miércoles, 11 de julio de 2012

POR FIN, EL PRINCIPIO DEL FIN


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Eso es el principio del fin. Es posible que el ejecutivo piense que así la prima de riesgo bajará, quizá también piense que ahora la alemana va a invertir el ahorro de los alemanitos en España e Italia. Son tan rematadamente estúpidos que hasta es posible que lo crean. No saben que ni juntando el ahorro de todos los alemanitos pueden salvar a uno de los dos países, y lo seguro es que el BCE no pondrá la rotativa en marcha, porque eso significaría el fin del euro tal como ahora lo conocemos.
¿Qué pasará cuando dentro de tres o cuatro días el ejecutivo descubra que la prima de riesgo no baja y que nadie de fuera compra deuda? ¿Qué pasará? ¿A quién echará la culpa?
¿Qué pasará cuando un día de esos vayamos al banco a buscar euros y nos den un vale? ¿Qué pasará?
Quizá entonces el españolito despierte de una puta vez de su ensueño y salga a la calle y corte a rodajas algunos cuellos, quizá; pero ya será demasiado tarde.
 

En fin... que cada uno tiene lo que se merece.


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martes, 10 de julio de 2012

RETAZOS


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-Es Helen, ¿la recuerdas?
Hago un esfuerzo. Siento sus miradas, la de él con media sonrisa, la de ella con reserva.
Alta, delgada y fuerte de apariencia, el cabello largo y plateado y el rostro excesivamente apergaminado. Viste con sencillez, unos tejanos ajustados y una camisa hindú de algodón; calza unas alpargatas muy bonitas, con cordones hasta media pantorrilla. No lleva joyas, ni siquiera pendientes, típico en una gran deportista. Su reloj es sencillo pero bueno. Me gusta, su forma de vestir no hace para su edad, sin embargo, le sienta bien.
-¿Helen?... No recuerdo.
Estoy desolado. Me fastidia esa afición de algunas mujeres en ponerte en un compromiso. No es el caso, no es ella quien ha provocado la incomodidad y se le nota. A veces, el lado femenino de Artur me desespera, aunque debo reconocer que ha sido necesario y que lo hace para marcar una superioridad.
-Los años no pasan en balde –responde riéndose. Y ahora sí la recuerdo, por el sonido de la risa y su manera de hablar, tan característica y dulce, tan inopinadamente extraña para su forma de ser.
Artur se mueve cómodo, es su casa y la fiesta de su sexagésimo aniversario. Yo tengo cincuenta y nueve y de ella no sé la edad, nunca se lo pregunté.
Charlamos y bailamos cerca de una hoguera, a nuestro alrededor la gente baila sola, se ríe o charla, sentada en el suelo con las piernas cruzadas. A un lado del jardín un conjunto musical toca rock, cerca de él alguien ha instalado un tinglado donde se sirven mojitos y caipiriñas. Y, por donde vaya, encuentro carne de cordero a la parrilla, ensaladas y fuegos artificiales. Artur nació una noche de Sant Joan.
-¿Todavía sigues con la plancha?
No, ya no, ahora solo lo hace de vez en cuando y cuando sale con el barco de unos amigos.
-Y tú, ¿todavía te lanzas desde los acantilados? –Pregunta con su típica y dulce voz.
Y respondo que ya no, que eso eran cosas de juventud. Prefiero dejarlo así y no contarle que el año anterior todavía escalé por un alto risco, ante la perplejidad de unos jóvenes, y me lancé a agua como siempre, después de recrearme con el rocoso y árido paisaje del interior.
Bailamos y durante un instante siento su mirada de deseo y la de haber percibido la mía de compasión. Por mucho tiempo pasado, sigo siendo el mismo hombre tranquilo y frío.
-Has mejorado con los años.
Y no sé si lo dice como cumplido o si antes no era de su agrado. Entonces tendría veintidós o veintitrés y, aunque admirara su cuerpo, su personalidad y su sexo, mi sentimiento estaba sobradamente satisfecho por Anna y por Mónica, y quizá hasta por María. Mi sentimiento digo, porque pocas veces he ido sobrado en deseo, excepto con Mónica y mucho después con Amara.

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Fascistas franceses e italianos, huidos de sus países, que espiaban para quien les malpagara con droga, y dueños de sofisticados bares y restaurantes. Y la gauche divine, la sacré y la merdique, divagando entre nubes de hachis afgano o cachemir, mientras espiaban a cuenta del partido. Y los pasajeros, que deambulaban entre las dos aguas y lo hacían para alguien que no conocían ni les importaba, pero que yo intuía. Editores que no editaban, escritores que no escribían y pintores que no pintaban; unos con mucho dinero, otros con poco, pero todos con mucha droga.
Para mí se había convertido en un deporte, las prácticas de mi adiestramiento, seguir a esos tipos sin que se dieran cuenta o sin que le dieran importancia, porque de mí nunca se escondían.
-Voy a Barcelona, ¿te llevo? ¿Dónde te dejo?
-Aquí mismo.
-¡Anda ya! Si quieres te acerco. Ya no me viene de unos kilómetros.
Y los dejaba lo más cerca posible del lugar, me fijaba en la dirección que tomaban y aparcaba en la esquina para asegurarme. Y entonces los notaba vigilantes pero despreocupados, siguiendo el imprescindible protocolo con desgana. Y eso los delataba. Para ellos era imposible que alguien los hubiera seguido, lo habían controlado desde el asiento del pasajero. No podían imaginar que estaba a su lado, el chico joven e inofensivo del 2CV, hablando de pureza, de libertad y del mar durante el viaje. Y entraban en la oficina de unos laboratorios, de un editor o de una agencia, siempre extranjeros. Y famosos e independientes periodistas de vacaciones en el maravilloso pueblo, después de un trabajo en Vietnam, en Palestina, en Pakistán; articulistas demasiado bien pagados por la tirada de quien los contrataba. Y el mando de la Guardia civil, que lo sabía todo, que los conocía a todos, que se reía de todos sin necesidad de expresar su contento.
Luego, el día de la reunión, pasaba el informe a Tomás, que lo leía entre asombrado y perplejo.
-Te has convertido en el espía perfecto –me dijo un día entre risas, sin embargo, supe apreciar la verdad en su mirada.
El espía perfecto porque solo informaba. No opinaba, no porque no pudiera sino porque prefería no pensar, ni en la razón de cada uno.
Yo, un hippie perdido, amante del mar y degenerado en apariencia, amigo de Artur y conocido por todos, desde el traficante más importante hasta el consumidor más pobre y pequeño, pero ninguno sentía recelo, ni siquiera el mando, con el que a veces charlaba en el Hostal, junto las fotografías de Dalí y un gin-tónic en la mano.
-Un hippie niño de papa supongo –me dijo el primer día con indisimulado desdén, sorprendido por mi ligereza y por dejar que se acercara sin apreciar incomodidad.
Y se reía abiertamente al escuchar mis historias. Era con el único que lo hacía, asombrado por haber descubierto, según él, a un hippie auténtico que además no lo parecía.
-¿Qué hace un tipo como tú en un lugar como este, donde todos simulan lo que no son, incluso los que llegan con una mochila, piojos, pelo largo y duermen en la calle? –Me preguntó cuando ya creyó conocerme, supongo que para dar constancia en sus informes, que debía redactar de noche en su lúgubre despacho.
¿Qué le respondí? Ahora no recuerdo, pero seguro que la inofensiva verdad.
Me bañaba en las pequeñas calas, sumergiéndome más y más en busca de aquellos maravillosos tesoros naturales y alguna que otra ostra. Deambulaba por las calles bailando en los bares, después de haber nadado a la luz de la luna en alguna de las playas del pueblo, desnudo y sin importarme nada ni nadie. Y cada lunes, cargado con los brazaletes, los collares y la artesanía fabricados en mi comuna, salía hacia las poblaciones de la costa para repartir o vender nuestro producto. Y los miércoles llegaba a casa, moreno, satisfecho y con ganas de pasar unos días con mi nueva familia.

Y la rubia, de belleza espectacular e insultante, atlética, a la que todos deseaban, tanto el fascista como el falso izquierdista, y los editores que no editaban, los escritores que no escribían y los pintores que no pintaban. Todos iban locos tras ella y, con la boca pequeña y en privado, se pavoneaban de habérsela tirado, cuando todos sabíamos que ni en su cabeza ni en su sexo había cresta suficiente para hacerlo.
Por la mañana podíamos verla con su grupo de amigos, vestida con el traje de neopreno, navegando y saltando las olas con su tabla. Y si soplaba la tramontana o el llevant, salía con su compañero, un tipo fuerte, tranquilo y tan seguro de sí mismo, que parecía no alterarse nunca, a alta mar, hasta más allá del Cap de Creus o de Montjoy. Y todos, desde el primero hasta el último, la seguían con los ojos desde la terraza del Marítim, simulando mirar para otro lado, con tanta impotencia como desolación.

Me lancé desde lo más alto, seguro por conocer el lugar y las puntiagudas rocas escondidas tras la espuma, después de haber escalado una pared casi imposible, desnudo y libre. No la vi, me creía solo, ella descansaba echada tras unas rocas, con el bañador de neopreno secándose al sol. Nadé mar adentro dándole la espalda, sumergido para atravesar las olas y sentir su poderosa fuerza en mi cuerpo, abandonándome luego a la corriente. Me fascina sentir como el reflujo me escupe, antes de estrellarme contra las rocas, sumergirme entre bandadas de lubinas y hacer cabriolas y requiebros con ellas, sentirme pez o hasta viejo madero, que cuando piensas que chocará contra el acantilado, el mar lo aleja en el último momento.
Estaba justo frente a mí, incorporada para observar mi flirteo con las rocas. Me saludó con una sonrisa y alargó la mano para ayudarme a subir.
-¿Eres el amigo de Artur, verdad?
Sonreí. En el pueblo todos me conocían excepto ella y su peculiar grupo. La miré sin ningún reparo, su bella desnudez lo merecía. No le pasó desapercibido y me correspondió de la misma manera, sin esconderse. Una bella y sutil manera de piropearse. Parecía dos o tres años mayor que yo, pero podría ser una falsa percepción, porque yo por mi físico también podría tener más edad. Charlamos y buscamos amigos comunes, nos reímos de la misma gente y nos descubrimos gustos e inquietudes parecidas. Y nos despedimos.
-Nos vemos en el Marítim.
Hicimos amistad, nos reíamos y hasta bailábamos en el Hostal, entre las nubes de hachís y el ambiente más transgresor, ante la perpleja mirada de los editores que no editaban, los escritores que no escribían y los pintores que no pintaban; y la indolente del mando, aunque incapaz de esconder su satisfacción.
Le di confianza, se sentía segura conmigo, un tipo que, aun admirador de su belleza, no pretendía seducirla. Su compañero no era tal sino solo un amigo. Se lo tiraba, pero más por costumbre que por deseo, cosa habitual en aquellos tiempos.
Dos veranos, creo recordar, y una fugaz pero intensa amistad. Y ya ningún editor que no editaba, escritor que no escribía y pintor que no pintaba, osó acercar su boca a mi oído para pavonearse de lo que no podía.

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Bailamos abrazados mientras la gente salta la hoguera y canta canciones brasileñas y marroquíes.
-¿Te acuerdas cuando todos creían que nos acostábamos? -Me pregunta con una risa, mientras siento su poderoso abrazo. Y ahora, en ese momento, siento como entra el deseo y me abandona la compasión.

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martes, 3 de julio de 2012

UNA BELLA TORTURA

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-No vendré a despedirte.
Eso me dice, justo unos minutos antes de que salga mi expedición, dos desvencijados Toyotas, uno de ellos sin puertas.
El camino es infernal, selvático, húmedo… lo observo con desdén, estoy acostumbrado a situaciones peores y ella lo sabe. Ya pocas cosas me importan, me emocionan; sin embargo, me encanto observando las bajas copas de los árboles, o quizá debería hablar de altísimos arbustos, ya que su frondosidad empieza casi a partir del suelo. Agua, mucha agua, mosquitos y enfermedades, es ahí donde la dejo.
Pienso en Amara, en Mónica. Llevo menos de una semana en este lugar y ya deseo verlas, a la una para amarla y darle el parte de lo visto y vivido, a la otra para lo mismo, pero en el orden inverso. Y, sin embargo, sé que sigo enamorado de la mujer que dejo tras mío, a la mujer que posiblemente le haya salvado la vida en la acción más rápida y exitosa de toda mi vida.
En Bangkok me espera Artur, Alvar o quien sea, porque ya no sé si vale la pena seguir con esa tontería de la simulación. Me preguntará porqué no viene a despedirse, o quizá no, quizá no pregunte porque la conoce casi tan bien como yo.
Miro para atrás y allí está, levantando los dos brazos como despedida, alta y delgada, bella como siempre, igual de fuerte que el primer día que la conocí.
Si no fuera por Amara, si no fuera por ella, por la mujer absoluta…
Me despide como la amante negra a Kurtz, con los brazos en alto, bella, fuerte y altiva.

No sé inventar, aborrezco la mentira. Me gusta contar la verdad, aunque sea de mil formas distintas, porque la verdad tiene multitud de ellas. Un escritor no necesita inventar, solo con mirar a su alrededor tiene bastante. Las historias inventadas adolecen de legitimidad, flaquean. Robinson es lo que es, una ficción; sin embargo, Marlow parece contar algo real, casi una experiencia que marcó su vida.
¡OH! Vaya, no es Marlow sino Conrad quien cuenta esa historia.
Marlow también odia la mentira, es un hombre de la vida, que ha aprendido a valorar lo real, lo auténtico. Estoy seguro que sus amigos son gente de la calle, con sus pequeñas historias, que se hacen grandes al contarlas; antiguos chavales, leales amigos con divertidas aventuras y pecados inconfesables. Algunos marcharon de sus casas siendo casi niños, otros se quedaron y se convirtieron en el sostén de la familia.

Recuerdo despreciar a mi hermana por soportar lo insoportable, cuando yo, con un hatillo y poco más, abandoné la casa y su seguridad. Y ahora que acabo de enterrar a mis padres, descubro su gran sacrificio, ya que sin ella ni siquiera podría hablar de mi antigua familia, de sus fotos, de sus recuerdos.

Hoy, una vez más he leído a Marlow. Perdón, a Conrad. Y al llegar al momento en que la negra se despide de Kurtz en el borde de la selva, he recordado a Anna levantando sus brazos, como abrazando el bosque, el aire, el agua, con sus compañeros tras ella, silenciosos e indómitos.

Estoy enamorado, absolutamente enamorado, y eso es una bella tortura.


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domingo, 1 de julio de 2012

UN FINDE PIRENAICO


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No olvidéis a Irán
Hablo con un tipo de mi edad. Recuerda al grupo de montañeros perdidos y a sus tres compañeros que murieron hace más de cuarenta años. Ha visto muchos, dos o tres cada cinco años, a veces más, sin embargo, por mucho tiempo pasado, esas cosas siempre se recuerdan.
Nos conocemos de hace treinta y nueve años. El vivía con sus padres y trabajaba en el estanco, bodega, colmado de la familia. Fue cuando Carlota, Joan, Jep, Mónica, Anna y yo encontramos la casa en aquella montaña perdida por la Cerdanya. Me cuenta que cada mañana, a las seis y media, anda una hora por la montaña para escuchar el canto de los pájaros. Y le hablo de mi primer libro, en el que todavía no sale esta parte de mi historia. Deberá esperar el segundo.
-¿Qué costará?
-Unos tres euros, supongo.
Se mete la mano en el bolsillo y me los da.
-Mándamelo.
Le hablo de Amazon y del Kindle. Si le hablara en chino entendería lo mismo. Al fin le propongo una salida.
-Te lo mando y si te gusta me lo pagas.
El problema es que de todos modos dirá que le gusta y lo pagará. Me saldría más a cuenta imprimir algunos a través de Bubok y llevarlos conmigo para irlos vendiendo.
Me despido y cojo el camino que lleva al valle vecino. Los pies me sudan, paso por un arroyo, los refresco y ando un rato descalzo. Con veinte kilos menos aguantaría perfectamente todo el camino, igual que cuando con Lourdes por los senderos del Cap de Creus, desnudo por completo y andando sobre los afilados y duros guijarros de pizarra.

Escribo al lado de una fuente, junto a un grupo de ciclistas que han hecho un alto para desayunar. Un mosquito aterriza en mi pierna y observo como me pica. No puedo ver su aguijón de lo fino que es, o quizá mi vista no sea tan aguda como hace tiempo. En unos minutos me saldrá un grano, escocerá un rato y luego desaparecerá. No me afecta demasiado, al contrario que a Joan, que, aparte de ser un imán, su erupción es molesta y hasta peligrosa.
Recuerdo una noche en el barco, en Ampuria Brava. Debió ser poco después de haberlo comprado, ya que estábamos solos. El durmió en el cajón de la aleta de estribor, un camarote en forma de nicho, con una toalla haciendo de cortina para evitar la entrada de los mosquitos, y yo en la sala de mapas. Pensé que así solo me picarían a mí. Pasé toda la noche oyéndolos pasar sobre mi cabeza, directos a la toalla en busca de un orificio.
Dicen que es la temperatura o la exudación de cada uno. Desde mi terrible aventura con Artur en el Pirineo, en la que estuve a punto de morir de frío, creo que cambió mi temperatura corporal y la otra, esa que ni se ve ni se puede mesurar.


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jueves, 7 de junio de 2012

MARÍA 2ª


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Una historia de añoranza.

Ayer Amara vio las fotos que publiqué y casi lloró.
Ya ves...

             Clicad sobre ellas








                                   En esta cabaña de labradores viví un verano con Lourdes
                                          
















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miércoles, 6 de junio de 2012

MARÍA

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Una historia de amor.







domingo, 20 de mayo de 2012

CAMBIO

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No hay manera de corregir el fallo en seguridad, por lo que deberé pasar temporalmente a Blogia.




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martes, 15 de mayo de 2012

EL NANGA PARBAT

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Sueño con él, no puedo quitarme de la cabeza sus últimas palabras, las últimas recomendaciones. A mi hermana le pasa lo mismo, pero ella llora. Yo no puedo, o quizá sí, pero tan en mi interior que no...
Ayer ayudé a mi hermana a deshacer la casa, decidir lo que debe venderse y regalar, lo que quiere ella y lo que yo; y durante un instante lo sentí a mi lado, como si esperase algo. Ha sido un momento, suficiente para preguntarle por qué me ha dejado.
Con ella no sueño y no entiendo porqué. Dicen que a las madres se las echa más en falta, sin embargo, debo desplazarme mucho tiempo para recordarla como me hubiese gustado.
Nunca hubiera imaginado que terminaría sintiendo algo así, nunca, porque nunca me hicieron falta ni fueron mucha carga para mí.
¡Mierda!
¿Por qué debo sentirme culpable si he interferido en su vida cien veces menos que ellos en la mía?

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Amara me pide que deje de corregir el maldito libro, pero no puedo. El Nanga Parbat no estaba a nuestra derecha sino frente nuestro y apenas podíamos verlo. Era nuestro faro, eso sí, pero a cien kilómetros y, con tanto monte por medio, poca punta podía verse.
El Nanga Parbat y su ancha cumbre nos salvó de perdernos, por eso lo recuerdo tan vivamente, aunque durante casi toda la aventura solo lo viera entre sombras y muy parcialmente.
Años después, en el barco y sin costa a la vista, lo recordaría todas la veces que me vi obligado a utilizar el goniómetro. Han pasado treinta y nueve años, para muchos toda una vida y, sin embargo, todavía lo tengo presente, aún podría dibujar su peculiar y gigantesca cumbre.
¿Cómo puedo olvidarme de algo así?
No, no puedo dejar de corregir. No hacerlo sería como decir que Los Pirineos están al este de Barcelona, cuando todos saben que no es cierto.

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martes, 8 de mayo de 2012

TODA UNA VIDA

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Las cartas que envié a mi familia durante mi servicio militar; las notas que sacaba en la escuela; las cartas que ella enviaba a mi padre, viajante de comercio, antes y después de casarse; los recibos de los muebles que compraron en mil novecientos cincuenta, los de su viaje de novios; sus partidas de nacimiento y el certificado de su boda... Y encuentro su diario, como cuenta de qué modo me salieron mis primeros dientes y mil cosas más. Sesenta y un años de diario escrito en perfecto y sencillo catalán.
Tantos años para, ahora, descubrir a mi madre.
Escaneo y reparo las fotografías para editarlas en un álbum virtual, lo prometí a sus nietos, pero me temo que haría falta toda una vida para hacerlo.

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jueves, 3 de mayo de 2012

DESASOSIEGO

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Hace seis meses Joan montó una, ¿por qué yo no? Él tiene a su hijo, yo a mi socia, que casi podría ser mi hija. A él no le va demasiado bien, pero más por los dos sueldos que paga, que por falta de negocio. Yo, con que mi socia gane algo tengo bastante.
Una chica capaz de vender frigoríficos en el Polo Norte, antes del cambio climático, con su clientela y una infraestructura casi perfecta.
¿Qué más puedo pedir?
Si funciona, antes de un año habré montado otra y así hasta aburrir.
Tengo cinco años para montar algo grande y a mi modo, luego me retiraré y a tomar viento.

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Ayer, revolviendo las fotos de mis padres, encontré una de Anna. Una casualidad casi imposible, ya que nadie recuerda tener una.
En Internet encuentro capítulos de sus dos libros y la mayoría de sus artículos, y de vez en cuando topo con el archivo de una entrevista radiofónica. Me gusta oír su voz, entre rota y melodiosa, su risa cantarina, sincera, alegre. Me gusta cómo habla y discrimina el bien del mal, sin siquiera cambiar el tono de su voz, con frialdad. Según Mónica eso lo aprendió de mí. Es posible, porque de adolescente la recuerdo pasional. Ahora esta pasión la utiliza para transmitir ciencia y seguridad entre los suyos.
Escribo su nombre en el buscador de Google: “imágenes de Anna x” Abro una que podría salir, es de una conferencia. Cinco personas sentadas en una larga mesa con micrófonos y una silla vacía, es la suya. Entro en el texto...
Anna x dijo...
Lo copio en el Word y lo guardo en una memoria externa. Es lo que haría ella. De vez en cuando me gusta leer sus escritos.
A mi vuelta sentí el sosiego que da una buena despedida, sin embargo, ahora, que en unos días hará un año, noto que quedaron muchas cosas en el tintero y vuelvo a sentir ansia por verla.

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Los veo en el Metro. Aún andan algo verdes, pero la vida los ha forzado.
Leo que el martes no salieron, eso dicen los medios, sin embargo, sé que no fue así.
Aprenden rápido y siguen una estrategia muy parecida a la nuestra. Seguro que son bien adiestrados por gente antigua y muy labrada, quizá viejos conocidos. De ser así, sé lo qué harán a partir de ahora. En todo caso les deseo suerte y que se anticipen sin necesidad de precipitarse. Si un día me necesitan, ya saben dónde encontrarme. Enfrente tienen los mismos subnormales, y me pregunto si serán capaces de llegar tan lejos como nosotros, de metamorfosearse como los camaleones y de cubrirse con una buena piel de salamandra.

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