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viernes, 24 de junio de 2011

HUMANIDAD

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Y la sensualidad y la sensibilidad de Anna, y su sabiduría. Y la extraordinaria belleza, sexualidad, erotismo de Amara.
¿Qué más puede pedir un hombre, cuando ya ha llegado al paroxismo de sus sensaciones?
Estallaba entre las dos mujeres y hembras. Porque eran las dos cosas a la vez.
Daba lo mismo que fuera haciendo el sexo, comiendo sentados en un claro de bosque, pedaleando o charlando frente un paisaje. De cualquier manera desbordaban humanidad, inteligencia, sensualidad.
Y a la orilla de un pantano, entre la espesura de un bosque… Al mediodía, después de comer; por la noche, una vez cenados; por la mañana… Daba lo mismo, el tiempo no existía.
Caricias, besos… sus bocas sobre mi cuerpo. El placer absoluto. El hombre convertido en un gemido continuo, en agitada respiración. El placer perfecto en manos de las dos mujeres más sencillas y desinhibidas. Su inteligencia al servicio del placer, de la entrega.
Agotado, sin fuerzas, con la mente confusa; salía de la pequeña canadiense para recuperarme, con la seguridad que sería imposible, que nunca podría rehacerme a tiempo.
Leía, intentaba relajarme. De la tienda escapaban suaves gemidos de hembra cachonda, de hembra a la que satisfacen con sabiduría. El sonido más erótico y sensual que hombre alguno puede escuchar, el de la hembra estallando de placer, unas veces sumiso, otras salvaje, y siempre agitado.
Eran los de Amara.
Invitadoras, retadoras, incansables. Me miraban y sonreían satisfechas.
Amara, la mujer absoluta.

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Hace un par de días, al bajar las escaleras encontré al compañero de Fátima limpiando los grandes cristales de la entrada. No supe si alegrarme. Si limpia es que no tiene trabajo; sin embargo, trabaja. Limpiar es trabajar.
No me dio tiempo a preguntar.
-Ya soy padre-
Y sale corriendo hacia la bicicleta, abre la mochila y me enseña una carpeta con fotos.
Una niña preciosa, morena como su madre, sus ojos grandes y oscuros…
-Son para ti-
Me lo quedo mirando. Me río…
-¿Para mí?-
-Sí. Para ti de parte de Fátima-
No sé si reír o llorar. Estoy perplejo, es el mejor regalo que podía hacerme.
Últimamente se me humedecen los ojos con demasiada facilidad.
¿Serán los sesenta? ¿Estaré recuperando la humanidad?
Se lo tendré que preguntar al holandés errante, aunque creo que él nunca la perdió.

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Lloré cuando tuve a mi hija, cuando me la dieron a los pocos segundos de salir del vientre de su madre. Me la tuvieron que quitar de los brazos. Temblaba demasiado.
Se me humedecieron al abrazar a Anna, quizá algo más de lo normal porque tuve que secármelos. Entonces también temblé, pero por la tensión pasada y el desahogo del primer momento. Y ya en el avión, junto a Alvar, volvieron a humedecerse, pero esta vez por contagio, ya que el lloraba.
Los sentimientos nos juegan malas pasadas, nos impiden mantener la mente fría y el corazón templado.

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Cuando encendieron las luces fue al primero que vi. Estaba junto a Mónica. Seguramente le estaría explicando su versión de los hechos, mediatizados con cuidado; ya que, aun sabiendo que es a la única que se le puede contar la verdad, hay que mantener la discreción.
Lo abracé una vez más. No podía ser de otra forma. Y lo presenté a todo el mundo como lo que es: mi amigo hermano; el único, con Anna y Mónica, que ha demostrado que moriría por lo que cree o por los que ama.

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1 comentario:

  1. Esa mujer absoluta, absolutamente te quito el "sentío" debe de ser un viaje precioso el que emprendiste con ella para el resto de la vida.
    Feliz solsticio querido Pau

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