miércoles, 21 de marzo de 2012

A GUSTO CON UNO MISMO

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Por un error de seguridad, exclusivamente achacable a mí y a un deplorable defecto de Twitter, volveré a utilizar mi viejo blog en Blogia, que parece haber solucionado sus problemas.
Durante un tiempo editaré en los dos sitios, hasta abandonar este, a menos que pueda solucionar el problema.
Espero que me sabréis perdonar por las molestias ocasionadas.



Irena sendlerowa
    Con el tiempo, la escritura me ha ayudado a expresarme. Eso es lo ganado, gracias a mi obsesión por dejar nota de mis ideas y movimientos, aparte de, ahora, poder contar mi historia en forma de libros.
    Durante la revuelta fue un problema, sobre todo de seguridad, hasta que aprendí a memorizar los organigramas que dibujaba en mi casa.
    Un estratega, y yo lo era, debe saber expresarse para que sus compañeros entiendan correctamente el mensaje.
    Estudiaba los problemas en casa. Dibujaba, sobre grandes papeles de embalaje, toda la preparación y el desarrollo del combate, hasta el más mínimo detalle; para, luego, quemarlos en la chimenea, ante el asombro de mis compañeros de comuna, mi auténtica familia.
    Aprendía la lección de memoria, las explicaciones y las previsibles preguntas, las alternativas y los temores, que siempre los había. Y antes de hablar pedía unos minutos de silencio y, sin repasar ningún apunte, exponía la situación, las posibles respuestas del enemigo, que para mí lo era, y todos y cada uno de nuestros posibles contraataques. Explicaba dónde aparcarían sus furgones y el por qué del lugar, cómo bajarían de ellos y dónde formarían las secciones, dónde situarían sus peones vigías, en qué cruces o frente qué tiendas o portales. Y cómo se moverían, en caso de ver una u otra cosa o el tipo de aviso recibido. Todo igual que en una gran y compleja partida de ajedrez, con sus posibles variantes, incluso cómo encauzar o reducir cualquier contratiempo.
    Y a duras penas lo conseguí, claro que sí, aunque fuera en forma de memorizado y torpe discurso. Mónica ni eso. Ella, sentada en su rincón, tomaba nota mental de lo que se decía, ya que, con la ayuda de Esteban, era quien debía ponerlo en práctica, jugándose el físico, la libertad y hasta la vida, por confiar en el criterio de un tipo que apenas sabía hablar. Solo el ingeniero y el químico lo hacían de manera convincente, con palabras inteligentes y bien puestas, la justa gesticulación y el tono adecuado. Tomás tampoco, el sólo afirmaba o negaba con la cabeza, mientras yo veía al resto observarme boquiabierto, siempre igual. Y después  de los primeros éxitos, más por la sorpresa ocasionada que por mi pericia, los descubrí demasiado confiados. Y es que, hasta el momento, todo lo dictado se había cumplido a rajatabla y con una precisión endiablada.
    Aprendí a hablar, poco y con justeza, porque, de salirme del guión, las palabras se me podían trabar en la lengua y de mi boca solo saldrían las menos adecuadas, confundiendo y prostituyendo la idea primigenia.
    Quizá fuera porque aprendí a desconfiar de mí mismo, a guardar unos espacios de seguridad, a preguntarme una y otra vez si mi idea era la correcta, a discutirla con la almohada o con la misma Mónica, cuando la compartía conmigo. Imaginaba tener frente a mí un comandante de la policía, tal como lo era Julio, para rebatirme cada uno de los puntos con su explicación detallada. Quizá el éxito se basara en mi propia inseguridad y en el esfuerzo que debí hacer, para que nadie me preguntara algo fuera del guión.

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    Escribo a vuelapluma, tal como me gusta y cuando mejor me sale, entre parada y parada, acompañando a Amara de médico en médico, de amigo en amigo. Encuentro las páginas llenas de apuntes, algunos sobre economía, otros sobre mis recuerdos con Lourdes en Perú; que serán parte de “El blues de Amara”, mi último libro, y que ahora, al saber de la muerte de mi vieja amiga, han cobrado una nueva dimensión.
    Entre las páginas de la libreta, encuentro dibujos de camisetas, más sencillos y modernos que los de pasadas temporadas, menos elegantes y más jóvenes. No sé si tendrán éxito, valorarlo ahora, que no se vende un pimiento, es una estupidez que no estoy dispuesto a practicar.

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    Hoy, después de tantos años que casi no recuerdo, valoro el resultado de haber escrito tanto y no puedo más que sentirme satisfecho. La mitad de mis viejos amigos han roto entre sí y algunos no me hablan, mientras que, con otros, la amistad se ha afianzado. Y sin sorpresas, igual que entonces; sin amargura, aunque con algo de pena, como si hubiese preferido equivocarme, aunque fuera por una vez.
    ¿Cuántos años han pasado desde que di comienzo a este blog?
    ¿Seis, siete?
    No lo sé ni me importa. Hoy leo lo que escribo y es lo mismo, solo cambio el estilo, supongo que mejorado, la sintaxis y algunas nuevas palabras.
    Solo Amara sintió perplejidad por lo sucedido. Ni siquiera ella ha sido capaz de aunar, de rellenar la grieta o recuperar los lazos perdidos, aun siendo la única a la que todos respetan.
    Es curioso lo que puede hacer contar la verdad en un sitio como este y, por mal que parezca, el resultado ha sido bueno, el mejor que cabía esperar, sin un maldito fallo. Los que la negaron fueron los esperados, igual que los que brindaron por ella.
    Mónica me dice que no hubiese hecho falta, que a ella no le importaba. Pero a Jep y a mí sí, y ahora también a Amara.
    La verdad puede traer sinsabores y problemas, pero los años terminan poniendo las cosas en su sitio; y su rédito, aparte de grande, es limpio. Hoy puedo decir que no me arrepiento de nada y lo celebro.


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viernes, 16 de marzo de 2012

LA SUERTE

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Hoy he recibido un nuevo correo de Anna. Me cuenta que ha hecho amistad con un camionero chino, que gracias a él podrá escribir una vez por semana.
Mi amiga ha mejorado, parece ser que su enfermedad no era tan grave y tenía cura. En Tailandia y al poco de dejarla, conoció a unos doctores de Médicos sin fronteras, que atienden un campo de refugiados birmanos. Le diagnosticaron una extraña infección y la medicaron.
-Te hubieran encantado, Popol –me dice –Son pareja y se conocieron aquí, ella española y el argentino.
Anna se ha trasladado a una aldea del norte de Birmania, allí donde empieza el Himalaya.
-Estoy aprendiendo mandarín. Popol, tendrías que ver esto. Es una maravilla, algo muy difícil de ver, que poco a poco va desapareciendo. No puedes imaginar lo sana y sencilla que es la gente.
Cerca de la aldea, los chinos han construido un barracón, con internet y antena parabólica. También ha hecho amistad con Liu, la joven china que hace de secretaria, para que a los camioneros no les falte de nada.
Los chinos cargan los camiones con la madera de las talas y se la llevan, y los aldeanos en su lugar siembran adormidera. Su amigo pasa la semana conduciendo, según él, dos días y medio para ir, uno para estar con su familia, dos días y medio para volver y otro en la aldea.
-Tengo dos mujeres, una china y otra europea –le dijo en broma, ya que con ella solo comparte una fuerte amistad.
En mi respuesta no le pregunto si volverá algún día, no hace falta. Tampoco se lo pregunté en mayo, cuando estuvimos a punto de perderla.
Anna no podrá soportar mucho tiempo esas condiciones, nadie puede, ni siquiera ella. En el sitio donde está, una mujer de su edad con suerte ya es anciana; sin embargo, ella es fuerte y está vacunada contra todo. No sé qué pensar.

Hace unos días, harto de buscar a Lourdes por la red, pregunté a Artur si sabía algo de ella.
-Murió, ¿no lo sabías?
Un cáncer de mama, que precisamente se lo diagnosticaron poco después de nuestro último encuentro en Cadaqués.
A Lourdes, tras nuestra aventura en Perú, solo la vi un par de veces, la última hace años, muchos. Mis hijos tendrían catorce o quince, por tanto, hará catorce que no la veía.
El cáncer estaba muy avanzado para ser tratado con éxito. Lourdes siempre fue muy dejada en su salud.
Viajamos y vivimos en permanente aventura, entre bosques, selvas, ríos desconocidos, guerrilleros, soldados y asesinos. Pero no, a ella tanta cosa no le afectó y tuvo que ser un cáncer de mama.
Hablo de Lourdes mientras pienso en Anna. Y es que el futuro es incierto y nadie puede asegurar lo que puede depararle.

Amara me dice que siente celos.
Celos… ¿De quién? le pregunto alarmado.
De Anna.
Amara ha leído mi libro, pero no por eso debe sentir celos. La miro y sonrío. Amara no puede sentir celos porque no sabe qué es eso. Y si los sintiera, no me lo diría así, tan tranquila, ya que es algo que solo se confiesa con rabia.
Y al reírme de ella me habla de sexo, de lo que sentí por y con Anna, del amor que le profeso.
Seguro que es por mis historias y por tal como las cuento, con el corazón y el alma. Pero claro… eso no son celos sino sana envidia por no estar junto a ella.
Amara, antes de enfermar quiso entrar en Médicos sin fronteras.

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martes, 6 de marzo de 2012

MEMORIAS

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Dicen que debería leer las memorias de Pujol y me río.
¿Por qué debo leer las memorias de un tipo, escritas por otro que es más payaso que escritor?
Lo escuché en la radio mientras cantaba alabanzas sobre, según él, su mentor, de manera tan esperpéntica como cómica y ridícula.
¿Vale la pena leer unas memorias que, conociendo al protagonista, solo cabe esperar que hayan sido mediatizadas y autocensuradas por el bien de su excelsa majestad y para salvaguardar su egocentrismo y un proyecto político; como si la historia de un país dependiera de eso?
No. Las memorias de Pujol solo puede leerlas quien no tenga nada mejor que hacer, aparte de babear.

Hoy, mientras cuido de Amara en su lecho de enferma, rememoro los tiempos pasados de revuelta, o subversión como gusta llamar ahora. Y me río al recordar a todos aquellos ideólogos de gin-fizz, que en cuanto terminaban el alcohólico elemento entraban en un extraño y soporífero estado de catarsis colectiva.
Yo era joven para ellos, manipulados y burlados. Cantantes, escritores, actores y empresarios del ocio y de la escritura; que solo abrían los ojos cuando intuían carnaza sexual, joven y fresca, esa que a título político despreciaban y que yo les servía con aparente desprendimiento.
¡Qué tiempos aquellos! Cierto que con alguna consiguieron copular, eso sí, a costa de buenos ágapes, de su bienestar matrimonial y de algo que nunca pudieron imaginar.
Era tan fácil sonsacarles que hasta daba coraje.
Qué divertido era Bocaccio, lleno de soplones y autoexiliados. A eso, nosotros le llamábamos izquierda del gin-fizz y ellos la gauche divine.
El noviazgo duró poco, no más de tres meses, lo justo para que los demasiado crédulos se dieran cuenta que de allí no saldrían ni los mayordomos del futuro.

Amara, pese los grandes dolores que padece, mejora más rápido de lo esperado, incluso me temo que contra todo pronóstico. A veces pienso que es superhumana. Los anglosajones dirían superwoman. Yo prefiero ceñirme más a una realidad sin sexismo ni seudo erotismo adocenado.

Hacía tiempo que no se me censuraba en “Nada es Gratis” y esta vez debo reconocer que quizá lo hayan hecho con razón. El comentario lo edité como respuesta a otro y podía afectar legalmente a los responsables del blog.
Como respuesta a un artículo, me limité a preguntar si todavía alguien creía que Gurtel no era el PP.
Supongo que para hacer una acusación como esa se necesitan pruebas, pero, dadas las circunstancias, creo que las hay por doquier; que incluso el mismo PP hace todo lo posible para demostrar la simbiosis sin amagarse de nada.
Si hemos de hacer caso de las investigaciones, de las grabaciones, de las declaraciones de los dirigentes del partido, y de sus últimas actuaciones contra los que destaparon la organización, debemos reconocer que el PP y Gurtel son lo mismo, solo que uno se cuida de amparar políticamente al otro, igual que una trama mafiosa.

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domingo, 26 de febrero de 2012

ANNA, SIEMPRE ANNA... Rompiendo esquemas

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Mañana vuelven a operar a Amara, esta vez cagando leches, a riesgo de sufrir una pancreatitis.
¿Cómo ha llegado a eso?
Una piedra de su vesícula se ha desprendido y no tenía nada mejor que ir al conducto que lleva al páncreas, obturándolo casi totalmente.
Amara es así, no termina de salir de una y se mete en otra. Siempre lo ha hecho, tanto en su vida como en su salud. Con la vida ha tenido suerte o quizá pericia, con la salud no.

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Hoy, mientras corregía por enésima vez mi primer libro –mi nuera ha demostrado ser todo un descubrimiento- he recordado una conversación con Anna, ya a resguardo en la aldea tailandesa, en Mae Son.
Un cuenco con bolas de pegajoso arroz y pedazos de pollo, y de postre un dulce de papaya.
-Una comida en honor a ti Popol.
Anna no come demasiado y me esfuerzo por contenerme, pese el hambre de dos días sin apenas probar bocado. Ella aún había comido menos, y nuestros acompañantes ni siquiera osan tocar la tabla que hace de mesa, mientras hablan atropelladamente en tai.
-¿Qué dicen?
-Que rompes los esquemas, Popol.

Esa es una historia no carente de belleza. Tres días con sus noches, aparte de los pocos que necesitamos para su preparación. Una corta historia que merecería un libro entero, que nunca será escrito.
En aquel momento preferí no averiguar lo que solía comer. Viniendo de Anna podía ser cualquier cosa, desde corteza de árboles hasta langostas, con tal que otros no pasasen hambre; aunque allí, en la casa de madera y bambú a dos metros del suelo, nadie tenía el aspecto de desnutrido.
Altruismo:
“Comportamiento que aumenta las probabilidades de supervivencia de otros a costa de una reducción de las propias.”
Me gusta más esa definición, encontrada en la Wikipedia, que la oficial de la RAE.
Anna es altruista, la que más en este mundo.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que dijo esa frase, si en el puente de Gilgit, cuando por vez primera me hizo el amor sin necesidad de sexo, o mucho después, subiendo las cumbres del Karakorum; o quizá en el pequeño y maravilloso valle, en el Ladakh; o tal vez fue cruzando el Deosai. Entonces, seguramente por mi orgullo o mi inmadurez, no supe qué responder a la mujer que más los rompe en este mundo. Pero ahora, ya con el suficiente bagaje, le recordé que los esquemas solo están para romperlos y, en todo caso, no era yo el que más rompía.

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jueves, 16 de febrero de 2012

OTRO APUNTE PARA EL BLUES DE AMARA

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                            En defensa de la valiente Aliaa Magda ElMahdy


-No sabes lo difícil que es encontrar tíos como vosotros, que no se complican la vida, ni tienen la cabeza llena de malos rollos.
Está echada a mi lado, mirando el cielo a través del ventanuco de proa, después de hacer el sexo hasta reventar. Del exterior llega la inteligente conversación de Jep con Amara, acompañada de alguna de sus risas. Tiene la cabeza recostada sobre mi hombro, la miro y me recreo en su perfecto y sereno perfil. Sé que ahora mismo desearía encender un cigarro, se muere por hacerlo, aun sabiendo que en el interior del barco está prohibido. Solo hay una cosa que puede evadirla de su ansia. Vuelve la cabeza y me mira, se levanta y me monta. Sabe lo que provoca, con su cabello cayéndole sobre el rostro, apuntándome con sus pequeños y duros pechos; y con su sonrisa, con su inagotable deseo. Es la belleza en su estado más puro y salvaje y, a la vez, el más tierno y delicado.
Días antes y casi en la misma tesitura, Amara comentó lo mismo, pero con más morbosidad y detalle.
Son distintas, la una más formal y seria, la otra más alegre y abierta. Incluso en su belleza se nota la diferencia, sin que nadie, ni siquiera nosotros, pueda discernir cuál es la más atractiva.
La miro y me río, más que nada porque creo que ya no puede sacar nada aprovechable de mi cuerpo. Intento atraerla para besarla y no se deja, en cambio, yergue su precioso cuerpo y levanta los brazos simulando recoger su cabello tras la nuca.
-Necesito que me despedacen, que destrocen mi cuerpo, que lo devoren…
Su vientre, su ombligo, sus pechos, que parecen hincharse de tan enhiestos… Y mi sexo resucita contradiciendo todos los manuales de la ciencia.

-No puedes llegar a imaginar lo complicado que es encontrar tíos como vosotros, con ganas de divertirse, que empaticen sin complicarse la vida, que digan hola y adiós, que no pidan ni den el número de teléfono; que, preocupados, no pregunten si lo has pasado bien; tíos que te acaricien y te besen después de follar como salvajes, que luego se levanten y se vistan dejándote tan tirada y sucia como satisfecha; que, a lo sumo, antes de marchar te digan que follas muy bien… ¡Mierda! No sabes lo difícil que es.
Eso me dijo Amara, también echada a mi lado, pero esta vez en casa y con los niños ya en la cama, después de mi viaje por media España.
Hacía poco habían estado con Richard y sus amigos británicos en su barco, más grande y cómodo que el nuestro.
-Para lo que vamos a hacer es mejor -me dijo entonces, cuando le ofrecí el nuestro.
Los mismos camarotes, pero más grandes y equipados; también con más cubierta y una amplia sala de mapas. Nuestro barco, más pequeño y compacto, paradójicamente estaba más preparado para largas travesías, navegar con fuerte viento y soportar temporales. El suyo era más de paseo, para costear o, como máximo, ir de Barcelona a Mallorca en un día claro y tranquilo.
Los británicos, adinerados y sin problemas, solían venir para visitar a Richard, aprovechando un rally, una famosa regata o, simplemente, pasar un fin de semana con su amigo; entonces él las llamaba para pasar esos días juntos. Era con los únicos que mantenían una relación continuada, que lo pasaban bien y se divertían sin ningún prejuicio.
-Es como si fueran de putas, pero sin pagar y dando tanto como reciben. Sabemos lo que les gusta y ellos de nosotras también.
Yo me reía con ganas, porque ellos, de tan educados siempre preguntaban por nosotros, por los hijos, por… pero nunca hablaban de sus mujeres, señoras de la clase alta británica, que, probablemente, creerían que sus maridos iban a España a echar una cana al aire, pero de pago; más asumible para una sociedad puritana, sea europea o china.
Algo les habría pasado durante mi ausencia: una decepción o un problema. A Mónica no valía la pena preguntar, se encerraría en su tradicional mutismo y sería imposible sonsacarle algo. Con Amara es distinto, no puede remediarlo y lo termina explicando, aunque a plazos y sin orden. Lo único que hay que hacer es ir pegando las anécdotas y, una vez ha terminado, reordenarlas y montar la historia. Y eso puede llevar días o semanas, con el agravante que a ella le parece que lo ha contado mil veces y espera una respuesta. Una vez completada ya puedo hablarla con Mónica, que ni se extraña ni se molesta, aunque sea con Jep enfrente.
Y luego dicen que los hombres somos complicados…

-Los encontramos en el Tulip, desesperados y con el motor de la Zodiac echando humo. Al principio creímos que habían salido a pescar, porque no eran los típicos jóvenes que andan de cala en cala para divertirse, sino unos tipos de casi cuarenta. Nos acercamos para ver si necesitaban ayuda y se pusieron nerviosos, eran franceses y no sabían cómo explicarse. Fondeamos en su barlovento y salté a su lancha para revisar el motor. Entonces me di cuenta, estábamos en pelotas y ellos no; y claro, allí, apretados en la lancha, los tipos no sabían cómo moverse ni qué hacer.

Imaginé su turbación y me reí. Dos chicas desnudas, tan atractivas como espectaculares y sin ningún prejuicio, y una de ellas les asalta en la lancha.

-Al principio creímos que vendrían de Cadaqués o del Port de la Selva, pero no, los muy brutos habían llegado de Colliure, seguramente para ver tetas o ligar lejos de su casa.

Al escucharla no podía más que troncharme de risa. Los pobres por fin habían conseguido ligar, pero a costa de quedarse sin motor.

-Debo reconocer que estaban buenos y nosotras con ganas. Les ofrecimos remolcar la lancha hasta Colliure; no teníamos nada mejor que hacer, que navegar y tomar el sol, y nos venía de paso; y los embarcamos, sin que aún supieran qué les había pasado.
¿A qué habéis venido? Seguramente a ligar un par de españolas, supongo. Les pregunté a bocajarro. Y aún aturdidos respondieron que sí.
Nos gustaron, ¿sabes? Eran sinceros y no se arredraban de burlarse de sí mismos.
Miramos la hora, estudiamos el recorrido y descubrimos que llegaríamos tarde. Entonces les preguntamos si sabían de un lugar para cenar en Colliure, más que nada para dejar que se marcaran un tanto. Respondieron que sí, que nos debían mucho y, como mínimo, debíamos aceptar su invitación. Y ahí se lió, porque tu amiga soltó una de las suyas y respondió que con solo la cena no nos sentiríamos cubiertas.

Yo me desternillaba. Mónica por fin había decidido cazar a tipos con más edad. Probablemente, la aventura con los cuatro británicos le había enseñado a valorar lo que es la edad.

-No veas… uno de ellos, cuando vio la foto del camarote, esa que estamos con los niños, se puso nervioso y le dio la vuelta; dijo que no podía hacerlo contigo y los niños mirándolo. Sin embargo, uno de sus amigos no paraba de hablarte; me contó que le daba morbo. A los otros dos les cogió por sentirse culpables y no hubo manera. Uno de ellos, después que Mónica se lo trajinara, pasó el resto de la noche hablando sobre cómo se lo contaría a su mujer, y que probablemente se divorciaría. Y, claro, quiso que le diera el teléfono, porque estaba seguro que a ella también le pasaría lo mismo.

A esas alturas yo ya no sabía si reír o tomármelo en serio. El asunto es que lo habían pasado bien y los tipos sabían lo que hacían, pero, ¿a cambio de qué?

-Nada chico, que hay mucho chiflado por este mundo. No veas cómo se pusieron cuando les pedimos que hicieran unas fotos mientras nos los tirábamos. Son para nuestros compañeros, les dijimos con toda la sorna del mundo, cuando preguntaron para qué las queríamos. Y va y los muy capullos se lo toman en serio y nos montan el numerito.
A uno lo dejamos llorando, a otro lo tuvimos que sacar casi a hostias, arrepentido por no haber follado cuando tocaba. Los otros dos aún se podían aguantar, pero chico, no veas lo que es hacerlo con un tío, que le habla a una foto donde estas tú con los niños; y otro que no se le levanta porque cree que lo estáis vigilando.

Amara tiene una forma de explicar las cosas, incluso cuando habla de muertos o de enfermedades extrañas, que uno no puede más que reírse a carcajadas, que es lo que hice en aquel momento.

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martes, 7 de febrero de 2012

EL BLUES DE AMARA (El camino imperfecto)

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Llegamos con sed, posiblemente por tanto boniato o quizá por el viaje, y de las jarras de cerveza no queda nada. El barman, tal vez sintiéndose culpable por no haber cortado a tiempo a los dos estúpidos, da la vuelta a la barra y nos sirve dos jarras más.
-Estas chelas las paga la casa –nos dice con elegancia.
Por la mañana el mesero nos envía a casa de un amigo.
-Es mecánico y alquila autos a gente como vosotros, son viejos cacharros, pero son de más fiar que los nuevos y más baratos. No os defraudará.
Tenemos que andar unas cuantas manzanas, menos de un kilómetro de casas tan pequeñas, como sencillas y encantadoras, antes de dar con el mecánico. Por el camino me dedico a observar los coches y entiendo al mesero. Los que para muchos son nuevos, en Barcelona serían viejos, y de esos mejor no hablar.
Por las callejas del barrio corren niños en harapos, se supone que los mismos de la noche anterior, que con la escasez de luz no vimos bien; y también gente sentada en los soportales o andando sin aparente rumbo. Es el contraste entre la ciudad rica y la pobre a unas pocas manzanas de la Lima administrativa, de los ministerios y del gobierno. Barro en las calles, ya no por el aguacero sino por el deficiente alcantarillado. Un niño corriendo se cruza en nuestro camino, no lleva calzones y los excrementos cuelgan de su ano. Nunca había visto nada igual, ni siquiera en los valles más escondidos de Cachemira o durante mi adolescencia, en los remotos poblados de Guinea. Lo siguen más niños de ambos sexos, algunos también sin calzones y con el cuerpo marcado por la desnutrición, que corren tras él para escarbar en la basura. Sorprendentemente no nos piden dinero, ni ellos ni sus mayores. Es la cultura y el orgullo de una gente, que, viviendo en tal pobreza, serían capaces de invitarnos en sus casas.
Nos recibe un tipo con barba entre negra y blanca, un color sorprendente, atribuible al peculiar modo como le han salido las canas; ancho de cara y muy pulcro por ser mecánico. El taller parece un desguace, tanto es así que por un momento me recuerda al del traficante de Lahore. Coches medio desmontados, sin cristales y llenos de piezas, incluso por encima de los asientos, que a simple vista deben servir para reponer otros. Le explico quien nos manda y hasta dónde pretendemos llegar.
-Más allá de Cuzco no es seguro, no puedo proporcionaros un carro para llegar tan lejos.
-¿Tan mala es la carretera? Le pregunto preocupado.
El tipo nos mira de arriba abajo, seguramente preguntándose cómo su amigo ha podido mandarle semejante ganado. Me pongo en guardia, por un momento pienso que está calculando cuánto dinero puede arrancarnos.
-Bueno, no se preocupe, ya encontraremos algo que nos lleve –le digo mirando a mi alrededor con desconfianza, imitando el mismo sistema utilizado la tarde anterior con el taxista.
-Para que os alquilen un auto nuevo tendríais que ir al Cercado y decir que lo necesitáis para corretear por la costa, no aquí, en Bajo el puente, y os saldrá muy caro y con él no llegareis demasiado lejos. Si queréis un auto para ir al altiplano, este os irá bien y es barato –nos dice señalando un antediluviano Peugeot, que miro con el máximo cariño, ya que de otra manera sería incapaz de tomármelo en serio. Me dice el precio y doy un respingo.
-Nos sale más a cuenta comprarlo –respondo irritado, convencido que intenta tomarnos el pelo.
Y el tipo me saca de dudas al decirme que en realidad el coche será nuestro hasta Cuzco o donde nos dé la gana caer muertos.
-En Cuzco tengo un amigo que por poco menos y dependiendo del estado, os lo comprará si le enseñáis el contrato.
Es la primera vez que me proponen algo así. El coche tampoco es tan caro, en cualquier sitio sería más barato, pero dudo que con él llegáramos lejos, sin embargo, el tipo me inspira confianza, quizá por la promesa de que en un sitio tan lejano, alguien lo comprará con solo ver el contrato. Sin embargo, soy consciente que la promesa no debería bastarnos, pero, por otro lado, el mesero nos lo ha recomendado. Miro a Leire a la espera que diga algo, inútilmente, porque hace como si la cosa no fuera con ella. Cuando salgamos debo hablar con ella, pienso. La excusa de no saber de automóviles no es buena y aún peor no atreverse a opinar por considerar mío el dinero.
-Una vez allí y dependiendo de sus intenciones, Ramón les alquilará el adecuado.
Y pienso sobre la facilidad que tienen de llamar alquiler a una venta, porque, visto lo visto, seguro que el tal Ramón querrá vendernos su auto.
-Podemos coger el coche de línea –escucho tras mío.
Y sí, es cierto, pero el plan era otro y pienso que la mejor manera de disfrutar del viaje es parar donde te place. Poco antes hemos visto pasar un autobús de esos, con la gente de pie y sentada en el suelo. Seguro que nos tocaría a nosotros y esa no es la mejor manera de ver el paisaje.
Al fin salimos con el Peugeot, miro por el retrovisor y veo la cara del tipo que nos observa mientras nos alejamos. Y, no sé por qué, me da que no está nada seguro que lleguemos con el trasto entero. El coche es mucho más antiguo de lo que al principio había pensado, lo menos de mediados de los cincuenta, de cantos redondeados y luces que sobresalen como chichones, el volante delgado y grande, mucho más que el de mi Dianne, los pilotos del cuadro no funcionan, aunque tampoco lo esperaba. El tipo, antes de marchar me ha dado instrucciones sobre cada cuánto debo revisar el aceite del motor, también me ha entregado una larga y estrecha lámina de acero para revisar el nivel del gasóleo. En el maletero, como aquel que no quiere la cosa, ha dejado un juego de bujías, un cepillo de alambre, dos latas de aceite, un depósito con veinte litros de gasóleo y una pequeña caja de herramientas.
-Si pasa algo no deben preocuparse, siempre encontrarán quien los ayude y sepa de mecánica –nos dice al despedirnos.
Solo salir de la calle y entrar en la que parece principal, miro a Leire y coincidimos al soltar una gran carcajada. Por lo que nos han explicado, es más fácil reventar una rueda que el coche se averíe, y no estoy seguro de haber visto la de recambio y la herramienta para montarla.
-Estará en algún lugar -dice mi compañera para tranquilizarme.
Dejamos atrás el ancho y sucio río, las decrépitas casas de su orilla, de las que se desprende el hambre y la pobreza, tan cercanas a la plaza donde curas y jerarcas gobiernan.
Lima es extraña, aunque supongo que como todo país tan lejano al nuestro. Es por el idioma por lo que debo sorprenderme. En Pakistán era otro muy distinto y eso hizo que no me extrañaran las diferencias, sin embargo, aquí, al hablar el mismo parecen más acentuadas. La ciudad enorme, kilómetros y kilómetros de estrechas calles para llegar a ninguna parte. Pronto dejamos de seguir las indicaciones recibidas. Prefiero las de mi intuición, buscar el sudeste y la montaña, que, después de todo, es lo que el mesero había trazado en su mapa.
Las ciudades engañan y las calles hasta pueden contradecirse, pero el sol y las estrellas nunca mienten, tampoco las montañas que pueden verse a lo lejos. Podríamos equivocarnos, pero para eso paramos y preguntamos, y la gente, da lo mismo el país donde te encuentres, siempre suele ser amable con el forastero.
-¿A dónde se dirigen?
-A Ayacucho.
-Van bien, sigan recto hasta encontrar una calle ancha y giren a la derecha. Para llegar a Ayacucho deben ir por la Molina.
El peruano habla bien, su castellano es limpio y fluido, más rico que el de España y, para mí, más culto; aunque eso tampoco es difícil y podría extrapolarse a todos los idiomas. El francés de algunas colonias es mejor y más culto que el de la metrópoli, degradado y prostituido hasta en la propia pronunciación. Es tal la diferencia de nuestro idioma con el peruano, que me obliga a esforzarme para hablarlo correctamente y evitar mi vergüenza.
-¿De España, supongo? -Acostumbran a preguntar casi retóricamente, porque no solemos apreciar el interrogante. Y lo peor es que no solo se nota por el acento o la falta de él, o por la típica gangosidad catalana, sino que tememos que por la pobreza de nuestro vocabulario.
Calles estrechas y embarradas a tramos, por la falta de desagües, porque no habían sido preparados para el desmesurado crecimiento de la ciudad o por la fuerte lluvia caída días antes de nuestra llegada.
-Han llegado con suerte –nos había dicho el taxista del aeropuerto, ya que hacía casi un año que no llovía en Lima. -Casi un metro de altura, señores, y lleno de huaicos -comentó el mismo taxista, hablando del Rímac.
Un metro de altura no es nada, pienso; pero nada es igual en todos los sitios y para ellos un metro puede que sea mucho. Y cuando le pregunto qué es un huaico, entiendo la importancia de un metro de lodo, con rocas y árboles bajando por el río.
Una calle ancha y giren a la derecha, nos habían dicho… De ancha tiene poco, apenas quince metros con aceras incluidas. Leire baja del coche para preguntar, ya que entre el barro y los bordillos nadie se acerca.
-Para ir a Ayacucho, por favor.
-Por aquí van mal, giren a la izquierda, para Vitarte, y sigan por la carretera central.
Bajo del coche para escuchar mejor. Por lo visto, ir a Ayacucho por la Molina habría sido un locura. El tipo, al vernos dubitativos nos aconseja comprar un mapa.
-Entonces entenderán -nos dice con seguridad.
La definición de carretera central me gusta más que algo sin ella y no veo que Leire, siempre tan aventurera, tenga ganas de discutirlo. Al poco nos volvemos a encontrar con el Rímac, ahora más estrecho y un poco más caudaloso, aunque creo que lleva menos agua que nuestro Llobregat en un día normal. Nos han dicho que no debemos dejarlo, por lo menos en cien kilómetros.
La carretera es buena y sigue el río, que conforma un largo y ancho valle, es recta y está jalonada por kilómetros de pequeñas y bajas casas, y de campos de cultivo que escalan por la montaña. No paramos de subir, la cuesta es muy pronunciada, sin embargo, la humedad sigue siendo igual de empalagosa, triste e incómoda.

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viernes, 3 de febrero de 2012

EL BLUES DE AMARA (Soy una calamidad)

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Aprendimos a quererte                  Aquí se queda la clara,                Tu mano gloriosa y fuerte
desde la histórica altura                la entrañable transparencia         Desde la historia dispara
donde el sol de tu bravura             de tu querida presencia               cuando todo Santa Clara
le puso cerco a la muerte.             Comandante Che Guevara.          se despierta para verte

Vienes quemando la brisa             Tu amor revolucionario                 Seguiremos adelante
con soles de primavera                 te conduce a nueva empresa        como junto a ti seguimos
para plantar la bandera                donde esperan la firmeza              y con Fidel te decimos:
con la luz de tu sonrisa.                de tu brazo libertario.                   !Hasta siempre, Comandante!




Soy una calamidad, para ciertas cosas tengo una memoria fatal. Tal como hoy recuerdo cada hora, minuto, segundo, de mi historia con Anna, de nuestro viaje a Cachemira, no hay manera de cuándo cogí el avión con Lourdes, la Leire de mi novela, para ir a Perú; si fue de mañana, de tarde o de noche. Hago un esfuerzo y recuerdo nuestra llegada, debía ser tarde, no mucho, pero sí que casi había anochecido. También que nadie esperaba, que llamó a su amigo desde el teléfono de un mostrador y, como respuesta, le dijeron que estaba fuera de Lima, en casa de un amigo, y que no podían ponerse en contacto con él; cuando lo más probable es que, expectante y acobardado, esperase a unos metros del aparato, temeroso que, de acercarse, su amiga oyera su respiración.
-Cuando lo vea dígale que me olvide –dijo Leire como respuesta. Muy típico de ella, aunque luego las palabras de una enamorada se las lleve el viento, tal como las oraciones de un banderín budista.
Recuerdo coger un taxi, después de arrastrar las mochilas por el desangelado y triste aeropuerto.
-Le doy dos dólares si nos deja en el centro de Lima. -Que podrían ser cuatro porque ahora no recuerdo.
-Usted no sabe lo que dice, eso no funciona así, por esa cantidad nadie le llevará más allá del área aeroportuaria.
-Bien, no se preocupe, pasaremos la noche aquí y subiremos en el primer coche de línea de la mañana.
-Espere, espere, por cinco le llevo a un hotel bueno y barato del centro.
Vuelvo a tener la mochila en el hombro y con lo que me ha costado, no parezco dispuesto a descargarla.
-De verdad, no se preocupe, ya nos espabilaremos.
-Por cuatro se lo arreglo, menos de eso imposible –dice mientras abre el maletero.
-Le ofrezco tres, ni uno más.
Lo acepta, posiblemente por no haber más vuelos y va de retiro. Y cuando veo lo cerca que estamos del centro y los arrabales por los que pasamos, me felicito de haber discutido tanto. De saberlo quizá hubiéramos ido andando hasta el primer hostal que encontráramos.
Nadie nos contó que en Perú hay que regatear por todo y sin compasión, que hay que ser ladrón y coger lo que no es tuyo si ves un descuido, nadie, pero es lo que hago por lo que pueda pasar. No me siento cómodo y la intuición me dice que debemos ir con pies de plomo. No lo estoy porque no tenía ningunas ganas de venir. Justo antes de subir al avión lo pensé, todavía estaba a tiempo; pero la inercia y no saber qué hacer en caso de quedarme, ver la alegría en los ojos de mi compañera, quizá fuera eso último.
Y al llegar pregunto al taxista si conocía alguna pensión por el camino.
-Claro señor, pero no son distritos seguros.
Distritos seguros… ¡Que sabrá él de seguridad! Pienso para mí, mientras me acaricio el bolsillo para sentir mi última adquisición: una navaja automática de manufactura cántabra.
A un lado la plaza de Armas, -así creo que la llaman- de la que sobresalen las cúpulas de la curiosa catedral, frente a nosotros una estrecha calle pobremente iluminada y con poca gente paseando, algún bar, un pub que quiere parecer inglés y un precioso edificio que se publicita como casa de correos, tiendas abiertas, aún más anticuadas y vetustas que las típicas de un pueblo de Castilla.
Con las mochilas en la espalda nos acercamos al hotel recomendado por el taxista.
-Es familiar, pero no se les ocurra regatear –recuerdo que dijo al despedirse.
Un edificio típicamente colonial, elegante y cuidado. Es tarde, pero la irritación y el rechazo que siento por todo lo que me rodea no me permiten entrar. A Leire, tras lo sucedido con su presunto amigo, le da todo igual y se siente con poco ánimo de discutir mi estúpida obcecación. Andamos un rato, las mochilas pesan y empezamos a sentir el cansancio de tantas horas de viaje.
Es la rabia lo que nos mantiene, la rabia y la resistencia de nuestros cuerpos, acostumbrados a andar, a nadar y a escalar durante horas. Unos cientos de metros más adelante, seguramente pocos, cruzamos un río y la calle cambia de color, apenas se ven tiendas y de las calles adyacentes sale el hedor de la basura amontonada. Entramos en uno de los callejones y encontramos a hombres sentados en los soportales, que nos miran expectantes, pero sin extrañarse por nuestra indumentaria. Algunos niños corretean por la calle, removiendo la basura en busca de algo con qué jugar. Cerca, justo en la siguiente bocacalle, vemos un pequeño rótulo que pone pensión. Me llama la atención la tilde en la sílaba tónica, pocas veces la encuentro en los carteles de sus gemelas en España. Es una casa de dos plantas, ancha y alegre, con pequeños y viejos balcones tachonados con sencillas barandillas de hierro forjado y cubiertos de madera a modo de glorieta. A su alrededor las casas son bajas y pobres, excepto alguna parecida. Nos miramos, Leire se encoje de hombros, ya nada le importa, ni siquiera si decido dormir entre la basura.
-Tienes su dirección, si quieres intentamos pernoctar aquí y mañana te acompaño –le digo mirándola a los ojos, mientras acaricio su barbilla con ternura.
-¿Y tu qué harás?
Unos segundos, los suficientes para tomar una determinación.
-Si lo encuentras y quieres quedarte, me iré a Machu Pichu o al lago Titicaca, andaré por los cerros y dormiré en las aldeas de la zona, conoceré gente y luego volveré a buscarte.
Me mira a los ojos y sonríe. -Me gusta. ¿Puedo venir?
No ha necesitado ni la mitad del tiempo que yo para decidirse.
Llamo al picaporte –pienso que lo había porque no recuerdo ningún timbre- y me abre un tipo adusto, de ojos pequeños y oscuros, vestido con una camiseta de tirantes, blanca, raída y algo sucia por el uso; sus facciones son agresivas, sin embargo, no sé por qué, denota amabilidad y provoca confianza. Llama a su mujer, mestiza como él, rechoncha y simpática, que, sin saber, en un instante se hace cargo de la situación.
-Estarán hambrientos y cansados, les prepararé algo de comer, aquí solo servimos el desayuno y la cena es a las siete si se pide con anticipación. Mi esposo les enseñará su habitación.
Un dormitorio pequeño, limpio y agradable, con el suelo hecho de tablas superpuestas. A los pies de la cama, una pequeña mesa y una silla. Abro el cajón y encuentro cuartillas, sobres y alguna postal sin usar, todo heterogéneo pero bien ordenado. Sobre la única mesita de noche descubro unos cuantos libros apilados. Sorprendido por el hallazgo repaso sus títulos. Y el tipo, después de disculparse al darse cuenta que no había preguntado si éramos matrimonio, nos cuenta que son cosas que los huéspedes dejan tras suyo y que él arregla y deja en su sitio.
-Poco podremos dejar nosotros, que solo estamos de paso –le digo ya relajado.
Y pienso que allí nos sentiremos a gusto, mucho más que en cualquier otro lugar más caro y pretencioso.
El tipo nos enseña el baño, sencillo pero pulcro, tanto como cualquiera de los que se pueden encontrar en España, sin embargo, echamos en falta las toallas. Y ya en la escalera noto el excelente olor de huevos fritos y boniatos.
-Aquí revolvemos los huevos con los camotes –me dice la mujer -pero se los sirvo por separado para que decidan.
-Por favor, hágalo como para ustedes.
Es la primera vez que veo eso que ahora llaman huevos estrellados, pero en cambio de utilizar patata, la mujer los hace con boniatos gruesos, redondos y más pálidos que los habituales de nuestra tierra. Los corta a rodajas y después de repartirlos por la bandeja, le echa los huevos, que parte y aplasta con un tenedor. Plato único, aparte de un plátano como postre, pero tan abundante que casi no podemos terminarlo.
El tipo, antes de retirarse nos da una llave, parece preocupado, no suele darla a nadie, pero durante la cena les hemos contado cómo y por qué habíamos llegado de tan lejos, y que teníamos ganas de dar una vuelta para beber y charlar.
-Sobre todo, no dejéis que os la quiten y si tenéis algún problema llamad al sereno –nos ruega, después de aconsejarnos que no nos retirásemos muy tarde. Antes nos ha contado que su calle no es una prioridad para la policía y que se nota que somos turistas. Lo veo tan preocupado que hasta estoy a punto de decirle que podemos llamar al sereno para que nos abra la puerta, pensando que, como antiguamente en España, tendrá la llave y acudirá al batir palmas.
El cansancio suele jugar malas pasadas, una de ellas es el insomnio y tanto ella como yo lo sabemos. No es mi caso, aunque sí el suyo en forma de excitación. El pub no está lejos y nos encaminamos hacia él, es el mejor lugar para charlar, con una cerveza al lado y agradable música de fondo. Leire lo necesita y a mí me está bien.
Lo que debía ser o pretendía pasar por un pub inglés, resulta ser una taberna, en la que prolifera el pisco y un vino, que con solo el aspecto es suficiente para no probarlo. Del pisco nada sabemos, pero, por lo que nos dicen, es aguardiente de alto grado y no tenemos interés en llegar a la pensión borrachos. Del vino nos cuentan que es español, de Murcia para ser exactos, llegado en garrafas que el barman nos enseña muy ufano. El tipo, después de una corta charla, entiende que no queramos probarlo; para eso no habríamos llegado de tan lejos. Tomamos unas cervezas del país, que ahora no recuerdo el nombre, pero sí que no tenía nada que ver con algo típico de Perú. En la barra, dos tipos de mi edad, blanquitos y medio idos, seguramente por el pisco o mucho whisky, que al saber nuestra procedencia no se les ocurre otra que hablar del genocidio cultural y no sé cuántas barbaridades más que hizo la madre patria. Los tipos se ponen pesados, especialmente con Leire, más por su salvaje atractivo que por otra cosa. Yo me río al ver al camarero preocupado. Está claro que son clientes y que de nosotros mañana dejará de saber. Leire, mujer de pocas palabras y menos paciencia, se los saca de encima con un exabrupto; pero yo, al escuchar que hablan de mis antepasados, suelto una risotada que se escucha por toda la sala.
-Entonces no hay problema, según creo, somos los primeros de nuestra estirpe que cruzamos el charco. Pienso que deberíais buscar en vuestro árbol genealógico y no en el nuestro –les digo con mucha alegría.
Y los tipos, ante la risa de complicidad del resto de la clientela y la cara de pocos amigos de Leire, optan por una retirada más vergonzosa que estratégica.
-Mañana podríamos alquilar un coche, ¿qué te parece? Con él podríamos movernos y viajar hasta el Altiplano o a donde nos plazca, sin necesidad de regirnos por los de línea.
Afirma con la cabeza, mientras observa divertida el peculiar ambiente de la taberna. Es la única mujer y me choca, dado que no tengo a la sociedad peruana por machista. No atrae las miradas, ni siquiera después de las risas que hemos provocado, ni parece que su presencia incomode o dé que hablar.

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viernes, 27 de enero de 2012

UN APUNTE PARA EL BLUES DE AMARA

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Una de las fiestas más interesantes que recuerdo transcurrió en casa de un amigo de Alvar, el Artur de mi novela, fotógrafo, político y, como él, rico de nacimiento. Fuimos Joan, Mónica, Amara y yo; Vicki, ahora no recuerdo por qué, no pudo asistir, y Jep estaba de viaje.
-Una de esas que tanto os gustan –dijo Alvar con un guiño.
Hacía tiempo que habíamos dejado de asistir a este tipo de fiestas, que solo nos acarreaban problemas ajenos; aun así, sabiendo que se podía hacer cualquier cosa, desde tomar unas copas, hasta entablar relación con gente interesante, nos presentamos tranquilos.
Actores, escritores, algún pintor… hay de todo y de todas las edades y condiciones. Un piso aledaño a las Ramblas barcelonesas, sorprendentemente grande por lo que yo creía de la zona. Se compone de una enorme estancia soportada por viejas columnas de hierro forjado, de claro estilo modernista. Grandes focos cuelgan del alto techo y cortinajes negros y blancos están replegados en las paredes. En un rincón: focos y pantallas con dos máquinas en sus trípodes. En el centro y con cuidado desorden: unas cuantas mesas llenas de canapés y bebidas. Música clásica de fondo y una pantalla, por la que pasan sin cesar diapositivas de París y Londres. A nuestro alrededor: una serie de puertas, y colgadas de las paredes, multitud de fotografías en blanco y negro, desnudos en su mayoría, oscuras o suavemente difuminadas; la misma modelo en la mitad de ellas, hombres en unas pocas y alguna que otra mujer en el resto. Somos entre veinte y treinta invitados, quizá más, porque algunos aparecen o desaparecen por las habitaciones colindantes. Los modelos están presentes, ya que reconocemos alguno, entre ellos la chica más fotografiada.
A Amara y a Joan les fascina el arte, sobre todo la pintura y la fotografía, de manera que nos dedicamos a pasear por el perímetro del estudio.
-¿Os gustan? 
Tras nuestro, un tipo de mediana estatura y cara angulosa, de tez pálida, con el pelo largo y negro recogido en la nuca, acompañado por Alvar, que también mira las fotos con interés.
-Es mi ex –explica a Amara, cuando esta le señala la chica exclamándose por su belleza. Gira la cabeza y la busca para presentárnosla –seguimos siendo muy amigos –dice como si fuera una gran cosa.
La chica aparece solícita. Parece la anfitriona de la fiesta. Alta y delgada, con el cabello corto y ligeramente ondulado, de mirada profunda y simpática, piel morena, ojos grandes y oscuros, cejas pobladas, negras y cuidadosamente recortadas, la nariz recta, pequeña y algo afilada. La perfecta modelo para un fotógrafo.
-Son buenas –respondo.
Amara le habla de algunas que hemos dejado atrás, de sus detalles y la extraña luz que emiten.
-¿Aceptaríais posar para mí?
Respondo con una mirada burlona, es indudable que me utiliza para convencer a Amara, alguna de las fotos expuestas lo demuestran. Directamente le digo que le estropearía el cuadro y él se lo toma como un desafío.
-Depende, aunque sí, la que me interesa es ella.
Hacía rato que había visto cómo la seguía con la mirada y estudiaba sus gestos al hablar, al apoyarse en el canto de una mesa, al mirar a su alrededor. Ahora es la chica quien la observa sin pestañear. El tipo parece buscar un plano, porque mira la sala como un profesional.
-¿Qué haces con los negativos? -Pregunta Amara.
-Los guardo en una caja fuerte, solo yo puedo manipularlos y si el modelo me los pide se los entrego. No comercio con mis fotos y solo fotografío a gente de confianza.
El tipo no para de observarla, parece extasiado ante la expresividad de su cuerpo, de su rostro; la chica también, pero quizá por ser mujer no me extraña. De pronto ella le acaricia la cara, con uno de sus dedos le mueve el labio, se lo pellizca, sigue por un lado del cuello hasta el desnudo hombro. Amara lleva un vestido de tirantes, de algodón blanco, corto y ceñido; no se ha puesto ropa interior y la chica lo nota. Acaricia el resto de su cuerpo, que a través de la tela se dibuja a la perfección.
-Brutal –exclama sin cortarse.
Me siento incómodo, Amara, sin embargo, parece divertirse y responde en consonancia y con una mal disimulada queja. Está acostumbrada a las lisonjas, por la calle, en el hospital, pero nunca así, de una mujer y en una fiesta como esa, tan de intelectuales. Y me mira interrogante.
-¿Por qué me preguntas? Exclamo casi riéndome, sorprendido por el silencioso requerimiento.
-No es lo mismo Popol, eso es más comprometido.
Alvar la mira perplejo, mientras yo ya no puedo aguantar la risa.
-En todo caso pídele a Alvar que haga de pareja –le digo al tipo –da más la talla que yo.
Gimnasta, musculado, exótico, gastado, rubio y con el pelo largo, depredador hasta la médula. Mi amigo es el modelo ideal para Amara, el contraste de una belleza salvaje con otra sensual y adorable.
-Podría sentirse cohibida y se reflejaría en las fotografías.
Me esfuerzo para no estallar en carcajadas. Esos artistas tan intelectuales sorprenden a cualquiera, pienso.
-No te preocupes, con Alvar no se sentirá cohibida.
Podría decirle que con nadie, pero prefiero callar.
-¿Cuándo sería? –Pregunta ella.
-Ahora.
Amara mira a su alrededor, los focos del techo, los tapices y las cortinas, también los treinta invitados, que departen con risas y en voz alta repartidos por las distintas mesas.
-¿Dónde?
El tipo, sin dejar de mirarla, de recrearse en su demoledor atractivo, hace un gesto con la mano abarcando toda la estancia.
-¡Ah! ¿Y supongo que quieres que me desnude?
Lo dice sin ironía, quizá porque el tipo emite confianza, por su manera de hablar y de tratarla, por sus gestos. La chica, sin que nadie le diga nada, se desnuda con naturalidad; alguno la observa, pero solo por un instante, luego sigue con lo suyo. Después, mirándola a los ojos le levanta el vestido con cuidado, por si Amara reacciona negativamente.
-¿Y ahora qué? -Pregunta una vez desnuda.
El tipo parece despertar de un ensueño, a mí me ocurre lo mismo. Tan acostumbrado que estoy de ver a mi compañera desnuda, siempre me sorprende y admira su brutal belleza, su maravilloso cuerpo, cómo se mueve, simulando no ser consciente de lo que provoca.
Jim se mueve rápido, como si temiera perder la oportunidad, mueve los trípodes, las cámaras, enciende los grandes focos del techo, arrastra las pantallas, y apaga el resto de luces de la gran estancia. Se acerca al grupo del centro y pide naturalidad, que las traten como si fueran vestidas. Elia coge de la mano a Amara y la acerca a la mesa, la apoya en ella y le ofrece un canapé. Entonces lo veo, el grupo ha quedado suavemente iluminado, en contraste con el resto, que parece disimularse tras una difuminada penumbra. Todos los invitados de la mesa están en el plano, ninguno destaca y se han convertido en personajes, entre la claridad de la luz y las sombras, en un perfecto claroscuro. Elia se acerca a Amara y se despide después de preguntarle si no le molesta quedarse sola. Una mujer con un vestido largo y oscuro, de cabello corto, casi plateado, entra en la conversación, lleva un gran libro en la mano. El resto del grupo sigue con lo suyo, uno de los tipos se gira y pide que le enseñe las pinturas del libro. Al fondo, en la penumbra, el resto de los invitados charla en voz alta, alguien canta y se escuchan unas risas. El contraste es bestial, sin embargo, Amara parece estar en su mundo, charla, gesticula, cimbreando su cuerpo tal como hace en cualquier sitio. La mujer abre el libro, es un catálogo de pintura, se lo enseña.
Y Jim va de una cámara a otra, no para de tomar fotos, su compañera abre una de ellas y la carga con un nuevo rollo, sale corriendo y en pocos instantes aparece con otra, la prepara y la deja sobre la mesa, se acerca al grupo, apoya una mano sobre el hombro de Amara, sus pechos chocan, se aplastan uno con otro. Mi compañera levanta la vista del libro y con un gesto aparta el cabello de su cara, escucha, sonríe y besa la boca de Elia después de atraerla por la cintura. Artur. Joan y yo las miramos extasiados, mientras Jim no para de mover sus cámaras y echar fotos. Elia marcha y uno de los tipos se acerca a Amara, le acaricia un hombro, los pechos, el vientre; ella, recostada en la mesa, sigue la mano con sus ojos, se muerde el labio, lo mira, lo atrae hacia ella y, mirándolo fijamente, le dice algo en voz baja.
Joan me mira, parece desconcertado, pero también excitado por la escena.
-Mónica se encuentra mal, tiene dolor de cabeza y quiere marchar; lo contrario que yo, que lo estoy pasando fenomenal.
Lo entiendo, está embriagado por el ambiente, ha conocido gente interesante y le gustaría quedarse. Me acerco a Amara.
-Si no te sabe mal marcho con Mónica, tiene ganas de irse y creo que no quiere quedarse sola. Llámame si me necesitas, en todo caso Joan y Artur se quedan.
Le doy un beso y una palmada en el trasero. Ahora sí que nos miran, curiosamente más a mí que a ella. La mujer del libro sin rodeos le pregunta si soy su marido y ella responde que sí, y, con una risa, que soy el padre de sus hijos.
-¿Hijos? –Nos pregunta sorprendida, mientras admira el magnífico cuerpo de Amara, su vientre, sus preciosos y tersos pechos, sus duros pezones.
-Dos, un niño de cuatro y una niña de seis.
Y las dejo hablando de hijos con el resto del sorprendido grupo. Amara tiene veintiocho, sin embargo, aparenta menos de veinticinco.

Deben ser las dos o las tres de la madrugada, a mi lado descansa Mónica, desnuda y maravillosa, cuando suena el teléfono. Se queja, alarga el brazo.
-Es Amara, dice que se queda a dormir, que por la mañana posará con Artur y Elia.
A Mónica le apetecía estar conmigo, pasar una noche tranquila haciendo el amor. No quiere líos ni historias complicadas, el dolor de cabeza había sido una excusa.
Ya es mediodía cuando Amara llega, comemos juntos mientras nos enseña unas fotos de estudio; está con Artur y Elia, en alguna con Jim y en otras sola.
-¿Aguantó mucho la fiesta?
-Cuando llamé ya había marchado todo el mundo, Joan también.
No pregunto, nunca lo hago, lo contrario que ella, que siempre quiere saber. Sé, sin embargo, que mañana o pasado me contará lo que hizo, cosa que yo nunca hago. Cada uno tiene su vida y no debe inmiscuirse en la de los demás. Le diré que no es necesario, pero ella igualmente me contará. Necesita compartir con su amigo hermano amante todo lo que hace, siente, piensa, explicarle su vida, lo sorprendente e intensa que es. Mañana, lunes, hará de médico por vez primera y siento la felicidad en su mirada, cómo su espíritu salta de alegría; además, por su cara sé que por fin Alvar se ha deshecho en su interior, aparte del tal Jim, mientras era devorada por Elia. Está nerviosa, no le gusta estar tanto tiempo sin los niños y solo piensa en pasar por casa de mis padres para recogerlos; y ellos, emocionados, le contarán lo que han hecho y con quién han jugado; y los bañará y les dará de cenar, y los meterá en la cama después de jugar un rato con ellos.
Amara, la mujer absoluta.

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sábado, 21 de enero de 2012

VIVIENDO

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Durante la cena, todos nos reímos al recordar la obsesión del químico por creerse vigilado, o de las imprudencias de Dioni, que trataba a la policía de inútil y boba, y que por suerte mantuvimos en permanente cuarentena. A Dioni nunca lo detuvieron, les salía más rentable seguirlo, a ellos y a nosotros. Ellos descubrían lo que querían y nosotros quienes lo seguían.
¡Qué tiempos aquellos!
Dioni nos habló sobre la promiscuidad de algunas de sus compañeras, sin la intención y la malicia de entonces, cuando era joven y osado, tanto que más de una cayó por su mala cabeza y fue torturada. Ahora, pasado el tiempo es bueno recordárselo, sobre todo porque una de ellas aguantó como una jabata, cuando estoy seguro que él, con tal de no arriesgar su masculinidad, habría cantado como un mirlo, aunque por entonces tuviese fama de duro.
Dioni es un buen hombre, demasiado confiado y leal para nuestro antiguo gusto y el justo para el actual; un viejo amigo de Jep, al que utilizamos sin pudor, como la mayoría, y sin que uno y otro se enteraran.
¡Qué hijos de puta llegamos a ser!
Amara lo mira y sonríe.
-¿Qué es ser promiscua para ti?
Mi compañera lo conoce poco, lo justo de alguna cena, de la fiesta de aniversario de Jep o de una salida en barca por el Cap de Creus.
Dioni suele ser discreto, sin embargo, esta noche quizá haya bebido un poco más de la cuenta, aparte de uno de mis legendarios mojitos. Amara, al no recibir respuesta, le dice claramente que para él, seguramente ella es rematadamente promiscua. Lo miro y me río porque debería conocer nuestra historia, por lo menos la de Mónica.
-Los anarquistas siempre habéis sido muy puritanos –le digo para terciar.
Carraspea, se mueve en su silla simulando incomodidad. Dioni siempre ha sido tan sincero como expresivo.
-Tú lo eres y no tienes nada de puritano.
Tomás suelta una de sus carcajadas, no tan potente y estentórea como antiguamente. Amara, sin embargo, no entiende la broma. Últimamente se ha vuelto más seria con los amigos, ya no juega con las palabras ni sigue los chistes. En eso cada día se parece más a Mónica. Es curioso que con el tiempo, la que más haya aguantado sea Anna. Tan lejos, enferma y trabajando en tierra extraña, entre sangre, sufrimiento y fuego; mi amiga hermana, igual que Mila, aún mantiene impoluta su capacidad de asombro, su humor.
Y prefiero callar, que Jep cambie el curso de la conversación, que el ingeniero hable de sus aventuras por Brasil, que el químico nos cuente de sus cuitas como catedrático. Divago sobre la palabra y la idea, el significado de ser puritano. Quizá lo sea, lo seamos, especialmente nosotros, los viejos amigos de la casa pirenaica, los que mantuvimos y practicamos nuestras ideas hasta el límite y con la máxima fidelidad, imperturbables a lo que se decía de nosotros o a la presión de nuestras familias.
Ahora, sentado frente al ordenador, busco el significado que la RAE da a la palabra. "Puritano: 1. Dicho de una persona: Que real o afectadamente profesa con rigor las virtudes públicas o privadas y hace alarde de ello.” Esa es la definición que más me conviene, pobre para mi gusto y ambigua como nuestra Constitución para la clase política. Me llama la atención lo mal redactada que está.
Dioni sigue con lo suyo, está preocupado por si Amara se siente ofendida, quiere explicarle que para él la libertad lo es todo, que respeta la suya. Se traba, se pierde y al fin consigue que Sara se ría y ataje el barullo con una de sus salidas.
-Creo que eso ya lo sabe. Amara solo quiere saber lo que para ti es ser promiscua. En pocas palabras: ¿cuántos tipos hay que tirarse y de qué modo, para serlo?


Por las mañanas escribo mi tercer libro, por fin el largo capítulo de mi aventura con Lourdes en Perú. Por las tardes escribo el último capítulo del segundo, que precisamente trata de cuando la conozco.
La historia con Lourdes es, quizá, la más intensa y perturbadora, dos palabras que la definen a la perfección; tal vez por eso me ha costado tanto enfrentarme a ella.
Pronto editaré el primer libro. Espero que salga barato. Con solo cubrir los gastos tengo bastante y si gano algo, pues mejor. Con el dinero que saque podré invitar a mis lectores incondicionales, a los que me han ayudado y han confiado en mí, eso en caso que quieran.

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lunes, 16 de enero de 2012

ANNA, SIEMPRE ANNA... A vuela pluma

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La cena es amena, podría serlo más, pero Mónica parece apocada, quizá por haber recibido noticias de Anna, de su estado de salud, tan fuerte por fuera como quebrantado por dentro. Es la primera vez que recibimos su correo al unísono, como resultado de mi audaz, temerario, osado… me río, suicidio.
-Popol, lo que has hecho es un suicidio –me dijo entonces, con una bien dibujada y sincera sonrisa.
-Si sale bien no –respondí tranquilo.
Salió bien. Era tan insospechado, arriesgado, desconcertante, insólito… me río, que tenía todos los números para salir bien. Estaba calculado y si no, pues a la mierda.
A veces pienso que la busco, tanto que lo que es suerte parece infortunio; pero no, ni hay suerte ni es infortunio sino el producto de una formulación bien planteada.

La cena transcurre agradablemente. Jep es un gran anfitrión, aparte de buen cocinero. Lo observo, no parece desconcertado o perturbado, como ahora gusta decir entre los culturillas de última hornada. Enfrente están los dos gigantes, Mario y Claudio, justo al lado de Mónica y de Amara, que no sabe de qué va la cosa, atentos a sus gestos, a su semblante preocupado. A mi lado el químico y el ingeniero, un poco más lejos el gran Dioni, nuestro enlace con la CNT; a su lado la dulce, tierna y valiente Sara, a la que no conoce. Junto a Jep está Tomás. Faltan Helena y su amigo, del que ahora no recuerdo el nombre; pero, qué más da si ninguno es el real, ni siquiera el mío. Solo Anna, siempre Anna.
-Acuérdate, será la primera semana de marzo, sobre todo no te olvides, y donde siempre.
Esta vez será una calçotada y vendrá Helena, también Julio y algunos más, como Jordi. Quizá consiga que venga María, aunque con lo sentida que es, tal vez le dé coraje encontrarse con Jep, enfrentarse al hombre que manipuló.

-¿Por qué no te dedicaste a la política, Popol? Quizá las cosas no serían como son, te habríamos seguido…
-Porque éramos soldados, militares o lo más parecido a eso, y los soldados no hacen política –respondí entonces, ahora hace un año, en una calçotada parecida.
Podría haber dicho que no estaba preparado, que ninguno lo estaba; pero, ¿quién de los que hay lo están?
Qué más da, pienso. Seguramente habríamos terminado fatal, las cosas ya habían sido decididas y nosotros nos habríamos convertido en un estorbo, lo sabíamos y nos habríamos enfrentado como sabíamos, de la única manera que conocíamos, y nuestro tiempo ya había terminado. O no, quizá no, quizá hubiéramos triunfado y todo sería distinto, radicalmente distinto, peor o mejor; pero ahora qué más da.

Observo a Mónica, sus ojos se cruzan con la míos, le sonrío, intento infundirle tranquilidad. Anna saldrá de ésta, intento decirle con la mirada.
No es malaria, hepatitis… es su corazón, sus riñones, su hígado. Nada que no pueda curarse con un buen tratamiento, aquí o en cualquier lugar, con buenos médicos, con buenos aparatos. Pero no quiere abandonar a sus amigos, a su gente; no quiere ser distinta, ser más que ellos, antes prefiere la muerte. Mónica me mira y sé lo que piensa, Hoy mismo ha hablado con Biel sobre lo que cuesta un billete. Tal vez sea ella la que falte a la calçotada.

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