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domingo, 19 de agosto de 2012

SENTIMIENTO DE CULPA

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               Dibujo de Martín Arias Arias, extraído de la red


(Artículo extraído de El País)

Mi vecino es constructor, o lo era. Y yo funcionario, de momento. Hace no tanto, cuando la realidad era de papel celofán, el horizonte un interminable bosque de grúas y las avenidas se alfombraban de coches de alta gama recién estrenados, le confesé lo que ganaba y su respuesta fue tan contundente como sustanciosa: “Yo por ese dinero ni me levanto de la cama”. Hoy es de los que suman su vozarrón contra los empleados públicos. Así somos. Así nos va.

José Luis Peira. (La Parte, Asturias)

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Para escribir una novela hay que inventar una historia y recrearse en ella, casi vivirla, crear los protagonistas a partir de personas conocidas a las que se les ha deformado su realidad, para adaptarla a lo que se quiere contar.

Poco a poco, a medida que corrijo mi segunda novela, descubro la dificultad de escribir una historia intentando esconder o transformar ciertos capítulos, seguramente inaceptables para el potencial lector; inaceptables o incomprensibles por su naturaleza y por su significado.
Mi hija, que en principio debería ser quien redactara el prólogo y publicar la primera parte de la historia, no para de quejarse ante determinados capítulos –digo capítulos por definirlo de alguna manera, ya que no los hay- y yo, sorprendido por sus reproches y conocedor de su gran pericia como escritora, le pregunto si ha encontrado algún error de escritura. Y responde que no es eso, mientras habla del protagonista en segunda persona, cuando no recuerdo las veces que le he contado que solo es una novela y debe olvidar mi existencia.
-Pues si es novela, mejor saca eso o cámbialo –me dice, aun sabiendo que el contenido es innegociable. De ningún modo puedo cambiar lo que pasó y lo que sentí, porque la historia perdería el equilibrio y su razón de ser.
-¿Y Anna quién es? –Pregunta extrañada, por lo inconcebible de sus vivencias con el protagonista.
-Anna es Anna, la que tan bien conoces, la única a la que no le he cambiado el nombre.
Y por su silencio presiento su asombro y, como aturdida, mira con sus grandes y preciosos ojos el auricular, como si a través de él pudiera ver mi expresión, mi mirada.
Pero no ha sido la historia de Anna lo que más ha perturbado su espíritu sino la brutalidad y naturalidad de los fragmentos de sexo y amor.
-Yo no soy una reprimida, papá –dice, por fin, tras otro largo silencio.
Y no, no lo es, porque no por haber vivido de otra manera se es o se deja de ser; quizá ella haya vivido otras historias igual de brutales y naturales, aunque distintas porque los tiempos cambian. No, no lo es, pero mi obligación es decirle que quizá es más de lo que piensa, ya que de otra forma no me llamaría la atención.
Y pienso que si el primer libro le provoca tanto escándalo, qué pasará cuando lea el dedicado a su madre, el blues de Amara.

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Hace un año que murió mi madre, no recuerdo la fecha, nunca las recuerdo; solo sé que fue en agosto y que la echo en falta, cuando antes ni siquiera recordaba que existiera.
En abril nos dejó mi padre. A él todavía lo encuentro más a faltar. Aún hoy, ante cualquier problema, me pregunto lo que diría, lo que me aconsejaría, incluso creo que hablo con él.
A veces me culpo de sus muertes, en el caso de mi madre, convencido que, de haber estado presente cuando enfermó, hoy aún viviría. Mi padre también viviría, en caso de haberme negado a que lo medicaran, pero ciego, sordo y con mucho dolor.
No sé, uno nunca sabe lo que es mejor. Mi padre, por lo menos, pudo escoger el momento y el lugar, en principio gracias a mí. Con mi madre no pude, llegué tarde para eso y no puedo quitármelo de la cabeza.

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2 comentarios:

  1. Si, es cierto, pero pasada esa línea ya no quedan soluciones, y a pesar de ello vuelve una y otra vez a la cabeza. Pero si hubiera forma de volver atrás y a vivirlo de nuevo.
    Realmente legarias a tiempo esta vez?

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  2. Mal asunto ese que te ronda las ideas, como convencer a uno mismo, ese oportunista enemigo, de que las cosas son como son y fueron como deberían haber sido. Aunque en el fondo se tenga la certeza de que no pudieron ser de otra manera. El tiempo no da marcha atrás.

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