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martes, 27 de julio de 2010

CARICIAS

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Grabado en el "Jardí dels drets humans", en Barcelona, ayer por la noche.
            

Amara ya está en casa, después de dos meses de hospitales, alguna que otra recaída y dos intervenciones, que no hubieran podido hacerse en casi ningún lugar del mundo.
La he dejado en la cama, con los mórficos justos para pasar el día. Vive con dolor. Siempre estará con ella y es bueno aceptarlo; algunas veces más, otras menos.
Hoy soy uno de los hombres más felices del mundo. He podido dormir sobre su hombro, con sus caricias tan embriagadoras, tan sensuales.
Vuelve a estar hinchada como una bota. La toxicidad de los medicamentos han hecho mella en su organismo. Le obligo a hacer una dieta rigurosa, casi inhumana; pero necesaria para recuperar su autoestima.

Mi libro avanza, imparable. Pienso que en un año terminaré una de sus partes, entre 125.000 y 150.000 palabras. Hasta ahora llevo escritas algo más de 40.000. Es posible que tarde cuatro o cinco años en escribir su totalidad, pese a creer que un libro como este no debería tener final.
Joan ha leído algunas páginas y dice que es una maravilla.
¿Qué haré con él, una vez terminado?
Se lo mandaré a Anna por electrocorreo, que, en el fondo, esta parte ha sido escrita para ella. Después, quizá se lo regale a mi hija, para que haga lo que le venga en gana, ya que es la que más me lo ha pedido; o quizá lo guarde a cal y canto y, cuando lo encuentre, que haga lo que más le convenga.

Hoy, una vez más recordaba Cachemira, la inmoralidad de los estados que dividen e impiden, que hombres con los mismos sentimientos puedan relacionarse.
Los estados se apropian de los sentimientos, los prostituyen para que la gente se crea de su propiedad junto a su tierra; de la misma manera que los señores feudales hicieron con sus plebeyos.
La tierra es de quien la trabaja, y los sentimientos, de cada individuo que conforma una sociedad. Nadie puede o debe apropiarse de ellos y, menos, por su ansia administrativa.
En Cachemira existe una frontera, invisible; pero física por las armas. Si un hombre la cruzaba, si podían lo mataban. La gente de uno y otro lado era amiga, compartía los mismos sentimientos, el mismo idioma, la misma cultura. Pero el ansia de territorio, de administrarlo, lo convirtió en un infierno. Si los dos contendientes no hubiese querido más territorio, la gente de uno y otro lado hubiera podido relacionarse, como siempre había hecho y, probablemente, los dos países serían más prósperos.
¿Son estúpidos los gobernantes?
Por descontado.
¿Son idiotas?
De ninguna manera.
Al gobernante le interesa que exista tensión, enemistad, diferencia. Solo así puede perpetuarse, aunque sea a costa de la ruina y la desgracia de quien dice defender.

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2 comentarios:

  1. Los gobernantes son esa rara avis para la que se tiene que servir, no todo el mundo vale, luego estamos los honestos.
    Cuánta ternura en tus palabras siempre hacia Amara, espero que el amor y tus caricias le ayuden a llevarlo un poco mejor, siento mucho que sufra dolores, tiene que ser muy duro. De corazón deseo que mejore Pau.
    Espero poder tener un día ese libro en las manos, sabes que me gustaría muchísimo, pocas personas pueden contar tanto como tú, estoy convencida, y cuando digo tanto, quiero decir tanta vida.
    Un beso

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  2. Hacía un tiempo que no pasaba por aquí y leer que Amara está en casa me ha alegrado mucho. Seguro que estar a tu lado le hace bien.
    Esperaré impaciente ese libro, no importa cuánto tiempo.
    Un abrazo, Pau.

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