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jueves, 6 de diciembre de 2012

EL PODER DE UNA CONVICCIÓN (El principio del fin)

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Judíos en Alemania . . . . . . . . . . . . . palestinos en Israel

Gueto de Varsovia . . . . . . . . . . . . . . Gaza
Gueto de Varsovia . . . . . . . . . . . . . Gaza


Así comienza mi segunda novela, basada en la historia de un joven políticamente desorientado y con el espíritu profundamente violentado, por un régimen caduco y dictatorial y asentado sobre la represión, la corrupción y la violencia.
Esta historia fue escrita mucho antes de estallar la actual revuelta, de modo que cualquier coincidencia es fruto de la casualidad y de la deriva del actual régimen hacia una nueva dictadura.



Recuerdo que fue en septiembre cuando Anna me propuso ir a un concierto de Pete Seeger cerca de la Universidad, anunciado con profusión de carteles por la ciudad. A mi me gustaba mucho, su música y su manera de cantar; por entonces no conocía ni me importaban sus inquietudes políticas. Habíamos quedado en una salida de Metro, no recuerdo cuál. Me esperaba con una amiga. Y me sorprendió su parecido, tan alta como ella, quizá un poco más robusta, aunque igual de estilizada; sonreía mucho y parecía muy agradable. Tenía la misma separación en los incisivos, pero ligeramente en forma de uve. Atractiva por la mezcla de belleza y simpatía, morena, con el cabello ondulado justo por encima de los hombros, más largo que el de Anna y sin flequillo. 
Llegamos tarde o eso nos pareció. El concierto había sido cancelado por el Gobierno civil y la Diagonal estaba tomada por la policía, había cientos de grises, a caballo y con furgones de cristales enrejados. La gente estaba en el centro, cercada excepto por el lado que daba a  los edificios universitarios, aunque desde donde nos encontrábamos no podíamos apreciarlo. Y vimos a la policía cargar contra la gente de manera despiadada, sin motivo aparente. Correrías, golpes de porra, policías cebándose a patadas con los caídos. Y uno de los furgones abrió una brecha entre la gente sin parar a pensar si la atropellaba.
Al encontrarnos fuera del cerco pudimos refugiarnos en los jardines del palacio real. Desde allí vimos el espectáculo, yo sin saber a cuento de qué venía. Los guardas habían cerrado las puertas a nuestro paso y nos sentimos a salvo y escandalizados, por lo menos yo, porque mis dos compañeras observaban la situación con pasmosa serenidad, sin alterarse ni preocuparse. Al otro lado de la verja la gente corría, mucha con sangre en la cara y en las manos.
Terminó como había empezado. La policía se replegó cuando se cansó de dar palos. Había detenido a una docena de estudiantes y con aquello parecía tener bastante. Cogimos el Metro y nos fuimos a la Cova del Drac. Yo estaba alterado, era la primera vez que veía algo así y me había impresionado. Sabía por mis amigos: Jep, Joan, Toni... y por los que a veces irrumpían en nuestra casa, del carácter de la revuelta; también de la policía y su exagerada y demente violencia, que solo podía ser producto de mucha anfetamina o de una mente enferma. Jep había intentado motivarme en numerosas ocasiones, pero siempre infructuosamente, más por su carácter dogmático y alineado a una ideología que por mi falta de interés; sin embargo, aquella vez, el haber sentido y vivido tan de cerca la inmundicia de los sátrapas y el descerebramiento inhumano de sus esbirros, sentí asco del país en el que vivía.
Yo solo había pretendido asistir a un concierto, aunque tampoco tenía mucho interés y podría haber pasado sin él; pero mi amiga y su compañera me lo habían propuesto con ganas y aquellos descerebrados, sin ninguna necesidad, habían decidido que no, con violencia y ensañamiento. Habíamos tenido suerte de haber llegado tarde. Estaba profundamente irritado.
Anna y María escuchaban en silencio, como si el asunto no fuera con ellas, manteniendo la misma postura de horas antes: tranquila e impasible. De pronto María cortó mi perorata para preguntarme si, en cambio de hablar tanto, estaría dispuesto a actuar. No lo hizo despectivamente, ni de manera que pareciese un desafío sino tranquilamente, como aquel que propone un sencillo intercambio de ideas o una salida al teatro.
Ahora, después de tantos años, me pregunto qué debió pasar por mi cabeza que me impulsara a responder afirmativamente con tanta facilidad. Quizá fue la manera como lo preguntó, su absoluta falta de pasión. Sin embargo, el extraño tono, junto al expresivo silencio de Anna, me desconcertó lo suficiente como para sospechar que algo más podía haber.


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2 comentarios:

  1. Y es que a nada que te descuidas hay que volver a empujar la pesada roca de nuevo hasta lo alto hasta alcanzar un equilibrio inestable, El mal existe y se multiplica. Da asco, mucho asco, y ganas de mirar hacia otro lado. Un abrazo.

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  2. Al escribir esta historia, larga y compleja, tanto que ocupó cuatro años de mi vida, descubrí el peso que puede tener una simple anécdota, casi inapreciable, sobre el futuro y la vida de mucha gente.
    Evidentemente, yo soy poco y solo puedo reconocer haber sido un pequeño grano en el trasero de los sátrapas, pero un grano que pronto se convirtió en forúnculo y que no les dejaba tomar asiento para descansar. Con los años y tras analizar lo sucedido, puedo asegurar, sin que se me pueda acusar de jactancioso, que pocas veces una acción represiva salió tan cara al represor.
    En fin, creo que algunos de los que hoy nos gobiernan deberían tomar nota y medir mejor sus salvajadas. Aunque sé que eso es imposible, que prefieren seguir jugando con fuego, porque, igual que los sátrapas, creen tener razón y estar en su derecho.
    Solo espero que, en caso de haberlo, esta vez el cambio pase por aplastar la cabeza de las sanguijuelas.

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