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domingo, 10 de enero de 2021

El Camino Infinito, 14ª parte

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Volví a mi casa más delgado y fuerte, pero decidido esta vez a cumplir mi promesa. Nunca más iría a la montaña y menos con Artur. Habían sido demasiadas las veces que habíamos desafiado a la suerte.

Los rosales, aún pequeños, ya estaban cubiertos de aromáticas flores y los gladiolos empezaban a aflorar. De vez en cuando paseaba por el jardín, acompañado de Rina y los niños. Y ella me miraba mientras podaba los rosales, y me preguntaba el por qué de aquel corte a dos nudos o aquel otro a tres; y por qué dejaba unas rosas sin cortar aunque se vieran mustias. Y miraba como removía la tierra justo antes de regar, y le contaba que era para oxigenarla. Recuerdo que por entonces y para su satisfacción planté dos jazmines, uno a cada lado de la entrada; y helechos, pies de elefante y una

dama de noche en la parte de atrás, donde apenas daba el sol. A Rina le encantaban las plantas y las flores aromáticas. Decía que le recordaban su tierra. El jardín, antes tan desangelado y pobre, había tomado vida y color, y en poco tiempo exhalaría maravillosos aromas. A todos les daba gusto pasear por él, aunque solo fuera dando la vuelta a la casa.

A mi vuelta, puede que por la experiencia pirenaica y haber sentido la muerte tan de cerca, decidí lanzarme a la aventura del Tibet. La vida es demasiado corta y nadie conoce la suerte que le espera. Ya no era cosa de Alba ni del poco amor que aún podía sentir hacia ella, sino que difícilmente se me presentaría una ocasión parecida.

Planteé el posible viaje a mis compañeros. Antes había hablado con Jep, que hacía poco se había comprado un flamante Seiscientos y necesitaba ganar dinero. Joan y él escribían cuentos cortos que vendían a algunas revistas, y confeccionaban piezas de modelismo naval; pero mi amigo con eso no tenía suficiente. Le ofrecí nuestra clientela y se avino a vender, repartir y cobrar mientras durase el viaje.

Jep era muy trabajador y fue de gran ayuda. Tenía mucha mano con los problemas mecánicos o de producción, y terminó trabajando en el taller en sus ratos libres, que eran muchos, y siempre que podía nos procuraba material. Mis compañeros ya lo conocían y sabían cómo era y les gustaba, de manera que pude dejar la temporada de verano resuelta.

Sorprendentemente, mi amigo no conocía a Anna. Supongo que gran parte de la culpa fue mía, quizá entonces ya sentía mucho más que amistad hacia ella y temiera que mi atractivo amigo la hiciese suya. Ridículo, puesto que el talante de mi amiga no permitía ser propiedad de nadie, y a mí siempre me había gustado que mis amigos y amigas se conocieran y lo pasaran bien entre ellos. Pero el subconsciente juega malas pasadas y hoy recuerdo vagamente sentir este temor. Sin embargo, si algo me causó sorpresa y a la vez mucha satisfacción es que Anna, al saber de mi interés por hacer el viaje, durante una de las muchas veces que cenaba en casa, me preguntara si podría acompañarnos. Con su propuesta las pocas dudas que me quedaban desaparecieron por completo. Con ella me sentía mucho más seguro y bien acompañado. Lo que mi intuición decía que podía terminar siendo una mala experiencia, seguramente con Anna se convertiría en una magnífica aventura, que probablemente nunca podría volver a disfrutar. Los estudios de mi amiga finalizaban en junio, su trabajo era intermitente y no estaba asegurada, de manera que podía permitirse mucha libertad. Ya entonces intuía que aquel largo viaje podría precipitar el final de mi amistad con Alba. Ella, después de todo, hablaba de quedarse y esa no era mi intención.

Es curioso cómo somos o éramos. Recuerdo que antes del viaje me preocupaban más el jardín y la seguridad de Rina y de Bill, extranjeros e indocumentados, que el negocio; tal vez porque intuyera que estaba en buenas manos y que yo había dejado de ser imprescindible. Y también me preocupaba mucho Alex. No hacía tanto que había sido aceptado como uno más de aquella familia, y ya me sentía parte de ella. Y me preocupaba más su tranquilidad y felicidad, que mi futuro o el dinero que dejábamos de ganar. Alex era el mayor y con menos ganas de broma, sin embargo, con facilidad caía en el descontrol y se dejaba arrastrar por el último en llegar, que en este caso había sido yo. Yo confiaba mucho en Rina, más joven, pero práctica y sin paciencia para los intrusos; en Sole, tan joven pero trabajadora y responsable, que hacía incondicional piña con Rina; en Mila, la más disparatada de todos, pero también la más inteligente, fuerte y segura. Mila, dentro del juego que representaba su vida, sabía lo que quería y era capaz de sacrificar su espíritu por el interés de los demás.

Bill, curiosamente por lo que le había deparado la vida, vivía en una nube de magia y de bienestar. A nuestro amigo, cuando alguien le daba una bofetada, le faltaba tiempo para poner la otra mejilla. En eso era como Cristo y siempre pensé en el acierto de su huida, porque en Vietnam seguro que lo habrían matado sin haber pegado un tiro para defenderse.

Anna y Alba eran completamente distintas. La primera: guapa y atractiva, de cara más ancha, ojos oscuros, tan grandes como penetrantes; el cabello cortado hasta la nuca y ondulado, con desordenado flequillo; su nariz era un poco ancha y ligeramente aplastada; alta, fuerte y de preciosas formas. La delicada separación de sus incisivos le daba un aire alegre y simpático al que hacía honor; y sus gruesos labios, su boca y su perfecta barbilla la convertían en una mujer muy seductora. Una mujer inteligente, culta y cuidadosa en sus razonamientos, nunca hablaba de más y era muy comedida al hacerlo.

Alba también era morena, pero de cabello lacio y largo con la raya en medio; su cara de líneas delicadas y perfectas, de ojos rasgados y mirada romántica; y sus labios, ni pequeños o demasiado grandes, estaban en armonía con el resto de su cuerpo. Casi tan alta como Anna, mucho menos fuerte, de pocas curvas y los pechos más pequeños. Hablaba poco y también con cuidado, de gran inteligencia, aunque parecía haberla perdido o despreciado. Actuaba como una niña consentida por su belleza y personalidad, algo que yo nunca hubiese imaginado que sucedería.

Pedí a Bill que contactara con los camaradas repartidos por el camino que debíamos pasar, huidos como él de la guerra. Necesitábamos cobijo, lugares donde pernoctar y comer hasta nuestra llegada a Londres, donde deberíamos coger un vuelo hasta Delhi. Una vez allí tendríamos que buscar cómo llegar al Tibet, pero encontraríamos la manera. La vida en La India era muy barata y unos jóvenes como nosotros, acostumbrados al hambre, al frío y al calor, podrían con todo.

Antes de salir organicé con Jep un par de salidas a la Costa Brava y una tercera a la costa alicantina; la primera con muestras y algo de material, para pagar la gasolina y las comidas; la segunda para repartirlo, de manera que Jep pudiera conocer los clientes y saber como tratarlos. Lo hicimos en su Seiscientos, y aún me asombro cuando hoy veo uno de ellos y pienso que dormí en su interior con material incluido.

Siempre recordaré aquellas dos semanas de carretera, comidas baratas, tiendas turísticas, discotecas y chicas, muchas chicas, francesas unas, alemanas otras y españolas las que más. La última noche la pasamos en Calella y entramos en lo que parecía un gigantesco pub, nunca había visto nada igual. Estaba lleno de gente, casi toda de la misma edad que nosotros y británica en su mayoría. Nunca supe diferenciar un inglés, de un escocés o un galés; para mí todos son iguales y beben y gritan de la misma manera, aunque allí la gente se entendía sin apenas alzar la voz. En el centro, sobre una alta tarima de más de un metro de altura, a la cual se llegaba por unas escaleras, había un grupo de mesas y sillas, y en una de ellas dos parejas dándose el lote.

Y me fijé en ella, en su mirada. Era muy joven o eso parecía. Delgada, morena, bellísima, con el cabello largo y ondulado, tan oscuro y denso como sus ojos. Una preciosa muñeca. Su compañero la besaba con excesiva y artificial pasión. -Mirad que tía me he agenciado- parecía anunciar. La chica podía ser de cualquier nacionalidad, aunque desde el lugar dónde nos encontrábamos parecía latina. Estaban lejos, allí todo parecía estarlo, y llegar a la barra para pedir una cerveza se nos hizo eterno y costoso. Tuvimos que abrirnos paso entre una muchedumbre que no nos entendía ni hacía nada por intentarlo. Y volví a sentir su mirada, fuerte, penetrante, hambrienta y apasionada, que esquivaba la cara de su compañero, como apartándolo para seguir nuestros pasos. No recuerdo haber sentido una mirada igual a la de aquella chica. Me gustó. Jep había sentido lo mismo, pero con más fuerza si cabe. En su interior había estallado una carga de profundidad, una explosión de mil sensaciones que se desparramaba a su alrededor. Conseguimos acercarnos a la barra para pedir unas cervezas y al poco se nos acercó y tomó asiento a nuestro lado. Era increíblemente bella, una de las mujeres más hermosas que jamás haya visto. Su cara, de muñeca tal como se reflejaba en la distancia, era de una sorprendente perfección, tanta que escondía su evidente juventud. Todo acompañaba, sus labios, sensuales sin ser excesivamente gruesos, su recta nariz, la suave y morena piel, casi de mulata; y su cuerpo y cada poro de su piel rezumaban sexualidad. Y sentí la turbación de mi amigo, de la misma manera que la mirada de aquella chica, que pasaba con aparente timidez de uno a otro. Y recuerdo hablar con ella, poco, porque racionaba en extremo sus palabras. Le pregunté si era española como aparentaba. Era la mujer perfecta, la que todo hombre desea y mataría por tenerla, aunque fuera una sola noche. Mientras le hablaba, me dediqué a vigilar al británico que la había perdido. El tipo estaba charlando y riéndose con sus amigos. De lejos parecía estar algo bebido y de carácter inofensivo. Su amigo seguía departiendo con la amiga de nuestra nueva acompañante y eso parecía mantenerlo tranquilo.

Los ojos de Jep evidenciaban lo que pasaba por su cabeza, iban de la cara al cuerpo de la chica, de manera tan veloz, que no entendía cómo podía retener una imagen concreta. Hablaba atropelladamente y de mil cosas distintas, tan inteligentes como poco interesantes para una chica tan joven, que unos momentos antes besaba apasionadamente a un británico desconocido. Y temí que con las prisas estropeara el encuentro.

El temperamento de mi amigo era extremadamente tórrido y, aunque de fuerte atractivo, las mujeres no solían entender tanta premura. La chica llevaba una camisa de cuadros tejanos, que dejaba ver un precioso escote y su larga y estilizada garganta; y una falda, que por mucho que lo corto estuviera de moda, alteraba los sentidos y la imaginación, aparte de hacer que los ojos se movieran de arriba abajo a la velocidad del sonido. Pero lo que más llamó mi atención, es que, por su manera de hablar y sus gestos, aparentaba no darse cuenta de lo que provocaba en los hombres. Cuando le contamos a lo que nos dedicábamos y como vivíamos, y mi próximo viaje al fin del mundo, en pos de una

quimera en forma de dos mujeres tan distintas, sin saber como llegar ni volver, me miró con admiración, pero sin excederse, como si tampoco fuera tan extraño para ella.

Nosotros dormíamos en casa y ellas en el apartamento de su familia en el pueblo. Ninguno de los cuatro necesitaba dar explicaciones. Yo tenía casi veinte y Jep los acababa de cumplir. La chica no podía pasar de los diecisiete, su cara los aparentaba pero su cuerpo alguno más. Debía ser la primera vez que conseguía salir de noche o una de las pocas que le dejaban, y estaba decidida a aprovecharla. Salimos a la calle junto a su amiga, que era su prima y un par de años mayor que ella, y mirándola con ironía nos dijo:

-Me han dejado salir por ella. Según mis padres es muy seria y responsable.

Teníamos el coche cerca, de manera que nos acercamos y les enseñamos algunas de las piezas que vendíamos, y ella se quedó un brazalete de latón bellamente repujado. De vez en cuando, cuando la visito, me gusta buscarlo por el salón de su casa. Y es que Mónica, con picardía y de manera periódica, suele cambiar de sitio sus recuerdos. Les propusimos ir a la playa, sentarnos y charlar un

rato. Era primavera y el agua estaba muy fría, no obstante, me desnudé y fui hasta la orilla. El mar es algo que me supera, y cuando lo veo siento la necesidad de lanzarme a él por muy picado que esté. En aquel momento estaba tranquilo, como suele suceder en las noches mediterráneas, que de día puede haber fuerte oleaje y de noche solo queda la resaca. No esperaba que nadie me siguiera, por lo que, cuando la vi pasar por mi lado, completamente desnuda, bellísima, explotaron mis sentidos. Y se lanzó al agua sin pensárselo, emergiendo unos metros más lejos, enseñándome su magnífica y bronceada espalda. La noche, el mar, el reflejo de la Luna y ella. Mi mente quería estallar. Me acerqué y se volvió, erecta, espléndida y con su cabello mojado sobre la cara, que apartó con un gesto, y sus pechos goteando y brillando como si estuviesen cubiertos de perlas. Hablamos unos momentos y la vi estremecerse por el frío, con las manos le masajeé sus hombros, estaba tan pegada a mí que pude sentir sus pezones rozando mi pecho. Y salimos, el frío empezaba a atenazar nuestros cuerpos.

Nunca sabré por qué no me lancé. Quizá el viaje, Alba, Anna, las preocupaciones, los nervios y también mi amigo. Por qué no lo intenté en aquel momento. Solo necesitaba abrazarla y besarla, y ella me hubiese correspondido, estaba seguro. Aquella mujer tenía algo que me fascinaba y me perturbaba. Quizá fuera su extremada belleza lo que me intimidó. Hoy no puedo recordar cuál fue el impedimento, si mi estupidez, mi falta de decisión o mi inseguridad.

Tan parca de palabras y de sonrisas, que parecía producto de la timidez y de su juventud; sin embargo, no demostraba complejos ni vergüenza. Era directa en todo, no había tenido ningún reparo en asaltarnos en el pub, dejando al británico, a todas luces producto de una conquista personal, plantado sin más.

Nos despedimos sin llegar a más de un beso de despedida, que me supo a gloria por muy insustancial que fuera; pero, ya camino a casa, Jep me enseñó un número de teléfono apuntado en la palma de su mano.

El viaje a la costa alicantina terminamos haciéndolo con el 2CV, queríamos cargar el máximo y, para no arriesgar, cogimos el material preparado para el resto de la clientela; pensamos que si lo vendíamos volveríamos a fabricarlo. El seiscientos era pequeño y no daba para mucho en comparación a mi coche. Ni en el mejor de nuestros sueños hubiésemos podido vender tanto. En Benidorm ya no nos quedaba nada y, si fuera por los clientes, se habrían quedado hasta las muestras. Yo nunca había llegado tan lejos, no conocía nadie ni nada y era la primera vez que hacía un viaje tan largo en coche. El listado de clientes nos lo dio Pierre, un parisino conocido de Mila, dos años mayor que yo, más revolucionario que hippie. Estaba de paso por Barcelona y se ganaba la

vida vendiendo lo que fuera por la costa. Lo cierto es que pasó unos días en casa, algunos más de los previstos, porque a Mila le gustó y con razón.

Pierre era un tipo fantástico, maduro, grande, algo más que yo, tanto que parecía tener muchos más años y no solo por el físico; pelirrojo, barbudo, muy culto y simpático. Siempre tenía una sonrisa en su boca y mucho sentido del humor, a veces demasiado, ya que nunca sabíamos si hablaba en serio o con ironía.

Pierre fue el tipo que me bautizó. Desde el primer día, aún no sé por qué, me llamó Popol, para él: Popaul, y no me pareció mal, aunque tampoco hubiese podido hacer gran cosa, ya que desde aquel día, todos me llamaron así. Seguimos vendiendo con ayuda de las muestras. El hecho que no lleváramos material se hizo incómodo, ya que debíamos convencer cliente por cliente, que el material llegaría en su día y tal como se enseñaba.

Por entonces el ambiente en la costa alicantina era fantástico, joven y divertido. Por las mañanas visitábamos alguna tienda, al mediodía íbamos a la playa con bocadillos y cervezas, por la tarde volvíamos a visitar clientes y las noches las dedicábamos a las discotecas. Los tenderos eran simpáticos y muy extrovertidos, de manera que el trabajo se hacía llevadero y entretenido. Temía, con razón, que en el Tibet no podría llevar esta vida de diversión y juerga.

Pierre era anarquista y había participado en las jornadas del 68 en París, conoció a Dani el rojo y estuvo hasta el final de la revuelta. Consideraba el régimen francés de la misma calaña que el español; decía que en su país gobernaba una dictadura camuflada de democracia, tan sanguinaria y fascista como podía ser la española. Y habló del sesenta y uno, cuando bajo el manto de la quinta república, la policía asesinó a doscientos argelinos, excombatientes muchos de ellos, que se manifestaban pacíficamente, y echaron sus cadáveres al Sena. Y al año siguiente detenía a la gente por sus facciones, y la torturaba y asesinaba en los cuarteles. Probablemente estos hechos sucedieron durante mis dos viajes de pequeño al sur de Francia, de visita a la hermana de mi abuela y a su compañero republicano; cuando este llenaba mi joven cabeza con alabanzas a De Gaulle y a su maravillosa república, y de desprecios a España y a los españoles.

 

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miércoles, 6 de enero de 2021

El Camino Infinito, 13ª parte

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En la comuna entraba y salía gente de muchos lugares y creencias, profundamente religiosa o atea convencida, niños de papá rico huidos del redil y sin futuro, pero visitantes a los que dábamos cobijo por un día. Nuestra comuna era una casa, nuestro hogar; y los que lo integrábamos conformábamos una tribu bien avenida y sin fisuras, con algunos amigos de confianza que entraban y salían cuando les antojaba. Nuestra mesa no siempre había estado bien provista, pero por una u otra causa, nunca faltó comida para quien la necesitara y la solidaridad estaba por encima de cualquier asunto personal.

Cuántas veces habíamos comido poco para que otros pudieran compartir, para que a los niños no les faltara de nada, ni siquiera aquel juguete que tanto les gustaba. Y cuántas los cuidamos y pasamos una noche sin dormir o los llevamos al hospital, y negociamos con el médico o con el administrativo de la puerta. La comuna era una enorme familia no exenta de problemas, pero que nadie dejaba sin enfrentar.

Se hablaba muy poco de política o de religión, y solo cuando llegaba algún amigo del extranjero; por cuenta de Bill, que recibía algún correo de amigos huidos como él; o durante las reuniones con los amigos de Alex, a las que Rina y Sole, con la excusa de los niños intentaban no asistir. Eran temas puntuales y los rehuíamos. No queríamos problemas, sobre todo entre nosotros. La política enemista hermanos y divide familias. No lo sabíamos, pero lo intuíamos y eso bastaba.

Un día recibimos la visita de la policía, eran dos, un cabo y un raso. Según ellos en la casa había droga y se montaban orgías. Habían sido alertados por un vecino anónimo. Lo habitual es que no las hubiera, en eso teníamos mucho cuidado y aquella noche no habíamos recibido visitas. Les abrí la puerta y les dejé entrar. Era una tarde y las dos madres habían ido a comprar, Alex y Bill estaban con Mila, en la habitación que hacía de taller, montando una serie de complicados collares de un combinado de latón, cobre y alpaca. Mila trabajaba por las mañanas y durante las tardes estudiaba en un local abierto por profesores y estudiantes, ya que la Universidad había sido cerrada por la policía; pero aquel día no había clase y los ayudaba. La cocina estaba limpia y los niños dormían en sus pequeñas camas. Les enseñé toda la casa y les pregunté si querían revisar la habitación de los niños, que estaban durmiendo. Me preguntaron por sus padres y respondí con la verdad. No sabían qué cara poner, se les notaba violentos y turbados, y no amagaron su irritación con el vecino que nos había denunciado.

-Por nosotros eso no se repetirá- me dijeron -en cuanto a lo de las chicas, con su palabra que son mayores de edad tenemos suficiente. Tomaremos nota del denunciante y lo llevaremos a comisaría, por lo que es muy dudoso que vuelva a molestarnos con acusaciones sin ningún fundamento.

Se despidieron dándome la mano, algo insólito incluso ahora, y me pidieron que para su tranquilidad y la nuestra intentáramos no llamar la atención. Los veía a menudo cerca de la comisaría del barrio. Hasta entonces no me había fijado en sus caras. A partir de entonces me saludaban y de vez en cuando intercambiábamos unas palabras. Nunca me preguntaron por las chicas ni me pidieron su documentación, pero sí por los niños y su salud; y una de las veces, me pidieron que si uno de ellos fuese abandonado, no dudara en comunicárselo. Tiempo después, el cabo, ya como inspector, se convertiría en un buen amigo y una pieza importante de otra historia.

Por Navidad volvimos a montar la parada en la feria de belenes, pero esta vez por nuestra cuenta y no una sino dos. Y volví a pasear por las callejas aledañas a la Catedral, buscando más inscripciones o recordando las vistas anteriormente. Y me reencontré con Alba y sus amigos, y a veces me quedaba a comer con ellos, para charlar y divagar sobre el bien y el mal, lo divino y lo humano. Con el negocio y la venta, llegamos a acuerdos para comercializar su producto, fue fácil, ya que habían vuelto a trabajar y, sin embargo, habían perdido gran parte de su pobre red comercial.

Me gustaba pasear por las paradas, daba lo mismo que fuera de belenes o de artesanía; hippies las nombraban los más convencionales, no sin cierta razón por su parte. Buscaba algún regalo para los compañeros, un detalle para las amigas; y es que por poco sexista que fuera, siempre me quedaba el residuo de la educación recibida en forma de galantería. Entonces aprovechaba para charlar con los vecinos competidores, que, aun sin serlo, era la palabra que hoy mejor puede definirlos.

En una de las paradas reconocí a un primo lejano, vivía en Ibiza, en una comuna, y tenía fama de ser el hippie de la familia, pero lo era solo de apariencia. Se sorprendió al verme y más al saber dónde vivía, era cinco años mayor que yo, muchos para mi edad, y tenía cinco hermanos, todos menores que él. Me hizo gracia y le compré un pequeño cuadro de cerámica, casi miniatura. Intenté un acercamiento comercial, pero noté que se resistía. Quizá creyera que era mejor no mezclar negocio y familia, cuando yo ya no contaba con ella. Me gustaba su producto, era original y bien acabado; pero no menos que el de un grupo de uruguayos, también de Ibiza, y con ellos la relación sí que fructificó.

En esta feria conocí mucha gente y completamos nuestro negocio. Mis compañeros se reían de mi y decían que parecía más un relaciones públicas que un vendedor de estética hippie, cosa extraña puesto que por entonces el cabello largo era casi el uniforme y yo siempre lo mantuve corto.

Al finalizar la campaña, Alba me dijo que habían decidido marchar al Tibet aquel mismo verano y que les haría feliz si iba con ellos. En un principio pensé en negarme, no deseaba inmiscuirme en su vida ni volver a introducirme en su mundo; sin embargo, sentía demasiado amor por ella y empatía por algunos de sus compañeros, con los que mantenía interesantes charlas y aprendía mucho. En aquellos momentos, quizá por auto engaño, por la ocasión o porque realmente ella estuviera pasando por un período de lucidez y equilibrio, volví a sentirme profundamente enamorado. Lo cierto es que una vez más la veía maravillosa, fuerte y bellísima, casi recuperada de la degradación provocada por la droga. Era estúpido pensar así por mi parte, ya que sus momentos de lucidez, aunque mucho más largos y aparentemente intensos, no dejaban de ser eso: momentos, y mi amada solo era una sombra de lo que yo la imaginaba. Hoy pienso que tal vez fuera el éxito de nuestra lucha con Artur lo que me engañara, cuando solo habíamos sido el soporte de un hombre decidido a curarse y a superar su enfermedad. Aparqué la idea, aún faltaba mucho y podía pensarlo con tranquilidad.

Terminada la feria, uno de nuestros vecinos, anciano y muy simpático, me regaló esquejes de rosal y unos cuantos bulbos de gladiolo y tubérculos de dalia. A mi me encantaba la jardinería, de pequeño mi padre me enseñó y, lo poco que faltaba lo aprendí ayudando al jardinero de mi abuelo. Durante los siguientes días me dediqué a remover la tierra y abonarla con excrementos de vaca, que recogía en sacos de plástico durante mis viajes por la Costa Brava, para recuperar el jardín de nuestra casa.

Entraba la primavera y comenzaba la Semana Santa. Artur me llamó, deseaba hacer una última travesía; la última, me dijo emocionado. Yo no quería, la aventura con Sebas me había alarmado y estaba cansado de tanto buscar el límite. A Jordi, después de la muerte de nuestro amigo, dejamos de verlo, y lo último que supimos de él era que volaba con ala delta. No podíamos contar con él y eso hacía que aún me retrajese más.

Al fin acepté, nunca supe negar nada a mi amigo, con él había dominado mis miedos, el temor a las alturas y al vértigo, al mar embravecido, a las grandes olas; y aprendí a administrar mi fuerza y confiar en mi mismo, a dejarme llevar por la naturaleza, integrarme en ella. Y me lo tomé como una asignatura pendiente, un homenaje al que había sido nuestro amigo y compañero de aventuras.

Solo dos, lo menos aconsejable para acometer una travesía de la envergadura que pretendía. Debería haberme negado, todo corría en nuestra contra y talmente parecía que Artur quisiera desafiar a la suerte y a la naturaleza. Se trataba de subir hasta el pueblo de Meranges para llegar al refugio del Pradell, siguiendo las crestas pirenaicas entre Francia, Andorra y España. Eso me dijo mi amigo y yo, como un estúpido, caí en la trampa.

Fuimos al mismo hostal de siempre, el mismo dormitorio con su cama de matrimonio; parecía que siguiéramos una estudiada liturgia. La mujer del hostal nos avisó sobre la tempestad que se avecinaba y, como era de esperar, no hicimos caso, Artur me había convencido que nuestra experiencia y fortaleza podrían con todo.

Fue una de las peores tempestades que se recordaban, dudo que haya existido otra igual. A medio camino la ventisca lo borraba todo, hasta los árboles más próximos. El camino había desaparecido, a nuestro alrededor todo era blanco. Durante un tiempo, no puedo recordar si fue una o dos horas, o solo unos minutos, la ventisca fue tan intensa que no podíamos ver nuestras manos extendidas. La sensación de ceguera entonces es brutal e invalida al más preparado, porque por mucho que lo estés eso ya no cuenta. Buscábamos las pisadas heladas de los antiguos montañeros escarbando con cuidado, pero al poco ya era imposible encontrar nada y lo más probable es que hubiéramos perdido la orientación. Andábamos como sonámbulos, yo sabiendo que era imposible llegar; Artur, al contrario, parecía sacar la fuerza de todos los rincones de su cuerpo, desconocidos para mí y para la lógica de la naturaleza; y en los instantes de tenue visibilidad se subía a las ramas de las coníferas, se colgaba de ellas para tirar de mí como si de un Titán se tratara. Yo quería volver, sabía que la situación estaba a punto de volverse irreversible sino lo era ya. La única solución era construir un iglú con las pocas fuerzas que nos quedaban y esperar que la situación no siguiera empeorando, pero mi amigo parecía enloquecido, sabía que estábamos cerca y siempre decía que al siguiente recodo encontraríamos el refugio, no al que íbamos sino uno más cercano para guarecernos. Y calculé mi fuerza, el agotamiento que sentía; y en aquel mismo momento supe, con extraordinaria lucidez, que sería la última aventura. Y seguí, aún no sé por qué, tal vez por la locura que también llevaba dentro. Sabía que no podría convencer a mi amigo, que el seguiría aunque lo abandonara y no quise dejarlo solo.

Según el bosque que cruzábamos y los abetos enterrados, el espesor de la nieve debía superar los cinco metros. Y sabía que nada ni nadie podía sobrevivir a tal salvajada, que no encontraríamos el refugio y, de llegar, pasaríamos sobre él sin saberlo.

No sé el tiempo transcurrido, ya no me quedaban fuerzas, ni siquiera podía levantar un pie. La nieve nos llegaba hasta la cintura. Me abandoné, el frío empezó a hacer mella en mi cuerpo y en mi mente, y sentí la típica somnolencia anterior a la muerte. Me sentía bien, embriagado y con mucha paz interior. Artur me abofeteaba sin éxito, yo le pedía que me abandonara, que intentara salvarse. Por mi mente pasaba la película de mi vida, agitada, intensa, pero agotadora e incómoda; ya no valía la pena seguir viviendo, eso le decía a mi amigo-hermano. Y me dio un puñetazo en la nariz que me hizo despertar del letargo que sentía. No sé lo que me impulsó, supongo que el ver que Artur no me abandonaría, que ni siquiera me dejaría morir tranquilo. Era urgente, quedaban pocos minutos para volver a caer en el dulce sopor. Recordé los caramelos que guardaba en el bolsillo de la anorak, y la mezcla de ácido acético y azúcar hizo su efecto, y con las pocas fuerzas que recuperé, conseguí acercarme al precipicio y me lancé. Miré para atrás y vi a Artur tras mío.

Aquel día, por primera y última vez algo se me rompió, el tabique nasal. Y es que nunca nos habíamos roto un hueso, no recuerdo ningún esguince. A veces pienso que es suerte, otras, pericia; es de suponer que entonces fue por las dos. Quizá sea que Artur y yo nunca hemos caído, siempre nos hemos tirado. Aquel día descubrí que tenía un límite y dónde se encontraba. De Artur no puedo asegurarlo.

Fue una caída de muchos metros, interminable. Rebotábamos contra el suelo y los árboles; la nieve amortiguaba los golpes, había tal cantidad de ella que era imposible hacerse daño, a no ser que diéramos contra el saliente de una gran roca o directamente en el tronco de un pino. No fue así. Recuerdo dar volteretas sin parar. En cuanto podía situaba los pies por delante, pero en un momento volvía a estar cabeza abajo; entonces me doblaba como un caracol. Al fin caímos en el margen de lo que parecía un camino algo más despejado de nieve. Podíamos andar. Al poco unos montañeros que volvían por otra dirección nos encontraron, construyeron una parihuela y con ella me arrastraron

unos cientos de metros, los suficientes para recuperarme.

Nos dieron refugio en una casa de Maranges y una mujer me desnudó y fregó mi cuerpo con agua tibia, que a mi me pareció demasiado caliente. Nos dieron de cenar y dormimos en un pajar que la familia habilitó para los montañeros que, más prudentes que nosotros, se habían refugiado en el pueblo.

Estaba destrozado, no obstante quedé prendado de una chica morena, muy delgada y con unos grandes y oscuros ojos. Me sentí devorado por su mirada. Le acompañaba una amiga tan extrovertida como ella. Entablamos amistad y nos acostamos a su lado, con los sacos; y me quedé dormido sin darme cuenta, seguramente hablando de cualquier intrascendencia. Por la mañana andamos juntos hasta Puigcerdà, rodeados de nieve y dejando a nuestra derecha un maravilloso paisaje.

De aquella chica me impresionó su fortaleza, aunque ella lo estuviera más de la nuestra y de la audacia que habíamos demostrado. Fue un amor efímero pero intenso, de dos fines de semana. Supuse que debió asustarle mi manera de vivir y la poca estabilidad que ofrecía. De ella recuerdo su ardor. Los pocos preámbulos los ponía yo y casi a quemarropa, sin tiempo para completarlos. También recuerdo su pasión por la literatura y el teatro.

 

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sábado, 2 de enero de 2021

El Camino Infinito 12ª parte

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Artur volvió a su casa del Ampurdà, pero antes de marchar estuvimos alternando con un grupo de amigos que habíamos conocido a través de Sebas. Tiempo atrás, nuestro amigo nos los había presentado. Era gente tan interesante como aparentemente falsa, amistades que lo olvidaron en su enfermedad, más por haberla escondido con celo que por la indiferencia de ellos. El sobrino del gobernador civil, de hecho su heredero ya que este no tenía hijos, su primo, el hijo del jefe de la policía y algunos más; personajes de edad superior a la nuestra, de veinticinco o más en su mayoría. Nunca supimos como Sebas había podido alternar con gente así, pero sorprendentemente terminamos sintiéndonos cómodos con ella.

Sus charlas eran amenas y cultas, muy respetuosas y abiertas. Un día les dio por organizar timbas privadas de póquer, yo participaba solo de mirón, porque, por poco dinero que para ellos se jugara, para mi era mucho y tampoco me gustaba. Vigilaba las cartas, calculaba y en poco tiempo descubrí que todo seguía un patrón, solo era necesario saber cuál. Pronto empezaron a incitarme, sabían que nunca jugaría grandes cantidades, o como máximo lo que podía gastar durante una noche cualquiera. Un día entré en una de ellas, habían prometido un tope de dinero y lo acepté. Al final de la noche había ganado casi tanto como el que más y empezaron a tomarme en serio. Descubrí mi capacidad de concentración, la misma tuviera buen o mal juego, con la misma seriedad o sonrisa. Conseguí seguir siendo el mismo jugara o no, un tipo extrovertido que, ganara o perdiera, tuviera buenas o malas cartas, hablaba del mismo modo y con la misma alegría o preocupación. De mi mirada y gestos nadie podía predecir las cartas que guardaba, de mi rictus aún menos puesto que no lo tenía, y de mi gesticulación era imposible por ser la misma de siempre. Y es que, una vez más, me estaba divirtiendo. Ganaba casi siempre, de manera que nunca afectaba mi bolsillo, que no dejaba de ser el de mi familia; y tampoco demasiado dinero, como máximo dos o tres veces lo que hubiese costado mi cena en la pizzería de la esquina. Y Artur se reía tranquilo, su amigo, el más frágil y joven, y al que se sentía obligado a proteger, ganaba y era respetado por aquella gente tan curiosa como simpática. Supongo que mi forma de ser, la curiosa vida que llevaba y las historias, siempre incompletas, que contaba, me convirtieron en el amigo peculiar y extraño. Me trataban como un hippie exótico, un tipo que había escapado de su casa y vivía plácidamente en soledad.

Un día me llamó Patty para contarme que se había comprado un SEAT 133 para ir al norte, que estaría un tiempo fuera y quería despedirse. Le pregunté qué ciudad tendría la suerte de disfrutar de su presencia y me respondió con un nombre que, aun siendo muy extraño, entendí que nada tenía que ver con Euskadi.

-¿Y dónde está eso?- Le pregunté extrañado.

-En Noruega, Popol; es la ciudad más septentrional de Europa.

Supongo que mi silencio debió denotar extrañeza, porque acto seguido me dijo:

-Quiero ver la aurora boreal y he buscado un trabajo por allí.

Cuando llegué a su casa, me encontré inmerso en una fiesta tan pija y deslumbrante como ella. Artur también estaba y, como yo, aún le daba vueltas al asunto. Un 133 para ir al norte de Noruega, allí donde todo es hielo y en invierno solo llegan hidroaviones con patines y a tientas, porque siempre es de noche, para nosotros era un disparate. Ninguno de los dos podíamos entenderlo, ni siquiera él hubiese sido capaz de tal cosa.

Una vez que Artur marchó, seguí viéndome con la camarilla, que es como llamaba a sus amigos, saliendo de vez en cuando y participando de sus fiestas; algunas de ellas, espléndidas orgías con mucha droga, buen alcohol y poco sexo. Que, por mucho que se diga, los dos primeros están contraindicados para lo segundo. Yo seguía disponiendo de mis mundos, tan dispares como inconciliables: el de mi familia, donde me sentía mejor y más querido; el de mis viejos amigos de la infancia, Jep, Joan, Toni; el de Artur y Patty; el de la camarilla, de hijos del régimen con sus novias; y el grupo de Alba. Todos aparentemente apolíticos, excepto cuando se hablaba de ello.

A los de la camarilla nunca les conté con quién vivía. A mis compañeros tampoco les hubiera gustado recibir visitas de gente de este tipo, sabían quiénes eran, pero nunca mostraron curiosidad por conocerlos directamente. Para mí, su relación representaba un divertimento, algo que rompía con todo.

Mi inicial timidez les excitó la curiosidad y se lo tomaron a pecho, buscaron el modo de atraerme y compañía femenina, que me distrajera y divirtiera, creían que era virgen o poco me faltaba. Se burlaban de todos y de todo, en especial cuando, con el Porche de uno y el Mercedes de otro, hacíamos incursiones al pie de Montjuic, por las casas baratas, para cosechar droga a bajo precio, tanto que algunas veces ni la pagaban. Y es que sus progenitores y amigos infundían miedo, que no respeto. Igual que el grupo de Alba, con el que solo mantenía el contacto durante algunos días laborales, para intercambiar ideas, material y dinero. Con ella y sus amigos la política estaba de más y las conversaciones derivaban hacia temas de profunda espiritualidad y filosofía, y solo cuando estaban enteros y sin exceso de droga en el cuerpo. Gracias a ellos aprendí lo que era el LSD y la heroína. Con la camarilla, la cocaína; con Artur y Jordi, el hachis y la marihuana. Y no diré que no probara de todo. Uno no puede opinar de algo sin saber lo que es, aunque solo sea para descartar.

Y Anna, el personaje más comprometido con la libertad y la justicia, pero con quien era imposible mantener una larga conversación sobre el tema. De Anna, impermeable y hermética, intuía lo que pensaba y compartía sus ideas, mas sin la seguridad que brinda la conversación directa. Mi amiga estudiaba sin cesar y trabajaba para grupos de apoyo a gente necesitada, enfermos terminales, menores y ancianos abandonados, además de mujeres maltratadas, que entonces nadie las tenía en cuenta. Y curiosamente sus amistades abarcaban un espectro muy amplio, casi tanto como el mío; no obstante, al contarle mis correrías con la camarilla, se mostraba disgustada y hasta violenta.

 

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viernes, 25 de diciembre de 2020

El Camino Infinito 11ª parte

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Nos sentábamos en el gran salón, algunos en sillas, otros en cuclillas, alrededor de un plástico que uno de nosotros previamente había extendido en el suelo. Abríamos unas botellas de vino, alguien cortaba embutido, un poco de queso, pan. Gente sana, agradable, de la poca que soportábamos o, mejor aún, de la que Rina y yo soportábamos. A veces venían de una manifestación duramente reprimida, alguno magullado. Tanto mujeres como hombres, de la edad de Alex y más jóvenes, amigos directos o indirectos de él. Allí conocí a Pola, tenía mi edad o quizá uno menos. En las reuniones se hablaba de revolución, de acracia y de libertad, y yo apenas entendía algo. La gente nombraba a Fourier, Cavet, incluso a Monturiol y a Ferrer i Guardia. De los dos primeros no sabía nada; del tercero, que era el inventor del submarino; y del último, que había revolucionado la enseñanza. Eso por mi padre, que de pequeño me habló de él, aunque no como anarquista sino como creador de la escuela moderna. Para él los anarquistas eran revolucionarios asesinos, amantes del desorden, gente desquiciada que se había apoderado del gobierno durante la guerra.

En casa no había libros, no teníamos dinero para eso, y los pocos que salpicaban nuestras estanterías eran prestados o míos de años atrás; de Mila, requisados algunos de ellos; o de Alex, típicamente de librería barata. A veces alguno de sus amigos, la famosa abogada feminista era de los que más, nos regalaba alguno que nada tenía que ver con lo que se hablaba. Aquel día coincidió Jep, que asistía con asombro a la reunión. Los demás estaban tensos, no lo conocían ni sabían qué pintaba allí, hasta que al final entendí y los tranquilicé. -Es amigo y de confianza- dije con seguridad, y se abrieron sin

reparo. Jep, poco después me diría que lo había sorprendido, no podía imaginarme con esos amigos y hablando de aquel modo. Yo no recordaba haberlo hecho, más bien estaba seguro de no haber abierto la boca en ningún momento. Mi amigo, en su excitación y emoción, me había hecho más grande de lo que era. Ciertamente apenas entendía algo, lo contrario que mi amigo hermano, que parecía saber de qué y de quienes se hablaba, que hasta osó entrar en la conversación, aún recuerdo que con bastante éxito. Sin embargo, y pese mi ignorancia, yo crecía y aprendía, y pronto descubrí que aquella gente iba sobrada de palabrería y escasa de solidez ideológica. Sus palabras eran inteligentes y enardecedoras, sinceras casi siempre, pero tras soltar el mejor de los discursos, se iban a tomar un gin-fis en el mejor lugar de moda que encontraban, a poder ser para alternar con gente tan glamorosa como vacua, pero conocida en los círculos más progresistas de la ciudad.

Aquella noche Pola se había sentado a mi lado y de vez en cuando me asaltaba, no sentía ningún reparo en llamar mi atención, con un descaro que a nadie podía pasar desapercibido. Enfrente y al lado de una mujer con carácter marcadamente masculino, estaba Anna, a la que ya conocían de alguna otra vez y que intentaba pasar desapercibida, mirándome con burla. Aquel día, con tanta gente y movimiento, con tanto esfuerzo por no inmiscuirse, Anna pasó desapercibida incluso para Jep, que perdió la ocasión de conocerla.

Al día siguiente Pola se presentó en casa y preguntó por mí. Mis amigos después me dirían que les pareció normal, como si la estuviese esperando. Me estaba duchando cuando oí la puerta. Sería alguno de mis amigos, pensé. No teníamos reparos entre nosotros. Era ella, se acercó a pocos centímetros mirando mi desnudez con detenimiento. No recuerdo si se disculpó, si saludó, pero sí que untó sus manos con jabón y se ofreció a enjabonarme. Yo no salía de mi asombro, por supuesto, excitado como un bobo.

Nos hicimos amigos. Ella vivía con un tipo muy agradable, sin ideología que no fuera la de su supervivencia, algo bohemio y huérfano de padres. Nos acostamos pocas veces, alguna en su casa y sin reparo por parte de su compañero. Como pareja aguantaron poco, pero no a causa de su extrema liberalidad, ya que mucho después, su antiguo amigo se emparejó con éxito y sin perder su idiosincrasia. Mi amiga era incapaz de hacer daño a sus amigos-amantes, nadie podía sentirse engañado con ella. Practicaba la liberalidad solo para satisfacer sus sentidos y no se amagaba de ello, para lo demás era muy convencional. Era una inteligente niña de papá que había abandonado la casa materna antes de tiempo, una exitosa estudiante de filosofía que aprobaba todas las asignaturas, devoradora de libros y de hombres. En cualquier caso, por fin había conocido una mujer absolutamente desinhibida, que utilizaba su manera de pensar para dar salida a su desbordante sexualidad, sin ningún prejuicio ni posterior arrepentimiento.

Hablábamos a menudo de filosofía y de anarquismo. Parecía muy convencida. Me contó su vida y la de sus padres, a quienes despreciaba, principalmente a él, un estafador profesional; sin embargo, aceptaba su dinero y se plegaba a sus dictados cada vez que lo necesitaba. Un día, hablando de las diferencias entre la izquierda y el anarquismo, sin dudarlo un instante me dijo:

-Tú eres anarquista, y mucho más que cualquiera de esos conocidos intelectuales que nos vienen a dar lecciones. Tu podrías explicarles mejor que nadie lo que es anarquismo.

Y me explicó que no por conocer muchos escritores y haber leído mil libros, se era más intelectual; y que no por conocer o desconocer los filósofos de pensamiento anarquista o haber leído sus escritos, se era más o menos ácrata.

Era anarquista, eso lo sabía tiempo atrás, justo cuando mi padre empezó a despotricar de ellos. Mi progenitor era muy inteligente, por lo que sus palabras no debían ser gratuitas y tendrían su motivo, seguramente prevenirme de esta ideología cuando descubrió que despuntaba en mi espíritu. Y es que, tal como el fascismo, el marxismo, el liberalismo, son ideas fácilmente detectables y muy precisas, el anarquismo, por su peculiar idiosincrasia, puede devenir de mil maneras distintas, a cada cual más extraña y dispar, y sin necesidad que su seguidor sepa que lo es ni lo que es. No cabía la menor duda que yo era anarquista, no obstante, nunca había leído a un filósofo o un libro que hablase del tema. Solo sabía de anarquismo lo aprendido en las largas charlas de la plaza Real o de Sant Felip Neri, inconsistentes la mayoría y sin profundizar el tema. En casa fue distinto, en aquellas reuniones se hablaba bien, con detalle y documentadamente. Hasta podía descubrirme más seguidor de uno u otro, cosa que no pasó. Allí había demasiado puritanismo y un machismo latente que no coincidía con lo que se pregonaba, un machismo practicado, incluso con más intensidad, por las mujeres que se autodefinían feministas radicales. Mujeres que, sin darse cuenta, iban de sexo débil; que para mi eran las peores, porque siendo quienes debían abanderar al resto con sus ideas y su pretendida fortaleza, provocaban decepción y desesperación al ver como se plegaban ante acciones ridículas.

 

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domingo, 20 de diciembre de 2020

El Camino Infinito 10ª parte

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Pocos días después de haberme trasladado, fui a visitar a mis padres y a Alba. La echaba en falta, habían pasado nueve meses sin saber nada de ella. Y me sorprendió el cambio, la encontré encogida, ligeramente doblada, como si no tuviera fuerzas para mantenerse erguida y divagando consigo misma. Al verme ni siquiera me abrazó, solo me preguntó si llevaba algo de dinero para comprar droga. Su estado, el de casi todos los que allí se encontraban, era deplorable, casi al borde de la inanición. Me levanté y fui a la misma panadería de siempre, compré pan y chocolate y lo repartí. Me quedé un rato más, hablando de mucho y de nada, explicando dónde había estado y qué había hecho con Álvar y el resto. No di cuenta de mi nueva casa ni de mis nuevos compañeros, por nada del mundo quería mezclar aquella gente con mi nueva familia, porque empezaba a tener claro que se convertiría en tal. Me sentía cómodo, libre y arropado; ya no era una aventura de adolescente, como la vivida con Artur y los demás en la Cerdanya, sino una manera de vivir y ser. El dinero no era de uno sino de todos, igual que los problemas, los buenos momentos, las bromas pesadas y las agradables. Al volver de la panadería, di una vuelta por el barrio, tenía interés por lo que se vendía en las tiendas de artesanía, para turistas o para quien buscara algo distinto. Y vi piezas que podían fabricarse con los sistemas que aprendí en mi antiguo trabajo, hasta pensé en fabricar moldes para producir series iguales. Expuse mi idea, se podía trabajar y ganar dinero, volver a vender en tiendas, incluso fuera de Barcelona. La desecharon, preferían seguir con lo que hacían: trabajar solo cuando era imprescindible, esperar el giro del padre de alguno de ellos, que, preocupado por el futuro de su hijo y su mantenimiento, financiaba la droga de todos. Volví a mi casa irritado y casi con ganas de llorar por la impotencia que sentía. Había pensado en buscar trabajo entre gente que conocía, algún fabricante de productos de perfumería, limpieza, incluso una gran editorial que, como siempre, buscaba quien vendiera enciclopedias. Mila, al verme, se sentó a mi lado y me preguntó lo que pasaba. Me sentía fatal, la degradación de la droga, el gran egoísmo que había provocado en mi amiga, antes tan romántica e idealista, de charla profunda e inteligente. Y le conté lo que habíamos montado antes de mi escapada al Pirineo, las paradas de pósteres en las ferias de los pueblos, de piezas de barro cocido, de brazaletes de metal y lo que había pensado que podía hacerse a partir de ahora.

-Podríamos hacerlo nosotros, deberías hablarlo con los demás, tu te cuidas de vender, cobrar, traer nuevas ideas y esas cosas que sabes hacer, y nosotros fabricamos. Así Rina ya no tendría que ir de aquí para allá buscando trabajo y podría estar siempre con Rico.

Me sorprendió, no lo había pensado. Hacía nada, apenas una semana de mi entrada en la casa, y aquella chica ya proponía un cambio drástico de costumbres y modo de vivir.
Mientras preparábamos la cena, no paró de hablarme del tema. Yo movía el cochecito de Rico para que se durmiera; su madre todavía no había llegado del trabajo y nosotros le habíamos dado el biberón, lo habíamos cambiado e intentábamos hacerlo dormir. Y ella trasteaba con los huevos, con la lechuga. Yo quería meditar el asunto con tranquilidad, no era buen amigo de las prisas, y menos sobre decisiones que afectaban a tanta gente. No hizo falta, la situación se precipitó durante la cena. Mila, sin habérmelo consultado y antes que pudiera evitarlo o explicar mi razonamiento, planteó la historia al detalle, desde mi encuentro con Alba, hasta mi idea para solucionar su problema. Los demás me miraron y me encogí de hombros, no podía hacer otra cosa. Tuve que explicar con pelos y señales lo que se me había ocurrido, el tipo de piezas que creía se podían vender y cómo fabricarlas. Y Alex pensó que podía ser un buen asunto. En la sobremesa, Mila propuso hacerme un masaje.

-Cuando te hayas duchado te lo hago, lo necesitas -me dijo.

Y creí percibir una sonrisa en los demás, aunque no le di importancia. A Mila, pese la diferencia de edad, me había parecido verla acostarse con Bill, hasta el punto que los creía pareja; peculiar, eso sí, porque fuera de la cama no lo parecía y mantenían una escrupulosa independencia.
El cuarto de baño no era grande, pero sí muy cómodo, aunque con poco dinero podría serlo mucho más. La bañera era de las antiguas, de metal y con patas; el problema es que no había cortina ni modo de instalarla, por lo que nos duchábamos sentados y así evitábamos llenar el suelo de agua. Aún no había terminado de aclararme, que entró con un frasco de crema, se desnudó y se introdujo en la bañera, justo a mi espalda. Me quedé petrificado, lo que menos deseaba era tener un problema de índole sexual con ella y otro de celos con Bill. Y solo acerté a balbucear:

-Pero ¿y Bill?

Y extrañada me dijo:

-Bill es un amigo, como Alex, como Rina, como tú, y lo quiero mucho.

Y la entendí, en eso era tan natural y lógica como yo.
Después untó sus manos con crema para darme el masaje más maravilloso recibido hasta entonces.

-¿Te ha gustado? -Preguntó -Te hacía mucha falta.

Me dio un beso en la nuca, que hoy tras tantos años todavía lo recuerdo, salió de la bañera, se lavó las manos y se despidió dejándome tan aturdido como perplejo.
Por la mañana parecía un hombre nuevo. Bajé al comedor aún con la impresión en el cuerpo. Y allí estaban, tranquilos e inmutables, desayunando como siempre. Bill al verme dijo con una sonrisa:

-Parece que Popol ya ha conocido a Mila.

Sin malicia, como si fuera la cosa más natural del mundo, y hasta me pareció percibir un punto de divertida satisfacción. Entonces creí que él pensaba que había tenido sexo con ella, pero con el tiempo descubrí que no era así. Su frase había dado en el blanco en todos los sentidos.
Al fin conseguí un trabajo de vendedor de productos de perfumería, ganaba muy poco, porque aún no tenía clientela, pero no menos que los demás, y el dinero ahorrado en el Pirineo fue terminándose. Muy pronto aprecié lo que era la dificultad, separar el dinero para el alquiler, el agua, el butano, el teléfono, la comida del niño, los pañales, sus frascos de leche; y a alimentar los muchos que se decían amigos, que venían a compartir lo que no había, con las manos en los bolsillos; o a algún camarada de Bill, que estaba de paso y con el que no sentíamos ningún reparo en ayudar.

De aquel tiempo conservo unas costumbres de ahorro, que muchas veces sorprenden e incomodan a Amara. Extiendo el mínimo dentífrico necesario en el cepillo de dientes, no más gel del justo en la esponja de baño, ni un gramo más de champú y un largo etcétera de pequeñas cosas, que por poco que costaran, el día que había que comprarlas se nos hacía muy difícil.
Un día Bill apareció con una chica muy joven en compañía de un niño. Lo llevaba en una canastilla.

-Es Sole -nos dijo -la he conocido en la estación de Francia mientras despedía a un camarada. Es malagueña y está sola, ha escapado de su casa y de su pueblo. Por lo visto sus padres pretendían dar la niña en adopción, la he encontrado desesperada, buscando alojamiento y trabajo, y como nos quedan dos habitaciones vacías.

Por entonces Alex había empezado a dormir con Rina. Desde un principio sabíamos que terminaría así, y por consecuente nos había quedado otra habitación vacía.
Sole era menor, un serio compromiso para nosotros, pues temíamos que su familia hubiese denunciado su desaparición. Aunque ella pensaba que no, porque era la alternativa que le habían impuesto, marchar de su casa. Llegó con lo puesto y poco más. La niña, a la que llamaba Sara, ya ocupaba mucho sitio y no le quedaban brazos, era rubia y muy cariñosa; su madre morena como el carbón, con cara de muñeca y de ojos verde claro, una mezcla tan extraña como explosiva. El padre de la niña, como era habitual, se desentendió y ella no quiso ir a Londres ni visitar la curandera del pueblo. A Rina le faltó tiempo para hacerse cargo de la situación, de la madre y de la niña; y en un momento que tuve, la fui a ver y la encontré llorando, quizá por recordar lo que ella también tuvo que pasar. Su seriedad, formalidad y sobriedad se habían convertido en sensibilidad y ternura.
Sole nos descubrió sus pertenencias, que no eran más que alguna ropa para su hija, un par de pañales, un biberón, un bote medio vacío de leche en polvo, una esponja, jabón para niños y un chupete. Para ella no había nada, ni siquiera unas bragas de recambio. La chica había huido con lo puesto o dando el típico portazo, y había cogido el primer tren hacia donde todos decían que había trabajo y futuro para quien lo buscara.
Fue entonces cuando me sentí con fuerza para montar lo que Mila había pensado. Y es que si con Rina y Rico lo pasábamos mal, con Sole y otro niño habría de ser peor. Al día siguiente traje un par de piezas, me las había prestado uno de mis clientes que las compraba en Italia muy caras.

-¿Podríamos fabricar esto?- le pregunté a Alex.

Y respondió que si, que con el material adecuado y las herramientas para repujarlo, seguro que sí.
Me fui a los Encants Nous y busqué las herramientas que más se parecían a lo que me había pedido. Pedí prestado dinero a Artur y compré planchas y varillas de latón, cobre y alpaca. Al día siguiente Alex había fabricado una docena de cada. Las enseñé y se las quedaron. A la semana siguiente ya había devuelto el dinero y habíamos fabricado más de cien y en serie. Las empezamos a vender por todas las tiendas y el valor del material lo multiplicábamos por veinte. Lo que tenía más valor era la mano de obra y el valor añadido de su originalidad y arte. Alex se sentía pletórico y no paraba de inventar, de vez en cuando le traía un modelo, que él en pocos minutos mejoraba. En dos semanas nuestras piezas se vendían a cientos, tanto en los tenderetes de las ferias, las tiendas de moda y en muchos de mis clientes.
A las pocas semanas, tal como Mila había previsto, Rina dejó de buscarse la vida y se puso a trabajar en casa, adaptamos uno de los dormitorios de la planta baja y lo convertimos en taller, y una pequeña sala de estar que daba a la terraza y que nunca habíamos utilizado la preparamos para los dos niños.Era verano y hacía poco que había cumplido diecinueve años. Al cumplir los dieciocho mi padre me regaló el carné de conducir, para él había sido un esfuerzo y se lo agradecí. Aprobé a la primera y no costó más dinero del necesario. Ahora, con el negocio en marcha, el permiso de conducir y un futuro que se brindaba prometedor, planteé la compra de un coche, un 2CV para vender y poder repartir; pero sobre todo para expandirnos por la Costa Brava, donde nuestras piezas podrían venderse a cientos en un día en las tiendas que frecuentaban los turistas.
El coche lo encontré en el taller de un mecánico, por mediación de Fito, un amigo del grupo que venía a menudo, muy agradable y con el que Mila hizo buenas migas. Era muy culto, casi tanto como ella, y hacía esfuerzos por avisar en caso de presentarse; y cuando lo hacía, no era con una botella de vino bajo el brazo, sino con algún queso, pan y embutido. Era práctico en eso y lo agradecíamos, pero por encima de todo sentía mucha empatía por los niños y Rico por él. A Mila eso le emocionaba y cuando lo veía jugar con ellos, nos lanzaba simpáticas muecas. Lo único que teníamos claro el resto, es que nuestra peculiar y desinhibida compañera tenía un amigo al que volver loco. Y nos reíamos por dentro, cuando veíamos que el pobre nunca sabía qué hacer ni cómo comportarse para satisfacer a su presunta amada.
Las escapadas a la Costa Brava las hacía con Artur. Cargábamos el 2CV con la venta conseguida en el anterior viaje. Las piezas envueltas cuidadosamente, en papel de seda e introducidas en cajas, y en algo que se parecía a un maletín las nuevas muestras envueltas en tiras de tela. El padre de mi amigo tenía casa en muchos pueblos y dormir no nos costaba nada.
Con Artur no solo aprendí a amar la montaña y la nieve, sino también el mar. Siempre que podíamos terminábamos en el Cap de Creus, durmiendo en casas de amigos o en alguna de su padre, y salíamos de fiesta hasta altas horas de la madrugada. Y por la mañana nos bañábamos en las preciosas caletas, donde acostumbrábamos a atarnos grandes piedras en la cintura, para sumergirnos un montón de metros, tantos que hoy no me atrevo a contar; y nadábamos desnudos entre bandadas de lobinas o nos lanzábamos desde rocas que pocos se atrevían.
A mi vuelta, moreno y alegre, sentía aprensión. Mis compañeros parecían el reverso de la moneda, pálidos y sin haber podido descansar. Entonces ya trabajaban todos, desde Alex hasta Sole; incluso Mila se había involucrado, sobre todo para repartir la mercancía entre la clientela de Barcelona y atender una parada que habíamos alquilado en el mercado de Gracia, donde aprovechaba para estudiar con sus compañeros de universidad. Mis compañeros, sin embargo no solo lo entendían sino que les satisfacía. Para ellos viajar de pueblo en pueblo y pasar tanto tiempo fuera de casa era un sacrificio, y qué menos que intentara pasarlo lo mejor posible.
Dos o tres meses de la llegada de Sole, Bill se distanció de Mila. Al principio no fui capaz de relacionar las dos cosas y me preocupó, pensé que quizá habían tenido un encontronazo. Un día estando solos se lo pregunté a ella.

-Es americano, ya sabes- respondió sin inmutarse.

La miré perplejo. ¿Y eso qué tenía que ver con su cambio?

-Está chiflado por ella, como la mayoría de los tipos que se cruzan en su camino. Sino, de qué la habría traído a casa. Se fijó en ella, se acercó lo suficiente. Ella estaba perdida. Ponte, aunque sea por un momento, en su lugar. No tiene nada, ni siquiera dinero para volver. Es menor y con un niño. De no encontrar ayuda, en unas horas habría terminado en una comisaría. Él la miraba. Es atractivo, agradable y emite confianza, seguridad. ¿Qué le costaba preguntar a aquel tipo? Nada. Peor de como estaba era imposible.

Como era de esperar, fui el último en ver lo evidente. Los demás se habían dado cuenta desde el mismo día de la llegada de Sole.
Me miró con conmiseración, como diciendo: ¡Por Dios, qué inocente llegas a ser! Y me dio un beso en la mejilla. Y se fue dejándome con la extraña sensación de ser un idiota.
La gente es sencilla, simple, se mueve por principios básicos y sin demasiadas complicaciones. Bill era hombre y encima americano. Según cuentan, más simple no se puede ser. O sí, aún lo hay más y por entonces ese era yo.
Bill cambió al poco de llegar Sole, quizá lo hiciera en el mismo momento, pero yo no lo noté hasta mucho después. Sus maneras, su hablar.
¡Claro! Ahora entendía el cambio observado. Pese no mantener una relación sexual o de pareja con Mila, se había alejado de ella para evitar que la otra imaginara lo que no había. Bill era consciente que el trato que Mila daba a su “familia” y, por ende, recibía de ella, podía llevar a engaño a cualquier extraño que no entendiera nuestra relación. En aquel momento me pareció vergonzoso.
Cuando llegó Agosto, nuestra economía ya era sólida y pujante; no parecíamos una comuna hippie, aunque nuestra imagen así lo indicara. Nuestras piezas, como habíamos previsto, se vendían a cientos por semana, algunas veces hasta mil, y yo volví a divertirme y sentirme feliz. Mientras, la representación de perfumería también iba mejor, la clientela se había acostumbrado a mi presencia y al fabricante que me proporcionaba el material; el esfuerzo de tantas visitas empezaba a dar sus frutos. Con el dinero y la tranquilidad que este da, volví a disfrutar del tiempo y de los amigos; a llamar a Patty y salir con ella y con Artur. Y de vez en cuando, visitaba a Alba, de la que todavía me sentía profundamente enamorado, y a su grupo. Pero a quien más veía era a Anna, con la que me sentía ligado ideológicamente y por una profunda amistad. Con Anna me sentía a gusto y muchas veces me quedaba a dormir en su casa, a su lado, charlando hasta altas horas de la madrugada.

Diecinueve años. Me sentía maduro cuando no lo era, casi un adulto y apenas había superado la adolescencia. Vivía muy bien, mejor que muchos con trabajo estable y buen salario; y en mi casa, con una familia que la sentía tan mía como yo a ella. Tenía los mejores amigos, con ellos me sentía a gusto, querido como pocas veces.
A veces me veía con Joan, Jep, Toni, pero solo les contaba la mitad que podían entender y creer. En realidad no tenía ningún interés en discutir con mis amigos de infancia, ni necesidad de demostrar nada. Les hablaba de Alba, de mi infortunio con ella y lo poco superado que lo tenía; de Patty, que nunca creyeron que fuera como les contaba; de mis aventuras pirenaicas, que de no ser por las noticias que habían llegado sobre los rescates que participé, nunca las habrían creído. Pero no les conté nada sobre mi peculiar amistad con Anna, su ideología y su fuerte personalidad; ni cómo Artur y yo compartíamos a Patty, tampoco la curiosa relación que mantenía con Mila; y, aún menos, la extraña amistad que Artur y yo mantuvimos con Yolanda. Mis amigos, a los que mi experiencia en el Pirineo, junto a Artur, Jordi y Sebas, ya les sonaba muy fuerte, no habrían podido entender lo demás y lo habrían achacado a pura fantasía o a mis ganas de vivir.
Nos veíamos poco. La cantidad de trabajo que tuvimos aquel verano, junto las pocas veces que visité a mis padres, me impidió frecuentarlos como antes; sin embargo, nos llamábamos y algunas veces nos reuníamos en algún bar, una pizzería o en algún restaurante chino, para hablar de nuestras cosas. Jep, el más lanzado e inquieto, no tenía reparo en visitarme de vez en cuando; y alguna vez había coincidido con gente interesante para él, amiga de Alex muy comprometida políticamente; o charlaba con Bill sobre las noticias que le llegaban de Suecia y del Canadá, donde se concentraba la mayoría de sus amigos insumisos.

Solo diecinueve años. Por mucho camino andado, mucha vida; por mucho que pareciera ser el más adelantado, todo era apariencia y seguía siendo un adolescente, quizá más que el resto. Por entonces, los tipos de mi edad ponderaban la madurez y la masculinidad, por el número de conquistas del sexo opuesto. Nosotros, sabíamos que no era así, que quizá fuera un síntoma o pudiera ser provocado por ello, pero nunca por serlo. Quizá por eso escondía mis vivencias, ante la posibilidad que creyeran lo que no era, cuando en mi interior hubiese preferido no haber vivido algunas de ellas.

Patty era una buena amiga, de las mejores, y nos veíamos a menudo, más por amistad y el cariño que nos profesábamos que por similitud ideológica. Me divertía su charla de aparente niña pija, que, sin embargo, escondía una gran cultura e inteligencia, una manera de vivir libre y sin ataduras. Patty, por su entorno, debía luchar mucho más que cualquiera para ser y vivir tal como quería. Por el contrario, Mila escondía en su forma de vida mucho infantilismo, sano y fecundo, sincero y muy superior al de mi convencional amiga. Mila y yo nos parecíamos en eso, para ella todo era un juego, un divertimento, incluso cuando tuvo que pasar hambre y debió robar para alimentar a los demás, para que no le faltara nada a Rico y a Sara los primeros días, cuando aún no había dado buenos beneficios la nueva empresa. Y lo hacía con su típica alegría, sin que nadie se percatara. Mila no engañaba, su mente era limpia y demostraba lo niña que era. Y Bill era otro niño, mayor que yo, pero no mucho más, y se divertía como cualquiera. Incluso si hubiese sido detenido y repatriado a Norteamérica, encarcelado por negarse a hacer la guerra, habría transformado la experiencia en una diversión. Los tres éramos niños, al contrario que Alex, Rina y Sole, la menor de todos, con Mila el único adolescente según el Estado.
De tanto correr no podía mirar para atrás, y cuando lo hacía me acongojaba por lo que dejaba. Sentía apego por la vida que llevaba y no la hubiese cambiado por nada; pero echaba en falta lo que había abandonado, los estudios, la tranquilidad y el sosiego que ofrecía una familia convencional y burguesa. Joan, Jep, Toni, que llevaban una vida familiar más o menos tranquila, pero inestable ideológicamente, que hablaban con ligereza de chicas, de sus estudios, de sus fiestas, de las regatas y del club, eran, sin necesidad de llegar a tanto, a quienes solía envidiar.

Diecinueve años y un bagaje que asustaba a cualquiera, incluso a mí; y, sin embargo, todavía no había podido superar el amor juvenil, no había crecido lo suficiente. Algunas veces Anna venía a buscarme a mi casa o me acompañaba a visitar algún cliente. Hablábamos de su trabajo y de sus estudios; de política poco, en eso era muy reservada. Poco a poco el vínculo con mi amiga fue haciéndose más intenso, me sentía más unido intelectual y moralmente a ella que con el resto. A menudo se quedaba a dormir en la casa, en mi cama. Mis compañeros ya la trataban como uno más. Anna nunca aparecía con las manos vacías. Igual que Fito, llegaba con embutido, queso, alimentos sencillos que no desentonaban con el resto y con los que nadie podía sentirse despreciado. De esta manera mantenía la justa distancia, pero por otro lado era bienvenida. Me costaba hacer entender a mis amigos que mi relación era de exclusiva amistad.

Una chica de belleza peculiar. Aunque de bonitas facciones, su atractivo no estaba ligado a ellas. Espléndida como hembra, inteligente, independiente, muy culta y madura para su edad; tenía diecisiete años, los mismos que Mila entonces; y también seguramente por estar muy desarrollada como ella, atraía poderosamente a hombres mayores que yo, lo cual y a mi modo de ver se había convertido en una desventaja para mí, que los veía maduros y con más solidez mental e ideológica. En casa cenaba a mi lado y no se reprimía de besar mi nuca con una dulzura y sensualidad que me enervaba. Lo hacía súbitamente, casi como un acto reflejo y sin ánimo seductor, ya que en la cama mantenía una distante frialdad.
Cuando Anna se quedaba, Mila respetaba nuestra intimidad y mantenía una prudente distancia, curiosamente lo mismo que Bill había hecho con ella y que tanta risa le produjo por su simplicidad. A Anna, Mila le agradaba mucho, tal vez por su inteligencia o por sentir cierta empatía con sus ideas y su fortaleza. Conocía el trato que mantenía con Fito y lo consideraba acertado.

-Esta mujer sabe lo que es la libertad, y la practica como nadie y con mucho valor, además es consecuente con sus ideas- me decía convencida, cuando yo sabía que, aparte de ser eso cierto, Mila temía la estabilidad emocional. Patty y Anna pensaban y actuaban como ella, pero con más solidez o convencimiento. Mila era muy consciente de sus miedos y de sus debilidades, no los escondía. Pero, como ellas, era noble y fiel en extremo, no engañaba; y el día que creía haberlo hecho, su lado infantil despertaba, entonces debíamos ir a socorrer su espíritu, convencerle que nadie es perfecto y que todos tenemos nuestras debilidades. Convivir con ella era lo más fácil del mundo, se entregaba a sus amigos y era capaz de no comer y arriesgar su bienestar por ellos.

Mila fue la persona que más me enseñó sobre la solidaridad y el compañerismo. Estando en la Universidad, durante el corto período que apenas teníamos para comer, sus amigos a menudo la invitaban, ya que sabían lo mal que lo pasaba y a veces solo llevaba pan, entonces pedía un par de bocadillos, los envolvía y al llegar a casa los repartía. Un día, al volver de una visita familiar, llegó cargada de viandas y al día siguiente entró en la cocina, las preparó y se sentó a nuestro lado hasta ver como las terminábamos. Cuando le preguntamos por qué no comía, respondió que sus padres le habían llenado la barriga y nos tocaba a nosotros. Entonces no valían quejas ni desaires y era capaz de responder con cualquier tontería. Nuestra compañera era así, y no es que le desagradara comer, que era una mujer de vida y le gustaba cocinar y saborear, y amaba los buenos ágapes.

Solo un par de veces intenté un acercamiento sexual con Anna. Y ella, con delicadeza hizo lo posible para demostrarme que no tenía nada que hacer. Hube de reprimirme. Por muy templado o frío que fuera, era difícil mantener el sexo dormido con ella en la cama. Hoy pienso que de no haber sido por la tórrida relación con Patty y mi poco interés por el sexo, no hubiese podido soportar aquella difícil amistad.
Anna de vez en cuando nos echaba una mano y recogía material para llevarlo a las tiendas. Su hermano vivía en una casa comuna del Bergadá, y con sus compañeros fabricaba bellísimas piezas de cerámica; y gracias a ella entablamos una buena relación e intercambiamos la clientela. 

 

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jueves, 17 de diciembre de 2020

El Camino Infinito, 9ª parte

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Poco después cumplí los dieciocho y definitivamente me fui de la casa de mis padres. A partir de aquel día solo volvería puntualmente en algunas fiestas, y muy de vez en cuando cortas temporadas.

Con Artur, Jordi y Sebas me trasladé al Pirineo. Encontramos trabajo en las pistas de la Molina y una casa medio derruida para vivir. Éramos los únicos habitantes del pueblo, aunque no era muy difícil, ya que tenía dos casas más, a cual peor conservada. Solo podíamos habitar media casa, el resto estaba en ruinas. No tenía luz ni agua, no había lavabo y la cocina se encontraba en la parte derruida. Para nuestras necesidades habíamos de ir unas veces al río y otras al campo. Olvidábamos comprar muchas cosas, la más grave solía ser papel higiénico. Recuerdo, más de una vez, limpiarme con hojas de plantas. De noche era más complicado, puesto que era imposible ver las ortigas y los cardos.

En lo alto del montículo que dominaba el pequeño valle, había una ermita medio quemada y poco techo. La pared frontal y una de las laterales aún mantenían parte de un fresco románico, que conservaba sus vivos colores. Recuerdo un pedazo de pared desconchado con garabatos de excursionistas enamorados. Subía a menudo para ver el fresco e imaginar lo bello y vistoso que habría sido en su tiempo.

Era verano y en principio no podían darnos trabajo. Lo encontramos en unos restaurantes de la zona, como pinches, camareros, etc. Primero los fines de semana, más adelante, cuando el turismo veraniego apretó, durante todo el día. En Octubre, cuando las pistas debían prepararse, nos contrató la empresa explotadora con un buen sueldo. Al principio, para desbrozar y podar los árboles, y pintar y arreglar cualquier desperfecto de los edificios; después limpiamos las pistas de troncos, rocas y árboles caídos. Y cuando empezó la temporada, nos dedicamos a tachar los pases, que entonces se adquirían por subidas. De vez en cuando me quedaba solo en alguna salida de telesquí, entonces, una de cada dos veces simulaba tachar el pase a gente joven como nosotros, con pocos recursos. Los bonos eran abusivamente caros. Recuerdo que una tarde se levantó una fuerte ventisca y por prudencia cerré la pista. Me dediqué a vigilar la gente que bajaba y preguntarle si había visto alguien desorientado. Por el vestuario y su estilo de frenada recordaba a todo el mundo. En la nieve no hay dos que esquíen igual, pero en la frenada aún se nota más. Y me faltó una chica que esquiaba muy bien y a la que dejaba subir a menudo sin tachar el bono. Avisé a mis compañeros, estaba preocupado, la fueron a buscar mientras yo vigilaba por si aparecía. La encontraron muerta, estrellada contra una de las torres. La ventisca, el cansancio, querer aprovechar hasta el límite mi generosidad, nunca lo sabré; lo que sí, es que de haber hecho estrictamente mi trabajo, la chica aún viviría.

Recuerdo que un día, mientras tachaba los pases para subir al telesilla, uno de nuestros compañeros anunció que los norteamericanos corrían por Vietnam como conejos. Había comenzado la famosa ofensiva del Tet. Entonces me sorprendió mi indiferencia y descubrí que hacía mucho que no leía periódicos ni miraba la televisión, y tampoco me importaba lo que ocurría en el mundo.

Aquel invierno conocimos a Patty y Conchi, dos magníficas chicas. Vivían solas y estudiaban en Barcelona. Una aventura de las que no se olvidan. Las encontramos por una calle de Puigcerdà. Nosotros tratábamos de entrar en el Gatzara sin pagar, una típica y divertida discoteca. Deambulaban por las calles con los esquís en el hombro, buscando alojamiento para aquella noche. Nos gustaron solo verlas, eran las típicas niñas guapas, refinadas y de familia burguesa, pero desenvueltas y sin complejos. Patty rubia, Conchi morena. ¿Qué hacían aquellas dos preciosidades por allí, sin saber dónde ir? Nos preguntamos. Las abordamos sin más. Eran extremadamente extrovertidas y de risa fácil, y su habla, del interior de Cataluña, tan simpática como ellas. Les ayudamos a encontrar hotel, los conocíamos todos, luego les propusimos vernos en la discoteca. Y comenzó una de las relaciones más disparatadas, sensuales, divertidas y de amistad que pueda imaginarse.

El siguiente fin de semana volvían a estar allí, esta vez con el cuidado de haber contratado una habitación en el hotel de las mismas pistas, y en compañía de dos amigas. Solo llegar nos buscaron. Aquel mismo sábado, nuestro coche, un desvencijado Renault Dauphine sin amortiguadores, se negó a arrancar. Teníamos dos opciones: entrar en un refugio, que no hubiese sido la primera vez que lo asaltábamos por alguna ventana, o intentar entrar en el hotel y dormir con ellas, aunque fuera en el suelo. Se lo planteamos y estuvieron encantadas. Y nos excitó pensar que podíamos tener una aventura con ellas. La intentona terminó en fracaso, el conserje nos conocía y nos echó riéndose. No nos arredramos, aunque la pared era bastante lisa y apenas había donde apoyar los pies, acostumbrados a la escalada libre, subimos por ella buscando las estrechas cornisas y los balcones. Hoy, cuando pienso lo que hicimos me horrorizo. De noche, con hielo en cualquier recodo y sin el calzado adecuado, subimos por una pared de obra. Un pequeño desliz hubiese terminado en tragedia. Cuando escucharon el repique en su ventana no podían creerlo. Supongo que entonces debieron percatarse del tipo de jóvenes que habían conocido.

La habitación era de literas, el cuarto de baño exterior y en el pasillo había mucha algarabía. Al salir tropecé con mi primo, que nunca hubiese imaginado encontrarlo allí. Nos gustaban las cuatro y gustábamos a las cuatro. Ninguno quiso ser el primero en mover ficha. Yo sabía que Artur, mucho más atractivo y sexual que el resto, siempre se llevaba la guapa y Patty me encantaba. Ellas, con evidente embarazo y risa floja, se habían introducido en sus respectivas camas. Patty abrió su sábana y me dijo: ¿a qué esperas, entras o no? Y entendimos que, mientras nos duchábamos, ellas habían decidido. Aquella noche dormimos abrazados, con alguna caricia y algún beso despistado, nada más. A partir de aquel fin de semana dejaron de buscar hotel para dormir. Fue un año de mucha nieve y lo disfrutaron como nadie, ya que las dejábamos subir al telesquí sin tachar el pase y se ahorraban el hotel. Aún recuerdo ir a buscar baldes de agua al río, cómo la calentaban al fuego y nos lavaban la cabeza. Se había convertido en una costumbre. No nos hacía falta, ya que en la empresa concesionaria disponíamos de ducha y agua caliente. Después hacíamos la cena en el fuego de la chimenea o en un hornillo de gas que habíamos instalado. Luego se acostaban en colchones por el suelo. Poco a poco vimos como sus pechos aumentaban, habían empezado a tomar anticonceptivos. Y un día, maravilloso para mí, se metió en mi cama, guió mi sexo e hizo que la desflorase.

Con Patty por primera vez amé y fui correspondido. Sin embargo, mi nueva amiga no consiguió que olvidase a Alba. Con ella descubrí que podía estar enamorado de dos mujeres a la vez, y que el amor con sexo comporta la necesidad de satisfacer a la pareja. Hasta entonces solo había sido un juego, el procurar orgasmos lentos, pausados, apasionados; el retrasarlos y enloquecer a la mujer hasta el punto preciso, intuirlo y jugar con su cuerpo. Con Patty era distinto, en cambio de divertimento sentía gozo. Mi compañera se abandonaba a mis caricias, quizá porque aún fuera más inexperta que yo en el amor, y no obligaba como Yolanda sino que me acompañaba en mi aprendizaje. Nuestra relación era anárquica, absolutamente desordenada. En cuanto terminó la temporada de esquí, dejaron de venir tan a menudo. Era natural, habían de estudiar y visitar a sus familias.

A Patty le gustaba el juego amoroso, el lío y los amigos, amar y sentirse amada, era coqueta y le encantaba provocar; y no pasó mucho tiempo, ya todos en Barcelona, que sin romper la relación conmigo se liara con Artur. Yo me sentía bien, más tranquilo e independiente, y a los tres nos divertía. Artur y yo terminamos compartiéndola en todos los aspectos, formando un precioso triángulo de amor y de amistad, hasta tal que alguna noche terminábamos acostándonos juntos, con la consiguiente algarabía de risas, besos y juegos; y nos peleábamos en broma, siguiendo un juego, que de tan bello se tornó mágico.

A Patty le asustaba una relación estable y yo hice todo lo posible para no defraudarla. Podíamos pasar un mes sin vernos, pero al poco nos buscábamos. Sentíamos necesidad de estar juntos y amarnos, de hablar de música, de gente, de ideas, pero siempre manteniendo la eventualidad.

En los momentos de descanso en el trabajo visitaba a una pareja de ancianos, que regentaba un pequeño bar al pie del telesilla. Solía quedarme charlando un rato con ellos, tomaba un café con leche, un bocadillo, un vaso de vino para combatir el frío, y nos hicimos amigos. Y un día me contaron una bellísima historia de amor y de libertad. Se habían enamorado perdidamente, eran menores y los padres de ella, para evitar que se siguieran viendo, la encerraron en un internado. Él la fue a buscar y huyeron. Viajaron por toda Europa trabajando en un circo. Y mientras narraban su historia, creía seguir el guion de una película romántica. Sus familias no volvieron a saber nada de ellos. Me lo contaban mientras trabajaban con una maravillosa sonrisa. Si no fuera porque ella estaba en la cocina y él atendiendo, diría que lo hacían cogidos de la mano. Hoy, al recordar, los veo así, hablando cogidos de la mano, haciendo el amor con las palabras y la mirada. Y es que el espíritu traspasa lo físico. Me gustaba mucho visitarlos y escuchar sus anécdotas del circo. A veces la mujer le gritaba desde la cocina, para decirle que me dejara tranquilo, que probablemente estaría cansado de escucharle, No sabía que muchas veces iba solo para eso.

Después de la Semana Santa el tiempo cambió, la temporada había finalizado como los contratos y decidimos abandonar aquella vida de robinsones. Había estado bien para una temporada, pero no para más. Nos despedimos de todos los amigos que habíamos conocido, Jordi y Sebas a medias, puesto que deseaban volver al año siguiente. Mis ancianos amigos, al conocer mi situación, me dieron la dirección de una casa de Horta, junto una carta y un nombre.

Llegamos a Barcelona en tren, el coche había funcionado hasta el último día, sin que supiéramos cómo. Pedirle que nos llevara hasta Barcelona habría significado un suicidio. Una cosa era hacer unos pocos kilómetros por la Cerdanya, con amigos por el camino a los que recurrir en caso de apuro, y otra conducir un coche sin amortiguadores y con las ruedas casi lisas hasta Barcelona por la collada de Tossa.

Artur se fue con sus padres y entró a trabajar en una de sus empresas. A mí siempre me quedaba la posibilidad de volver con los míos, aunque fuera eventualmente, hasta encontrar un piso que compartir con amigos, el problema era cuáles. Con los únicos que creía buenos para convivir, por la similitud de gustos y de cultura, eran Joan, Jep y Toni, pero estaban bien en sus casas y no tenían ningún interés en marchar. Solo llegar estuve tentado en llamar a mis padres, hubiese sido lo más fácil y cómodo, pero sabía que no era una buena solución, que me arrepentiría y sería peor. Igualmente lo haría, pero desde mi nueva casa. Y fui a la dirección apuntada en el papel, con la carta cerrada en la mano. Por probar no perdía nada, pensé.

Encontré la puerta abierta, entré y pregunté por Alex. Me atendió un tipo con pelo largo, lacio y recogido con una goma. Aparentaba treinta lo menos, para mí muchos. Y es que, aunque pareciera tener más y mi piel estuviera curtida por el sol de la nieve y el frío, la diferencia era evidente. Hacía tiempo que me había acostumbrado. En el grupo de Alba éramos los más jóvenes y algunos sobrepasaban la treintena. Abrió la carta después de preguntarme quién me la había entregado, explicando, mientras la abría, que allí uno eran todos. La leyó, me miró y me dio la mano.

-¿Dónde tienes la maleta? Entra, te enseñaremos tu habitación.

No me dio alternativa. La carta debía ser muy explícita y nunca podré agradecer lo suficiente el favor a mis viejos amigos. La casa era grande, de dos pisos y un pequeño desván; y también disponía de un sótano, adecuado por sus antiguos inquilinos como bodega. Para entrar se debía atravesar un corto jardín y subir la típica escalinata que se estrecha al llegar a la puerta, con la

salvedad que en la parte superior había una ancha terraza, flanqueada por una baranda con balaustres de obra y dos ventanas, una a cada lado. El jardín seguía por los laterales de la casa hasta ensancharse en la parte trasera, con un lavadero cubierto pegado a la pared que lo limitaba. El recibidor tenía tres puertas, las laterales daban, una a un gran salón, la otra a una habitación con mucha luz; la frontal a un pasillo que hacía de distribuidor. Una gran cocina, la despensa, un pequeño lavabo, un dormitorio, la habitación y el gran salón conformaban la planta baja. En la superior había un distribuidor en lo alto de la escalera, seis dormitorios y un cuarto de baño.

La casa era habitada por dos hombres y dos mujeres. Alex, el tipo que me recibió; Bill, un norteamericano de paso hacia Suecia, huido de su país al ser alistado para Vietnam; Mila y Rina, una marroquí de Fez, despreciada por su familia al quedar embarazada de un desconocido, huido o vete a saber, porque no lo entendí y los otros tres no lo aclararon, quizá porque no les importase o tampoco lo entendieran.

Alex, de treinta años, tenía los ojos y el cabello del mismo color, marrón muy claro, casi de color miel; alto y un poco cargado de espaldas, de cara estrecha y angulosa y nariz un poco aguileña. Bill, de veinticuatro años, al contrario de lo que se espera de un norteamericano de ascendencia ucraniana, parecía hispano de tan moreno, con el cabello rizado, algo más bajo que yo y muy ancho de espaldas, extrovertido y muy atractivo para las mujeres. Mila, de dieciséis años, era la más joven de todos; alta y fuerte, con el pelo corto a lo chico, muy inteligente, morena, atractiva y sexual, su nariz era tan recta como su espalda. Rina era unos meses más joven que yo y vivía con su hijo Rico, de apenas un año, nunca pregunté si nacido en España o Marruecos -de nombre Rico, nadie sabía por qué, pero se lo puso en la casa, en un bautizo festivo y ateo-; pelirroja y de ojos pequeños y verdes, y nariz delicadamente ancha, de semblante grave aunque la pecas en la cara le daban un semblante divertido y simpático, a duras penas aceptaba bromas de género. No era guapa, sin embargo, al poco hacía que te prendaras de ella.

Me aceptaron enseguida. Cuando pregunté qué procedimiento seguían en cuanto la participación económica, me miraron extrañados. Esto es una comuna, dijo Mila, aquí todo el mundo pone lo que tiene y se hace lo que se puede. Y lo vi claro, saqué mi cartera y les enseñé lo que llevaba, que era más que lo que tenían entre todos, dado lo mucho ahorrado.

Y les conté mi historia, no el por qué de ella, que sin necesidad que me dijeran, supe que no les importaba; lo que había hecho hasta entonces, sin saber lo que buscaba. Bill, con agudeza, lo definió en un segundo; algo que yo, por muchas vueltas que le había dado, nunca había conseguido hacerlo con tal exactitud.

-No haces otra cosa que buscar lo que más te divierte, y está bien mientras no inflijas dolor a los demás; pero, por lo que cuentas, entonces dejaría de divertirte.

Me supo mal, sentí que me trataba de banal e insustancial, tanto a mí como a mi manera de pensar. Pero al momento y sin que mediara intención, dijo:

-Me temo que como yo-

Y aunque no deshiciera mi alarma, me satisfizo.

Alex fabricaba pequeñas piezas de artesanía que repartía por paradas y tiendas de estética hippie, a la espera que alguien las vendiera; Bill lo ayudaba en lo que podía, y todas las mañanas e iba y venía de correos, con la correspondencia que mantenía con infinidad de compañeros repartidos por toda Europa.

Mila era anárquica y tanto trabajaba en un lugar como otro: de repartidora de pan, de buzonera, de dependienta en una tienda. Aguantaba poco y no por falta de productividad, que era trabajadora y responsable, sino porque odiaba la estupidez, la prepotencia, las envidias, el zancadilleo entre compañeros por conseguir mejor horario, zona; o el acoso sexual que, decía, debía soportar de quedarse en un determinado trabajo. Y cuando preguntábamos, respondía que solo era verbal, porque los tíos, a buen seguro se hubiesen arrugado. En sus horas libres estudiaba biología, siempre becada gracias a sus notas y a su falta de recursos. Era sorprendente ver una chica que, sin medios, con poco tiempo y casi sin libros, conseguía la excelencia en los estudios, mientras otros se mataban durante todo el día para no llegar ni a la mitad de su nota.

Rina era la que más problemas encontraba, por el prejuicio racial, por el religioso y por ser madre soltera. –Era tachada de musulmana, cuando no lo era; de mora, cuando no hacía falta mano de obra inmigrante; y de ligera por tener un hijo sin padre- Trabajaba muy eventualmente, de limpiadora de escaleras, de moza para cargar o llevar la compra a los clientes de un supermercado.

Yo no tenía trabajo, terminaba de llegar de él, eso sí, con el bolsillo lleno de billetes, pero sabía que lo encontraría en cualquier sitio.

Con la ayuda de Bill limpié mi habitación, la arreglé y busqué, entre lo que tira la gente, trastos para amueblarla decentemente. Y trasladé mis libros, mi música y mi ropa.

Pocas semanas después de instalarme, Artur me llamó para hacer una bonita excursión. No era una travesía, tampoco nada peligroso ni que requiriera grandes esfuerzos, solo nuestras habilidades de escalada libre. Sebas quería fotografiar un nido de halcón sito en la pared de una escarpada montaña. Le pareció verlo el año anterior, en una de sus escapadas en solitario, con unos prismáticos desde la pared que enfrentaba el estrecho desfiladero. Había de ser una pequeña aventura, una excursión casi de principiantes, eso es lo que pensamos. La realidad fue muy distinta, el camino era muy difícil y sin sendero; lo había escogido Sebas para llegar al pie del risco y de allí hasta el refugio. Cuando vi la pared quise morir, entendí por qué éramos tan necesarios; nadie la había escalado o, por lo menos, allí no había ninguna vía abierta. Estaba claro que por eso los halcones habían anidado. Al fin llegamos y Sebas pudo hacer sus fotos, escondido tras unas rocas y con pinta de guerrillero, inmóvil, cubierto de arbustos y lleno de arañazos. Sarna con gusto no pica, le dijimos. Había querido subir y lo subimos.

Al anochecer llegamos al refugio, exhaustos, deshechos y más que rotos. Había valido la pena, eso solo lo sabe quien llega después de haber atravesado cortafuegos nevados o helados; o cruzado la ladera de una montaña sin sendero, con una mochila de veinte kilos desequilibrando el cuerpo; o andando por una cresta rocosa, con un precipicio a cada lado y más estrecha que la anchura de una bota.

Por la mañana, en un amanecer del veinticuatro de Junio y en la cumbre del Puig Pedrós, me esperaba el paisaje más maravilloso, de incuestionable belleza, superior a todos cuantos había visto hasta el momento. Estaba aterido de frío, había podido encender el fuego mediante las brasas de la noche anterior, con pericia y mucha paciencia. No habíamos subido preparados para tanto frío y nieve. La travesía había sido impresionante, habiendo atravesado anchos cortafuegos cubiertos de nieve y hielo gracias a cuerdas y mucha audacia, turnándonos para repartir el riesgo, como si de una ruleta rusa se tratara. Aquella noche había nevado copiosamente. Al salir del refugio vi, con asombro, el reflejo de la luz de un sol que aún no había salido, sobre las cumbres de nuestro alrededor. Cada una tenía un color distinto. Era un arco iris grandioso, brutal, tanto que, sin pensarlo ni despertar a mis amigos, me puse a andar. Subí a lo alto de nuestra cumbre de 2900 metros, buscando pisar aquel color, después me atreví a andar hasta la siguiente, que ya lo había cambiado. Imposible. El efecto óptico la hacía cercana, como el resto; sin embargo, se hallaba a algunos kilómetros en línea recta y muchos para llegar a ella. Me senté y me emborraché ante tal belleza. Ya no sentía frío, solo bienestar, el esfuerzo lo había ahuyentado. Mis amigos, preocupados al no encontrarme, me debían estar buscando y yo no me atrevía a gritar. La cumbre en la que estaba era una plataforma de plano muy inclinado, igual que las demás; de eso su gran y espectacular colorido, cambiante según había escalado. De haber gritado el inestable piso de nieve podría haberse desprendido al vacío. Mis amigos llegaron siguiendo mis pisadas y me encontraron admirando el paisaje más grandioso que pueda imaginarse. La luz empezaba a iluminar el verde de los bosques y los prados, mientras cambiaba el color de las cumbres, como si fueran gigantescos espejos con todos los colores del espectro. Hasta un año más tarde no vería nada parecido, y muy lejos, cerca del techo del mundo. Después, nunca más.

Para la vuelta seguimos un nuevo camino, debía ser largo y nada complicado; pero al encontrar un cortafuego producido por un desprendimiento de rocas, bajamos por él. Abreviamos mucho, pero las rocas que caían a nuestro alrededor superaban lo previsto por Sebas, aunque no por mí. No entendía a mi amigo, tan prudente y cuidadoso, meticuloso con los trayectos que preparaba; parecía que buscara el límite, que sintiera la necesidad de traspasar lo humanamente posible. Saltábamos como cabras monteses, nuestros pies volaban de piedra en piedra antes que se desprendieran, de manera que si hubiésemos mirado para atrás, veríamos el gran desprendimiento provocado, pero habríamos perdido unas décimas de segundo preciosas y el ritmo de nuestros pies, y terminado aplastados. Llegué abajo con los nervios a punto de estallar y las piernas endurecidas por la tensión, los únicos que mantenían el temple eran Sebas y Artur, del primero no lo entendía, del segundo todo era posible.

Recuerdo el precioso prado, el riachuelo y acampar a su lado, sobre la fresca y blanda hierba. Pocas veces me había sentido tan a gusto y relajado, miré para atrás y, al ver el gran cortafuego, me horroricé. Decidí no volver nunca más a la montaña, al menos de este modo. Demasiadas veces habíamos desafiado a la fortuna y puesto a prueba nuestra pericia, pero esta vez habíamos ido demasiado lejos, lo habíamos conseguido por nuestra agilidad y la suerte, y con eso último nunca debía contarse.