y no sé si fue por eso, los gritos de emoción de Jep, al enfrentar la pequeña nave al embravecido mar, o la belleza de Mónica, sentada como mascarón en la proa, desnuda, espléndida y desafiante. No estoy seguro, pero creo recordar que a partir de entonces seguirme dejó de ser un problema, mientras que seguirla se convirtió en un desafío mucho más intenso que el mar, el aire, la montaña y hasta la rabia y la ambición de los hombres que matan.


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martes, 17 de julio de 2012

UN APUNTE PARA EL BLUES DE AMARA

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-¿Con cuántas mujeres te has acostado?
Está a mi lado, con la cabeza recostada sobre mi pecho. Le acaricio la espalda hasta la rabadilla y se estremece, gime, levanta los ojos y me observa insaciable, terriblemente insaciable, tanto que igual me asusta que me satisface.
-Responde –reclama con intransigencia.
Me río, no puedo hacer otra cosa.
-Estoy pensando.
-¿Tantas?
No, no son tantas, el problema es que nunca se me ocurrió contarlas, ni tengo interés en decírselo. No recuerdo qué le respondí, seguramente inventaría un número o quizá me hartara y respondiera con una invectiva. Tiempo después, ya marcada definitivamente por la enfermedad, volvió a preguntármelo. Pero entonces me reí con ganas, sin fingir. Le podría haber respondido, que con tantas como ella o infinidad menos si contaba a sus amantes masculinos. Y ella, cómo no, hubiese dicho que no es lo mismo.
Pero entonces, por mucho que ya viviéramos juntos, todavía no me conocía y podía imaginar cualquier cosa menos la realidad. La vida que llevaba parecía más la de un libertino que la de un tipo delicado en ese tipo de temas.
Recuerdo que entonces me disgustó su descaro. Me preguntó por algo que sabía que yo nunca le preguntaría, que achaqué a su juventud y a su inseguridad. Pero también que me sorprendió con su respuesta, tan inesperada como enorgullecedora para mí en aquel momento, después de exclamarme, que, fueran las que fueran, a su edad no llegaba ni a la cuarta parte de ella.
-No es lo mismo. Yo por amor solo me acuesto con Jep y contigo, con el resto es y ha sido distinto. Tú eres incapaz de hacer el sexo por solo el físico o la diversión y aún menos por compasión. ¿A cuántas mujeres has amado Popol, aparte de a Anna, a Mónica y a mí?
Y no supe qué responderle, porque en aquel momento yo tampoco había sentido amor por todas mis amantes sino una fuerte empatía, igual que ella más adelante por Joan, Biel, Pere y tantos otros y otras, que ni siquiera puede enumerar. Y tampoco se acostaba solo por amor con Jep y conmigo. Su respuesta a las fantasías y morbosidades que experimentábamos demostraban el deseo de puro sexo.

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-¿Qué hacíais con ellos? –Pregunté un día a Mónica, cuando ella y uno de los dos amigos ya habían abandonado  la relación, aún no sé si por curiosidad o para saber si todavía podía mantener el control de nuestras vidas.
-De todo.
De todo puede ser mucho o bastante, podría ser cualquier cosa. De Mónica poco más podía esperar. Amara es más explícita, pero necesita su tiempo. Te cuenta la historia se lo pidas o no; lo necesita, y puede tardar uno o varios años, a párrafo por día o por semana, da lo mismo.
-Igual que con vosotros -respondió en un primer momento. Una semana más tarde empezó a entrar en detalles y entendí; para ella era un divertido juego con un tipo que lo merecía, que se había convertido en más que un amante, en un amigo con el que compartía historias, sensibilidades y desafíos que yo no podía soñar. Me contó lo que hacía, cómo jugaba y las fantasías que le procuraba, poco a poco, como si se diera cuenta que había llegado demasiado lejos, tanto que no había retorno. Y entre línea y línea entendí su complicidad, lo que sentía; pero también que había percibido la debilidad del héroe y sus limitaciones. Y descubrí que ya no tenía nada que temer, que había ganado la apuesta al apoyarla y casi obligarla a ser lo que siempre había soñado.

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-Algunos de nosotros valoramos la vida de otra manera, quizá tu lo entiendas, que la has manipulado, que has sentido como escapaba, que la has quitado o has luchado por la de otros. Algunos de nosotros hemos visto y vivido el horror, el pavor y la felicidad; hemos aprendido a tratarlos como a un compañero de viaje. Y entre nosotros la complicidad que se forma supera lo imaginable, tanto que en privado podemos, incluso, desprendernos de nuestros escudos más íntimos, aquellos que ni siquiera los descubres al compañero; y abrir nuestro espíritu sin ningún complejo, amar, desear y llorar sin vergüenza. Él es así y yo también, y Mónica y tu también, aunque no seáis de los nuestros.

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Aún recuerdo aquella noche en el barco, con Mónica y los dos madrileños, jugadores de balonmano, cuando entre todos la convencimos que podía ser lo que más había soñado, ser médico. Recuerdo cuando, a nuestra vuelta, la obligué a pedir una excedencia para empezar sus estudios, cuando la apoyé y casi forcé a que se matriculara; y su resistencia a perder la independencia económica y depender de un tipo al que apenas conocía, con amigas amantes que la superaban. Y también el aviso de Anna.
-Amara es distinta a todo lo que hayas conocido. Cuando sea ella misma, si no estás a su altura la perderás como compañera.
Nos arriesgamos y valió la pena.


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viernes, 13 de julio de 2012

UN APUNTE PARA EL BLUES DE AMARA

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Las encontramos donde nos habían dicho, en la pequeña playa del port de l’Alger. Mónica baila desnuda de cintura para arriba con un tipo al que no conocemos, justo al borde del agua, donde las piedras dejan paso a la arena. La gente se divierte, baila o charla distendidamente sentada por la playa. A un lado, un conjunto toca sobre una tarima de madera. Cerca, sobre otra más pequeña, Amara baila con los ojos cerrados, ajena a todo su alrededor, incluso a las pasiones que levanta. Vemos como levanta los brazos, hasta que caen rendidos sobre su cabeza. La camisa abierta, esta vez casualmente, con la consabida carga erótica que provoca. Unos tipos algo mayores que nosotros reclaman su atención, hace rato que, divertidos, siguen sus movimientos; le piden que baje con el resto de los mortales, quieren bailar con ella. Despierta de su ensoñación y con una risa se ata los extremos de la blusa. Jep y yo nos miramos. Curiosamente su desnudez y su gran sexualidad se disimulaban más con la camisa abierta. Los tipos insisten, parece que la conocen, porque la tratan con mucha familiaridad y cariño. Baja de la tarima con la ayuda de uno de ellos, que no tiene reparo en abrazarla y besarla. Mónica se acerca, ya con todo el bañador, mojada porque acaba de bañarse, la música ha cambiado y no es de su agrado. El tipo que anda a su lado va vestido como el resto de sus amigos, con tejanos y una camisa de manga larga. Nos sorprende el contraste. Jep y yo nos sentamos en el pretil que defiende la entrada de la playa, quizá por eso Mónica nos ve y nos saluda levantando la mano.
Son las fiestas del pueblo, que a veces coinciden con el once de septiembre. De día, regatas y fiestas para los más jóvenes del pueblo; de noche, conciertos y baile. Hace calor y la gente se ha bañado hasta tarde, mientras Jep y yo nos hemos dedicado a lanzar trampas al agua para pescar algún congrio, a limpiar el barco y prepararlo para la pequeña travesía. Mañana saldremos pronto, para aprovechar el puente y la tramontana, nos dirigiremos a Menorca, daremos la vuelta a la isla bañándonos en las preciosas calas y volveremos el martes, que es once, para el doce estar en el trabajo.
Las chicas vuelven a bailar, esta vez en compañía de dos de los cuatro amigos; y Jep y yo nos acomodamos y charlamos de lo que más nos gusta: del hombre, de la vida, del mar, de la naturaleza y del arte, mientras nos recreamos en la belleza y sexualidad de nuestras compañeras, tan distintas y parejas a un mismo tiempo. Mónica baila como le gusta, abrazada al hombre por rápida que sea la música; y Amara distante, jugando con el movimiento de su increíble y sensual cuerpo, como si absorbiera al compañero sin necesidad de tocarlo.
-Somos unos tipos afortunados.
No recuerdo quién lo dijo, si él o yo. No era la primera vez.  ¿Cuántas veces habíamos repetido esta frase? Innumerables.
Somos afortunados por tener como amantes a las mujeres más bellas, libres, generosas y solidarias que hombre alguno puede soñar.
No sé cuánto tiempo llevamos. Dejan de bailar, hablan, se nota que bromean. Ellos las invitan a pasar la noche juntos, a cenar. Mónica levanta la mano y nos señala, Amara nos ve y también nos saluda. Hace un gesto con la mano para que nos unamos al grupo. Los tipos nos miran, los saludamos sin hacer el gesto de bajar y responden con una educada sonrisa. No parecen tensos, pero sí algo asombrados y un poco turbados por la situación.
Jep me da un codazo.
-Vámonos. Es mejor no presionarlas.
No, no nos vamos. Son suficientemente libres con o sin nosotros. Irnos sería coaccionarlas a que se queden con ellos.
Amara abraza a su compañero, le acaricia el pecho y lo besa en la boca. Mónica hace lo mismo pero sin tanta ternura. Son ellas, con su particular y maravillosa manera de ser y su naturalidad. Se despiden y los dos tipos vuelven a saludarnos, esta vez con elegancia.
Son tal, nos dice Amara, sus dos amigos y famosos cirujanos. De vez en cuando salen con ellos, al teatro o a un concierto. Suelen volver al día siguiente y nosotros nunca preguntamos, somos incapaces de eso.
Ha sido una casualidad, sabían que tenían un amigo en Cadaqués y que solían visitarlo con sus compañeras, pero encontrarlos sin ellas no lo esperaban.
Unos días antes me había hablado de ellos, de cómo entablaron esa amistad y se convirtió en algo más, en que la confianza mutua, la discreción y la empatía fueron determinantes. Una relación que empezó con un encuentro casual en una pinacoteca. Y cómo se abrieron más coincidencias, esta vez intelectuales e ideológicas. Dos tipos maduros, inteligentes y de gran éxito, con dos chicas jóvenes, bellísimas y sin prejuicios, que los trataban de igual a igual, que podían seguirles en cualquier conversación sin sentirse cohibidas.
-Ellos se desestresan y nosotras lo pasamos bien –me explicó, sin atreverse a confesar que se sentía más identificada con ellos que con nosotros y que su conversación le llenaba más. No, no se atrevió ni hizo falta. Al poco de conocerla y después de nuestra brutal luna de miel, fui consciente que, de conseguir su sueño, podía perderla. Luego, cuando Mónica empezó a cansarse de la relación, empezó a salir con solo uno, el que más había admirado cuando para ella ser médico no pasaba de ser una ensoñación.
-Me siento bien con él –me dijo un día, cuando descubrí que ya no había sexo entre ellos sino una fuerte amistad y camaradería, y, sobre todo, complicidad.

Cenamos en el pequeño restaurante de un amigo, ellas vigilantes por si aparecen, ya que el lugar es muy de su estilo. Embarcamos sin saber qué nos deparará la noche, si nos acostaremos como solemos, Amara con Jep y yo con Mónica o al revés. Con ellas todo es posible y en el barco aún más, ya que lo que más les divierte es pasarlo bien con los dos y, entre risas y jocosos comentarios, cambiar constantemente de camarote y de macho.


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