La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan.
(Jean le Bruyere)



Hace poco, al saber que por fin terminaba mi libro, Anna me envió esta cita:

«Lee sobre todo tu propio inconsciente, ese libro con una tirada de un solo ejemplar, cuyo texto virtual llevas por todas partes, y en el que está escrito el guión de tu vida»

(Jacques-Alain Miller)


viernes 3 de febrero de 2012

EL BLUES DE AMARA (Soy una calamidad)

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Aprendimos a quererte                  Aquí se queda la clara,                Tu mano gloriosa y fuerte
desde la histórica altura                la entrañable transparencia        Desde la historia dispara
donde el sol de tu bravura             de tu querida presencia               cuando todo Santa Clara
le puso cerco a la muerte.             Comandante Che Guevara.         se despierta para verte

Vienes quemando la brisa             Tu amor revolucionario                Seguiremos adelante
con soles de primavera                 te conduce a nueva empresa        como junto a ti seguimos
para plantar la bandera               donde esperan la firmeza              y con Fidel te decimos:
con la luz de tu sonrisa.                de tu brazo libertario.                   !Hasta siempre, Comandante!




Soy una calamidad, para ciertas cosas tengo una memoria fatal. Tal como hoy recuerdo cada hora, minuto, segundo, de mi historia con Anna, de nuestro viaje a Cachemira, no hay manera de cuándo cogí el avión con Lourdes, la Leire de mi novela, para ir a Perú; si fue de mañana, de tarde o de noche. Hago un esfuerzo y recuerdo nuestra llegada, debía ser tarde, no mucho, pero si que casi había anochecido. También que nadie esperaba, que llamó a su amigo desde el teléfono de un mostrador y como respuesta le dijeron que estaba fuera de Lima, en casa de un amigo, y que no podían ponerse en contacto con él; cuando lo más probable es que, expectante y acobardado, esperase a unos metros del aparato, temeroso que, de acercarse, su amiga oyera su respiración.
-Cuando lo vea dígale que me olvide –dijo Leire como respuesta. Muy típico de ella, aunque luego las palabras de una enamorada se las lleve el viento, tal como las oraciones de un banderín budista.
Recuerdo coger un taxi, después de arrastrar las mochilas por el desangelado y triste aeropuerto.
-Le doy dos dólares si nos deja en el centro de Lima. -Que podrían ser cuatro porque ahora no recuerdo.
-Usted no sabe lo que dice, eso no funciona así, por esa cantidad nadie le llevará más allá del área aeroportuaria.
-Bien, no se preocupe, pasaremos la noche aquí y subiremos en el primer coche de línea de la mañana.
-Espere, espere, por cinco le llevo a un hotel bueno y barato del centro.
Vuelvo a tener la mochila en el hombro y con lo que me ha costado, no parezco dispuesto a descargarla.
-De verdad, no se preocupe, ya nos espabilaremos.
-Por cuatro se lo arreglo, menos de eso imposible –dice mientras abre el maletero.
-Le ofrezco tres, ni uno más.
Lo acepta, posiblemente por no haber más vuelos y va de retiro. Y cuando veo lo cerca que estamos del centro y los arrabales por los que pasamos, me felicito de haber discutido tanto. De saberlo quizá hubiéramos ido andando hasta el primer hostal que encontráramos.
Nadie nos contó que en Perú hay que regatear por todo y sin compasión, que hay que ser ladrón y coger lo que no es tuyo si ves un descuido; nadie, pero es lo que hago por lo que pueda pasar. No me siento cómodo y la intuición me dice que debemos ir con pies de plomo, y no estoy a gusto porque no tenía ningunas ganas de venir. Justo antes de subir al avión lo pensé, todavía estaba a tiempo; pero la inercia y no saber qué hacer en caso de quedarme, ver la alegría en los ojos de mi compañera. Quizá fuera eso último.
Y al llegar pregunto al taxista si conoce alguna pensión por el camino.
-Claro señor, pero no son distritos seguros.
Distritos seguros… ¡Que sabrá él de seguridad! Pienso para mí, mientras me acaricio el bolsillo para sentir mi última adquisición: una navaja automática de manufactura cántabra.
A un lado la plaza de Armas, -así creo que la llaman- de la que sobresalen las cúpulas de la curiosa catedral, frente a nosotros una estrecha calle pobremente iluminada y con poca gente paseando, algún bar, un pub que quiere parecer inglés y un precioso edificio que se publicita como casa de correos, tiendas abiertas, aún más anticuadas y vetustas que las típicas de un pueblo de Castilla. -El recuerdo de las tiendas me hace pensar que no era día festivo-
Con las mochilas en la espalda nos acercamos al hotel recomendado por el taxista.
-Es familiar, pero no se les ocurra regatear –recuerdo que dijo al despedirse.
Un edificio típicamente colonial, elegante y cuidado. Es tarde, pero la irritación y el rechazo que siento por todo lo que me rodea, no me permiten entrar. A Leire, después de lo sucedido con su presunto amigo, le da todo igual y se siente con poco ánimo de discutir con mi estúpida obcecación. Andamos un rato, las mochilas pesan y empezamos a sentir el cansancio de tantas horas de viaje.
Es la rabia lo que nos mantiene, la rabia y la resistencia de nuestros cuerpos, acostumbrados a andar, a nadar y a escalar durante horas. Unos cientos de metros más adelante, seguramente pocos, cruzamos un río y la calle cambia de color, apenas se ven tiendas y de las calles adyacentes sale el hedor de la basura amontonada. Entramos en uno de los callejones y encontramos a hombres sentados en los soportales, que nos miran expectantes, pero sin extrañarse por nuestra indumentaria. Algunos niños corretean por la calle, removiendo la basura en busca de algo con qué jugar. Cerca, justo en la siguiente bocacalle, vemos un pequeño rótulo que pone pensión. Me llama la atención la tilde en la sílaba tónica, pocas veces la encuentro en los carteles de sus gemelas en España. Es una casa de dos plantas, ancha y alegre, con pequeños y viejos balcones tachonados con sencillas barandillas de hierro forjado y cubiertos de madera a modo de glorieta. A su alrededor las casas son bajas y pobres, excepto alguna parecida. Nos miramos, Leire se encoje de hombros, ya nada le importa, ni siquiera si decido dormir entre la basura.
-Tienes su dirección, si quieres intentamos pernoctar aquí y mañana te acompaño –le digo mirándola a los ojos, mientras acaricio su barbilla con ternura.
-¿Y tu qué harás?
Unos segundos, los suficientes para tomar una determinación.
-Si lo encuentras y quieres quedarte, me iré a Machu Pichu o al lago Titicaca, andaré por los cerros y dormiré en las aldeas de la zona, conoceré gente y luego volveré a buscarte.
Me mira a los ojos y sonríe. -Me gusta. ¿Puedo venir?
No ha necesitado ni la mitad del tiempo que yo para decidirse.
Llamo al picaporte –pienso que lo había porque no recuerdo ningún timbre- y me abre un tipo adusto, de ojos pequeños y oscuros, vestido con una camiseta de tirantes, blanca, raída y algo sucia por el uso; sus facciones son agresivas, sin embargo, no sé por qué, denota amabilidad y provoca confianza. Llama a su mujer, mestiza como él, rechoncha y simpática, que, sin saber, en un instante se hace cargo de la situación.
-Estarán hambrientos y cansados, les prepararé algo de comer, aquí solo servimos el desayuno, y la cena es a las siete si se pide con anticipación. Mi esposo les enseñará su habitación.
Un dormitorio pequeño, limpio y agradable, con el suelo hecho de tablas superpuestas. A los pies de la cama, una pequeña mesa y una silla. Abro el cajón y encuentro cuartillas, sobres y alguna postal sin usar, todo heterogéneo pero bien ordenado. Sobre la única mesita de noche descubro unos cuantos libros apilados. Sorprendido por el hallazgo, repaso sus títulos. Y el tipo, después de disculparse al darse cuenta que no había preguntado si éramos matrimonio, nos cuenta que son cosas que los huéspedes dejan tras suyo y que él arregla y deja en su sitio.
-Poco podremos dejar nosotros, que solo estamos de paso –le digo ya relajado.
Y pienso que allí nos sentiremos a gusto, mucho más que en cualquier otro lugar más caro y pretencioso.
El tipo nos enseña el baño, sencillo pero pulcro, tanto como cualquiera de los que se pueden encontrar en España, sin embargo, echamos en falta las toallas. Y ya en la escalera noto el excelente olor de huevos fritos y boniatos.
-Aquí revolvemos los huevos con los camotes –me dice la mujer -pero se los sirvo por separado para que decidan.
-Por favor, hágalo como para ustedes.
Es la primera vez que veo eso que ahora llaman huevos estrellados, pero en cambio de utilizar patata, la mujer los hace con boniatos gruesos, redondos y más pálidos que los habituales de nuestra tierra. Los corta a rodajas y después de repartirlos por la bandeja, le echa los huevos, que parte y aplasta con un tenedor. Plato único, aparte de un plátano como postre, pero tan abundante que casi no podemos terminarlo.
El tipo, antes de retirarse nos da una llave, parece preocupado, no suele darla a nadie, pero durante la cena les hemos contado cómo y por qué habíamos llegado de tan lejos, y que teníamos ganas de dar una vuelta para beber y charlar.
-Sobre todo, no dejéis que os la quiten y si tenéis algún problema llamad al sereno –nos ruega, después de aconsejarnos que no nos retirásemos muy tarde. Antes nos ha contado que su calle no es una prioridad para la policía y que se nota que somos turistas. Lo veo tan preocupado que hasta estoy a punto de decirle que podemos llamar al sereno para que nos abra la puerta, pensando que, como antiguamente en España, tendrá la llave y acudirá al batir palmas.
El cansancio suele jugar malas pasadas, una de ellas es el insomnio y tanto ella como yo lo sabemos. No es mi caso, aunque sí el suyo en forma de excitación. El pub no está lejos y nos encaminamos hacia él, es el mejor lugar para charlar, con una cerveza al lado y agradable música de fondo. Leire lo necesita y a mí me está bien.
Lo que debía ser o pretendía pasar por un pub inglés, resulta ser una taberna, en la que prolifera el pisco y un vino, que con solo el aspecto es suficiente para no probarlo. Del pisco nada sabemos, pero, por lo que nos dicen, es aguardiente de alto grado y no tenemos interés en llegar a la pensión borrachos. Del vino nos cuentan que es español, de Murcia para ser exactos, llegado en garrafas que el barman nos enseña muy ufano. El tipo, después de una corta charla, entiende que no queramos probarlo; para eso no habríamos llegado de tan lejos. Tomamos unas cervezas del país, que ahora no recuerdo el nombre, pero sí que no tenía nada que ver con algo típico de Perú. En la barra, dos tipos de mi edad, blanquitos y medio idos, seguramente por el pisco o mucho whisky, que al saber nuestra procedencia no se les ocurre otra que hablar del genocidio cultural y no sé cuántas barbaridades más que hizo la madre patria. Los tipos se ponen pesados, especialmente con Leire, más por su salvaje atractivo que por otra cosa. Yo me río al ver al camarero preocupado. Está claro que son clientes y de nosotros, mañana dejará de saber. Leire, mujer de pocas palabras y menos paciencia, se los saca de encima con un exabrupto; pero yo, al escuchar que hablan de mis antepasados, suelto una risotada que se escucha por toda la sala.
-Entonces no hay problema, según creo, somos los primeros de nuestra estirpe que cruzamos el charco. Pienso que deberíais buscar en vuestro árbol genealógico y no en el nuestro –les digo con mucha alegría.
Y los tipos, ante la risa de complicidad del resto de la clientela y la cara de pocos amigos de Leire, optan por una retirada más vergonzosa que estratégica.
-Mañana podríamos alquilar un coche, ¿qué te parece? Con él podríamos movernos y viajar hasta el Altiplano o donde nos plazca, sin necesidad de regirnos por los de línea.
Afirma con la cabeza, mientras observa divertida el peculiar ambiente de la taberna. Es la única mujer y me choca, dado que no tengo a la sociedad peruana por machista. No atrae las miradas, ni siquiera después de las risas que hemos provocado, ni parece que su presencia incomode o dé que hablar.

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viernes 27 de enero de 2012

UN APUNTE PARA EL BLUES DE AMARA

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Una de las más interesantes que recuerdo transcurrió en casa de un amigo de Artur, fotógrafo, político y, como él, rico de nacimiento. Fuimos Joan, Mónica, Amara y yo; Vicki, ahora no recuerdo por qué, no pudo asistir, y Jep estaba de viaje.
-Una de esas que tanto os gustan –dijo Artur con un guiño.
Hacía tiempo que habíamos dejado de asistir a este tipo de fiestas, que solo nos acarreaban problemas ajenos; aun así, sabiendo que se podía hacer cualquier cosa, desde tomar unas copas, hasta entablar relación con gente interesante, nos presentamos tranquilos.
Actores, escritores, algún pintor… hay de todo y de todas las edades y condiciones. Un piso aledaño a las Ramblas barcelonesas, sorprendentemente grande por lo que yo creía de la zona. Se compone de una enorme estancia soportada por viejas columnas de hierro forjado, de claro estilo modernista. Grandes focos cuelgan del alto techo, y cortinajes negros y blancos están replegados en las paredes. En un rincón: focos y pantallas con dos máquinas en sus trípodes. En el centro y con cuidado desorden: unas cuantas mesas llenas de canapés y bebidas. Música clásica de fondo y una pantalla por la que pasan sin cesar diapositivas de París y Londres. A nuestro alrededor, una serie de puertas, y colgadas de las paredes, multitud de fotografías en blanco y negro, desnudos en su mayoría, oscuras o suavemente difuminadas; la misma modelo en la mitad de ellas, hombres en unas pocas y alguna que otra mujer en el resto. Somos entre veinte y treinta invitados, quizá más, porque algunos aparecen o desaparecen por las habitaciones colindantes. Los modelos están presentes, ya que reconocemos alguno, entre ellos la chica más fotografiada.
A Amara y a Joan les fascina el arte, sobre todo la pintura y la fotografía, de manera que nos dedicamos a pasear por el perímetro del estudio.
-¿Os gustan? 
Tras nuestro, un tipo de mediana estatura y cara angulosa, de tez pálida, con el pelo largo y negro recogido en la nuca con una goma, acompañado por Artur, que también mira las fotos con interés.
-Es mi ex –explica a Amara, cuando esta le señala la chica exclamándose por su belleza. Gira la cabeza y la busca con la mirada para presentárnosla –seguimos siendo muy amigos –dice como si fuera una gran cosa.
La chica aparece solícita. Parece la anfitriona de la fiesta. Alta y delgada, con el cabello corto y ligeramente ondulado, de mirada profunda y simpática, piel morena, ojos grandes y oscuros, cejas pobladas, negras y cuidadosamente recortadas, la nariz recta, pequeña y algo afilada. La perfecta modelo para un fotógrafo.
-Son buenas –respondo.
Amara le habla de algunas que hemos dejado atrás, de sus detalles y la extraña luz que emiten.
-¿Aceptaríais posar para mí?
Respondo con una mirada burlona, es indudable que me utiliza para convencer a Amara, alguna de las fotos expuestas lo demuestran. Directamente le digo que le estropearía el cuadro y él se lo toma como un desafío.
-Depende, aunque sí, la que me interesa es ella.
Hacía rato que había visto cómo la seguía con la mirada, cómo estudiaba sus gestos al hablar, al apoyarse en el canto de una mesa, al mirar a su alrededor. Ahora es la chica quien la observa sin pestañear. El tipo parece buscar un plano, porque mira la sala como un profesional.
-¿Qué haces con los negativos? -Pregunta Amara.
-Los guardo en una caja fuerte, solo yo puedo manipularlos y si el modelo me los pide se los entrego. No comercio con mis fotos y solo fotografío a gente de confianza.
El tipo no para de observarla, parece extasiado ante la expresividad de su cuerpo, de su cara; la chica también, pero quizá por ser mujer no me extraña. De pronto ella le acaricia la cara, con uno de sus dedos le mueve el labio, se lo pellizca, sigue por un lado del cuello hasta el desnudo hombro. Amara lleva un vestido de tirantes, de algodón blanco, corto y ceñido; no se ha puesto ropa interior y la chica lo nota. Le mira el resto del cuerpo, que a través de la tela se dibuja a la perfección.
-Brutal –exclama sin cortarse.
Me siento incómodo, Amara, sin embargo, parece divertirse y responde en consonancia y con una mal disimulada queja. Está acostumbrada a las lisonjas, por la calle, en el hospital, pero nunca así, de una mujer y en una fiesta como esa, tan de intelectuales. Y me mira interrogante.
-¡Cómo se te ocurre preguntarme! Respondo casi riéndome, sorprendido por el silencioso requerimiento.
-No es lo mismo Popol, eso es más comprometido.
Artur la mira perplejo, mientras yo ya no puedo aguantar la risa.
-En todo caso pídele a Artur que haga de pareja –le digo al tipo –da la talla más que yo.
Gimnasta, musculado, exótico, gastado, rubio y con el pelo largo, depredador hasta la médula. Artur es el modelo ideal para Amara, el contraste de una belleza salvaje con otra sensual y adorable.
-Podría sentirse cohibida y se reflejaría en las fotografías.
Me esfuerzo para no estallar en carcajadas. Esos artistas tan intelectuales sorprenden a cualquiera, pienso.
-No te preocupes, con Artur no se sentirá cohibida.
Podría decirle que con nadie, pero prefiero callar.
-¿Cuándo sería? –Pregunta ella.
-Ahora.
Amara mira a su alrededor, los focos del techo, los tapices y las cortinas, también los treinta invitados, que departen con risas y en voz alta repartidos por las distintas mesas.
-¿Dónde?
El tipo, sin dejar de mirarla, de recrearse en su demoledor atractivo, hace un gesto con la mano abarcando toda la estancia.
-¡Ah! ¿Y supongo que quieres que me desnude?
Lo dice sin ironía, quizá porque el tipo emite confianza, por su manera de hablar y de tratarla, por sus gestos. La chica, sin que nadie le diga nada, se desnuda con naturalidad; algunos la observan, pero solo por un instante, luego siguen con lo suyo. Después, mirándola a los ojos le levanta el vestido con cuidado, por si Amara reacciona negativamente.
-¿Y ahora qué? -Pregunta una vez desnuda.
El tipo parece despertar de un ensueño, a mí me ocurre lo mismo. Tan acostumbrado que estoy de ver a mi compañera desnuda, siempre me sorprende y admira su brutal belleza, su maravilloso cuerpo, cómo se mueve, simulando no ser consciente de lo que provoca a su alrededor.
Jim se mueve rápido, como si temiera perder la oportunidad, mueve los trípodes, las cámaras, enciende los grandes focos del techo, arrastra las pantallas, y apaga el resto de luces de la gran estancia. Se acerca al grupo del centro y les pide naturalidad, que las traten como si fueran vestidas. Elia coge de la mano a Amara y la acerca a la mesa, la recuesta en ella y le ofrece un canapé. Entonces lo veo, el grupo ha quedado suavemente iluminado, en contraste con el resto, que parece disimularse tras una difuminada penumbra. Todos los invitados de la mesa están en el plano, ninguno destaca, entre la claridad de la luz y las sombras, en un perfecto claroscuro. Elia se acerca a Amara y se despide después de preguntarle si no le molesta quedarse sola. Una mujer con un vestido largo y oscuro, de cabello corto, casi plateado, entra en la conversación, lleva un gran libro en la mano. El resto del grupo sigue con lo suyo, uno de los tipos se gira y pide que le enseñe las pinturas del libro. Al fondo, en la penumbra, el resto de los invitados charla en voz alta, alguien canta y se escuchan unas risas. Amara parece estar en su mundo, charla, gesticula, cimbreando su cuerpo tal como hace en cualquier sitio. La mujer abre el libro, es un catálogo de pintura, se lo enseña.
Y Jim va de una cámara a otra, no para de tomar fotos, su compañera abre una de ellas y la carga con un nuevo rollo, sale corriendo y en pocos instantes aparece con otra, la prepara y la deja sobre la mesa, se acerca al grupo, apoya una mano sobre el hombro de Amara, sus pechos chocan, se aplastan uno con otro. Mi compañera levanta la vista del libro y con un gesto aparta el cabello de su cara, escucha, sonríe y besa la boca de Elia después de atraerla por la cintura. Artur, Joan y yo las miramos extasiados, mientras Jim no para de mover sus cámaras y echar fotos. Elia marcha y uno de los tipos se acerca a Amara, le acaricia un hombro, los pechos, el vientre; ella, recostada en la mesa, sigue la mano con sus ojos, se muerde el labio, lo mira, lo atrae hacia ella y mirándolo fijamente le dice algo en voz baja.
Joan me mira, parece desconcertado, pero también excitado por la escena.
-Mónica se encuentra mal, tiene dolor de cabeza y quiere marchar; lo contrario que yo, que lo estoy pasando fenomenal.
Lo entiendo, está embriagado por el ambiente, ha conocido gente interesante y le gustaría quedarse.
Me acerco a Amara.
-Si no te sabe mal marcho con Mónica, tiene ganas de irse y creo que no quiere quedarse sola. Llámame si me necesitas, en todo caso Joan y Artur se quedan.
Le doy un beso y una palmada en el trasero. Ahora sí que nos miran, curiosamente más a mí que a ella. La mujer del libro pregunta sin rodeos si soy su marido y ella responde que sí, y, con una risa, que soy el padre de sus hijos.
-¿Hijos? –Pregunta sorprendida mientras mira el magnífico cuerpo de Amara, su vientre, sus preciosos y tersos pechos, sus duros pezones.
-Dos, un niño de cuatro y una niña de seis.
Y las dejo hablando de hijos con el resto del sorprendido grupo. Amara tiene veintiocho, sin embargo, aparenta menos de veinticinco.

Deben ser las dos o las tres de la madrugada, Mónica descansa a mi lado, desnuda y maravillosa, cuando suena el teléfono. Se queja, alarga el brazo.
-Es Amara, dice que se queda a dormir, que por la mañana harán unas cuantas fotos con Artur y Elia.
A Mónica le apetecía estar conmigo, pasar una noche tranquila haciendo el amor. No quiere líos ni historias complicadas, el dolor de cabeza había sido una excusa.
Ya es mediodía cuando Amara llega, comemos juntos mientras nos enseña unas fotos de estudio; está con Artur y Elia, en alguna con Jim y en otras sola.
-¿Aguantó mucho la fiesta?
-Cuando llamé ya había marchado todo el mundo, Joan también.
No pregunto, nunca lo hago, lo contrario que ella, que siempre quiere saber. Sé, sin embargo, que mañana o pasado me contará lo que hizo, cosa que yo nunca hago. Cada uno tiene su vida y no debe inmiscuirse en la de los demás. Le diré que no es necesario, pero ella igualmente me contará. Necesita compartir con su amigo hermano amante todo lo que hace, siente, piensa; explicarle su vida, lo sorprendente e intensa que es. Mañana lunes hará de médico por primera vez y siento la felicidad en su mirada, como su espíritu salta de alegría; además, por su cara sé que por fin Artur se ha deshecho en su interior, aparte del tal Jim mientras era devorada por Elia. Está nerviosa, no le gusta estar tanto tiempo sin los niños y solo piensa en pasar por casa de mis padres para recogerlos; y ellos, emocionados, le contarán lo que han hecho y con quién han jugado; y los bañará y les dará de cenar, y los meterá en la cama después de jugar un rato con ellos.
Amara, la mujer absoluta.

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sábado 21 de enero de 2012

VIVIENDO

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Durante la cena, todos nos reímos al recordar la obsesión del químico por creerse vigilado, o de las imprudencias de Dioni, que trataba a la policía de inútil y boba, y que por suerte mantuvimos en permanente cuarentena. A Dioni nunca lo detuvieron, les salía más rentable seguirlo, a ellos y a nosotros. Ellos descubrían lo que querían y nosotros quienes lo seguían.
¡Qué tiempos aquellos!
Dioni nos habló sobre la promiscuidad de algunas de sus compañeras, sin la intención y la malicia de entonces, cuando era joven y osado, tanto que más de una cayó por su mala cabeza y fue torturada. Ahora, pasado el tiempo es bueno recordárselo, sobre todo porque una de ellas aguantó como una jabata, cuando estoy seguro que él, con tal de no arriesgar su masculinidad, habría cantado como un mirlo, aunque por entonces tuviese fama de duro.
Dioni es un buen hombre, demasiado confiado y leal para nuestro antiguo gusto y el justo para el actual; un viejo amigo de Jep, al que utilizamos sin pudor, como la mayoría, y sin que uno y otro se enteraran.
¡Qué hijos de puta llegamos a ser!
Amara lo mira y sonríe.
-¿Qué es ser promiscua para ti?
Mi compañera lo conoce poco, lo justo de alguna cena, de la fiesta de aniversario de Jep o de una salida en barca por el Cap de Creus.
Dioni suele ser discreto, sin embargo, esta noche quizá haya bebido un poco más de la cuenta, aparte de uno de mis legendarios mojitos. Amara, al no recibir respuesta, le dice claramente que para él, seguramente ella es rematadamente promiscua. Lo miro y me río porque debería conocer nuestra historia, por lo menos la de Mónica.
-Los anarquistas siempre habéis sido muy puritanos –le digo para terciar.
Carraspea, se mueve en su silla simulando incomodidad. Dioni siempre ha sido tan sincero como expresivo.
-Tú lo eres y no tienes nada de puritano.
Tomás suelta una de sus carcajadas, no tan potente y estentórea como antiguamente. Amara, sin embargo, no entiende la broma. Últimamente se ha vuelto más seria con los amigos, ya no juega con las palabras ni sigue los chistes. En eso cada día se parece más a Mónica. Es curioso que con el tiempo, la que más haya aguantado sea Anna. Tan lejos, enferma y trabajando en tierra extraña, entre sangre, sufrimiento y fuego; mi amiga hermana, igual que Mila, aún mantiene impoluta su capacidad de asombro, su humor.
Y prefiero callar, que Jep cambie el curso de la conversación, que el ingeniero hable de sus aventuras por Brasil, que el químico nos cuente de sus cuitas como catedrático. Divago sobre la palabra y la idea, el significado de ser puritano. Quizá lo sea, lo seamos, especialmente nosotros, los viejos amigos de la casa pirenaica, los que mantuvimos y practicamos nuestras ideas hasta el límite y con la máxima fidelidad, imperturbables a lo que se decía de nosotros o a la presión de nuestras familias.
Ahora, sentado frente al ordenador, busco el significado que la RAE da a la palabra. "Puritano: 1. Dicho de una persona: Que real o afectadamente profesa con rigor las virtudes públicas o privadas y hace alarde de ello.” Esa es la definición que más me conviene, pobre para mi gusto y ambigua como nuestra Constitución para la clase política. Me llama la atención lo mal redactada que está.
Dioni sigue con lo suyo, está preocupado por si Amara se siente ofendida, quiere explicarle que para él la libertad lo es todo, que respeta la suya. Se traba, se pierde y al fin consigue que Sara se ría y ataje el barullo con una de sus salidas.
-Creo que eso ya lo sabe. Amara solo quiere saber lo que para ti es ser promiscua. En pocas palabras: ¿cuántos tipos hay que tirarse y de qué modo, para serlo?


Por las mañanas escribo mi tercer libro, por fin el largo capítulo de mi aventura con Lourdes en Perú. Por las tardes escribo el último capítulo del segundo, que precisamente trata de cuando la conozco.
La historia con Lourdes es, quizá, la más intensa y perturbadora, dos palabras que la definen a la perfección; tal vez por eso me ha costado tanto enfrentarme a ella.
Pronto editaré el primer libro. Espero que salga barato. Con solo cubrir los gastos tengo bastante y si gano algo, pues mejor. Con el dinero que saque podré invitar a mis lectores incondicionales, a los que me han ayudado y han confiado en mí, eso en caso que quieran.

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lunes 16 de enero de 2012

ANNA, SIEMPRE ANNA... A vuela pluma

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La cena es amena, podría serlo más, pero Mónica parece apocada, quizá por haber recibido noticias de Anna, de su estado de salud, tan fuerte por fuera como quebrantado por dentro. Es la primera vez que recibimos su correo al unísono, como resultado de mi audaz, temerario, osado… me río, suicidio.
-Popol, lo que has hecho es un suicidio –me dijo entonces, con una bien dibujada y sincera sonrisa.
-Si sale bien no –respondí tranquilo.
Salió bien. Era tan insospechado, arriesgado, desconcertante, insólito… me río, que tenía todos los números para salir bien. Estaba calculado y si no, pues a la mierda.
A veces pienso que la busco, tanto que lo que es suerte parece infortunio; pero no, ni hay suerte ni es infortunio sino el producto de una formulación bien planteada.

La cena transcurre agradablemente. Jep es un gran anfitrión, aparte de buen cocinero. Lo observo, no parece desconcertado o perturbado, como ahora gusta decir entre los culturillas de última hornada. Enfrente están los dos gigantes, Mario y Claudio, justo al lado de Mónica y de Amara, que no sabe de qué va la cosa, atentos a sus gestos, a su semblante preocupado. A mi lado el químico y el ingeniero, un poco más lejos el gran Dioni, nuestro enlace con la CNT; a su lado la dulce, tierna y valiente Sara, a la que no conoce. Junto a Jep está Tomás. Faltan Helena y su amigo, del que ahora no recuerdo el nombre; pero, qué más da si ninguno es el real, ni siquiera el mío. Solo Anna, siempre Anna.
-Acuérdate, será la primera semana de marzo, sobre todo no te olvides, y donde siempre.
Esta vez será una calçotada y vendrá Helena, también Julio y algunos más, como Jordi. Quizá consiga que venga María, aunque con lo sentida que es, tal vez le dé coraje encontrarse con Jep, enfrentarse al hombre que manipuló.

-¿Por qué no te dedicaste a la política, Popol? Quizá las cosas no serían como son, te habríamos seguido…
-Porque éramos soldados, militares o lo más parecido a eso, y los soldados no hacen política –respondí entonces, ahora hace un año, en una calçotada parecida.
Podría haber dicho que no estaba preparado, que ninguno lo estaba; pero, ¿quién de los que hay lo están?
Qué más da, pienso. Seguramente habríamos terminado fatal, las cosas ya habían sido decididas y nosotros nos habríamos convertido en un estorbo, lo sabíamos y nos habríamos enfrentado como sabíamos, de la única manera que conocíamos, y nuestro tiempo ya había terminado. O no, quizá no, quizá hubiéramos triunfado y todo sería distinto, radicalmente distinto, peor o mejor; pero ahora qué más da.

Observo a Mónica, sus ojos se cruzan con la míos, le sonrío, intento infundirle tranquilidad. Anna saldrá de ésta, intento decirle con la mirada.
No es malaria, hepatitis… es su corazón, sus riñones, su hígado. Nada que no pueda curarse con un buen tratamiento, aquí o en cualquier lugar, con buenos médicos, con buenos aparatos. Pero no quiere abandonar a sus amigos, a su gente; no quiere ser distinta, ser más que ellos, antes prefiere la muerte. Mónica me mira y sé lo que piensa, Hoy mismo ha hablado con Biel sobre lo que cuesta un billete. Tal vez sea ella la que falte a la calçotada.

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lunes 2 de enero de 2012

...EL BLUES DE AMARA... (Una Noche Vieja)

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-Hace tiempo que no llaman.
La miro… No sé si reírme, como siempre hago, o tomármelo a pecho. En realidad lo que debería haber dicho, es que hace tiempo que no habla con él.
-¿Qué estarán haciendo?
Lo normal, podría responder con ironía, pero prefiero el silencio. Jep no hace nada que ella no se entere, sin que le aconseje, cuide.
-No sabe vestirse, la imagen no acompaña a su categoría –me dijo un día, preocupada porque nuestro amigo debía dar una conferencia, siendo obvio que para Mónica la imagen siempre ha sido lo de menos.
-¿Qué hacemos? –Me preguntó un día, no recuerdo el año, al enterarse que Jep no podría estar por Noche Vieja. –No podemos dejarlo así como así.
-¿Qué quieres? ¿Ir con él a París? Puede ir Mónica si quiere –espeté sin cuidado.
Como respuesta se encogió de hombros. Aquel día estuvimos a punto de discutirnos, no por él y su presunta soledad sino por el tono de hastío de mi respuesta. Pero Jep llegó a tiempo y estuvo entre nosotros. Por la noche, después de las doce campanadas, que, como siempre, tuve que tocar yo, bailamos, él con ella y Mónica conmigo.
-Hacen buena pareja –me dijo mi amiga, antes de darme un beso. –Siempre temo que un día desaparezcas con Amara, por no poder resistir tanta presión.
Aturdido la miré a los ojos, yo sentía el mismo temor hacia ella, solo que nunca me atreví a confesarlo. Nos sentamos, cada uno con su pareja, compañera… pero, cuál es la mía, si ya he perdido la cuenta.
Amara se viste como me gusta, con lo que le compro con tanto cuidado, y su corte de pelo es de mi agrado, dejando su largo cuello descubierto; y me habla y acaricia con ternura, pero tendría que ser ciego para no darme cuenta a quién todo va dirigido. Mónica alza la vista y me mira, sus ojos denotan burla, igual que su torcida sonrisa. Nada se le escapa o quizá es que ha notado lo mismo de Jep.
Ahora bailamos, esta vez cada uno con su compañero.
-Estoy enamorada de dos hombres, Popol, y no quiero perder ninguno de los dos. Cuando cada mañana vas al trabajo, siempre temo no volver a verte, y al oír que llegas me entran ganas de llorar de alegría. Eres mi amigo y mi compañero, no lo olvides nunca.
Muy cerca Mónica y Jep bailan abrazados. Algo más lejos Mila charla animadamente con Biel y Anna, mientras Joan y Vicki lo hacen con una pareja que ninguno de nosotros sabe de dónde ha salido. Y recuerdo las palabras de Mónica en el 2CV, de vuelta de La Cerdaña, después de nuestra primera aventura tantos años atrás. La misma idea, el mismo sentimiento, casi las mismas palabras.
Un día, tal vez fuera el de su extraña declaración, Amara me preguntó qué pretendía de ella. –Que seas libre, absolutamente libre, tanto que lo perdería todo por tu libertad, incluso a ti misma –respondí entonces, igual que haría ahora.

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Un cantante alcohólico vocifera como un energúmeno unas horribles canciones, mientras Amara y Jep bailan y se acarician. Mónica y yo también bailamos, pero sin mostrar tanta pasión, y Xenia, la hija de nuestros amigos, asiste impasible a nuestra demostración de amor junto a su compañero, de la misma manera que ahora hace un año, lo hicieron mi hija y mi yerno.
Ya no fingimos, hace tiempo nos cansamos de simular y guardar las apariencias, ahora ya solo guardamos lo que fuimos, nuestra vida secreta, que en poco tiempo y tras la edición de mi segundo libro, quedará al descubierto.
Cojo la botella de Cava y arrastro a Jep hasta un reservado, para resguardarnos del atroz ruido. Amara y Mónica siguen bailando, esta vez en compañía de Xenia. Y hablamos de amor y de sexo con el compañero de su hija, que nos ha seguido, no sé si por la botella o por huir del enloquecedor ruido, que escucha en silencio la intensa conversación sobre nuestras antiguas amantes, lo que fueron y en lo que se han convertido, lo que hicimos y dejamos de hacer con ellas. Y explico que sigo buscando a nuestros viejos amigos, hombres o mujeres, me da lo mismo. Le hablo sobre mi reencuentro con Carlota, de su hija, tan bella y desinhibida como ella; de Inma, famosa actriz de cine y de teatro, a la que apenas conoció; de Lourdes, a la que parece que la tierra se la haya tragado.
-El poder de la red es inmenso, todos terminamos saliendo.
-Yo no, no salgo en ninguna de esas redes sociales –responde.
Y me río, porque Jep, como Anna, es de los que más salen. Solo hay que escribir su nombre en el buscador y seguir su rastro. El de Anna se pierde a partir del 2008, cuando marchó a la selva, pero qué más da si ya sé dónde está. Y hablamos de ella, de cómo hacía el amor, pero no de lo sucedido en Birmania. Y le hablo de mi largo período de impotencia y cómo con su ayuda conseguí solucionarlo. Me sorprende que no lo supiera, que Mónica fuera tan discreta en eso, cuando fue quien llamó a mi querida amiga, para ponerla al corriente y preguntarle qué debía hacer para solucionar el mal.

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martes 20 de diciembre de 2011

LOS MISMOS PERROS

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¿Alguien duda que si los dejaran, aquí harían lo mismo? No os engañéis, son los mismos perros, pero con distintos medios.



Mi hija dice que una cosa es escribir para gente normal y otra hacerlo de manera parecida a Vargas Llosa. Evidentemente, aunque me encantaría, ni de lejos escribo como él, sin embargo, la comparación me ha satisfecho tanto que he decidido no hacer caso a sus correcciones, que se circunscriben a eliminar comas y puntos. Amara, al contrario, dice que, salvo las primeras páginas, su corrección es meramente anecdótica, en gran parte por mi afición, según ella, por el eso. Maravilloso pienso, pues es de lo que estoy más seguro.
-Está muy bien escrita –me aclara con un punto de orgullo.
Por supuesto se equivoca. Mi querida maestra opinaría lo contrario, precisamente las primeras páginas fueron corregidas siguiendo sus indicaciones. En todo caso eso demuestra que en esta vida solo hay algo seguro: que nos morimos y que dios no existe, el resto carece de reglas excepto el cosmos, a menos que el bosón de Higs sea un espejismo, que podría serlo.

Al y Bel acaban de volver de Cabo Verde. Ayer organizamos una cena en su honor para recibirlos como merecen, en la que había suficientes proteínas y calorías para un regimiento. Nos habían dicho que pasaban hambre, que allí la vida es muy dura, que hay poca comida, que no hay carne ni verdura, que son muy caras. A él le levanté la camisa y vi que había vuelto con algo menos de barriga. A ella no hizo falta, por sus curvas deduje que había engordado ligeramente. Y recordé lo delgado y fuerte que volví de Cachemira, mientras que Anna terminó engordando un poco y fortaleciéndose mucho más que yo.
Al apenas ha adelgazado y Bel ha engordado, que falta le hacía. Es curioso, podría ser una coincidencia, pero no, no es eso, Santiago Genovés apreció la misma diferencia entre los hombres y mujeres de su expedición atlántica. Pienso que debería hacerse un estudio sobre este curioso tema.

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sábado 17 de diciembre de 2011

...EL BLUES DE AMARA... TESA

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Masacre de coptos en el Cairo por parte del ejército.



Llevo 84 páginas escritas, de las que apenas quedarán 50 después de haberlas pasado por la censura, a menos que mi tercera novela termine siendo un gran y extenso relato erótico.
Excepto la parte emotiva de mi relación con Amara y mi aventura en Perú con Lourdes, que aún no he escrito, el resto es puro y salvaje sexo, y no puedo evitarlo, ya que sin él la historia carece de realidad.
Hoy, mientras escribo, me pregunto cómo pudimos llegar tan lejos y soportarlo sin afectar nuestra convivencia, nuestro amor, la paternidad y la educación de nuestros hijos.

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Para ella Tesa fue una buena amiga, la mejor, y aún lo es aunque a veces pierda la perspectiva. Ayudó a Amara en su aborto, en sus desgraciados lances amorosos y familiares, a superar el terrible trance de su violación y de los innumerables asaltos que padeció. Siempre estuvo con ella, para lo peor y lo mejor, de manera que el día de nuestra boda, al venir sola hice que se sentara a mi lado.
Tesa vivía como era, arriesgadamente y sin medir las consecuencias. Tenía dos novios, uno en su pueblo, fotógrafo de Sant Quirze de Basora, y otro en Barcelona, aparte de un amante en Vic con pretensión de ir a más y algún que otro amigo del hospital. Era una mujer divertida y, tras una apariencia nerviosa y alocada, escondía un carácter tranquilo, reflexivo y un privilegiado cerebro. Pelirroja, delgada, con un precioso y bien formado cuerpo y guapa de cara. Por su carácter y su físico llevaba de coronilla a los hombres y podía tomar el que quisiera; y le gustaban de todo tipo: jóvenes, maduros, pequeños, grandes; solo exigía la fidelidad del amigo, algo muy difícil, porque de ellos lo que más le atraía es que fueran calaveras, muy calaveras, y de todos es sabido que eso no hace buenas migas con la fidelidad.
Amara no solía mezclar amigos. Con Tesa se encontraba muy de tarde en tarde y solo para algunas salidas privadas: una cena de compañeros de trabajo o cuando se llamaban para presentarse un amigo. No obstante, un par de veces había coincidido con Jep, manteniendo la justa distancia al ir siempre acompañada, pero sin poder disimular lo mucho que le atraía. Amara y yo nos reíamos por ello, solo de ver la lánguida mirada de ella, su característica manera de hablar, de levantar el mentón; y la palabrería de él, tan interesante, inteligente, segura y amena cuando quería seducir a una mujer. Sin embargo, y pese su arrebatadora sexualidad, a Jep le faltaba lo primordial: ser o parecer un calavera, algo que yo sabía simular y que a Joan le sobraba.
Había algo que Tesa cumplía a rajatabla: el respeto por la amiga. Solo por el hecho de ser el compañero, un amigo demasiado íntimo o que percibiera un asomo de interés hacia él por parte de ella, Tesa, por mucho que el tipo le atrajera, se mantenía en un discreto segundo plano. El mundo para ella estaba repleto de hombres de su gusto y no tenía necesidad de cosecharlos entre los de sus amigas, por eso me sorprendió tanto lo ocurrido en el barco, el fin de semana que por fin coincidimos con ella y Joan y Vicki.
Hacía tiempo que Amara quería invitarla, pero dado lo difícil que era conseguir que coincidiéramos, lo iba atrasando un mes tras otro. Tesa pasaba los fines de semana en su pueblo y siempre que podía hacía una escapada a Vic. Entre semana vivía en un piso compartido con una simpática amiga de su pueblo, que, atónita, asistía a la complicada vida amorosa de su compañera, convertida en forzosa cómplice al atender las desconsoladas y largas llamadas desde Sant Quirze.
Jugábamos con el velamen y el curricán, con la seguridad que si algún bicho picaba sería por casualidad. En esos casos nos permitíamos poner una buena cucharilla con grandes anzuelos, solo por el gusto de imaginarnos que podíamos pescar un gran depredador. Recién habíamos terminando de comer y hacía rato que notábamos a Tesa un poco tensa, como si esperara algo que supiera que nunca llegaría. Parecía hablar con Amara casi en clave, cosa que nos incomodaba, no así a Vicki que les seguía la corriente de forma burlesca. De pronto Amara entró en la cabina, desnuda como siempre, provocándonos con su mirada y potenciando al máximo su atractivo con su arrebatadora sensualidad. Joan, después de lanzarme una mirada que casi parecía pedir perdón, le lanzó una provocativa bulla intentando pellizcarle el trasero. Y la seguimos como corderos seguidos de la burlona mirada de Vicki. Nos esperaba apoyada en la mesa de mapas, espléndida como siempre, pero su semblante había cambiado, casi mostrando disgusto.
-¿Os gusta Tesa?
- Claro –respondimos sorprendidos por la pregunta.
- En este caso y a menos que os sepa mal por algo, me gustaría que os la tiraseis. No está bien que Vicki y yo pasemos el fin de semana follando con los dos y ella no, supongo que lo entendéis.
En pocas palabras nos estaba diciendo que su amiga deseaba tener sexo con nosotros y que ellas no solo estaban de acuerdo sino que nos exigían que la atendiéramos como merecía.
Tesa era una maravilla, tanto en la cama como fuera de ella y, como era habitual con nuestras compañeras, el fin de semana terminó siendo una explosión de inesperadas e inimaginables sensaciones.

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