jueves, 15 de febrero de 2018

Hacer el amor solo con palabras y sonrisas

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De mi abuelo aprendí muchas cosas, una de ellas y la que más he utilizado, es que mi mano derecha nunca debía saber lo que hacía la izquierda. Esta simplicidad es, quizá, lo que más me ha ayudado a mantener mi libertad y la vida.

Ayer vino a cenar a mi casa mi vieja y querida amiga Mila, que nos quería explicar su última aventura, un viaje de casi un año por todo el mundo y en solitario. Y hablamos de Anna, la había recordado al visitar el sur de la China, justo en la frontera con Myanmar, y de cómo nos ayudó Artur para conseguir su liberación.
No sé nada de Anna, hace tiempo que no hablo con Mónica de ella, no obstante, no la olvido, no podría, y aún menos de aquellos días.

Al poco de volver me hice pirata. No sé si tiene algo que ver, supongo que si. La política en este caso y para mi se había convertido en catarsis. Jamás me he sentido ligado a una tierra, a una tribu o a una bandera, y Pirates era lo que más se acercaba a mis inquietudes y mi manera de ser. Hace muchos años descubrí que podía sentir más empatía hacia un pastor pashtun, con su kalachnikof en el hombro y dispuesto a matar a cualquier ser humano que le quisiera robar, del que solo entendía su sentimiento al cantar, que a mi vecino del quinto.

Hoy, mientras andaba rápido hacia la Fundación, he recordado aquel viaje y lo primero que Anna me dijo al abrazarla y sacarla de su celda, palabras que me conmovieron tanto que me hicieron llorar. No recuerdo sus lágrimas, quizá las mías impidieran ver las suyas. Torturada, maltrecha, muy delgada, tanto que casi no sentí su peso al levantarla y llevarla en brazos.
-T'estava esperant.

Diez mil kilómetros y casi una vida. Y más de doscientos por caminos intransitables y un ejército desquiciado entre los dos. Prisionera y torturada en un pequeño, miserable y sucio cuartel. Y sabía, estaba segura que sería rescatada, y que sería yo, que no sabía nada de ella desde hacía treinta años.
En caso de muerte o enfermedad, a sus compañeras de lucha les había dado solo una dirección, la de su hermano. De caer prisionera, la de Mónica. Y Mónica no dudó.

Y al día siguiente, sentados bajo su casa del árbol y con los monos intentando robar mi comida, hicimos el amor solo con palabras y con sonrisas, olvidando el tiempo transcurrido.
Ha pasado casi siete años de aquel día, yo estaba a punto de cumplir los sesenta. La última vez que la había visto faltaba muy poco para cumplir los treinta. Y no habíamos cambiado. Hay personas que no saben o no pueden hacerlo.

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