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sábado, 4 de septiembre de 2010

PARA, NO CORRAS TANTO

Para, no corras tanto, es a ti mismo al que estás buscando.







Durante las vacaciones he llenado una libreta, hoy, al repasarla, descubro que quedan tres hojas en blanco.
Escribo mientras rememoro. Y cuando paso de capítulo o lo que más se parece a eso, y voy por medio del siguiente, a veces vuelvo para atrás. Y es que he recordado algo que debo añadir o que cambia por completo el redactado; y cuando es eso, hago una anotación con tinta sobre lo escrito, grande y con un círculo, y sigo con lo que estaba escribiendo. Otro se amargaría, estoy seguro, porque no paro de escribir, repasar, reescribir, borrar... y así no voy a terminar nunca.
Con Albert, José, Joan y Mónica; los tres primeros especialmente, por ser de la época, hablo a menudo del tema, disimuladamente, para evitar sospechas.
¿Te acuerdas de aquello, de lo otro...? ¡Cómo nos reíamos...! Pero algo no va bien, se ha disparado una alarma en mi cerebro. Una frase, un interrogante... No fue así, me dice uno de ellos, entonces no pudo ser, todavía no habíamos conocido a tal, aún no me había comprado el 600...
Y llego a casa y rectifico lo rectificado; y, a veces, con la preciosa pluma que ellos hace tanto me regalaron, sin inmutarme, tacho un número de páginas cuando otro lloraría. Y, satisfecho, vuelvo a escribir el capítulo. Y ya en el ordenador, repasado dos, tres veces, pienso que debo hacerlo bebible, por si un día alguien decidiese publicarlo. No fuera caso que el lector me creyera un estúpido que va de chulo.
Pero si solo es una novela, pienso, y en ella cabe todo: lo más fantástico e increíble. Después de todo, quién no ha vivido situaciones parecidas, me pregunto. Y busco alguien y, claro, excepto Anna, no lo encuentro.

Ayer soñé con ella. Aparecía tal como es, fuerte, alta, suficiente, reservada; y atractiva, bella, sin apenas arrugas pese los años pasados. Y de súbito he despertado, la veía frente a mí, de tan real que era. He despertado y casi he llorado, porque temo que nunca más pueda verla.

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4 comentarios:

  1. Es que tiene, la memoria es selectiva.
    La mía solo atina a recordar lo bueno, es como si tuviera una tecla escondida en alguna parte de mi memoria que hace que vea a los demás mejor de lo que son.....visto lo visto y vivido lo vivido.
    petonets, sempre

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  2. Depende del fin de la escritura, a mi entender. Una cosa es(son) la(s) memoria(s), que se supone debe ser fiel a la realidad (o no, hay quien las novela), y otra es contar(te) tu vida según el poso que te ha dejado, los recuerdos, que no siempre son fieles, pero son los tuyos.
    Coincido con Marta en que la memoria es selectiva, y tendemos a quedarnos con lo bueno, y eso no sólo no es malo, sino hasta saludable.
    Un abrazo.

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  3. El escribir te enseña cómo eres, eras y su por qué.
    Es sano.
    Yo, por lo menos, he descubierto que lo hago porque me divierte.
    Si juzgas poco y aprendes a transigir, terminas haciéndolo contigo. Y la memoria, por muy selectiva que sea, abarca mucho, no todo, pero mucho más de lo que, con otro sentido moral harías.
    Escribes una historia y te imaginas ser otro y, al juzgarlo permisivamente, sueltas lo que toca.

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  4. A veces parece que el tiempo no corre lo suficientemente deprisa para recordarlo todo como ya vivido. Sólo a veces, en días nostálgicos y raros. Como nostálgicos del futuro, no sé si me explico.

    La Bathory... hay una película de hace diez años sobre los últimos años de Sade que se llama Quills y donde Madelaine, la protagonista, dice al abad de Charenton que no podría ser tan buena si no tuviera pensamientos tan malvados. O algo así. Yo en el fondo no soy capaz (literalmente) de matar una mosca o un mosquito pero me gusta leer sobre psicópatas, torturas, etc. Y a Sade. Y sobre la Bathory. El libro de Valentin Penrose es, además, una auténtica delicia. Se encuentran fragmentos por internet.

    Besos

    PS. He echado una ojeada (de ojos, hojas no hay) a entradas atrasadas y son como más cortas que antes, ¿no?

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