PIENSAS DIFERENTE, VOTA DIFERENTE

domingo, 4 de febrero de 2018

¿Qué pasa en Catalunya?

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Este artículo solo pretende ser un análisis frío y personal sobre lo que está pasando en Catalunya. Excepto la primera parte, las ideas que en él se exponen no necesariamente son compartidas por el editor.

 
En anteriores escritos, en los que hablaba de mis experiencias y viajes por el resto del mundo, siempre he explicado que apenas existe diferencia de talante social entre un español y otro ser humano de cualquier país, sociedad o cultura. Quizá si y muy ligera con respecto a unas pocas sociedades europeas, pero de ningún modo con la subsahariana, la panjabí, la del blanquito peruano o la de un indio del Altiplano. Curiosamente las sociedades más democráticas que he podido observar están donde menos llega el Estado; es decir, en las poblaciones más aisladas del Himalaya, castigadas por la guerra y la represión, y en los poblados indígenas de los bosques amazónicos. Por contra, la sociedad desarrollada con un espíritu más democrático, que es lo mismo que decir transigente y respetuoso con las ideas del contrario, es la francesa, lo cual no significa que lo sea con el resto del mundo. Por lo cual y solo desde mi percepción, una sociedad muy democrática puede regirse con un sistema impuesto y dictatorial; mientras que una sociedad que cada cuatro años elige con supuesta libertad a sus representantes, puede tener un talante autoritario.

Ustedes me dirán que generalizo y que en todas las sociedades hay personas con más o menos talante democrático. Y, por supuesto, de totalitarios y demócratas los hay en todos los sitios, pero en unos más y otros menos; y para percibirlo no hace falta mucho esfuerzo intelectual, solo con mantener despierta la curiosidad es suficiente.
En cualquier población o ciudad francesa, sea grande o pequeña, se percibe más respeto por el vecino, su origen, sus ideas y su religión, que en cualquier lugar de España. Con solo ir a un bar, un campo de fútbol o a una discoteca de ambos países, se puede apreciar la diferencia. La justicia tampoco es ajena a esta diferencia, proferir un insulto racista en Francia o simplemente mostrar simbología fascista, puede ser motivo de ser procesado; en España, sin embargo, lo puede ser mostrar un excesivo o impetuoso rechazo a los mismos.

El error del soberanismo catalán no ha sido confiar en la justicia española, completamente mediatizada y dependiente del poder central, sino entrar en su juego. De todos es conocido quién nombra al poder judicial y de quien depende su salario y su futuro profesional. En España los mismos jueces reconocen por escrito y sin rubor su dependencia, el último ejemplo ha sido del mismo juez Llanera, al impedir la liberación de un prisionero en prisión preventiva, simplemente por motivos ideológicos y de opinión, confirmando en su propio auto que se trata de un preso político.
Hace poco podíamos ver a P
ablo Rivadulla Duró, más conocido por Pablo Hasél, sentado en el banquillo de la Audiencia Nacional, confirmando el gran teatro en que se ha convertido la justicia española. Su alegato final no tiene desperdicio: Si fuera un fascista que deseara bombas a los catalanes, homosexuales e inmigrantes, no estaría aquí sentado”.
Todavía más duro ha sido el comunicado del Síndic de Greuges catalán, que nos descubre la intención final del Tribunal Constitucional, que no es otro que destruir de manera definitiva la democracia española, convirtiendo la resolución del 27 de enero en precedente jurídico.
La sociedad soberanista, que no independentista al contrario de lo que nos hacen creer, jamás tendría que haber aceptado la justicia española. El auténtico triunfo del presidente Puigdemont y de los consejeros exiliados ha sido haber despreciado a la justicia española, negándole cualquier autoridad moral; y demostrarlo al rechazar dicha autoridad un sistema judicial realmente independiente y democrático como el belga. Los políticos presos no tienen que implorar su liberación a la justicia española, en todo caso se la tienen que pedir a la ciudadanía que pretenden representar.

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Lo que llama más la atención es la indiferencia de la ciudadanía española en averiguar el porqué una sociedad como la catalana, que se sentía relativamente cómoda en España, pese las amenazas económicas y militares, y la más que segura expulsión de la UE, ha terminado por querer marchar sin necesidad de moverse de su casa. La sociedad catalana, al igual que la vasca, ha podido desprenderse de la enorme corrupción política que la atenazaba, tan intensa como la del resto de España y seguramente casi de media Europa. El catalán, incluso el que prioriza su pertenencia al estado español, ha conseguido expulsar de la vida política a los políticos corruptos, o al menos los que se ha podido demostrar que lo eran. El separatismo catalán, que sin duda empezó cuando España le negó el Estatuto de Autonomía, el mismo que aceptó a Andalucía y Valencia, y con los dos boicots a sus productos, ha aumentado con la frustración producida por la crisis y el hartazgo hacia el resto de los españoles, por su resignación y derrotismo hacia la corrupción. 


Los políticos catalanes han sabido mostrar, con sus proyectos de ley socialmente avanzados, a favor de las energías renovables, de la defensa de los desahuciados, de la libertad de expresión, del impuesto a la banca, etc., todos ellos rechazados por el Estado español, que fuera de España podríamos parecernos a un estado moderno y europeo, pero que dentro nunca saldremos de la corrupción y del fascismo. Por supuesto, no es seguro, sin embargo, la mera ilusión de poder abandonar “el nido de podredumbre en que se ha convertido España” (textual), ha llenado de esperanza e ilusión a una mayoría de catalanes, que están seguros que si consiguen administrar sus recursos y decidir sus leyes, las cosas irán mejor, sino económicamente, al menos si con dignidad.

El independentismo catalán ha dejado de pertenecer a una ideología o tendencia política, no es de derechas ni de izquierdas sino de más de dos millones de personas, que año tras año van aumentando, con un proyecto común que, al contrario de lo que cree el resto de España, no es Catalunya en sí misma sino la necesidad de marchar de un lugar que para esos catalanes se asfixia en su propia podredumbre.

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2 comentarios:

  1. La pregunta para mi es al revés, es que pasa en España? Que les pasa a los españoles? A toro pasado claro, después de ver lo que hemos visto. Que les está pasando?

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    1. Clientelismo y falta de autoestima como sociedad, solo eso.
      Ejemplo:
      Los alcaldes murcianos y mallorquines, procesados y condenados por corrupción, volvieron a ganar en sus ciudades sin amagar su podredimbre: "Os he recalificado el huerto del abuelo y en un par de meses habéis ganado más que vuestros padres toda la vida trabajando"
      Y los que habían ganado dinero lo volvieron a votar, y los que no también para apuntarse al carro, aunque costara la educación de sus hijos, sus pensiones de futuro y la sanidad de sus abuelos.

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