PIENSAS DIFERENTE, VOTA DIFERENTE

jueves, 17 de mayo de 2018

Carla

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Hace poco me topé en el tren con un tipo al que no veía hace tiempo, y que después de estar charlando un rato sobre viejos conocidos, me dijo:
-¿Sabías que Carla murió, no?-
Lo dijo mirándome fijamente durante un instante, escudriñando mi reacción, seguramente para descubrir el sentido de mi vieja relación con ella.
No le di el gusto. Carla fue demasiado importante para mi; sin embargo, si que le respondí con una verdad incuestionable, a la que pocos le dieron valor.
-Ha sido la persona más inteligente que he conocido en toda mi vida-

Hoy escribiré a Anna y a Mónica, a nadie más. Joan nunca habla de ella, de modo que no me voy a molestar. ¡Hace tantos años! Cuarenta al menos. Yo muchos menos por un encuentro fortuito, y otro en mi casa en un intento por retomar el contacto.

Carla fue una de las personas que más influyó en mi vida y mi manera de pensar, y sí, sin duda la más inteligente que haya conocido jamás. Y ahora mismo os puedo asegurar que es mucho.
Hubo un tiempo en que Carla me lo enseñó todo, algo difícil para un hombre que, pese su juventud, había vivido más de lo habitual e incluso de lo aconsejable.
Carla llevó mi mente y mi cuerpo al límite, y tras haberlo conseguido seguramente se aburrió, tal como hacía con todas las personas que iba conociendo.
Tendría veintiún años cuando la conocí, pero veintitrés cuando Joan y yo decidimos vivir con ella. Una experiencia que para mi fue inolvidable en todos los sentidos. Con ella experimenté la ternura más salvaje, sin ningún prejuicio. Fue tan intensa la relación, que llegó un momento en que creí que ya nada podría sorprenderme en el mundo; sin embargo, fue ella, una vez más, la que me mostró que cualquier cosa o persona, hasta la mirada o la rabia de un animal, puede enseñarte a ser más humano. Incluso una vez muerta, con su recuerdo y sus respuestas, Carla sigue enseñándome. Pero ahora ya sé que nunca más podré volver a hablar con ella.
Y podíamos pasar horas hablando de sociología, economía, biología, sanidad, daba lo mismo la materia, con una profundidad y sabiduría que ya nunca más podré disfrutar.

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miércoles, 2 de mayo de 2018

Pocas cosas han cambiado en 47 años

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El veintidós de diciembre de 1970 estaba con mis compañeros sentado en las escalinatas de la Catedral de Barcelona. Habíamos terminado de desmontar la parada de la feria de Santa Lucía, la primera “hippie” de aquel mercadillo de belenes y adornos navideños, donde vendíamos productos de artesanía fabricados por nosotros mismos. Teníamos curiosidad por saber cómo terminaría la manifestación a favor del régimen fascista, que en aquel momento bajaba por el Portal del Ángel, y la que subía por Vía Layetana en contra de la dictadura por el Proceso de Burgos, que también se dirigía hacia nosotros. No estoy muy seguro del orden, porque hoy no recuerdo con exactitud cual de ellas subía y bajaba.
Y cuál fue nuestra sorpresa que al encontrarse las dos se disolvieron pacíficamente, recuerdo que sin gritos ni reproches por parte de nadie. Eran otros tiempos, en los que el fascismo gobernaba con absoluta libertad, por lo que no necesitaba el actual histrionismo violento de los partidos del régimen para reclamar su legitimación democrática.

Entonces tenía diecinueve años y era joven e inexperto, y debo reconocer que mis amigos y amigas unos colgados. Estoy seguro que en aquel momento lo estaban. Un año más tarde empezó mi entrenamiento en subversión, con él no habría estado sentado a la espera de lo que pudiera pasar, sabría perfectamente que quien menos pinta es el que más recibe, por lo cual me habría situado en un lugar mucho más escondido para memorizar las caras de ciertos personajes, que también gustaban de pasar desapercibidos, pero fáciles de encontrar por deambular con aparente curiosidad cerca de las fachadas y de algunas puertas. Más tarde recuerdo coger un autobús para ir a mi casa. También que por casualidad, al observar los manifestantes de uno y otro bando que subían conmigo al autobús, descubrí que dos policías secretas me estaban vigilando.
Os preguntaréis cómo pude descubrirlo. Pues muy fácil, no obstante mi falta de experiencia en la subversión, me había acostumbrado a reconocer a los policías que nos vigilaban intentando descubrir quién de nosotros comerciaba con droga y dónde la escondía. Debo decir que nuestro camello, el único que teníamos, era hijo de un comisario que conseguía la droga por las requisas. Como podéis ver nada ha cambiado, ni siquiera eso. La policía mantenía a un camello de confianza para controlar el resto de los que trapicheaban, poder detenerlos y requisar su mercancía para retornarla al mercado. Entonces creía que la inútil vigilancia servía como disimulo, sin embargo, tiempo después descubrí que entre la policía también había bandas que se hacían la competencia, algunas incluso honestas.
Me alarmé con razón, de modo que desvié mi trayecto y aparecí en casa de mis padres, que se alegraron de mi visita. Así mis compañeros de comuna, es decir mi familia, quedarían a salvo de cualquier investigación. A los pocos días mis padres recibieron la visita de un policía para alertarles de mis malas compañías.

Son anécdotas que hoy recuerdo con cierta nostalgia.


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domingo, 29 de abril de 2018

¿Qué son los malditos celos?

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Ayer una amiga de hace poco me preguntó si había sentido celos alguna vez.
De joven Anna me engañó sin necesidad. Me disgusté y la abandoné. Lo hizo con mi amigo hermano Artur, que también se sintió engañado por ella. Con el tiempo la perdonamos, debo decir que muy rápido.
Anna nunca ha sido muy delicada en estas cosas.
Si no hay engaño no siento indisposición.
Mi amiga dice que eso es imposible, que todo el mundo es celoso, unos más y otros menos.
Me pregunto qué son los celos, qué siente la persona cuando los tiene. Yo no sé lo que son, no los conozco, por tanto no puedo juzgarlos ni medirlos.
Mi amiga me observa entre preocupada y sorprendida, para ella una persona normal ha de ser celosa si o si, aunque no demasiado para no caer en la enfermedad.
Y me río porque ahora sí se ha descubierto. Para ser normal has de sentir celos, ¿pero cuántos?
¿No será que el normal soy yo?
Quizá la anormalidad sea lo suyo, eso que para ella entra dentro de la normalidad.
De todos modos ella seguirá siendo normal y me gusta así, porque la belleza de una persona se transmite a través de su espíritu; y si para eso necesita sentir celos, ni muchos ni pocos, para mi ya está bien. Y yo seguiré siendo normal, porque me siento a gusto tal como vivo, sin saber qué son los malditos celos; y es que cuando uno no conoce la existencia de algo, tampoco siente la necesidad de poseerlo.

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miércoles, 7 de marzo de 2018

De cansancio


Hay días que me acuesto rememorando las cosas que hemos hecho, amigos y amigas con los que compartí curiosas vivencias, y me duermo sin poder entender cómo lo conseguimos, o algo que en principio debería ser más sencillo, quiénes somos. 
La vida no era más fácil entonces que ahora, ni tampoco más sencilla. La gente se movía por lo mismo, aunque las cosas parecieran más reales. Entonces no existía tanta virtualidad, pero si la suficiente.

Hoy, después de hablar de economía con mi hijo, y de política española y catalana con mi compañera, he pensado sobre lo que mejor he sabido hacer y que todavía no he olvidado, e incluso mejorado con las nuevas tecnologías.
Curioso que tras tantos años de trabajo y de estudio, y con sesenta y seis años, lo que mejor domine sean artilugios para eliminar al prójimo y cosas que mejor no contar.
Eso de la política y de fingir lo que no soy, ya no está hecho para mí. Será los años, que me han cansado o gastado, que viene a ser lo mismo. Será que estoy harto, y que con el tiempo y la vejez he aprendido a valorar la verdad y a vivir con ella.

lunes, 26 de febrero de 2018

ROB Y AMARA

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Eso de que el chico malo es más atractivo es un camelo, dice. Los que más y mejor placer dan son los más tiernos y los que más respetan. Lo demás son pamplinas de mujeres poco o mal folladas.

Y Richard, que eso lo ha pillado desprevenido, afirma con la cabeza, no porque lo supiera sino porque tiene sentido, aunque no coincida con lo aprendido. Y yo, que ya no puedo aguantar por mucho tiempo la risa, observo a Rob, que de los cuatro británicos es quien se ha llevado la mejor parte. Alto y desgarbado, con una cicatriz que va desde la oreja hasta vete a saber, porque Amara todavía no me ha contado. Pero una cosa si que tiene, es fuerte, muy fuerte, eso que a ella tanto le gusta, aunque no sea requisito imprescindible. Cada centímetro de Rob es músculo, y tiene muchos, de lo contrario no se entendería su éxito en el rugby de su país. Su cabello, de corte impreciso, es espeso y muy desordenado, hace juego con una vestimenta sin evidencia de marca. En eso nos parecemos, unos tipos que abrimos el armario y nos ponemos lo que hay en el primer colgador, y como más desgastado mejor. De mirada inteligente, que para muchos podría ser inquisitiva, y poco expresiva excepto para Amara, que parece entenderlo precisamente por ella.
Al contrario de lo que se espera, su apretón de manos es justo y muestra la delicadeza de su espíritu; su voz, sin embargo, es tan abrupta como seca, y pocas veces tienes ocasión de escucharla.

Las tres mujeres de mi vida, Anna, Mónica y Amara. El amor que siento por Mila es distinto, es el del hermano amigo. Las tres esperan y dan lo mismo, ternura y respeto, pero con distinto éxito. Anna, la más preparada por su profesión, es excesivamente suficiente y con todas sus parejas ha fracasado; Mónica, llana y sencilla, es tan osada que no mide las consecuencias y a todos da una oportunidad; y Amara utiliza la intuición con tanta pericia, que no le conocemos ningún fracaso. Amara acierta a la primera, no necesita asegurar porque su decisión ya asegura.

La intuición no es otra cosa que el proceso casi instantáneo de miles de datos almacenados en el cerebro. Seguramente Amara habrá almacenado las conversaciones, gestos y miradas de miles de pacientes. Empatiza con sus enfermos y sus familias, hasta un punto difícil de entender. Por años que pasen no los olvida y podría rememorar todas sus conversaciones. Pacientes gravemente enfermos, moribundos a los que acompañó en su último minuto, a sus familiares y sus amigos; y los enfermos, quieras o no, son los que más te enseñan, porque frente la tierna mujer que los escucha mientras los cura no levantan escudos. No, Amara nunca se equivoca, solo necesita la fracción de un segundo para saber cómo es aquella persona, lo que siente, sus debilidades y sus fortalezas, si miente, si le hará daño, si la satisfirá como ella espera. Amara lo sabe todo de todos sin necesidad que nadie le explique su vida.
El carácter de Mónica no deja de tener su lado positivo. A ella poco le importa que el hombre sea más o menos adecuado a sus deseos, siendo como es de un solo uso. Si sale mal lo olvida, y si sale bien quizá vuelva a usarlo una o dos veces más, pero solo quizá.
Tantas veces he visto a Mónica encogerse de hombros, ante algo que para otros sería un trauma, que ya nada me extraña.
Anna huye del hombre que la ama, lo aparte de su vida a no ser que lo pueda tratar como amigo y su amor no sea excesivo. Anna teme el amor, sin embargo, ama muy intensamente. Quizá por eso hemos sido capaces de mantener esta tan extraña amistad, tanto conmigo como con Pierre, lo más parecido a una pareja, que solo ve unos días al año, a veces ni eso. Dos hombres que, aun amándola intensamente, no interferimos en su vida.

Rob es, podríamos decir, el ideal de toda mujer, el amante perfecto, de un país lejano, tan educado que casi pide permiso antes de seducir y perdón por ser seducido; tierno, fuerte y cariñoso, sin problemas de pareja y con el dinero suficiente para hacer lo que quiera. Rob no siente celos, al menos eso aparenta. Puede compartir su amante con sus amigos, incluso conmigo, y lo celebra. Solo de una cosa se arrepiente, no haberla conocido antes; pero eso no dependía de él sino de la fortuna.
Y Amara es el ideal de cualquier hombre, tan bella como culta, sin ningún prejuicio y maravillosa en todos los aspectos. Amara carece de vida paralela, no sabe separar su vida familiar de la de sus amigos, porque para ella todos son parte de su vida. En eso somos muy distintos, yo tengo mi vida y solo espero que nadie se inmiscuya; ella, sin embargo, la comparte sin ánimo exhibicionista, sobre todo conmigo. Y si Jep y yo, que solemos hacerlo, nos quejamos, responde:
- Sois mis amigos y necesito compartirlo.
Rob es lo más parecido a nosotros, aunque aún más reservado. Rob evita entrar en detalles y lo consigue gracias al idioma.

Ella se levanta, se supone que para coger algo que ya buscaba con la mirada, pasa por su lado y aprovecha para hacerle una caricia con su cuerpo. Se lo hace a todos, es habitual en ella, a Jep y a mi a veces con solo la mirada; sin embargo, con él es especial, mucho más sensual y con más tiempo, sin descaro, pero tampoco disimulando. Jep lo lee como una invitación al sexo, lo veo por su mirada; yo, sin embargo, lo entiendo como Rob, Amara se rige por impulsos instintivos, y en este momento quien más la necesita es él. Su expresiva y sensual gestualidad hacia él no es muestra de más amor que al resto, sino de ofrecimiento. Sin expresarse con palabras le está diciendo:
- Has venido de lejos, sé que por mi, y aquí me tienes para lo que te plazca.
Y él quizá no pretenda sexo sino solo estar con ella, con la ternura y seguridad que la preciosa mujer le brinda, aunque sepa que al final también lo disfrutará.

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jueves, 15 de febrero de 2018

Hacer el amor solo con palabras y sonrisas

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De mi abuelo aprendí muchas cosas, una de ellas y la que más he utilizado, es que mi mano derecha nunca debía saber lo que hacía la izquierda. Esta simplicidad es, quizá, lo que más me ha ayudado a mantener mi libertad y la vida.

Ayer vino a cenar a mi casa mi vieja y querida amiga Mila, que nos quería explicar su última aventura, un viaje de casi un año por todo el mundo y en solitario. Y hablamos de Anna, la había recordado al visitar el sur de la China, justo en la frontera con Myanmar, y de cómo nos ayudó Artur para conseguir su liberación.
No sé nada de Anna, hace tiempo que no hablo con Mónica de ella, no obstante, no la olvido, no podría, y aún menos de aquellos días.

Al poco de volver me hice pirata. No sé si tiene algo que ver, supongo que si. La política en este caso y para mi se había convertido en catarsis. Jamás me he sentido ligado a una tierra, a una tribu o a una bandera, y Pirates era lo que más se acercaba a mis inquietudes y mi manera de ser. Hace muchos años descubrí que podía sentir más empatía hacia un pastor pashtun, con su kalachnikof en el hombro y dispuesto a matar a cualquier ser humano que le quisiera robar, del que solo entendía su sentimiento al cantar, que a mi vecino del quinto.

Hoy, mientras andaba rápido hacia la Fundación, he recordado aquel viaje y lo primero que Anna me dijo al abrazarla y sacarla de su celda, palabras que me conmovieron tanto que me hicieron llorar. No recuerdo sus lágrimas, quizá las mías impidieran ver las suyas. Torturada, maltrecha, muy delgada, tanto que casi no sentí su peso al levantarla y llevarla en brazos.
-T'estava esperant.

Diez mil kilómetros y casi una vida. Y más de doscientos por caminos intransitables y un ejército desquiciado entre los dos. Prisionera y torturada en un pequeño, miserable y sucio cuartel. Y sabía, estaba segura que sería rescatada, y que sería yo, que no sabía nada de ella desde hacía treinta años.
En caso de muerte o enfermedad, a sus compañeras de lucha les había dado solo una dirección, la de su hermano. De caer prisionera, la de Mónica. Y Mónica no dudó.

Y al día siguiente, sentados bajo su casa del árbol y con los monos intentando robar mi comida, hicimos el amor solo con palabras y con sonrisas, olvidando el tiempo transcurrido.
Ha pasado casi siete años de aquel día, yo estaba a punto de cumplir los sesenta. La última vez que la había visto faltaba muy poco para cumplir los treinta. Y no habíamos cambiado. Hay personas que no saben o no pueden hacerlo.

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domingo, 4 de febrero de 2018

¿Qué pasa en Catalunya?

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Este artículo solo pretende ser un análisis frío y personal sobre lo que está pasando en Catalunya. Excepto la primera parte, las ideas que en él se exponen no necesariamente son compartidas por el editor.

 
En anteriores escritos, en los que hablaba de mis experiencias y viajes por el resto del mundo, siempre he explicado que apenas existe diferencia de talante social entre un español y otro ser humano de cualquier país, sociedad o cultura. Quizá si y muy ligera con respecto a unas pocas sociedades europeas, pero de ningún modo con la subsahariana, la panjabí, la del blanquito peruano o la de un indio del Altiplano. Curiosamente las sociedades más democráticas que he podido observar están donde menos llega el Estado; es decir, en las poblaciones más aisladas del Himalaya, castigadas por la guerra y la represión, y en los poblados indígenas de los bosques amazónicos. Por contra, la sociedad desarrollada con un espíritu más democrático, que es lo mismo que decir transigente y respetuoso con las ideas del contrario, es la francesa, lo cual no significa que lo sea con el resto del mundo. Por lo cual y solo desde mi percepción, una sociedad muy democrática puede regirse con un sistema impuesto y dictatorial; mientras que una sociedad que cada cuatro años elige con supuesta libertad a sus representantes, puede tener un talante autoritario.

Ustedes me dirán que generalizo y que en todas las sociedades hay personas con más o menos talante democrático. Y, por supuesto, de totalitarios y demócratas los hay en todos los sitios, pero en unos más y otros menos; y para percibirlo no hace falta mucho esfuerzo intelectual, solo con mantener despierta la curiosidad es suficiente.
En cualquier población o ciudad francesa, sea grande o pequeña, se percibe más respeto por el vecino, su origen, sus ideas y su religión, que en cualquier lugar de España. Con solo ir a un bar, un campo de fútbol o a una discoteca de ambos países, se puede apreciar la diferencia. La justicia tampoco es ajena a esta diferencia, proferir un insulto racista en Francia o simplemente mostrar simbología fascista, puede ser motivo de ser procesado; en España, sin embargo, lo puede ser mostrar un excesivo o impetuoso rechazo a los mismos.

El error del soberanismo catalán no ha sido confiar en la justicia española, completamente mediatizada y dependiente del poder central, sino entrar en su juego. De todos es conocido quién nombra al poder judicial y de quien depende su salario y su futuro profesional. En España los mismos jueces reconocen por escrito y sin rubor su dependencia, el último ejemplo ha sido del mismo juez Llanera, al impedir la liberación de un prisionero en prisión preventiva, simplemente por motivos ideológicos y de opinión, confirmando en su propio auto que se trata de un preso político.
Hace poco podíamos ver a P
ablo Rivadulla Duró, más conocido por Pablo Hasél, sentado en el banquillo de la Audiencia Nacional, confirmando el gran teatro en que se ha convertido la justicia española. Su alegato final no tiene desperdicio: Si fuera un fascista que deseara bombas a los catalanes, homosexuales e inmigrantes, no estaría aquí sentado”.
Todavía más duro ha sido el comunicado del Síndic de Greuges catalán, que nos descubre la intención final del Tribunal Constitucional, que no es otro que destruir de manera definitiva la democracia española, convirtiendo la resolución del 27 de enero en precedente jurídico.
La sociedad soberanista, que no independentista al contrario de lo que nos hacen creer, jamás tendría que haber aceptado la justicia española. El auténtico triunfo del presidente Puigdemont y de los consejeros exiliados ha sido haber despreciado a la justicia española, negándole cualquier autoridad moral; y demostrarlo al rechazar dicha autoridad un sistema judicial realmente independiente y democrático como el belga. Los políticos presos no tienen que implorar su liberación a la justicia española, en todo caso se la tienen que pedir a la ciudadanía que pretenden representar.

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Lo que llama más la atención es la indiferencia de la ciudadanía española en averiguar el porqué una sociedad como la catalana, que se sentía relativamente cómoda en España, pese las amenazas económicas y militares, y la más que segura expulsión de la UE, ha terminado por querer marchar sin necesidad de moverse de su casa. La sociedad catalana, al igual que la vasca, ha podido desprenderse de la enorme corrupción política que la atenazaba, tan intensa como la del resto de España y seguramente casi de media Europa. El catalán, incluso el que prioriza su pertenencia al estado español, ha conseguido expulsar de la vida política a los políticos corruptos, o al menos los que se ha podido demostrar que lo eran. El separatismo catalán, que sin duda empezó cuando España le negó el Estatuto de Autonomía, el mismo que aceptó a Andalucía y Valencia, y con los dos boicots a sus productos, ha aumentado con la frustración producida por la crisis y el hartazgo hacia el resto de los españoles, por su resignación y derrotismo hacia la corrupción. 


Los políticos catalanes han sabido mostrar, con sus proyectos de ley socialmente avanzados, a favor de las energías renovables, de la defensa de los desahuciados, de la libertad de expresión, del impuesto a la banca, etc., todos ellos rechazados por el Estado español, que fuera de España podríamos parecernos a un estado moderno y europeo, pero que dentro nunca saldremos de la corrupción y del fascismo. Por supuesto, no es seguro, sin embargo, la mera ilusión de poder abandonar “el nido de podredumbre en que se ha convertido España” (textual), ha llenado de esperanza e ilusión a una mayoría de catalanes, que están seguros que si consiguen administrar sus recursos y decidir sus leyes, las cosas irán mejor, sino económicamente, al menos si con dignidad.

El independentismo catalán ha dejado de pertenecer a una ideología o tendencia política, no es de derechas ni de izquierdas sino de más de dos millones de personas, que año tras año van aumentando, con un proyecto común que, al contrario de lo que cree el resto de España, no es Catalunya en sí misma sino la necesidad de marchar de un lugar que para esos catalanes se asfixia en su propia podredumbre.

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viernes, 11 de noviembre de 2016

15M o Mayo del 68

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Cuando alguien me dice que soy un hijo del 15M, qué quieres, me río con ganas. Yo soy hijo del mayo del 68, es decir 43 años antes. Pero claro, para la mayoría de los que están aquí eso queda muy lejos y parece atrasado; de hecho lo parece incluso a los de mi generación, que por entonces pacían adormecidos por los prados del franquismo, por antifranquistas que parecieran.
Para que ustedes entiendan de qué hablo, les regalaré con algunas frases célebres, y luego ustedes me dicen si son del 15M o del mayo del 68.

“El poder tiene la radio y la TV y un gobierno a su medida. Nosotros vamos a explicarnos directamente en las calles, haciendo una política de democracia abierta”

“Prohibido prohibir. La libertad comienza por una prohibición”

"El derecho a vivir no se mendiga, se toma"

"Queremos las estructuras al servicio de las personas, no de las personas al servicio de las estructuras"

Pues si, son del mayo del 68. Y hay muchas más y mejores, al menos para mi, y seguramente más revolucionarias y liberadoras que las escuchadas por mis jóvenes amigos.

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viernes, 24 de junio de 2016

Al menos vota con Honestidad

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Durante la verbena de ayer un viejo amigo me preguntó por la consigna que los piratas habían lanzado para votar.
Evidentemente no nos conoce, los piratas somos demócratas, por eso no decidimos el voto de nadie ni lanzamos consignas.
Pero entonces dime a quién crees que votarán los piratas, me preguntó.
Mira compañero, un auténtico pirata solo puede votar a quien respeta la DUDH. No hay otra posibilidad.
Y mi viejo amigo, que de tonto no tiene un pelo, respondió: En Comú Podem, no porque la hayan respetado sino porque son los únicos que la defienden y todavía no han podido pasársela por el forro.
Mi amigo, que posiblemente ahora lea esta entrada, es nacionalista y de "centro derecha", por eso votará a ERC. Él lo tiene claro, no es pirata y le importa bien poco la DUDH, aunque eso no signifique que la entienda y me comprenda.

Hay piratas de todos los colores, de izquierda, de centroizquierda y hasta de centroderecha; incluso hay piratas nacionalistas, con sus colores respectivos. Pero la base de todos ellos es la misma, uno no puede ser pirata y, a la vez, condescender con quien no respeta la DUDH. Eso no significa que se pueda encontrar "piratas" que prioricen el nacionalismo o su interés económico por encima de la DUDH, pero entonces tendríamos que aceptar que estas personas no son piratas, aunque quizá tengan un cierto sentimiento secundario, casi de pasada, o simpatía hacia el movimiento.
En todo caso mi amigo, del que ya he aclarado que no tiene un pelo de tonto, no sabe que en el interior de En Comú Podem también hay quien no tiene ningún interés en respetar la DUDH.

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domingo, 20 de marzo de 2016

La maldición de la limosna

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Sería muy presuntuoso por mi parte decir que, por mis experiencias, he descubierto que en una sociedad que siempre ha ido sobrada, en tiempo de escasez la gente se mata por la comida; sin embargo, en una donde nunca hay para todos, solo el loco se sirve primero.
Cada día al pasar por detrás de la parroquia veo una pequeña cola de gente que viene a recoger su bolsa de comida. Es la desahuciada de la sociedad, la que difícilmente podrá recuperarse. Dicen que la crisis mengua, que hay más trabajo, pero la cola cada mes es un poco más larga. Hablo con amigos de otros barrios, personas que, al contrario que yo, ayudan. Me explican que cada vez hay más gente que, aun trabajando, no llega a fin de mes y no puede pagar todos los gastos y comer.
Debemos felicitarnos, hemos creado una sociedad trabajadora y pobre, que con su trabajo mantiene unas pensiones más elevadas que el salario que gana.
¿Cuánto tiempo podrá aguantar esta situación?
En una democracia el tiempo que haga falta, mientras los pensionistas sean más numerosos que quienes los mantienen. En una dictadura ya no.
Mis amigos no me preguntan por qué, estando tan implicado en la política, no ayudo. Quizá lo hagan por educación o quizá por miedo a mi respuesta.
no me gusta la limosna sino la justicia, por eso me impliqué en la política.
La limosna alinea y abotarga, convierte al ser humano en cliente agradecido. es curioso que entre mis compañeros de lucha, o en las manifestaciones y movilizaciones, no haya ninguno de los que reciben limosna, aunque sean los que más deberían pelear.

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