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domingo, 16 de agosto de 2015

LOS MOMENTOS MÁS AGRADABLES NO SIEMPRE SON LOS MÁS FELICES

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Sigo el camino del riachuelo y me encuentro con la típica casa medio derruida, al pie de una cala de ensueño. Fuera de ella el temporal rompe contra las paredes que la resguardan. A mi izquierda, sobre un pequeño farallón de roca y tierra, dos vetustos hórreos vigilan la entrada.

Pronto tendré que cambiar de lugar mi bicicleta. La marea sube y ya casi toca sus ruedas.
Mi corazón se cansa mucho antes, y pedalear en subida hace que me cueste respirar. Es como si mis bronquios se cerraran. Mi estómago no digiere bien los alimentos, no como solo hace un año. Se nota que estoy en el último tercio de mi existencia, quizá menos.

Siento el viento. Gigantescas olas rompen contra el farallón de la entrada. Pocos barcos se atreverían a navegar hoy en este mar, el mío uno de ellos.

Los momentos más agradables no siempre son los más felices, la soledad solo es querida cuando se busca con ahínco y se encuentra en el lugar adecuado.
Es agosto y estoy en una de las calas más bellas de Asturias, hoy desierta, supongo que por el mar, el frío y el viento. En mi pequeño rincón solo queda espacio para la bicicleta, las pocas olas que consiguen entrar mojan mis pies. Es pleamar, de modo que más adentro no llegarán.
Esta mañana con Xeli he visto la bajamar en San Antolín, ahora la pleamar con la magnífica soledad que me brinda la cala de la Huelga.
Un pequeño grupo de excursionistas pasa casi rozándome, aprovechando el reflujo de una ola. Calzan botas de montaña, que se nota son recién compradas; llevan mochilas en la espalda, gafas de sol, gorras e indumentaria para hacer grandes travesías; también palos para andar, uno en cada mano. Nunca he entendido el servicio que puede dar esos bastones de diseño. He andado días enteros sin necesidad de ellos, por los lugares más agrestes que nadie pueda imaginar. Entonces no los había o, al menos, yo no los conocía. Lo he hecho con calzado recio y de mala calidad, y vestido con ropa sencilla.
Una chica toma asiento en una roca a mi lado. Nos conocemos de saludarnos cada día en el mismo camino, yo con la bicicleta y ella acompañada por un perro negro y de raza ambigua. Calza sandalias de plástico, y viste con shorts y una camiseta de manga ancha y corta. Me pregunta de dónde vengo y me explica que de su casa hasta la Huelga hay ocho kilómetros, que siempre se queda un rato para que el perro se bañe y luego vuelve a su casa. Dieciséis kilómetros diarios sin botas especiales, gorra y gafas de sol, ni, por supuesto, bastones de montaña. Me pregunta por lo que dice mi camiseta, Pirates de Catalunya, y se lo explico. El perro vuelve y nos salpica divertido. Nos despedimos. Ella debe seguir su camino para llegar de día a su casa, luego, supongo, saldrá con los amigos o su pareja. Esta noche tal vez busque por la red quienes son esos piratas.

Miro el riachuelo, que baja caudaloso por la lluvia de esos días, y pienso en los amigos que me quedan, años atrás tantos y tan pocos ahora.
Es curioso lo que hacen las ideas. Mi concepto sobre lo que es el autoritarismo o incluso el fascismo, ha ido ampliándose con el tiempo. Para mí es fascista todo aquel que pretende imponer sus ideas, aunque sea a través de este régimen que nos quieren vender como demócrata.
Ya no puedo aceptar, más allá de unas risas, la relación con personas carentes de sentido demócrata. Familia, amigos y conocidos, van desapareciendo de mi mundo.
Algunos podrán acusarme de intransigente, y es cierto, soy intransigente con los que practican la intransigencia.


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2 comentarios:

  1. Siempre lo cuentas bonito, porque lo que vives también lo es. Siempre la magia de tu vida.

    Besos Pau

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