PIENSAS DIFERENTE, VOTA DIFERENTE

viernes, 3 de febrero de 2012

EL BLUES DE AMARA (Soy una calamidad)

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Aprendimos a quererte                  Aquí se queda la clara,                Tu mano gloriosa y fuerte
desde la histórica altura                la entrañable transparencia         Desde la historia dispara
donde el sol de tu bravura             de tu querida presencia               cuando todo Santa Clara
le puso cerco a la muerte.             Comandante Che Guevara.          se despierta para verte

Vienes quemando la brisa             Tu amor revolucionario                 Seguiremos adelante
con soles de primavera                 te conduce a nueva empresa        como junto a ti seguimos
para plantar la bandera                donde esperan la firmeza              y con Fidel te decimos:
con la luz de tu sonrisa.                de tu brazo libertario.                   !Hasta siempre, Comandante!




Soy una calamidad, para ciertas cosas tengo una memoria fatal. Tal como hoy recuerdo cada hora, minuto, segundo, de mi historia con Anna, de nuestro viaje a Cachemira, no hay manera de cuándo cogí el avión con Lourdes, la Leire de mi novela, para ir a Perú; si fue de mañana, de tarde o de noche. Hago un esfuerzo y recuerdo nuestra llegada, debía ser tarde, no mucho, pero sí que casi había anochecido. También que nadie esperaba, que llamó a su amigo desde el teléfono de un mostrador y, como respuesta, le dijeron que estaba fuera de Lima, en casa de un amigo, y que no podían ponerse en contacto con él; cuando lo más probable es que, expectante y acobardado, esperase a unos metros del aparato, temeroso que, de acercarse, su amiga oyera su respiración.
-Cuando lo vea dígale que me olvide –dijo Leire como respuesta. Muy típico de ella, aunque luego las palabras de una enamorada se las lleve el viento, tal como las oraciones de un banderín budista.
Recuerdo coger un taxi, después de arrastrar las mochilas por el desangelado y triste aeropuerto.
-Le doy dos dólares si nos deja en el centro de Lima. -Que podrían ser cuatro porque ahora no recuerdo.
-Usted no sabe lo que dice, eso no funciona así, por esa cantidad nadie le llevará más allá del área aeroportuaria.
-Bien, no se preocupe, pasaremos la noche aquí y subiremos en el primer coche de línea de la mañana.
-Espere, espere, por cinco le llevo a un hotel bueno y barato del centro.
Vuelvo a tener la mochila en el hombro y con lo que me ha costado, no parezco dispuesto a descargarla.
-De verdad, no se preocupe, ya nos espabilaremos.
-Por cuatro se lo arreglo, menos de eso imposible –dice mientras abre el maletero.
-Le ofrezco tres, ni uno más.
Lo acepta, posiblemente por no haber más vuelos y va de retiro. Y cuando veo lo cerca que estamos del centro y los arrabales por los que pasamos, me felicito de haber discutido tanto. De saberlo quizá hubiéramos ido andando hasta el primer hostal que encontráramos.
Nadie nos contó que en Perú hay que regatear por todo y sin compasión, que hay que ser ladrón y coger lo que no es tuyo si ves un descuido, nadie, pero es lo que hago por lo que pueda pasar. No me siento cómodo y la intuición me dice que debemos ir con pies de plomo. No lo estoy porque no tenía ningunas ganas de venir. Justo antes de subir al avión lo pensé, todavía estaba a tiempo; pero la inercia y no saber qué hacer en caso de quedarme, ver la alegría en los ojos de mi compañera, quizá fuera eso último.
Y al llegar pregunto al taxista si conocía alguna pensión por el camino.
-Claro señor, pero no son distritos seguros.
Distritos seguros… ¡Que sabrá él de seguridad! Pienso para mí, mientras me acaricio el bolsillo para sentir mi última adquisición: una navaja automática de manufactura cántabra.
A un lado la plaza de Armas, -así creo que la llaman- de la que sobresalen las cúpulas de la curiosa catedral, frente a nosotros una estrecha calle pobremente iluminada y con poca gente paseando, algún bar, un pub que quiere parecer inglés y un precioso edificio que se publicita como casa de correos, tiendas abiertas, aún más anticuadas y vetustas que las típicas de un pueblo de Castilla.
Con las mochilas en la espalda nos acercamos al hotel recomendado por el taxista.
-Es familiar, pero no se les ocurra regatear –recuerdo que dijo al despedirse.
Un edificio típicamente colonial, elegante y cuidado. Es tarde, pero la irritación y el rechazo que siento por todo lo que me rodea no me permiten entrar. A Leire, tras lo sucedido con su presunto amigo, le da todo igual y se siente con poco ánimo de discutir mi estúpida obcecación. Andamos un rato, las mochilas pesan y empezamos a sentir el cansancio de tantas horas de viaje.
Es la rabia lo que nos mantiene, la rabia y la resistencia de nuestros cuerpos, acostumbrados a andar, a nadar y a escalar durante horas. Unos cientos de metros más adelante, seguramente pocos, cruzamos un río y la calle cambia de color, apenas se ven tiendas y de las calles adyacentes sale el hedor de la basura amontonada. Entramos en uno de los callejones y encontramos a hombres sentados en los soportales, que nos miran expectantes, pero sin extrañarse por nuestra indumentaria. Algunos niños corretean por la calle, removiendo la basura en busca de algo con qué jugar. Cerca, justo en la siguiente bocacalle, vemos un pequeño rótulo que pone pensión. Me llama la atención la tilde en la sílaba tónica, pocas veces la encuentro en los carteles de sus gemelas en España. Es una casa de dos plantas, ancha y alegre, con pequeños y viejos balcones tachonados con sencillas barandillas de hierro forjado y cubiertos de madera a modo de glorieta. A su alrededor las casas son bajas y pobres, excepto alguna parecida. Nos miramos, Leire se encoje de hombros, ya nada le importa, ni siquiera si decido dormir entre la basura.
-Tienes su dirección, si quieres intentamos pernoctar aquí y mañana te acompaño –le digo mirándola a los ojos, mientras acaricio su barbilla con ternura.
-¿Y tu qué harás?
Unos segundos, los suficientes para tomar una determinación.
-Si lo encuentras y quieres quedarte, me iré a Machu Pichu o al lago Titicaca, andaré por los cerros y dormiré en las aldeas de la zona, conoceré gente y luego volveré a buscarte.
Me mira a los ojos y sonríe. -Me gusta. ¿Puedo venir?
No ha necesitado ni la mitad del tiempo que yo para decidirse.
Llamo al picaporte –pienso que lo había porque no recuerdo ningún timbre- y me abre un tipo adusto, de ojos pequeños y oscuros, vestido con una camiseta de tirantes, blanca, raída y algo sucia por el uso; sus facciones son agresivas, sin embargo, no sé por qué, denota amabilidad y provoca confianza. Llama a su mujer, mestiza como él, rechoncha y simpática, que, sin saber, en un instante se hace cargo de la situación.
-Estarán hambrientos y cansados, les prepararé algo de comer, aquí solo servimos el desayuno y la cena es a las siete si se pide con anticipación. Mi esposo les enseñará su habitación.
Un dormitorio pequeño, limpio y agradable, con el suelo hecho de tablas superpuestas. A los pies de la cama, una pequeña mesa y una silla. Abro el cajón y encuentro cuartillas, sobres y alguna postal sin usar, todo heterogéneo pero bien ordenado. Sobre la única mesita de noche descubro unos cuantos libros apilados. Sorprendido por el hallazgo repaso sus títulos. Y el tipo, después de disculparse al darse cuenta que no había preguntado si éramos matrimonio, nos cuenta que son cosas que los huéspedes dejan tras suyo y que él arregla y deja en su sitio.
-Poco podremos dejar nosotros, que solo estamos de paso –le digo ya relajado.
Y pienso que allí nos sentiremos a gusto, mucho más que en cualquier otro lugar más caro y pretencioso.
El tipo nos enseña el baño, sencillo pero pulcro, tanto como cualquiera de los que se pueden encontrar en España, sin embargo, echamos en falta las toallas. Y ya en la escalera noto el excelente olor de huevos fritos y boniatos.
-Aquí revolvemos los huevos con los camotes –me dice la mujer -pero se los sirvo por separado para que decidan.
-Por favor, hágalo como para ustedes.
Es la primera vez que veo eso que ahora llaman huevos estrellados, pero en cambio de utilizar patata, la mujer los hace con boniatos gruesos, redondos y más pálidos que los habituales de nuestra tierra. Los corta a rodajas y después de repartirlos por la bandeja, le echa los huevos, que parte y aplasta con un tenedor. Plato único, aparte de un plátano como postre, pero tan abundante que casi no podemos terminarlo.
El tipo, antes de retirarse nos da una llave, parece preocupado, no suele darla a nadie, pero durante la cena les hemos contado cómo y por qué habíamos llegado de tan lejos, y que teníamos ganas de dar una vuelta para beber y charlar.
-Sobre todo, no dejéis que os la quiten y si tenéis algún problema llamad al sereno –nos ruega, después de aconsejarnos que no nos retirásemos muy tarde. Antes nos ha contado que su calle no es una prioridad para la policía y que se nota que somos turistas. Lo veo tan preocupado que hasta estoy a punto de decirle que podemos llamar al sereno para que nos abra la puerta, pensando que, como antiguamente en España, tendrá la llave y acudirá al batir palmas.
El cansancio suele jugar malas pasadas, una de ellas es el insomnio y tanto ella como yo lo sabemos. No es mi caso, aunque sí el suyo en forma de excitación. El pub no está lejos y nos encaminamos hacia él, es el mejor lugar para charlar, con una cerveza al lado y agradable música de fondo. Leire lo necesita y a mí me está bien.
Lo que debía ser o pretendía pasar por un pub inglés, resulta ser una taberna, en la que prolifera el pisco y un vino, que con solo el aspecto es suficiente para no probarlo. Del pisco nada sabemos, pero, por lo que nos dicen, es aguardiente de alto grado y no tenemos interés en llegar a la pensión borrachos. Del vino nos cuentan que es español, de Murcia para ser exactos, llegado en garrafas que el barman nos enseña muy ufano. El tipo, después de una corta charla, entiende que no queramos probarlo; para eso no habríamos llegado de tan lejos. Tomamos unas cervezas del país, que ahora no recuerdo el nombre, pero sí que no tenía nada que ver con algo típico de Perú. En la barra, dos tipos de mi edad, blanquitos y medio idos, seguramente por el pisco o mucho whisky, que al saber nuestra procedencia no se les ocurre otra que hablar del genocidio cultural y no sé cuántas barbaridades más que hizo la madre patria. Los tipos se ponen pesados, especialmente con Leire, más por su salvaje atractivo que por otra cosa. Yo me río al ver al camarero preocupado. Está claro que son clientes y que de nosotros mañana dejará de saber. Leire, mujer de pocas palabras y menos paciencia, se los saca de encima con un exabrupto; pero yo, al escuchar que hablan de mis antepasados, suelto una risotada que se escucha por toda la sala.
-Entonces no hay problema, según creo, somos los primeros de nuestra estirpe que cruzamos el charco. Pienso que deberíais buscar en vuestro árbol genealógico y no en el nuestro –les digo con mucha alegría.
Y los tipos, ante la risa de complicidad del resto de la clientela y la cara de pocos amigos de Leire, optan por una retirada más vergonzosa que estratégica.
-Mañana podríamos alquilar un coche, ¿qué te parece? Con él podríamos movernos y viajar hasta el Altiplano o a donde nos plazca, sin necesidad de regirnos por los de línea.
Afirma con la cabeza, mientras observa divertida el peculiar ambiente de la taberna. Es la única mujer y me choca, dado que no tengo a la sociedad peruana por machista. No atrae las miradas, ni siquiera después de las risas que hemos provocado, ni parece que su presencia incomode o dé que hablar.

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3 comentarios:

  1. Que hermosa canción has escogido hoy para la entrada.

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  2. Repaso, corrijo y me desespero. Pretender ser perfecto no es pecado, me digo. Trato mis escritos como mi trabajo, como a mis prendas, de las que no paro de rectificar la curva de una sisa o la situación de un punto de referencia; un centímetro, a veces solo unos milímetros, pero suficiente para sentirme tranquilo.

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  3. Escribir es una artesanía,una filigrana,no?.Me gusta el contenido y la forma.Un beso

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