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martes, 17 de julio de 2012

UN APUNTE PARA EL BLUES DE AMARA

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-¿Con cuántas mujeres te has acostado?
Está a mi lado, con la cabeza recostada sobre mi pecho. Le acaricio la espalda hasta la rabadilla y se estremece, gime, levanta los ojos y me observa insaciable, terriblemente insaciable, tanto que igual me asusta que me satisface.
-Responde –reclama con intransigencia.
Me río, no puedo hacer otra cosa.
-Estoy pensando.
-¿Tantas?
No, no son tantas, el problema es que nunca se me ocurrió contarlas, ni tengo interés en decírselo. No recuerdo qué le respondí, seguramente inventaría un número o quizá me hartara y respondiera con una invectiva. Tiempo después, ya marcada definitivamente por la enfermedad, volvió a preguntármelo. Pero entonces me reí con ganas, sin fingir. Le podría haber respondido, que con tantas como ella o infinidad menos si contaba a sus amantes masculinos. Y ella, cómo no, hubiese dicho que no es lo mismo.
Pero entonces, por mucho que ya viviéramos juntos, todavía no me conocía y podía imaginar cualquier cosa menos la realidad. La vida que llevaba parecía más la de un libertino que la de un tipo delicado en ese tipo de temas.
Recuerdo que entonces me disgustó su descaro. Me preguntó por algo que sabía que yo nunca le preguntaría, que achaqué a su juventud y a su inseguridad. Pero también que me sorprendió con su respuesta, tan inesperada como enorgullecedora para mí en aquel momento, después de exclamarme, que, fueran las que fueran, a su edad no llegaba ni a la cuarta parte de ella.
-No es lo mismo. Yo por amor solo me acuesto con Jep y contigo, con el resto es y ha sido distinto. Tú eres incapaz de hacer el sexo por solo el físico o la diversión y aún menos por compasión. ¿A cuántas mujeres has amado Popol, aparte de a Anna, a Mónica y a mí?
Y no supe qué responderle, porque en aquel momento yo tampoco había sentido amor por todas mis amantes sino una fuerte empatía, igual que ella más adelante por Joan, Biel, Pere y tantos otros y otras, que ni siquiera puede enumerar. Y tampoco se acostaba solo por amor con Jep y conmigo. Su respuesta a las fantasías y morbosidades que experimentábamos demostraban el deseo de puro sexo.

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-¿Qué hacíais con ellos? –Pregunté un día a Mónica, cuando ella y uno de los dos amigos ya habían abandonado  la relación, aún no sé si por curiosidad o para saber si todavía podía mantener el control de nuestras vidas.
-De todo.
De todo puede ser mucho o bastante, podría ser cualquier cosa. De Mónica poco más podía esperar. Amara es más explícita, pero necesita su tiempo. Te cuenta la historia se lo pidas o no; lo necesita, y puede tardar uno o varios años, a párrafo por día o por semana, da lo mismo.
-Igual que con vosotros -respondió en un primer momento. Una semana más tarde empezó a entrar en detalles y entendí; para ella era un divertido juego con un tipo que lo merecía, que se había convertido en más que un amante, en un amigo con el que compartía historias, sensibilidades y desafíos que yo no podía soñar. Me contó lo que hacía, cómo jugaba y las fantasías que le procuraba, poco a poco, como si se diera cuenta que había llegado demasiado lejos, tanto que no había retorno. Y entre línea y línea entendí su complicidad, lo que sentía; pero también que había percibido la debilidad del héroe y sus limitaciones. Y descubrí que ya no tenía nada que temer, que había ganado la apuesta al apoyarla y casi obligarla a ser lo que siempre había soñado.

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-Algunos de nosotros valoramos la vida de otra manera, quizá tu lo entiendas, que la has manipulado, que has sentido como escapaba, que la has quitado o has luchado por la de otros. Algunos de nosotros hemos visto y vivido el horror, el pavor y la felicidad; hemos aprendido a tratarlos como a un compañero de viaje. Y entre nosotros la complicidad que se forma supera lo imaginable, tanto que en privado podemos, incluso, desprendernos de nuestros escudos más íntimos, aquellos que ni siquiera los descubres al compañero; y abrir nuestro espíritu sin ningún complejo, amar, desear y llorar sin vergüenza. Él es así y yo también, y Mónica y tu también, aunque no seáis de los nuestros.

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Aún recuerdo aquella noche en el barco, con Mónica y los dos madrileños, jugadores de balonmano, cuando entre todos la convencimos que podía ser lo que más había soñado, ser médico. Recuerdo cuando, a nuestra vuelta, la obligué a pedir una excedencia para empezar sus estudios, cuando la apoyé y casi forcé a que se matriculara; y su resistencia a perder la independencia económica y depender de un tipo al que apenas conocía, con amigas amantes que la superaban. Y también el aviso de Anna.
-Amara es distinta a todo lo que hayas conocido. Cuando sea ella misma, si no estás a su altura la perderás como compañera.
Nos arriesgamos y valió la pena.


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2 comentarios:

  1. Esa pregunta que encabeza hoy la entrada, yo creo que, como eficaz contribución a la paz mundial, es mejor no contestarla.

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  2. Vaya vaya... eso podría significar multitud de cosas, la primera es que con demasiadas.
    Por supuesto, nunca se la he contestado, en mi caso por no sentirme obligado.

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