PIENSAS DIFERENTE, VOTA DIFERENTE

viernes, 6 de junio de 2014

A VUELTAS CON POMBO

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-Nunca he sentido la necesidad de engañarte ni de abandonarte por otro, sin embargo, con casi todos los hombres que me he acostado he sentido una especial empatía, sea intelectual como con los dos cubanos, o de fuerte amistad y cariño, como con Jordi y Ramón.
La escucho mientras medito sobre la curiosa coincidencia de que los cuatro sean médicos.
-Tanto Mónica como yo hemos estado con otros hombres solo por diversión. Ella, al contrario que yo, no necesita sentir nada por ellos. Tu eres su excepción, un caso único, como si fueses parte de ella. A veces pienso que te considera su doble pareja. Incluso Joan o Biel han sido solo divertimento para ella. Mónica es fría como el hielo, pero eso ya lo sabes, lo que pasa es que no lo dices, como si temieras reconocerlo. Lo sabes mejor que nadie, incluso que ella misma.
    Y recuerdo aquel tiempo de extrema violencia, de crueldad infinita, de su fría pero sólida amistad con Irene, tan gélida como ella. Pero también el brillo de sus ojos, unas lágrimas que nunca he visto aflorar, pero que allí estaban, a la vista de cualquiera que osara mirarla a los ojos, cuando le pedí que abandonara su moral. Es cierto, lo sé, pero prefiero no pensar en eso sino en su dulzura y su ternura, en sus graciosos momentos de fingida abstracción e inocencia.
Podría haber respondido: tu ya la conoces, sabes lo que fuimos e hicimos. Pero entonces tendría que reconocer que ha leído mis escritos y mi segundo libro, y eso nunca lo hará.

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Hace años, muchos, hablé de las viejas libretas de Pombo, un nombre que inventé mucho antes de imaginar que algún día escribiría mis novelas. Los describí como los papeles de Pombo, encontrados en un saco de plástico de una estantería del vestidor que hace de armario. En realidad nunca estuvieron allí sino escondidos entre mis viejos libros del instituto, que aún no sé porqué conservo. Mal escritos, apuntes parecidos a los que hacía en la facultad, desordenados e ilegibles para la mayoría, puesto que algunas de las historias están resguardadas por una doble clave, que en aquel momento me pareció un juego. Ahora los mantengo ordenados en un gran cajón de plástico bajo mi cama, junto, todavía, los mismos libros de texto. Debería destruirlos, ya no me sirven para nada, ni siquiera de recuerdo. Su contenido ya está escrito en mi memoria y resumido en mis novelas, no todo, quizá por eso me resista a terminar con ellos. Recuerdo que entonces expliqué que los guardaba por si, tras mi muerte, a mis hijos se le ocurría leerlos y publicarlos. Pero ya no hará falta.
Divago entre una idea y otra, como si una historia no tuviera nada que ver con otra, cuando el que me conoce sabe que en estos papeles está escrita gran parte de la mía y la de Mónica.

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A veces paseo por los lugares de mis recuerdos, que casi no reconozco. Por el portal de Sarriá, donde Alba y yo solíamos sentarnos de adolescentes, para hablar sobre la vida y la muerte. Por donde se encontraba mi vieja casa de Horta; o donde vivían los padres de Anna, que solo vi una vez; también por el viejo edificio en que tantas veces nos hicimos el amor. Y cuando paseo por la Rambla, siempre miro aquellos balcones y tejados, desde donde intentaba controlar nuestras primeras acciones.
Me cuesta recordar los momentos más dulces de mi vida, sin sangre, dureza y fuego. Dicen que el humano tiene la tendencia de olvidar los momentos de más dolor, y tal vez sea eso, porque, por brutales que fueran, solo hay uno que me hirió el alma. Y, sin embargo, me sorprendo a mi mismo buscando sus detalles más ínfimos, como si necesitara revivir aquella pena. Me sorprendo porque hoy Amara me pregunta detalles sobre el nacimiento de mis hijos, de lo que hacían y cómo vivíamos, y no recuerdo. En cambio puedo hacerlo sobre lo que pasó diez años antes, con la niña expirando poco a poco en mis brazos, reventada por una granada hindú. Es curioso que ahora busque este recuerdo, para soltar las lágrimas que en su día no brotaron. Solo entonces sentí dolor, ya nunca más, seguramente porque nada puede comparársele. Es cierto, recuerdo con viveza los momentos de sangre, dureza y fuego; pero llenos de vida y de alegría.

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Hoy, tomando el sol en compañía de una joven amiga, charlando sobre el futuro, el trabajo y la familia, no he podido más que pensar en cuando era pequeño, que veía a los tipos de mi edad como ancianos, y no solo yo sino incluso la gente de treinta y pocos. -¿Qué hace este tipo conduciendo con la edad que tiene? Es un peligro. No entiendo cómo le han podido renovar el carné-
Recuerdo que a los diez o doce años no quería llegar más allá de los sesenta. Luego, ya con treinta, me horrorizaba ver como mi padre, que tenía sesenta y pocos, ya se sentía viejo y cansado, aunque nunca hubiera padecido enfermedad. Quizá fuera su carácter, negativo y pesimista, sumiso con lo establecido.
-Es curioso como cambia la gente -comento a mi joven amiga, que escucha esta pequeña historia con atención -fíjate en mí, que soy Pirata, activista del partido más joven y vanguardista. No soy el único, todo ha cambiado y volverá a hacerlo, es ley de vida, pero no sabemos si a mejor o peor.
    Pero mientras hablo, pienso que ya he vivido, que lo que haga a partir de ahora es propina, aunque ponga la misma intensidad y fuerza para llevarlo a cabo, aunque siga dejando la piel en ello. Pero cierto, si ahora mismo me sintiera morir, lo haría tranquilo y pensando que ya hice mucho.

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3 comentarios:

  1. Mi más sincera enhorabuena, por esa facilidad de retornar al pasado a bordo de la memoria y mantener la ilusión de cara al futuro. Un abrazo.

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  2. Sin pasado no somos nada, sin embargo, quien se aferra a él no tiene futuro

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  3. Pues si Pau, tu vida ha sido intensa y has hecho muchísimas más cosas que la mayoría de la gente que conozco, pero vamos, yo creo que te sientes un poco viejo prematuro, propina dices?, anda ya...

    Besos

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