martes, 30 de abril de 2013

CIU Y PSC, LA GRAN ESTAFA CATALANA

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Queda alguna persona honesta en CIU y PSC?
Pues sí, los gilipollas que hacen la cama a los sinvergüenzas
Y pienso que hay que ser muy estúpido para votar a esos dos partidos, estúpido o interesado.


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jueves, 25 de abril de 2013

EL MEJOR DÍA DE SANT JORDI

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Es cultura libre. Nosotros compartimos cultura y la mejor manera de demostrarlo es esta: te llevas un libro y a cambio dejas otro. Si no lo tienes no pasa nada, llévatelo igualmente, pero solo si te gusta y vas a leerlo. Fíjate en este grupo de chavales, no traían ninguno para compartir, no han tenido tiempo de cansarse de los pocos que tienen, sin embargo, mira que contentos van después de haberse llevado cada uno el suyo. Y los han escogido con cuidado para estar seguros.
Eso le digo al que filma. Lleva un rato conmigo sorprendido por la constante avalancha, mientras la gente se agolpa en la pequeña parada y pregunta de qué va lo de libros a 0 Euros.
-Se trata que usted coja uno y deje otro, alguno que esté guardando polvo en su casa; pero si no tiene puede llevárselo igualmente.
No me canso de repetir, una y otra vez, el mismo mensaje. La gente no sabe qué hacer. Me dicen que en casa tienen muchos, que luego pasarán y nos los dejarán. Se llevan el libro y me dan las gracias. Algunos aconsejan a los chavales de una escuela, que preguntan si pueden llevarse uno para sus padres. El locutor me pregunta si la gente cumplirá su promesa. Me encojo de hombros. Si lo hace es que ha entendido el mensaje, y si no es que no tiene ganas de volver a la calle.
Los chavales sudamericanos son más educados, me preguntan si pueden leer la contraportada para estar seguros. Los españoles vienen más seguros y ruidosos, aprovechándose del efecto manada; pero los corto rápido y les digo que sí, que pueden coger uno cada uno, con la condición que los vayan a leer.
-Piensa que si te lo llevas por hacer unas risas y porque es gratis, estás puteando a otro que lo necesita o le gustaría leerlo.
Y me satisface ver como los vuelven a dejar sobre la mesa y se los miran con más cuidado. Los animo a revisarlos y me piden consejo. El tipo de la tele no deja de filmar, mientras su compañera espera con el micro en la mano. Les sonrío con gesto de paciencia.
-Lo siento, me debo a la gente.
Al fin consiguen entrevistarme y les hablo de cultura libre, de compartirla, de que no estamos en contra de los derechos de autor. En esas se acerca un tipo con una bolsa llena de libros y lo señalo satisfecho.
-Me preguntabais, pues ahí lo tenéis.
Los de la tele se van después de decirme que están impresionados. Más arriba, la gente de los otros puestos mira hacia donde estamos entre confundida y alarmada. En sus paradas apenas han pasado veinte segundos y en la nuestra llevaban casi media hora, siempre filmando y entrevistando a los que se llevan libros. También es cierto que apenas tienen movimiento, mientras aquí no hay descanso.
Por la tarde la misma avalancha, ya no de escolares, y cuando cerramos descubro que hay más libros que cuando empezamos. Aquellos que habían prometido volver han cumplido, algunos con tres, cuatro y hasta diez libros. Muchos lo han hecho con solo uno para cambiarlo por otro. Una chica viene por segunda vez. Hay quien nos pregunta dónde tenemos el local para depositarlos o cuántos días estaremos intercambiando. Otra chica nos cuenta que en Barcelona nuestros compañeros los regalan.
-Nosotros también, pero lo mejor es compartir –responde un compañero.
Todos decimos lo mismo, pero de distinta manera. Una compañera pide que cuando lo hayan leído lo depositen en una biblioteca. Yo, quizá por ser tesorero y porque la mañana ha sido estresante y se nos terminaban, pido, a poder ser, que depositen uno a cambio. Es el mismo discurso en momentos distintos, porque ahora, al observar la mesa veo que en cambio de disminuir, el número de libros no deja de aumentar. Y no me arrepiento de haberlo hecho así, gracias a eso ahora la gente puede revolver tranquila y lo disfruta, y, por otro lado, compartir es lo más pirata.


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jueves, 18 de abril de 2013

LÁGRIMAS QUE NO SE VEN

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En las noches de insomnio o en los momentos más difíciles, recuerdo a mis padres con un sentimiento de culpa difícil de expresar, como si echara en falta su consejo o apoyo, cuando nunca lo tuve ni lo pedí. No puedo sentirme culpable de su muerte, es imposible, pero sí del abandono al que durante tantos años los castigué sin saber el por qué. Y ya de mañana, con la libreta y el lápiz en la mano, no sé ni entiendo el cómo de ese sentimiento; quizá porque marcharon demasiado rápido, sin molestar ni con tiempo para una despedida como merecían, con la mente clara y sin enfermedades; quizá sea eso y mi falta de empatía hacia ellos cuando estaban vivos. Solo sé que siento un nudo en el estómago, una opresión en el pecho y que mis ojos se humedecen cuando no debería. Busco en mi recuerdo y apenas encuentro algo, a no ser sus caras, sus miradas. Y súbitamente son otros quienes asaltan mi memoria, rompiendo esa ensoñación para mí tan incomprensible.
Anna ocupa demasiado espacio de mis pensamientos, tal vez por el ansia de no saber cómo está, si me necesita o lo que hace. 

Ayer, mientras escribía una parte de la historia que compartí con Anna y que nunca publiqué, supongo que para desquitarme de su olvido o para escapar de los problemas que me absorben, Amara me preguntó qué haría si ella faltase. A veces no puede abstraerse a la idea de que su organismo no podrá soportar mucho tiempo tanto castigo, consciente del exceso y la toxicidad de su medicación. Al principio la miré fijamente a los ojos y en silencio. No es la primera vez que me pregunta algo así, a la espera de una respuesta imprecisa, que sobre la mesa deja mil posibilidades distintas. Pero esta vez, tras volverme para seguir con la escritura, simulé hartazgo y evité proferir las palabras de siempre, que casi prometen vida eterna.

-Ya lo sabes. No me preguntes más.

Y sí, lo sabe perfectamente. Pau volvería a ser Pombo a todos los efectos, y la gente de su minúsculo y viejo entorno, aquel que se resiste al olvido, le llamaría Popol como tiempo atrás. Y luego se disiparía como las burbujas de un buen cava, en las montañas del norte de Birmania, para hacer lo que mejor sabe tras una mujer medio real y medio quimera, entre humana y casi sobrenatural; que sin necesidad lo soportaría, que sin quererlo lo amaría, tal como él a ella.
Hoy es Anna por quien más lágrimas derramo, aunque sean de las que no se ven ni se aprecian, que ni siquiera humedecen mis ojos. Y mañana sería por Amara, la mujer más absoluta que hombre alguno pueda conocer.

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miércoles, 10 de abril de 2013

UN APUNTE PARA "EL PODER DE UNA CONVICCIÓN"

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Recordé el desvío y el camino. María, con desdén me había prevenido en contra de los mapas. Has de recordar, a no ser que tengas miedo y no quieras llegar a tu destino, me había dicho con voz casi de desprecio.
Avancé con cuidado. El camino no estaba iluminado y debí reconocer que los faros del 2CV no eran ninguna maravilla; y el cristal, con tanta autopista e insectos, había perdido mucha transparencia. El trayecto estaba lleno de socavones, supuse que por las últimas lluvias. La plazoleta estaba desierta, no aprecié el movimiento de la primera vez, nadie me esperaba o eso parecía. A lo lejos y de una de las casas más alejadas, me pareció ver una tenue luz. Me dirigí hacia ella con la intención que, de no ver clara la situación, no saldría del coche y daría la vuelta a toda velocidad. De pronto unos faros se encendieron por detrás y segundos más tarde otros al frente que me deslumbraron. Poco pude hacer. Fue todo demasiado rápido. Unos tipos salidos de la nada abrieron la portezuela y, con el coche aún en marcha, me arrancaron del asiento arrojándome al suelo sin contemplaciones. Uno de ellos clavó su bota en mi cuello impidiéndome respirar, mientras otro me esposó por detrás. Iban armados con pistolas, pero era tal su seguridad, que ni siquiera hicieron el gesto de tocarlas.
-Diles que la chica no está y que por el camino nadie ha bajado –me pareció oír.
Me levanté como pude y uno de ellos me dio un puñetazo en los riñones que me hizo volver al suelo. Parecía desahogar su rabia. Intenté levantarme otra vez y una patada me volvió a lanzar al suelo, esta vez de cara, aunque pude evitar el encontronazo con el hombro. Alguien frenó al energúmeno.
-Lo necesitan entero y probablemente solo es un pajarito.
En ningún momento pude verles la cara y, por si fuera poco, al entrar cubrieron mi cabeza con un saco negro. Por el hedor que se sentí podía ser un antiguo establo. Me llevaban cogido por el saco a la altura de la garganta, de modo que solo podía moverme en la dirección que llevaban, a no ser que quisiera asfixiarme. Me sentaron en una silla con las manos esposadas tras los barrotes del respaldo. Así estuve mucho tiempo, horas, no sé cuántas.
Cegado por completo y con la poca serenidad que mantienes, cierras los ojos, te tranquilizas y agudizas los sentidos que te quedan. En mi caso apenas me llegaba algo que no fuera el ruido de algún coche entrando o saliendo de la plazoleta y el maldito olor a estiércol.
Creí oír voces y gritos, tenues por la lejanía, desgarradores por el significado de su tono. Quería pensar que se trataba de una comedia de mal gusto. Me devanaba los sesos pensando en María, si no me habría acompañado por sospechar algo; pero pasado el primer momento decidí abandonarme y dejar de darle vueltas. Mi aventura había durado menos que un respiro y debía asumirlo, y empecé a pensar en el negocio y en una nueva serie de brazaletes coloreados que tenía en mente, en un esfuerzo de despreocuparme por mi suerte.
Entraron dos tipos, quizá tres. Dos de ellos me desnudaron. Hacía frío. La inmovilidad me atenazaba y sentí mis piernas temblar. Habían dejado la puerta abierta y se oían claramente los gritos, esta vez con más lamento. Aquello parecía demasiado real y salvaje y empecé a preocuparme.
Uno de ellos empezó a hablar, tranquilo, sin gritos y con mucha seguridad.
-Te han engañado hijo, y cuanto antes terminemos mejor para todos. Ya tenemos a la puta de tu amiguita. Está en camino. No eres el primero al que engaña, pero sí que vas a ser el último de su carrera. A ver, cuéntame cómo pasó todo. Para empezar, ¿cómo te llamas?
Se lo dije, después de todo tenían el documento que me identificaba.
-Muy bien. ¿Dónde vives?
Le di la dirección de mis padres, la que salía en el carné.
-¿Solo?
-Si.
-¿No frecuentas otros?
-No.
-Qué raro. Tenía entendido que vivías en otro sitio. Cuando llegue tu amiguita lo aclararemos. ¿Y tu alias?
Debió notar mi turbación, porque levantó la capucha para verme mejor.
Un par de focos me deslumbraron y no pude verles las caras, pero sí que eran cuatro. Y pensé que lo hicieron para mirarme a los ojos.
-No tengo alias.
-Bueno... de eso hablaremos más tarde. ¿Y tu compañera cómo se llama?
De pronto se oyó un grito mucho más fuerte que los anteriores, agudo; luego como un estertor.
Uno de ellos gritó.
-¡Me cago en dios! Cerrad esta maldita puerta. Siempre con lo mismo.
Me dejaron solo, con una manta cubriendo mi cuerpo y la capucha en la cabeza. Estuve mucho tiempo, tanto que ni recuerdo. Al rato empecé a soñar, no podía dormir, pero si entrar en un estado de dulce ensoñación. Pensé en mil cosas que nada tenían que ver con mi situación, no quería vivirla. Quizá pasara la noche, porque mi cabeza se caía y de vez en cuando un tipo entraba y me daba agua. Como estaba desnudo no sentí reparos en orinarme encima, tampoco podía hacer otra cosa y no quise pedir nada a aquellos tipos, o quizá fuera mi instinto de supervivencia, al pretender que me olvidaran.
Volvieron a entrar, uno de ellos se reía…
-¿Dónde lo habíamos dejado? ¡Ha, sí! En lo del nombre de tu compañera.
Fue en aquel momento cuando me blindé. Dejé de sentir emociones con respecto a lo que me rodeaba y empecé a viajar con mi imaginación, tal como nos enseñó Bill.
–Si te interrogan siempre terminas cantando, pero no por ello te van a dejar tranquilo. Si es necesario inventarán preguntas para las que no tienes respuesta. Así pueden seguir golpeándote hasta el límite que te han asignado.
Y cuando le preguntamos qué técnica se utilizaba para evitarlo, respondió:
–Te inventas una historia para evadirte de la realidad, la más bella que puedas imaginar, triste o alegre, da lo mismo, y te aferras a ella, te recreas hasta que te envuelve y no puedes evitarla. Y si eres fuerte de espíritu, hasta llegas a disfrutarla.
Uno de ellos cerró la puerta y el tipo que se reía repitió la pregunta.
-Inés -dije.
No sé cómo me salió. Nunca había conocido a una tal Inés y no me dio la gana que se llamara Raquel, que era lo que María me había pedido.
Recibí una bofetada y silla y yo dimos en el suelo. El tipo parecía irritado. Uno de ellos me empezó a gritar. Decía que habían detenido a todo el grupo y que no tenía nada que esconder, que no serviría de nada. No les pregunté por qué me interrogaban si ya lo sabían todo. Mi mente voló imparable tras una historia con la tal Inés. E imaginé que era Mónica en Calella, desnuda, morena, espléndida y tierna, de espaldas a mí, con el agua hasta su cintura y la Luna reflejándose frente a ella. Y yo la abrazaba y la amaba.
Me golpearon y, pese mi ensoñación, me dolió terriblemente. Oía sus gritos, me sentía sucio y mojado por mis propios meados; pero ya no escuchaba sus preguntas, no me importaban. Y seguí con mi historia. Lloré, pero hoy no podría recordar si de dolor o de felicidad. Mi cabeza seguía lejos, muy lejos.
Pasaron muchas horas, no sé cuántas, dejé de contarlas o pensar en ellas. La rabia que sentía me impedía hablar. Y cambié a Inés por los policías de aquel día en la Diagonal, los aterrorizaba y los asesinaba; imaginé mil maneras de hacerlo, mil trampas distintas. Ya no era un asunto físico sino mental y de orgullo. Pensé que de allí no saldría vivo, estaba seguro, tanto que le daba más valor a la ensoñación que vivía, que salvarme de unos golpes que ya casi ni sentía. En un momento cambiaron de pregunta y, no sé cómo, los escuché. Era otro el que preguntaba, tal vez por cansancio del anterior o para desorientarme.
-¿Cómo empezó todo?
Eran solo dos y habían vuelto a quitarme la capucha. Noté sangre en mis labios, tosía...
Y les conté cómo, tras las rejas del Palacio Real, vimos a los perros cargar contra los estudiantes, porque un tal Pete Seeger había querido dar un recital.
-¿Conocéis a Pete Seeger? Seguro que no. Canta muy bien. No sabéis lo que os perdéis.
Y cómo, besándonos tras los barrotes, decidimos luchar contra la jauría.
En aquel momento había convertido a María en Mónica bajo el nombre de Inés.
Callaron, parecían tensos. Me levantaron y a rastras me llevaron a otra casa. En la calle debía hacer más frío, pero yo ya no lo notaba. Los golpes y la preciosa historia que me había montado y hasta creído, no me dejaban pensar en él.
Una vez en el interior, al pasar por una habitación me pareció ver a María conversando con dos tipos. Parecían muy tranquilos. Estaba de espaldas a la puerta, sentada en una silla y frente a una mesa. Intenté parar para asegurarme, pero un golpe me lo impidió.
-Si, es la puta de tu amiguita, no hace falta que te asegures. Por sus excesos os hemos trincado a todos, ya ves. Y no te preocupes, a ella no va a pasarle nada. Canta bien y con facilidad. Mejor que tu Pete Seeger.
Y se rió de la ocurrencia.
Me sentaron en una silla, allí hacía menos frío. Volvieron a encapucharme y me dejaron solo. Al cabo de unas horas entraron unos cuantos, supuse que los de antes. Y sentí como algo atravesaba los dedos de mis pies, de mis hombros. Parecían largas agujas. Dolía mucho, tanto que lloraba bajo la capucha, me temblaba todo el cuerpo. Y, luego, más dolor, mucho más, insoportable, intenso como ninguno que hubiera podido imaginar. Me ardía todo desde el interior, los pies, los hombros, los huesos... No podía moverlos, parecía que los tuviera clavados. Emití un grito sordo con la respiración contenida, y conseguí volver a mi mágica historia, esta vez solo para mí. Estaba en Cachemira, en las montañas. Ahora era Anna quien se había convertido en Inés, hacía el amor con ella, en los prados de alta hierba, al lado de ríos llenos de vida y de color, de mágico sonido; o en las cumbres y bajo la lona, rodeado de las nieves eternas y abrazado a ella. Estaba seguro que en pocos minutos me matarían. No estaba en una comisaría ni nada parecido y podían hacer lo que quisieran conmigo, no había testigos ni médicos. El juego había llegado a su fin y pensé que estaba en mi mano terminarlo de una u otra manera. No les daría ninguna satisfacción y me abandoné, separé el atormentado cuerpo de mi mente. El dolor era brutal. Pregunta, dolor, pregunta, dolor... alternándose sin fin. Si vacilaba, los instantes de descanso podían alargarse medio minuto o uno; no obstante, yo seguía con mi Inés mágica. No me importaban, porque en mi sueño no existía el descanso.
-¿Cómo se llama la puta de tu amiguita? 
Todo había empezado de nuevo. Y pensé que si con tanto afán preguntaban, es que ella también se estaba resistiendo, que haberla mostrado en el despacho podía ser una trampa. Al cabo de un rato me di cuenta que soñaba en voz baja. Hablaba de Inés, pero solo para mí, del amor, de su belleza, de su piel, de su ombligo, de cada célula de su cuerpo; y de su indomable espíritu, de su inteligencia, de su fuerza… Y me descubrí llorando, pero esta vez de felicidad.

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viernes, 29 de marzo de 2013

AMOR, AMISTAD Y SEXO

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Dibujos provenientes de Irán

En caso de ser vivido, el relato es natural, de tal que carece de emociones forzadas por el artificio. El relator se convierte en cronista incapaz de juzgar. Escribe casi con frialdad, como si su participación en la historia se limitara a la de un simple espectador sin ánimo de protagonismo.

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A veces siento la necesidad de escribir sobre historias de sexo, tal como hice muchos años atrás al dar comienzo este blog. Que después de instalar un contador de visitas, descubrí que llegaba a las doscientas, más en algún caso, y que, excepto unos pocos a los que les interesaba la historia que realmente intentaba contar, la mayoría entraba por morbosidad; y que no había sido descubierto por palabras aisladas, ya que el texto era cuidado en extremo, sino por la naturaleza del escrito. Y más preocupado que sorprendido empecé a evitar ese tipo de escenas, siempre que la historia no lo requiriese, y, en caso de hacerlo, de modo tan sutil que no cabía su lectura por él. Como resultado el número de visitas cayó, primero pasó de doscientas a algo más de cuarenta para, luego, solo llegar a las veinte. Ahora tengo una media de trece visitas diarias, aunque también he descubierto que el contador falla bastante y obvia unas cuantas.
Hace unos días una de mis mejores amigas hizo que recordara aquellas historias. –Me gustaban -reconoció.
Siempre he tratado el sexo de la misma manera, considerándolo uno de los mejores ejemplos de libertad, principalmente de la mujer. Sin él mi historia es inconcebible, pues forma parte de ella en todos los sentidos, de modo que me es imposible evitarlo. Y en mis escritos lo empleo para mostrar, tanto ese ejercicio de libertad como la personalidad de los personajes descritos.
Hoy he rememorado una de ellas, también lo que Jep, Vicki y Joan me comentaron no hace mucho.
-Fuiste tú quien empezó, el que nos embarcó en esta forma de vivir y de relacionarnos.
Les faltó decir: tan emocionante y divertida, porque así es el sexo cuando es tratado y ejercido con absoluta libertad y sin ningún prejuicio, aparte del mejor medio para aprender a respetarse y amarse. Pero se confundieron, yo aprendí a tratarlo así gracias al ambiente de mi comuna, a la liberalidad del hipismo y, sobre todo, a Anna.
Al repasar mis viejos escritos me doy cuenta que si volviera a hablar sobre esas historias caería en la redundancia, porque no son tantas las que podrían destacar, por lo menos para el lector normal. Aunque es posible que solo sea una apreciación mía y lo que para nosotros es normal, podría ser excepcional para la mayoría. Hace poco, hablando con unos jóvenes amigos, liberales por sus conversaciones y progresistas por sus actos, sobre nuestras pequeñas fiestas de fin de semana, me miraron como a un extraterrestre. Y descubrí que lo que para mí era normal y hasta modoso, para ellos era de un salvajismo brutal.
-¿Cada fin de semana organizabais orgías? –Me preguntaron escandalizados.
Y no, ni mucho menos, pero preferí callar. Me di cuenta que una sencilla fiesta íntima con algún invitado, ellos la trataban de desenfrenada orgía; de modo que me abstuve de precisar mi consideración sobre eso último.
En realidad nunca he sido amante de este tipo de fiestas, de las nuestras sí, pero no de una orgía, que nunca sabes cómo termina ni conoces a la mayoría de los que participan. Iba por los demás, principalmente por Jep, Joan, Vicki y algunas veces Amara. A Mónica le daba lo mismo, dando la sensación que lo hacía por lo mismo que yo, aunque luego desapareciera con tipos de su gusto. Biel venía por Anna y de ella nunca entendí por qué, de modo que los tres terminábamos haciéndonos compañía en el mejor rincón que podíamos encontrar; mientras que Susana y Pierre creo que solo asistieron a las organizadas por nosotros. Amara era distinta y, aunque le gustara más la caza, este tipo de fiestas colmaban su gusto por el exhibicionismo; sin embargo, pocas veces encontraba alguien que cubriera sus expectativas. Para ella las orgías eran un escaparate sin vida ni emoción y, lo más importante, con mucha gente que no la enriquecía o con la que no sabía cómo interactuar. Era más excitante y productivo el día a día, sus salidas con Mónica y Tessa y escoger sus presas.
De estas fiestas solo recuerdo haberlo pasado bien con dos mujeres, una me dejó un precioso recuerdo, aunque solo de una noche; con la otra entablé una divertida relación que quizá durara un par de meses, lo que tardó en encontrar un compañero estable.
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Cada civilización tiene su biblia, la nuestra quizá sea la más puritana y violenta, la más asexuada de todas. Hay otra, no sé de qué civilización procede, que explica el primer encuentro del hombre con la mujer, de manera muy distinta a la nuestra.
El hombre, después de vencer en una corta lucha por el agua de una fuente y con la mujer caída a sus pies, estupefacto descubre lo diferente que es. Y ella, más astuta que él, le dice: échate a mi lado, te enseñaré para qué sirven tus órganos. Y le acarició su pene hasta hacerlo dos veces más grande y montó sobre él, y el hombre sintió un gran placer. Pasado un tiempo él sintió la necesidad de probar e hizo que la mujer yaciera bajo suyo, y tanto le satisfizo el poder que sintió, que desde entonces lo prefirió al placer.
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Anna nos enseñó a regalar nuestro cuerpo y nuestro espíritu, a hacerlos apetecibles para ser seducidos, a disfrutarlos, cuidarlos y tratarlos con el justo intercambio de delicadeza y de  rudeza; a sentir, hombres y mujeres, las mismas necesidades eróticas y físicas, y a prolongarlas mucho más allá del sexo. Y lo hizo con unos tipos que se creían maduros, a la vuelta de todo y a través de los años, como si ella también estuviese aprendiendo.

Y luego, cuando algún invitado, conocedor y partícipe de nuestra manera de pensar y vivir, venía de fin de semana, terminaba, si no escandalizado, aturdido y preocupado.
-Eso no puede terminar bien –decía, igual que Mila tantos años atrás, cuando éramos mucho más jóvenes y empezó a frecuentar nuestra casa pirenaica.
-Eso no puede terminar bien, Popol; es una quimera –decía perpleja por lo que estaba experimentando. Sin embargo, terminó mejor de cómo había empezado.
La amistad lo puede todo y sin límites, tal como se demuestra en los momentos más terribles, cuando está en juego mucho más que la sensación de propiedad entre una pareja.
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Pero hoy quería hablar de una mujer en particular, de Tessa, una de las mejores amigas de Amara.
Pelirroja, con el pelo ondulado hasta los hombros, estilizada, muy bonita y con un precioso cuerpo; siempre con una alegre y sincera sonrisa, acompañada de una voz melosa y sugestiva, inteligente y con mucha personalidad. Tessa había estado a su lado en los momentos más difíciles, como en los mejores y más amables. Se conocieron de adolescentes y decidieron seguir la misma carrera: enfermería. Entraron y salieron juntas con casi la misma nota, las mismas matrículas y becas, y juntas también buscaron trabajo, que consiguieron en el mismo hospital. La conocí el día de nuestra boda, antes según Amara, pero no recuerdo. Solo sé que estaba sola y la hicimos sentar a mi lado, algo que provocó bastante desconcierto entre los camareros, poco acostumbrados a unos recién casados vestidos como sus impresentables invitados.
Tessa solía frecuentar nuestras fiestas, siempre desde una posición tranquila, sin involucrarse sexualmente, pero sin esconder su extrovertismo y falta de prejuicios. Pronto me di cuenta del por qué. A Tessa le gustábamos Jep y yo, a él lo conocía de antes por una casualidad vecinal de familias, pero no era eso lo que provocaba su reserva sino su relación con Amara. Para ella, tanto Jep como yo éramos piezas del coto de su amiga. Mónica no importaba, por mucho respeto y simpatía que le profesara. 
Todo empezó una tarde de mayo en casa de Joan, creo que celebrando el aniversario de Vicki. Aquella noche fue extraña, quizá por la situación, que Mónica no estuviera o que la misma Amara la hubiese animado. Yo me había echado sobre un colchón, fatigado de la fiesta y, por primera vez en mucho tiempo, en solitario. Recuerdo que no sentía amargura o envidia, ni siquiera ansia; incluso es posible que sintiera calma y la libertad que ofrece la solitud. Amara estaba bien, acompañada por Jep como debía ser en una de nuestras fiestas de fin de semana. Lo extraño quizá fuera que no estuviéramos los dos con ella, para disfrutarla y para que nos disfrutara. De pronto oí abrirse la puerta del gimnasio, se encendió la luz y era ella, preciosa, con su sempiterna sonrisa y su cabello, brillante y cobrizo, cubriéndole parcialmente la cara.
-¿Me haces sitio?
Me aparté sabiendo lo que pretendía. Sentí el fuerte pálpito de mi corazón, siempre la había deseado, pero, aún no sé por qué, nunca la abordé ni intenté seducirla. Por su cabello se notaba recién duchada. Llevaba un chaleco abierto, solo eso, aparte de sus bragas. Se desnudó y se tumbó a mi lado. Me puse de lado y sonreí, aún sentía los latidos de mi corazón y me lo tomé con serenidad, pensé que hablando me pasaría el sobresalto y, de paso, podría organizar un buen preliminar. Charlamos, pero estaba claro que con su sensual y retadora forma de hablar, en la cama y desnuda, sería muy difícil controlar mi instinto. Y me contó, mientras acariciaba mi pecho, que, al igual que Vicki, era bisexual y se sentía muy atraída por Amara y por mí.
Un cuarto de hora más tarde, cuando empezaba a sentirme seguro para tomar la iniciativa, volvió a abrirse la puerta, esta vez era Amara, desnuda y espléndida, riéndose con ganas al ver mi aturdimiento.
-No quería dejarte solo y Jep ha marchado a su casa. ¿Me hacéis sitio?
El colchón era demasiado justo para tres y me aparté a un lado para arrastrar otro que había cerca. Ellas, forzadas para no darme la espalda, se reían de la situación mientras hablaban de sus cosas. Me di cuenta que tenían mucho más por compartir entre ellas que conmigo; pero lo que más llamó mi atención fue la sensual voz y las tiernas caricias que Tessa prodigaba a su amiga, de la misma manera que había hecho conmigo. Me levanté y me situé en la cabecera del colchón, y sentado empecé a acariciarles la espalda desde la nuca hasta la rabadilla y los glúteos, suavemente con las yemas de los dedos, solo rozando como si estuvieran hechos de aire, luego con las uñas, pero tan levemente como antes. Y aprecié la enervación de sus pieles, sus suaves y divertidos gemidos, y cómo sus cuerpos empezaron a acercarse el uno al otro, a rozar sus vientres y sus preciosos pechos. Y llevé mis manos del centro de las espaldas a sus nucas, en un masaje que debió ser irresistible porque se abrazaron y besaron. Yo me divertía como pocas veces, era la primera vez que provocaba algo así, tan intenso y deseado entre las dos amigas, pero igual de reprimido. Me trasladé a sus pies y empecé a acariciarles los glúteos y los muslos, primero con extrema suavidad y luego presionándolos con un punto de fuerza.
A los pocos minutos noté que sobraba y me levanté para dejarlas. Primero fue Tessa, que alargó la mano para evitarlo. ¡Y su mirada, y otra vez su melosa y sugestiva voz, la manera de mover su boca! Me acerqué con timidez, y Amara, ya sin tanta contemplación, me atrajo obligándome a caer entre las dos.
Al día siguiente, aún aturdido por lo sucedido, le pregunté por su improbable bisexualismo. Primero había sido Vicki, luego Anna y ahora Tessa, en mi compañía y con una intensidad apabullante.
-Son mis amigas ¿no harías lo mismo tú por Jep?
Y pensé en mi amigo, en nuestras experiencias amagadas por su prohibición de hacerlas públicas, y en mi absoluta e inquebrantable heterosexualidad. Y la comprendí.


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martes, 19 de marzo de 2013

MY LAI (EL HORROR)

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Mujeres y niñas violadas y asesinadas por valientes soldaditos americanos
William Calley


No fumo ni bebo, con un lápiz, una libreta y una goma me basto; y con la bicicleta engrasada y una cámara de repuesto ni te cuento. Solo necesito amigos y de eso tengo bastante. Y tengo a Amara y a Mónica muy cerca, a Mila navegando por el mundo y a Anna en la selva birmana.
¿Qué más quiero?
Nada. Y si más hubiera, sería añadido.
Escribo sobre el pasado, el presente y el muy incierto futuro. Lo primero sin melancolía, lo segundo vivo como nunca, y lo último solo para dejar constancia que no soy estúpido. Y de vez en cuando recuerdo historias y anécdotas difíciles de contar, pero no imposibles, porque termino explicándolas con menoscabo de lo que pueda pasar.
Y sin embargo, escribo este artículo mientras hago la última corrección a mi segundo libro; y censuro párrafos enteros, en los que el sexo es demasiado explícito, sin necesidad para la comprensión de la historia que pretendo contar; y retoco las páginas o elimino las frases que reflejan un exceso de brutalidad y de violencia, más por lo que mis hijos puedan pensar, que el resto decir.
He aprendido a callar y a escuchar, sin olvidar lo difícil que puede llegar a ser la convivencia para un tipo de cuchillo fácil, al que solo le espanta la sangre que sale en las noticias, que supo culpar de haberse manchado con ella a quien yacía a sus pies, que aún hoy lo hace mientras lo insulta sin remordimiento.

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Me gusta entrar en los blogs de Olga y de Maite, leer sus escritos, mucho más reales los de Olga, quizá porque son crónicas políticas y de revuelta, en cambio del relato de una guerra.
Cuesta mucho escribir el horror vivido en forma de novela, por lo menos para mí, pero aún más hacerlo sin la complicidad de la posible fantasía.
Todavía no he podido terminar mi tercer libro. Ahora hace un año lo intenté, sin ningún éxito por cierto. Y eso se ve en lo mucho que alargo un viaje poco atractivo, como si intentara gastar las palabras y las páginas antes de llegar a lo inevitable.
A veces miro fotos de guerra, en busca de algo parecido a lo que vi allí, en una aldea del Altiplano. Pero no, ninguna podría, seguramente porque parecen sacadas de una película de Hollywood; porque las imágenes no pueden compararse con la realidad, aunque hayan sido extraídas de ella.

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Hace unos días recordé la matanza de My Lai, seguramente el episodio que marcó el comienzo del final del imperio más efímero de la historia. Yo no supe nada de aquella aldea hasta el juicio del malnacido William Calley. Entonces vivía con la que consideraba mi familia, en la comuna de Horta. Mi buen amigo Bill, el desertor norteamericano, nos explicó lo sucedido y el horror que entonces sintió. Dos meses más tarde salí hacia Cachemira, donde yo mismo vi algo parecido. Pero eso es otra historia, incomparable con lo de años después, ya siendo un hombre, en aquella aldea rodeada de desolados cerros.


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