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miércoles, 5 de noviembre de 2014

ES UN JUEGO

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Las conoces?
Podrás presentárnoslas?
No era habitual que nos hicieran este tipo de pregunta. No eramos amantes de fiestas extrañas, pocas veces participábamos en alguna y en las nuestras todos nos conocían.
A mi me divertía. Las veía bailar con indisimulada despreocupación e indiferentes a lo que provocaban, con desbordante y extraña sensualidad. Incluso a nosotros nos excitaba. AcostumbrabaN a ser las dos, Mónica y Amara. Jep y yo solíamos recrearnos observándolas, maravillados por su insultante belleza.
Pero sí que era de esperar, al menos en este tipo de fiestas, en las que, excepto para unos pocos, eramos completamente desconocidos.
Nos habían visto frecuentarlas o hablar con ellas, siempre distendidamente y aparentando una vieja y tierna amistad.
¿Van con vosotros?
¿Conocéis a sus compañeros?
Preguntas estúpidas, que solo denotaban inseguridad. En estas fiestas el ser pareja era lo que menos importaba o lo que más te alejaba.
Recuerdo responder a uno, más lanzado de lo habitual, que me preguntó directamente si nos las habíamos tirado, seguramente para conocer su asequibilidad.
-A una de ellas prácticamente todos los días, a la otra de manera periódica.
Jep, tan lanzado y de fácil labia para otras cosas, en estos casos se quedaba cortado, no sé si por lo sorpresivo de la pregunta o por su impertinencia.
-La belleza es un estorbo -les decía a menudo. -Echa para atrás a la mayoría de los tíos, porque les parece imposible poder ligar con semejante preciosidad.
Y ellas se reían, acrecentando aún más su atractivo. Se reían porque su simpatía rompía las barreras de la prevención que causaba su belleza. Se reían porque, sabias en el arte de la seducción, la utilizaban para acercarse a los hombres que más les atraían.
No, este tipo de fiestas no nos gustaban, sin embargo, era la única manera que teníamos para que pudieran divertirse con otros hombres. En las nuestras no había manera, solo con el tiempo conseguimos que vinieran algunos, todos ellos externos a nuestro ambiente, y casi siempre conocidos. Primero fueron los británicos, luego algunas parejas amigas de Joan y de Vicki. Más adelante Amara y Mónica trajeron a los monitores de su gimnasio, y así poco a poco de uno pasó a otro, pero nada comparado con las mujeres. Nuestras fiestas eran femeninas por defecto. Amigas de Vicki, de Anna o de la misma Tesa, compañera de trabajo de Amara, que se convirtió en habitual. Incluso Mila, que siempre evitó el sexo, trajo algunas de sus mejores amigas.
Era curioso ver a cuatro o cinco hombres junto a siete u ocho mujeres, a veces más, disfrutarlas y compartirlas con una liberalidad asombrosa, siempre amigas de sus propias compañeras.
Un día le pedí una explicación a Anna, con criterio más profesional, aunque cualquiera de ellas podría haber respondido.
-Es la confianza, hablamos con más libertad entre nosotras y no sentimos complejo ni prejuicio. A Tesa, por ejemplo, la conocías de tiempo, Amara y tu charlabais con ella y más de una vez la habíais llevado en coche. Es su amiga, una de las que más confía, entonces no es de extrañar que hablen de sexo y de los hombres que se tiran, que Tesa le pregunte si podría invitarla, si le sabría mal que se acostara contigo o con Jep. Ya conoces el resto. Ahora bien, ¿puedes imaginarte compartiendo nuestra manera de relacionarnos con el más libidinoso de vuestros amigos, que cuando coincidís con ellos se tiran a Mónica y Amara con la mirada? No, seguro que no. En todo caso haces lo posible para que no se acerque. Sé que no es por celos, pero sí por esa extraña manía que tenéis los tíos de protegernos.

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Es como si una cuerda rodeara mi cuerpo, aprisionándolo más y más por momentos. Me duelen los sobacos, a veces mucho, y me arde el pecho y siento una fuerte opresión en el esternón. Un sarpullido de granos se extiende desde pecho hasta la espalda. Es un herpes, además muy virulento.
-Debe dolerte mucho -me dice la doctora. Y me receta calmantes y antiimflamatorios, y un anestésico en caso de apuro. -Un comprimido cada cuatro horas y si con eso no se te quita te tomas el anestésico.
-Hay gente que con menos le suministramos mórficos, de modo que no te alarmes ni te hagas el héroe.
Me conoce y prefiere prevenir que curar. Los primeros días me tomé tres comprimidos al día, luego ya fueron dos y si hoy aguanto solo será uno.
No me gusta sufrir ni me atrae el dolor, pero sí llevar mi cuerpo al límite, comprobar si todavía está preparado para lo peor. Me gusta ponerlo a prueba, me divierte encontrar los mecanismos para desinhibirlo del dolor, olvidarlo sin más. Quiero saber hasta qué punto puedo aguantar sin necesidad de utilizar el último recurso, relajar mi cuerpo y mi mente, dejarlo casi en estado de hibernación.
Amara dice que soy insensible al dolor y quizá tenga razón, pero no por mi constitución sino por entreno. Llega un momento que el dolor ya no te afecta, que pasa desapercibido o lo conviertes en otra cosa, como un escozor o una soportable molestia.
Mónica lo pasó hace un año y no tuvo tanta suerte. Esperó demasiado, cuando ya no había remedio y el dolor finalmente la abrumó.
-Se le diagnosticó demasiado tarde -me dijo Amara, compungida por no haber llegado a tiempo -No entiendo como ha podido soportar tanto sin haber ido al médico. Sé lo que es y lo que suele. Es imposible aguantarlo sin medicamentos. Un día de estos tendrá un disgusto.
¡Mónica! Solo ella es capaz de soportar algo así, desinhibirse hasta ese punto, olvidarse por completo de un brazo, de una mano, incluso de todo el cuerpo. Yo no llego a tanto.

Para nosotros es una manera de no olvidar lo que fuimos, y para conseguirlo lo convertimos en un juego. Ya sé, de estúpidos, pero nos divierte saber que aún podemos.

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