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viernes, 13 de julio de 2012

UN APUNTE PARA EL BLUES DE AMARA

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Las encontramos donde nos habían dicho, en la pequeña playa del port de l’Alger. Mónica baila desnuda de cintura para arriba con un tipo al que no conocemos, justo al borde del agua, donde las piedras dejan paso a la arena. La gente se divierte, baila o charla distendidamente sentada por la playa. A un lado, un conjunto toca sobre una tarima de madera. Cerca, sobre otra más pequeña, Amara baila con los ojos cerrados, ajena a todo su alrededor, incluso a las pasiones que levanta. Vemos como levanta los brazos, hasta que caen rendidos sobre su cabeza. La camisa abierta, esta vez casualmente, con la consabida carga erótica que provoca. Unos tipos algo mayores que nosotros reclaman su atención, hace rato que, divertidos, siguen sus movimientos; le piden que baje con el resto de los mortales, quieren bailar con ella. Despierta de su ensoñación y con una risa se ata los extremos de la blusa. Jep y yo nos miramos. Curiosamente su desnudez y su gran sexualidad se disimulaban más con la camisa abierta. Los tipos insisten, parece que la conocen, porque la tratan con mucha familiaridad y cariño. Baja de la tarima con la ayuda de uno de ellos, que no tiene reparo en abrazarla y besarla. Mónica se acerca, ya con todo el bañador, mojada porque acaba de bañarse, la música ha cambiado y no es de su agrado. El tipo que anda a su lado va vestido como el resto de sus amigos, con tejanos y una camisa de manga larga. Nos sorprende el contraste. Jep y yo nos sentamos en el pretil que defiende la entrada de la playa, quizá por eso Mónica nos ve y nos saluda levantando la mano.
Son las fiestas del pueblo, que a veces coinciden con el once de septiembre. De día, regatas y fiestas para los más jóvenes del pueblo; de noche, conciertos y baile. Hace calor y la gente se ha bañado hasta tarde, mientras Jep y yo nos hemos dedicado a lanzar trampas al agua para pescar algún congrio, a limpiar el barco y prepararlo para la pequeña travesía. Mañana saldremos pronto, para aprovechar el puente y la tramontana, nos dirigiremos a Menorca, daremos la vuelta a la isla bañándonos en las preciosas calas y volveremos el martes, que es once, para el doce estar en el trabajo.
Las chicas vuelven a bailar, esta vez en compañía de dos de los cuatro amigos; y Jep y yo nos acomodamos y charlamos de lo que más nos gusta: del hombre, de la vida, del mar, de la naturaleza y del arte, mientras nos recreamos en la belleza y sexualidad de nuestras compañeras, tan distintas y parejas a un mismo tiempo. Mónica baila como le gusta, abrazada al hombre por rápida que sea la música; y Amara distante, jugando con el movimiento de su increíble y sensual cuerpo, como si absorbiera al compañero sin necesidad de tocarlo.
-Somos unos tipos afortunados.
No recuerdo quién lo dijo, si él o yo. No era la primera vez.  ¿Cuántas veces habíamos repetido esta frase? Innumerables.
Somos afortunados por tener como amantes a las mujeres más bellas, libres, generosas y solidarias que hombre alguno puede soñar.
No sé cuánto tiempo llevamos. Dejan de bailar, hablan, se nota que bromean. Ellos las invitan a pasar la noche juntos, a cenar. Mónica levanta la mano y nos señala, Amara nos ve y también nos saluda. Hace un gesto con la mano para que nos unamos al grupo. Los tipos nos miran, los saludamos sin hacer el gesto de bajar y responden con una educada sonrisa. No parecen tensos, pero sí algo asombrados y un poco turbados por la situación.
Jep me da un codazo.
-Vámonos. Es mejor no presionarlas.
No, no nos vamos. Son suficientemente libres con o sin nosotros. Irnos sería coaccionarlas a que se queden con ellos.
Amara abraza a su compañero, le acaricia el pecho y lo besa en la boca. Mónica hace lo mismo pero sin tanta ternura. Son ellas, con su particular y maravillosa manera de ser y su naturalidad. Se despiden y los dos tipos vuelven a saludarnos, esta vez con elegancia.
Son tal, nos dice Amara, sus dos amigos y famosos cirujanos. De vez en cuando salen con ellos, al teatro o a un concierto. Suelen volver al día siguiente y nosotros nunca preguntamos, somos incapaces de eso.
Ha sido una casualidad, sabían que tenían un amigo en Cadaqués y que solían visitarlo con sus compañeras, pero encontrarlos sin ellas no lo esperaban.
Unos días antes me había hablado de ellos, de cómo entablaron esa amistad y se convirtió en algo más, en que la confianza mutua, la discreción y la empatía fueron determinantes. Una relación que empezó con un encuentro casual en una pinacoteca. Y cómo se abrieron más coincidencias, esta vez intelectuales e ideológicas. Dos tipos maduros, inteligentes y de gran éxito, con dos chicas jóvenes, bellísimas y sin prejuicios, que los trataban de igual a igual, que podían seguirles en cualquier conversación sin sentirse cohibidas.
-Ellos se desestresan y nosotras lo pasamos bien –me explicó, sin atreverse a confesar que se sentía más identificada con ellos que con nosotros y que su conversación le llenaba más. No, no se atrevió ni hizo falta. Al poco de conocerla y después de nuestra brutal luna de miel, fui consciente que, de conseguir su sueño, podía perderla. Luego, cuando Mónica empezó a cansarse de la relación, empezó a salir con solo uno, el que más había admirado cuando para ella ser médico no pasaba de ser una ensoñación.
-Me siento bien con él –me dijo un día, cuando descubrí que ya no había sexo entre ellos sino una fuerte amistad y camaradería, y, sobre todo, complicidad.

Cenamos en el pequeño restaurante de un amigo, ellas vigilantes por si aparecen, ya que el lugar es muy de su estilo. Embarcamos sin saber qué nos deparará la noche, si nos acostaremos como solemos, Amara con Jep y yo con Mónica o al revés. Con ellas todo es posible y en el barco aún más, ya que lo que más les divierte es pasarlo bien con los dos y, entre risas y jocosos comentarios, cambiar constantemente de camarote y de macho.


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2 comentarios:

  1. No dejo de alucinar con el relato de tu vida, ufff tremendo Pau, vaya par de hembras... Me encanta leerte.

    Te abrazo

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  2. Nunca me cansaré de hablar de ellas.

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