lunes, 26 de noviembre de 2018

De arrepentimiento

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Hay días que me levanto arrepentido de haber publicado ciertas historias, demasiado dolosas para muchos viejos amigos; por cierto, ninguno de los que defino como amigos-hermanos han mostrado reparo. Amigos-hermanos, aunque a estas alturas ya podría decir amigos-amantes-hermanos, y no es por necesidad de salir de un armario en el que nunca entré, básicamente porque soy heterosexual. Pero, seamos sinceros, son lo que son, amantes por encima de todo sin que sobre una coma.

Hace años una joven amiga me preguntó si me había acostado con algún hombre. Yo, que la conocía más de lo que ella imaginaba, respondí con otra pregunta.
Si tu amiga, a la que amas profundamente, un día te confiesa que está loca por ti, que necesita sentir el contacto de tu cuerpo y disfrutar de tu sexo, ¿cómo responderías?
Obviamente no respondió, ni falta que hacía, y tampoco volvió a preguntar porque tampoco tuvo necesidad.

¿A qué viene esto?
Pues que todos necesitamos guardar un mínimo de intimidad, aunque no pase de pensamiento o idea.
Y es que podemos contar lo que nos place, sea sueño o realidad. Lo podemos contar todo, excepto cuando puede ser doloso para los demás y queremos mantener la dignidad.
La desnudez es buena mientras no requiera la de otros, que no tienen ningún interés en mostrar sus vergüenzas.

En fin, que como pueden imaginar, de un tiempo a esta parte me estoy arrepintiendo de haber publicado una novela y escrito la segunda, que seguramente jamás publicaré. En eso difiero por completo de Mónica, que consiguió que le escribiera la suya para terminar guardándola en un cajón.

Si escribes, como mínimo ten el valor de publicar. No lo hagas solo para ti, porque los demás merecen utilizar tu historia, aunque solo sea para no caer en tus errores. Sin embargo, conociendo a mi amiga-
hermana-amante, quizá el valor sea tener en la mano una historia increíble y no publicarla.
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Últimamente me gusta colgar fotografías familiares antiguas, en este caso la de mi madre, mi abuela y mi bisabuela. Debo confesar que mi nieta guarda un gran parecido con mi madre, que heredó las facciones de su padre, fallecido cuando ella tenía solo once años.

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domingo, 18 de noviembre de 2018

Pretendemos ser lo que fuimos

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Hace años, muchos ya, pensé que contar mi historia valía la pena, no por asombrosa sino porque la creía corriente. Todos tenemos una historia que contar, me dije, solo que no lo sabemos o no le damos la importancia que merece.
Una de las anécdotas que más suelo recordar, es la del tipo que conocí de muy joven, en el examen de revalida del bachillerato superior, en el patio del instituto Menendez y Pelayo. Ambos nos examinábamos sin el soporte de ningún instituto, no sé si ahora puede hacerse, entonces se le llamaba ir por libre. El tipo, ahora no recuerdo su nombre, era algo mayor y era, eso si lo recuerdo por conocerlo, uno de los Setze Jutges. Había llegado de un viaje “a dedo” por toda la Unión Soviética, algo extraño para los españoles de la época por la dificultad de conseguir los visados, pero yo sabía que no era imposible. Me contó su viaje muy por encima, por el poco tiempo libre que había entre examen y examen. Me impresionó mucho, además de provocarme cierta envidia. Yo jamás podré hacer ni la mitad de la mitad que él, pensé en aquel momento. Quién me iba a decir que cuatro años después, muchos para un joven pero pocos en la vida de un ser humano, en un paraje mágico, rodeado de agua y de animales salvajes, y con solo la compañía de Anna, recordaría aquel encuentro y su conversación. En aquel instante me habría gustado hablar con aquel hombre, cuyas canciones y poemas me gustaban tanto, para explicarle que recordaba todo lo que me había contado, que lo tenía clavado en la memoria. Pero debió ser una idea fugaz, porque de aquel momento lo que más recuerdo es mirar embobado el Nanga Parbat y preguntarme si seriamos capaces de llegar a su cumbre. Eramos jóvenes y fuertes, y con lo vivido los últimos días todo nos parecía posible, incluso lo imposible. Y es que cuando ves aquella cumbre inmensa y solitaria, tan majestuosa, solo cabe hacer dos cosas, arrodillarte para adorar su belleza y su grandeza, o asaltarla para hacerla tuya.

Cuando escribí mi primer libro, hará unos diez años, pensé que ya era hora de descansar y dar a conocer mis aventuras. Superados los cincuenta, por bien que estés, tu vida cambia, no puedes rebobinar sino es para recordar y, como máximo, escribir lo vivido; aún más si tu compañera, con la que has pasado casi la mitad de tu vida, está enferma y te necesita a su lado. No ha sido así, mi vida sigue siendo igual de intensa o quizá más, y hoy rebobino, pero no para recordar sino para aprovechar la experiencia.
Y ahora me arrepiento de haberlo publicado. Una novela autobiográfica se firma con seudónimo, a menos que el escritor mienta como un bellaco o su ancianidad le permita cualquier desfachatez.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Un recuerdo

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Hace cuatro años escribí esto.
¿He cambiado?
Al contrario, nunca había estado más seguro. Es más, creo que con los años me reafirmo con más intensidad y convicción. Y es una tranquilidad, porque saber que todo lo que hice y dejé atrás, que es mucho, para mi sigue siendo lo correcto y ha servido de algo, me hace muy feliz.

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"A los quince o dieciséis, ya no recuerdo, descubrí que era anarquista. Por entonces terminaba el bachillerato. Hablo del año 1967, de modo que el mayo del 68 lo viví siendo anarquista.
Uno no se hace anarquista sino que se es. Se nace como tal, porque es parte de una manera de ser, que se lleva en los genes sin necesidad de haberla heredado.
A los 20, cuando ya vivía en comunas, descubrí que podía sentirme más identificado con una chica de Fez, que había escapado embarazada de su casa, o con un norteamericano exiliado por no combatir en Vietnam, que con la vecina de la casa allende a la nuestra, que nos denunció solo porque éramos hippies y le dábamos mala espina.
La transigencia y la empatía no pueden ser delimitadas por fronteras, idiomas, costumbres, razas y, aún menos, por banderas.
¿Qué son las fronteras sino unas líneas imaginarias marcadas por guerras de señores feudales, de emperadores, de reyezuelos o de dictadores?
¿Qué son las banderas sino unos trapos tintados por la sangre de nuestros antepasados, que se mataron por dar gusto a sus señores feudales, a sus emperadores, a sus reyezuelos o a sus dictadores?"


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sábado, 20 de octubre de 2018

De aparente retiro

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Para esta entrada he recuperado una antigua foto de mi madre, de mayo de 1933.


Cuando trabajaba me levantaba a una hora determinada, siempre la misma y nada intempestiva. Llegaba al trabajo sabiendo perfectamente lo que tenía que hacer y por dónde tenía que empezar, y, lo que es más importante, sabía muy bien cómo hacerlo. A cierta hora, minutos más, minutos menos, dejaba el trabajo e iba a comer a un bar cercano, conociendo casi al dedillo el menú del día. Tras un par de horas de comida y de tertulia, volvía al trabajo para hacer prácticamente lo mismo de la mañana; y más o menos a las ocho de la tarde cerraba y me iba a casa, unas veces en coche y otras, las que más, en el Metro. Los fines de semana, mi compañera y yo íbamos a nuestra vieja casa/comuna del Pirineo o a la Costa Brava, generalmente con nuestro grupo de viejos amigos.

Eso que le he contado era mi vida antes de cerrar la empresa y hacerme “mayor”, porque lo de retirarme o jubilarme ya es otra cosa. Cierto es que siempre he sido un poco inquieto, confieso que mucho para la mayoría, pero poco para mi, que he conocido gente que todavía lo es más. Esa inquietud hizo que mi trabajo se convirtiera en investigación, en pocas palabras, que me gustaba innovar o lo que vulgarmente se dice, estar al día; eso sí, dentro de las posibilidades que marcaba el mercado y la pobreza intelectual de los gobernantes de este país. Esa misma inquietud hizo que durante la última etapa laboral me mantuviera activo en la política, supongo que por una mezcla de experiencias, la primera por estar en un foro de economistas, la segunda por mi experiencia en Myanmar con Anna. La primera me mostró la situación económica y política, principalmente que estábamos gobernados por un estúpido grupo mafioso; la segunda hizo que recuperara la confianza en el ser humano.

Ahora, sentado en una incómoda silla de despacho, intentaré contarles la actual, la de una persona más o menos retirada o jubilada.
Me levanto pronto, pero no siempre a la misma hora, a veces muy pronto, mucho más que cuando trabajaba. Mi agenda es extremadamente variada, igual que mis múltiples responsabilidades. Me he visto obligado a especializarme en muchos temas y a profundizar en la economía a través de conferencias y debates con mis viejos amigos economistas, ahora ya renombrados catedráticos. Ya no leo novelas sino trabajos y libros de texto. En mis escritos no hablo de mis aventuras de joven en forma de novela sino sobre economía y democracia. Si antes hablaba sobre la moda con mis clientes, ahora lo hago sobre economía y política con políticos de casi todas las tendencias. Sigo cursos de todo tipo para no perder el hilo o para desarrollar las ideas en las que creo, y dirijo un programa de radio en el que se debate todos los problemas sociales que inquietan al ser humano. He tenido que aprender a leer el inglés sin conocerlo, y recuperar la agilidad mental de mi juventud. He cambiado el coche y el Metro, por la bicicleta y las piernas. Los fines de semana los ocupo en reuniones, concentraciones o manifestaciones. Mis viejos amigos, conocedores de la vida que llevo, ya no pierden el tiempo en llamarme para salir.
A veces me despierto con sobresalto, unas veces soñando con mi padre, que intenta transmitirme sus pensamientos; otras alarmado por si he olvidado apuntar algo importante en mi agenda, o porque apenas me queda tiempo para repasar un tema o el trabajo que me encargó mi profesor.

No sé qué más puedo decir, aparte de que mi cardióloga, sorprendida, me ha confesado que mi corazón ha mejorado con el paso de los años.

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jueves, 17 de mayo de 2018

Carla

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Hace poco me topé en el tren con un tipo al que no veía hace tiempo, y que después de estar charlando un rato sobre viejos conocidos, me dijo:
-¿Sabías que Carla murió, no?-
Lo dijo mirándome fijamente durante un instante, escudriñando mi reacción, seguramente para descubrir el sentido de mi vieja relación con ella.
No le di el gusto. Carla fue demasiado importante para mi; sin embargo, si que le respondí con una verdad incuestionable, a la que pocos le dieron valor.
-Ha sido la persona más inteligente que he conocido en toda mi vida-

Hoy escribiré a Anna y a Mónica, a nadie más. Joan nunca habla de ella, de modo que no me voy a molestar. ¡Hace tantos años! Cuarenta al menos. Yo muchos menos por un encuentro fortuito, y otro en mi casa en un intento por retomar el contacto.

Carla fue una de las personas que más influyó en mi vida y mi manera de pensar, y sí, sin duda la más inteligente que haya conocido jamás. Y ahora mismo os puedo asegurar que es mucho.
Hubo un tiempo en que Carla me lo enseñó todo, algo difícil para un hombre que, pese su juventud, había vivido más de lo habitual e incluso de lo aconsejable.
Carla llevó mi mente y mi cuerpo al límite, y tras haberlo conseguido seguramente se aburrió, tal como hacía con todas las personas que iba conociendo.
Tendría veintiún años cuando la conocí, pero veintitrés cuando Joan y yo decidimos vivir con ella. Una experiencia que para mi fue inolvidable en todos los sentidos. Con ella experimenté la ternura más salvaje, sin ningún prejuicio. Fue tan intensa la relación, que llegó un momento en que creí que ya nada podría sorprenderme en el mundo; sin embargo, fue ella, una vez más, la que me mostró que cualquier cosa o persona, hasta la mirada o la rabia de un animal, puede enseñarte a ser más humano. Incluso una vez muerta, con su recuerdo y sus respuestas, Carla sigue enseñándome. Pero ahora ya sé que nunca más podré volver a hablar con ella.
Y podíamos pasar horas hablando de sociología, economía, biología, sanidad, daba lo mismo la materia, con una profundidad y sabiduría que ya nunca más podré disfrutar.

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miércoles, 2 de mayo de 2018

Pocas cosas han cambiado en 47 años

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El veintidós de diciembre de 1970 estaba con mis compañeros sentado en las escalinatas de la Catedral de Barcelona. Habíamos terminado de desmontar la parada de la feria de Santa Lucía, la primera “hippie” de aquel mercadillo de belenes y adornos navideños, donde vendíamos productos de artesanía fabricados por nosotros mismos. Teníamos curiosidad por saber cómo terminaría la manifestación a favor del régimen fascista, que en aquel momento bajaba por el Portal del Ángel, y la que subía por Vía Layetana en contra de la dictadura por el Proceso de Burgos, que también se dirigía hacia nosotros. No estoy muy seguro del orden, porque hoy no recuerdo con exactitud cual de ellas subía y bajaba.
Y cuál fue nuestra sorpresa que al encontrarse las dos se disolvieron pacíficamente, recuerdo que sin gritos ni reproches por parte de nadie. Eran otros tiempos, en los que el fascismo gobernaba con absoluta libertad, por lo que no necesitaba el actual histrionismo violento de los partidos del régimen para reclamar su legitimación democrática.

Entonces tenía diecinueve años y era joven e inexperto, y debo reconocer que mis amigos y amigas unos colgados. Estoy seguro que en aquel momento lo estaban. Un año más tarde empezó mi entrenamiento en subversión, con él no habría estado sentado a la espera de lo que pudiera pasar, sabría perfectamente que quien menos pinta es el que más recibe, por lo cual me habría situado en un lugar mucho más escondido para memorizar las caras de ciertos personajes, que también gustaban de pasar desapercibidos, pero fáciles de encontrar por deambular con aparente curiosidad cerca de las fachadas y de algunas puertas. Más tarde recuerdo coger un autobús para ir a mi casa. También que por casualidad, al observar los manifestantes de uno y otro bando que subían conmigo al autobús, descubrí que dos policías secretas me estaban vigilando.
Os preguntaréis cómo pude descubrirlo. Pues muy fácil, no obstante mi falta de experiencia en la subversión, me había acostumbrado a reconocer a los policías que nos vigilaban intentando descubrir quién de nosotros comerciaba con droga y dónde la escondía. Debo decir que nuestro camello, el único que teníamos, era hijo de un comisario que conseguía la droga por las requisas. Como podéis ver nada ha cambiado, ni siquiera eso. La policía mantenía a un camello de confianza para controlar el resto de los que trapicheaban, poder detenerlos y requisar su mercancía para retornarla al mercado. Entonces creía que la inútil vigilancia servía como disimulo, sin embargo, tiempo después descubrí que entre la policía también había bandas que se hacían la competencia, algunas incluso honestas.
Me alarmé con razón, de modo que desvié mi trayecto y aparecí en casa de mis padres, que se alegraron de mi visita. Así mis compañeros de comuna, es decir mi familia, quedarían a salvo de cualquier investigación. A los pocos días mis padres recibieron la visita de un policía para alertarles de mis malas compañías.

Son anécdotas que hoy recuerdo con cierta nostalgia.


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domingo, 29 de abril de 2018

¿Qué son los malditos celos?

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Ayer una amiga de hace poco me preguntó si había sentido celos alguna vez.
De joven Anna me engañó sin necesidad. Me disgusté y la abandoné. Lo hizo con mi amigo hermano Artur, que también se sintió engañado por ella. Con el tiempo la perdonamos, debo decir que muy rápido.
Anna nunca ha sido muy delicada en estas cosas.
Si no hay engaño no siento indisposición.
Mi amiga dice que eso es imposible, que todo el mundo es celoso, unos más y otros menos.
Me pregunto qué son los celos, qué siente la persona cuando los tiene. Yo no sé lo que son, no los conozco, por tanto no puedo juzgarlos ni medirlos.
Mi amiga me observa entre preocupada y sorprendida, para ella una persona normal ha de ser celosa si o si, aunque no demasiado para no caer en la enfermedad.
Y me río porque ahora sí se ha descubierto. Para ser normal has de sentir celos, ¿pero cuántos?
¿No será que el normal soy yo?
Quizá la anormalidad sea lo suyo, eso que para ella entra dentro de la normalidad.
De todos modos ella seguirá siendo normal y me gusta así, porque la belleza de una persona se transmite a través de su espíritu; y si para eso necesita sentir celos, ni muchos ni pocos, para mi ya está bien. Y yo seguiré siendo normal, porque me siento a gusto tal como vivo, sin saber qué son los malditos celos; y es que cuando uno no conoce la existencia de algo, tampoco siente la necesidad de poseerlo.

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miércoles, 7 de marzo de 2018

De cansancio


Hay días que me acuesto rememorando las cosas que hemos hecho, amigos y amigas con los que compartí curiosas vivencias, y me duermo sin poder entender cómo lo conseguimos, o algo que en principio debería ser más sencillo, quiénes somos. 
La vida no era más fácil entonces que ahora, ni tampoco más sencilla. La gente se movía por lo mismo, aunque las cosas parecieran más reales. Entonces no existía tanta virtualidad, pero si la suficiente.

Hoy, después de hablar de economía con mi hijo, y de política española y catalana con mi compañera, he pensado sobre lo que mejor he sabido hacer y que todavía no he olvidado, e incluso mejorado con las nuevas tecnologías.
Curioso que tras tantos años de trabajo y de estudio, y con sesenta y seis años, lo que mejor domine sean artilugios para eliminar al prójimo y cosas que mejor no contar.
Eso de la política y de fingir lo que no soy, ya no está hecho para mí. Será los años, que me han cansado o gastado, que viene a ser lo mismo. Será que estoy harto, y que con el tiempo y la vejez he aprendido a valorar la verdad y a vivir con ella.

lunes, 26 de febrero de 2018

ROB Y AMARA

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Eso de que el chico malo es más atractivo es un camelo, dice. Los que más y mejor placer dan son los más tiernos y los que más respetan. Lo demás son pamplinas de mujeres poco o mal folladas.

Y Richard, que eso lo ha pillado desprevenido, afirma con la cabeza, no porque lo supiera sino porque tiene sentido, aunque no coincida con lo aprendido. Y yo, que ya no puedo aguantar por mucho tiempo la risa, observo a Rob, que de los cuatro británicos es quien se ha llevado la mejor parte. Alto y desgarbado, con una cicatriz que va desde la oreja hasta vete a saber, porque Amara todavía no me ha contado. Pero una cosa si que tiene, es fuerte, muy fuerte, eso que a ella tanto le gusta, aunque no sea requisito imprescindible. Cada centímetro de Rob es músculo, y tiene muchos, de lo contrario no se entendería su éxito en el rugby de su país. Su cabello, de corte impreciso, es espeso y muy desordenado, hace juego con una vestimenta sin evidencia de marca. En eso nos parecemos, unos tipos que abrimos el armario y nos ponemos lo que hay en el primer colgador, y como más desgastado mejor. De mirada inteligente, que para muchos podría ser inquisitiva, y poco expresiva excepto para Amara, que parece entenderlo precisamente por ella.
Al contrario de lo que se espera, su apretón de manos es justo y muestra la delicadeza de su espíritu; su voz, sin embargo, es tan abrupta como seca, y pocas veces tienes ocasión de escucharla.

Las tres mujeres de mi vida, Anna, Mónica y Amara. El amor que siento por Mila es distinto, es el del hermano amigo. Las tres esperan y dan lo mismo, ternura y respeto, pero con distinto éxito. Anna, la más preparada por su profesión, es excesivamente suficiente y con todas sus parejas ha fracasado; Mónica, llana y sencilla, es tan osada que no mide las consecuencias y a todos da una oportunidad; y Amara utiliza la intuición con tanta pericia, que no le conocemos ningún fracaso. Amara acierta a la primera, no necesita asegurar porque su decisión ya asegura.

La intuición no es otra cosa que el proceso casi instantáneo de miles de datos almacenados en el cerebro. Seguramente Amara habrá almacenado las conversaciones, gestos y miradas de miles de pacientes. Empatiza con sus enfermos y sus familias, hasta un punto difícil de entender. Por años que pasen no los olvida y podría rememorar todas sus conversaciones. Pacientes gravemente enfermos, moribundos a los que acompañó en su último minuto, a sus familiares y sus amigos; y los enfermos, quieras o no, son los que más te enseñan, porque frente la tierna mujer que los escucha mientras los cura no levantan escudos. No, Amara nunca se equivoca, solo necesita la fracción de un segundo para saber cómo es aquella persona, lo que siente, sus debilidades y sus fortalezas, si miente, si le hará daño, si la satisfirá como ella espera. Amara lo sabe todo de todos sin necesidad que nadie le explique su vida.
El carácter de Mónica no deja de tener su lado positivo. A ella poco le importa que el hombre sea más o menos adecuado a sus deseos, siendo como es de un solo uso. Si sale mal lo olvida, y si sale bien quizá vuelva a usarlo una o dos veces más, pero solo quizá.
Tantas veces he visto a Mónica encogerse de hombros, ante algo que para otros sería un trauma, que ya nada me extraña.
Anna huye del hombre que la ama, lo aparte de su vida a no ser que lo pueda tratar como amigo y su amor no sea excesivo. Anna teme el amor, sin embargo, ama muy intensamente. Quizá por eso hemos sido capaces de mantener esta tan extraña amistad, tanto conmigo como con Pierre, lo más parecido a una pareja, que solo ve unos días al año, a veces ni eso. Dos hombres que, aun amándola intensamente, no interferimos en su vida.

Rob es, podríamos decir, el ideal de toda mujer, el amante perfecto, de un país lejano, tan educado que casi pide permiso antes de seducir y perdón por ser seducido; tierno, fuerte y cariñoso, sin problemas de pareja y con el dinero suficiente para hacer lo que quiera. Rob no siente celos, al menos eso aparenta. Puede compartir su amante con sus amigos, incluso conmigo, y lo celebra. Solo de una cosa se arrepiente, no haberla conocido antes; pero eso no dependía de él sino de la fortuna.
Y Amara es el ideal de cualquier hombre, tan bella como culta, sin ningún prejuicio y maravillosa en todos los aspectos. Amara carece de vida paralela, no sabe separar su vida familiar de la de sus amigos, porque para ella todos son parte de su vida. En eso somos muy distintos, yo tengo mi vida y solo espero que nadie se inmiscuya; ella, sin embargo, la comparte sin ánimo exhibicionista, sobre todo conmigo. Y si Jep y yo, que solemos hacerlo, nos quejamos, responde:
- Sois mis amigos y necesito compartirlo.
Rob es lo más parecido a nosotros, aunque aún más reservado. Rob evita entrar en detalles y lo consigue gracias al idioma.

Ella se levanta, se supone que para coger algo que ya buscaba con la mirada, pasa por su lado y aprovecha para hacerle una caricia con su cuerpo. Se lo hace a todos, es habitual en ella, a Jep y a mi a veces con solo la mirada; sin embargo, con él es especial, mucho más sensual y con más tiempo, sin descaro, pero tampoco disimulando. Jep lo lee como una invitación al sexo, lo veo por su mirada; yo, sin embargo, lo entiendo como Rob, Amara se rige por impulsos instintivos, y en este momento quien más la necesita es él. Su expresiva y sensual gestualidad hacia él no es muestra de más amor que al resto, sino de ofrecimiento. Sin expresarse con palabras le está diciendo:
- Has venido de lejos, sé que por mi, y aquí me tienes para lo que te plazca.
Y él quizá no pretenda sexo sino solo estar con ella, con la ternura y seguridad que la preciosa mujer le brinda, aunque sepa que al final también lo disfrutará.

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jueves, 15 de febrero de 2018

Hacer el amor solo con palabras y sonrisas

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De mi abuelo aprendí muchas cosas, una de ellas y la que más he utilizado, es que mi mano derecha nunca debía saber lo que hacía la izquierda. Esta simplicidad es, quizá, lo que más me ha ayudado a mantener mi libertad y la vida.

Ayer vino a cenar a mi casa mi vieja y querida amiga Mila, que nos quería explicar su última aventura, un viaje de casi un año por todo el mundo y en solitario. Y hablamos de Anna, la había recordado al visitar el sur de la China, justo en la frontera con Myanmar, y de cómo nos ayudó Artur para conseguir su liberación.
No sé nada de Anna, hace tiempo que no hablo con Mónica de ella, no obstante, no la olvido, no podría, y aún menos de aquellos días.

Al poco de volver me hice pirata. No sé si tiene algo que ver, supongo que si. La política en este caso y para mi se había convertido en catarsis. Jamás me he sentido ligado a una tierra, a una tribu o a una bandera, y Pirates era lo que más se acercaba a mis inquietudes y mi manera de ser. Hace muchos años descubrí que podía sentir más empatía hacia un pastor pashtun, con su kalachnikof en el hombro y dispuesto a matar a cualquier ser humano que le quisiera robar, del que solo entendía su sentimiento al cantar, que a mi vecino del quinto.

Hoy, mientras andaba rápido hacia la Fundación, he recordado aquel viaje y lo primero que Anna me dijo al abrazarla y sacarla de su celda, palabras que me conmovieron tanto que me hicieron llorar. No recuerdo sus lágrimas, quizá las mías impidieran ver las suyas. Torturada, maltrecha, muy delgada, tanto que casi no sentí su peso al levantarla y llevarla en brazos.
-T'estava esperant.

Diez mil kilómetros y casi una vida. Y más de doscientos por caminos intransitables y un ejército desquiciado entre los dos. Prisionera y torturada en un pequeño, miserable y sucio cuartel. Y sabía, estaba segura que sería rescatada, y que sería yo, que no sabía nada de ella desde hacía treinta años.
En caso de muerte o enfermedad, a sus compañeras de lucha les había dado solo una dirección, la de su hermano. De caer prisionera, la de Mónica. Y Mónica no dudó.

Y al día siguiente, sentados bajo su casa del árbol y con los monos intentando robar mi comida, hicimos el amor solo con palabras y con sonrisas, olvidando el tiempo transcurrido.
Ha pasado casi siete años de aquel día, yo estaba a punto de cumplir los sesenta. La última vez que la había visto faltaba muy poco para cumplir los treinta. Y no habíamos cambiado. Hay personas que no saben o no pueden hacerlo.

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