PIENSAS DIFERENTE, VOTA DIFERENTE

lunes, 21 de noviembre de 2011

...EL BLUES DE AMARA...

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La amistad con los dos médicos no frenó su afán de divertirse en solitario o disfrutar de nuevas aventuras, que ellas nombraban salir de caza. A Jep y a mí nos divertía esa expresión, tan sincera como precisa. Yo, con solo ver la excitación en su mirada y la ropa con que salía de casa, tan sensual como sencilla y aparentemente discreta por cierto, ya sabía cuál era el plan de la noche y se lo preguntaba directamente y con descaro.
-De caza supongo.
-¿Tanto se nota? -Me preguntaba divertida.
Eso los hombres solemos notarlo, otra cosa es que se reconozca. Ocurre que los más andan fuera de onda, el alcohol les engaña o la timidez les impide plantar cara. El hombre siempre está dispuesto y su hambre es compulsiva como la de un perro, en cambio, en eso la mujer es más cuidadosa y se parece más a un gato, que solo come cuando su estómago lo demanda.
El hombre con facilidad cae en la trampa de la mujer que se divierte atrayéndolo con su extremo descaro y que aparenta más apetito del que tiene. Por eso la auténtica cazadora es discreta y evita mostrarse en demasía, para poder escoger su presa sin que nada le estorbe. Nuestras compañeras eran buenas en eso y sabían que debían huir de los tipos que se dejan engatusar con facilidad, o de los que se sienten atraídos por el fácil espectáculo.
Mónica y Amara nunca mostraban animadversión, como hace la mayoría de las mujeres, hacia las que enredan o atraen al hombre mostrando su sexualidad con exuberancia. En todo caso las aceptaban como un útil complemento para facilitar una buena caza. Y cuando salíamos con ellas y nos embobábamos con alguna de esas mujeres, no tenían reparo en mofarse de nosotros.
-Estas tías solo sirven para discriminar a los estúpidos con poco fondo –nos decían con la sonrisa de una que sabe que te ha torpedeado los bajos.
Y nosotros les seguíamos el juego. Teníamos lo que queríamos y podíamos permitirnos lo que nos diera la gana, incluso hacer unas risas con alguna calienta braguetas.
Pocas veces entrábamos en una discoteca y, de hacerlo, solían ser las más refinadas, todo lo contrario de lo que a mi me gustaba. A Mónica le importaba poco, pero los demás aborrecían esos locales y solo soportaban los pocos donde podían sentarse y hablar con comodidad. Una noche que llovía y se nos había estropeado el plan, entramos en una de la calle Muntaner. Tenía fama de tranquila y poco concurrida. Estaba llena de gente, hombres en su mayoría, y en un extremo de la pista bailaban unas gogos medio desnudas. Pocos grupos de jóvenes, en su mayoría bien vestidos, y repartidos por las butacas; en la barra, algunas chicas con buen cuerpo y bien maquilladas, rodeadas de tipos mayores que nosotros. Al principio me sorprendió, no estaba acostumbrado a este tipo de locales. Amara y Mónica se miraron con complicidad, por lo visto lo conocían, supuse que, por la zona y por sus dos amigos médicos. Estaba claro que las chicas sentadas en la barra eran prostitutas caras, aparte de algunas de las que bailaban. Los grupos de jóvenes, aunque bien acompañados en su mayoría, debían visitar el lugar para divertirse con la vista, mientras que el resto, de nuestra edad como mínimo, buscaba un imposible o estaba dispuesto a que le vaciaran la cartera. Sin saberlo habíamos entrado en una local de alterne.
Jep y yo nos recreábamos con las gogos y el erotismo de su sensual baile, comentando lo buenas que estaban y el favor que estábamos dispuestos a darles, mientras nuestras compañeras se reían por nuestro embobamiento y nuestra simpleza.
-Creo que a esas ni pagando. Me parece que sus novios las esperan en la barra –nos dijo Mónica.
Las gogos pararon de bailar, supusimos que para hacer un descanso o por haber terminado su sesión.
Mónica y Amara se hablaron en voz baja, mientras Vicki y Anna se retorcían de risa. Nosotros, que no sabíamos de qué iba, las observamos con prudencia. De pronto Amara se levantó y se acercó a la barra, habló con uno de los camareros, luego con otro y volvió; dijo algo a Mónica y a Anna y se las llevó tras la barra. Nosotros, sorprendidos, preguntamos a Vicki qué se traían de cabeza. Ella ya no se reía, parecía expectante y algo preocupada.
-Viniendo de esas dos, seguro que algo gordo.
Un cuarto de hora más tarde volvió Anna con una sonrisa y se sentó junto a Vicki. Al poco vimos salir a las otras dos, no parecían las mismas, llevaban menos ropa y parecían algo más maquilladas, subieron a los pequeños y altos cilindros que servían de peana y se pusieron a bailar. La minifalda de Mónica, ya muy corta, parecía haberse encogido; mientras que Amara había doblado al máximo el bajo de sus shorts.
Anna, Joan, Biel y yo nos partíamos de risa, pero sin dejar de admirar su baile, tan o más sensual y erótico que el de las anteriores gogos. Poco a poco, entre una canción y otra y de espaldas a nosotros, empezaron a desnudarse. Parecían profesionales y lo hacían al unísono. Jep y Joan se removían inquietos en sus butacas y yo, por lo que más tarde me contaron, no podía cerrar la boca. Por la posición de sus brazos imaginé que los utilizaban para cubrir sus pechos. Los tipos de la barra, petrificados en sus taburetes parecían no creer lo que estaban viendo.
No era su primera vez. En nuestras fiestas de vez en cuando una de ellas nos regalaba con un espectáculo; pero así, casi al unísono y en el centro de una discoteca, era tan inesperado como impensable. Cada una bailaba a su manera, pero algunos gestos los hacían coordinadamente; como en el momento, que levantaron los brazos simulando recogerse el pelo tras la nuca. Una exclamación recorrió toda la sala. Se dieron la vuelta. Yo, ya repuesto de la primera sorpresa, sentí una gran excitación, parecía ser uno más. Miré a Jep y no pude más que reírme, se había cubierto la cara en un vano intento de no seguir mirando. Llevaban la cremallera bajada y contoneaban sus caderas, otra vez cubriendo sus pechos con los brazos, de manera que tanto la minifalda como los shorts, imparables, no paraban de deslizarse hacia el suelo. Mónica, con el cabello por encima de la cara, la boca entreabierta y una mirada que derretía un iceberg, con una mano empezó a acariciarse el vientre; parecía seguir una vertiginosa danza. Su falda ya solo le cubría el pubis y estaba al borde de caer, se la había arremangado en pleno éxtasis, de manera que parecía un ancho cinturón. Amara bailaba con las manos aguantando los shorts por la parte de atrás, ya que solo le cubrían parte del pubis, irguiendo sus pechos y mostrando su cuerpo con tanta naturalidad como erotismo.
Me volví hacia Jep.
-Creo que no llevan bragas.
Era lo más probable, dada la cantidad de carne a la vista. El pobre, que no se atrevía a mirar siquiera a través de los dedos, empezó a menear la cabeza.
A Jep, hombre público ya entonces, le preocupaba la imagen; según él no podía permitirse habladurías y había adiestrado a Mónica al respecto. No le importaba con quién estuviera o lo que hiciera, siempre y cuando fuese en la intimidad y con gente de confianza; pero el alcohol, la excitación y el ambiente, desbaratan las voluntades y hacen que la persona olvide sus promesas; aunque yo dudaba que algo de eso tuviera que ver en el asunto o que Mónica prometiera algo que afectara su libertad.
Súbitamente la música cambió, probablemente de manera pactada, y las dos chicas se arreglaron, bajaron de los pequeños escenarios y se refugiaron tras la barra. Debieron pensar que lo más prudente era esperar que se enfriara el ambiente y recuperar su imagen antes de cruzar el local. Al volver nos miraron con burla.
-¿Qué os ha parecido? ¿Nos merecemos un buen polvo o no? Incontables según los tíos que nos rodeaban, y ni os cuento la de dinero que estaban dispuestos a soltar por solo uno.
Habían pasado cuatro años de cuando la conocí. La transformación había sido tan radical que cualquiera de sus antiguos amigos no la reconocería; y pensé en sus compañeros de trabajo, que necesariamente habían vivido su cambio. Amara, como cualquiera de nosotros, compartía más tiempo, ideas e inquietudes con la gente de su entorno inmediato, que con su familia y sus amigos. Pero en su caso todavía era más profundo, la vida hospitalaria afecta más intensamente y sus dos amigos médicos eran un buen ejemplo. Yo no podía abstraerme de un cambio, que por mucho que lo hubiera vivido y promocionado, era tan brutal que hasta a mí se hacía extraño. Amara corría más que mi mente en todos los sentidos y la sensación de ir a su remolque, aparte de no molestarme, era tan evidente que me acostumbré a la situación. Quizá fuera entonces cuando descubrí que yo solo había sido una herramienta y en aquel momento ya ni eso. La complicidad de Amara con mis amigos era absoluta. En realidad habían sido Anna, Mónica y Mila quienes la habían despertado y la vida hospitalaria moldeado.
Recuerdo una noche en particular. Amara discutía con Jep y con Joan sobre algo que escapaba a la mayoría. Habíamos jugado una partida de cartas y, después, en cambio de bailar o divertirnos, nos habíamos puesto a hablar de las diferencias entre las distintas sociedades. Echados sobre los colchones y en los dos grandes sofás, había pedido unos minutos de silencio para explicar los entresijos de la mente humana, desde la disciplina psicológica, hasta la biológica pasando por la médica. Nadie de los presentes, prepotentes con su cultura y con la creencia de poseer más sabiduría, se atrevió a abrir la boca. Yo, recostado en el sofá, disfrutaba de las sensuales caricias, y los maravillosos besos de Anna, mientras escuchaba la disertación de mi compañera. Y me di cuenta que eran Anna y Mila quienes hablaban por su boca, sus mismas ideas, pero con otra manera de expresarlas, más concisa y fácil para nuestra sencilla mente.
De pronto sentí el beso en la garganta, tan característico, tan distinto a cualquiera, y sus dedos recorriendo mi nuca y mi cuero cabelludo. Me estremecí. Amara seguía hablando, ya no reclamaba minutos y silencio, no hacía falta, mientras Anna recorría mi cuerpo con sus manos, con su inconfundible tacto y suavidad, su repentino y cálido abrazo. Casi las mismas caricias, el mismo fuego, la misma manera de besar, casi. La miré entre divertido y emocionado, hasta en eso se notaba su influencia. Si cerraba los ojos y hacía un esfuerzo, en mi mente podía imaginar la gestualidad, la sensualidad y la manera de poseer y deshacer al macho de mi compañera. La diferencia solo se limitaba en su belleza, su atractivo y su apabullante desbordamiento sexual, que arrasaba hasta el punto de hacer olvidar a su maestra. Sonreí… ahora la recordaba en sus ligeros gestos, que servían para brindar su cuerpo al goce del macho, sin condiciones ni reservas; y la manera de mostrarlo, cubriéndolo con simulada timidez o marcando su poderosa sexualidad con sutil picardía.
Gracias, me habría gustado decir en aquel momento, gracias por todo lo que has hecho
¿De qué? Me habría preguntado sorprendida. Y yo habría callado por prudencia.
Para Amara la psicología era una pasión y la biología su hobby. Escuchando a Mila sus disertaciones y siguiendo sus investigaciones, había aprendido biología; y leyendo los artículos de Anna y siguiéndola en sus conferencias, había perfeccionado sus estudios de psicología. Amara en ningún momento puso la ideología como excusa, sabía que esa depende de la víscera y no admite reflexión; sin embargo, utilizó la mejor arma que disponía y a la que sus dos amigos, científicos y cultos, nunca se opondrían. El más joven del grupo y al que todos amparaban, les había desmontado el entramado ideológico con la incuestionable ciencia, igual que Darwin hizo con el creacionismo.
Se volvió con una sonrisa, la misma que conquistaba voluntades y destruía fronteras.
-Ahora, aclarado que la genética y las costumbres nada tienen que ver con las diferencias socioeconómicas, si queréis seguir con el tema nadie mejor que esos dos –dijo señalándonos, con la certeza que en eso les dábamos un baño.
Me encogí de hombros, mientras que Anna siguió acariciándome como si la cosa no fuera con ella. Ninguno de los dos estábamos dispuestos a discutir sobre un tema que saltaba a la vista. No era cosa nuestra que los demás no quisieran utilizar el cerebro, y tampoco teníamos interés en escuchar sus peregrinas ideas.
págs. 58, 59 y 60

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