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domingo, 10 de febrero de 2013

EL DESENFRENO

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Ava, la belleza en bruto y salvaje





Hay días que siento la necesidad de envolverme en los recuerdos más morbosos, en aquellas historias que a menudo olvido por, seguramente, el adormecimiento de mi cuerpo y de mi mente.
Ayer una joven amiga, conocedora en parte de la vida que habíamos llevado, me habló sobre la fiesta en la que había participado con su novio.
-¡Una orgía, Popol! –me dijo entre risas y burlas.
Una orgía, para ella desenfrenada, en la que pudo dar rienda suelta a sus sentidos y a su morbosidad.
-¡Mi primera orgía, Popol! –Exclamó emocionada y segura que habría muchas más.
Luego, después de contarme todas las vicisitudes, descubrí que la próxima tendría que ser con otra gente, ya que sus amigos no estaban muy seguros de seguir con la aventura; también que lo de la rienda suelta a sus sentidos había sido más imaginario que real. Y le conté una de ellas, solo una, tranquila, casi privada, una de nuestras pequeñas fiestas de fin de semana, en las que solo participábamos los amigos de siempre y alguno más, escogido con cuidado, una pareja generalmente, a veces una amiga de alguna de nuestras compañeras, otras un par de amigos. ¿Por qué ellos tenían que venir de dos en dos? Ahora, con el tiempo pasado, me pregunto muchas cosas de aquel tiempo, y no solo circunstancias de las fiestas, de los viajes que hacíamos o, incluso, de las paradojas que viví en los años de lucha. Ellas venían solas. Que recuerde solo una vez vinieron dos de juntas, pero por una casualidad. Ellos siempre de dos en dos, seguramente para darse más fuerza.
Para la mayoría una gran orgía, algo que escapaba a la imaginación de cualquiera que no nos conociera y a la comprensión de quien nos conocía. Para nosotros una pequeña fiesta de fin de semana, una más de las que acostumbrábamos, muy tranquila, a nuestro parecer, en comparación a las poquísimas orgías a las que habíamos participado. Y es que no nos gustaban por lo mucho que obligaban. Curiosamente también eran ellas las que ponían menos reparo, quizá por la morbosidad de lo desconocido y la seguridad que representaba tenernos cerca. Solo Jep compartía su gusto, olvidándose con facilidad de Mónica, a la que yo infructuosamente vigilaba, ya que mi amiga desaparecía con una facilidad asombrosa, la misma de los tiempos de revuelta, cuando se escabullía de todas las miradas, de las nuestras y de la policía.
Le hablo de la fiesta, de lo que hacíamos y cómo nos divertía; cómo, esta vez sí, dábamos rienda suelta a nuestra morbosidad, cómo los compañeros hacían lo posible para satisfacerla hasta un límite que hoy es difícil de entender, con naturalidad y amor, porque solo así se podía. Y le cuento qué regalo de aniversario nos hacíamos y cómo todos debíamos satisfacer el deseo del homenejeado, el más recóndito; y cómo se lo arrancábamos, porque muchas veces era desconocido hasta para él. Y ella me mira entre embobada e incrédula, envidiando tanta falta de prejuicio, con el temor del posible engaño, preguntándose si puede ser cierta tanta liberalidad en un tipo de sesenta y uno, que habla de treinta años atrás, cuando ella ni siquiera era un proyecto humano.
-Entonces, ¿cómo eran las orgías? -Pregunta con mirada de asombro.
-Un día te contaré alguna –le prometo con la esperanza de su olvido.
No me gusta hablar de ellas, no fueron de mi agrado, excepto quizá una o, si mucho me apuro, dos. No me gusta porque parece que me recreo en ellas. Ni siquiera aquí, en este blog y en el tiempo que conté parte de mi vida, expliqué ninguna de ellas. No me gusta porque no las entiendo y supongo que, como defensa, las he ido borrando de mi memoria.

Hoy me relajo y cuento historias sin valor y de disipación. No detallo la orgía, pero cuento que la hubo, a quién se la he explicado y el por qué. No había razón alguna, en todo caso contarla me lo impuse a mí mismo.
-Entonces lo único que yo he hecho ha sido un pequeño cambio de parejas.
-Pues sí, igual que nosotros. Es lo mejor, lo más sano y lo que hace menos daño, siempre que tengas muy claro lo que haces.
Me mira, no entiende y se burla o, mejor, piensa que soy yo quien se burla de ella.
Me relajo, no tengo ganas de hablar de política, de democracia o de economía; las tres cosas de las que más sé o lo imagino, pero sí las que más han ocupado mi espíritu, cuando antaño lo tuve o ahora que lo he recuperado.
Escribo rápido, de un tirón y sin pararme en el repaso, eso lo dejo para más adelante, una vez publicado. Es así como me gusta, dando rienda suelta a mi recuerdo sin que nada ni nadie, ni yo en este caso, pueda censurar un ápice.


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