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martes, 4 de marzo de 2014

EL HORROR

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Hace tiempo Anna me enseñó una foto, que evidentemente no está en mi poder, de una familia de Myanmar huyendo del ejército con lo poco que les quedaba por el curso de un río. Se parece mucho a esta. Recuerdo la expresión de los padres, de desespero por salvar a sus hijos, la de los niños, de dolor y pena. Anna me contó que su aldea había sido asolada, los hombres asesinados, las mujeres violadas y asesinadas y las niñas convertidas en esclavas sexuales por los soldados. Son cosas que pasan, me dijo encogiéndose de hombros. Es el horror, pensé yo.
Sin darse cuenta Anna, con su indiferencia me describió el horror a la perfección. No puedes hacer amistad con él, pero sí convivir y mirarlo a la cara sin temor. Es la única manera de enfrentarte a él y combatirlo. Anna lo sabe y yo también.


Un día charlando con una de las profesoras de mi hija, de madre peruana por cierto, salió a relucir mi viaje por el Altiplano y el subafluente del Madre de Dios. En aquel tiempo todavía era una selva bastante inexplorada, hacía poco unos naturalistas decían haber descubierto unos animales que mis compañeros y yo ya habíamos visto años antes. Por supuesto, tampoco nosotros fuimos los primeros sino los indígenas que ya se los comían y los barqueros que comerciaban. Pero para la gran mayoría de los peruanos, aquella selva era absolutamente virgen y muy pocos se atrevían a internarse en ella. De hecho, incluso evitaban viajar por ciertos lugares del mismo Altiplano.
-Podrías dar una charla sobre lo que viste y viviste -me propuso interesada.
Me arrepentí de haber hablado. No solía hacerlo ni con mis mejores amigos, solo Artur conocía la historia y no enteramente. Se notaba que era una chica muy inquieta, sensible y beligerante con la injusticia; también que apenas conocía su país, ni siquiera los barrios más pobres de la capital, esos tan cercanos a los de la gente de bien.
Debí mirarla de una manera muy especial, ahora no recuerdo, porque ella me esquivó y rápidamente cambió de tema. Meses después, al coincidir en una fiesta de fin de curso, se me acercó y volvió a preguntarme, esta vez con cuidado; quizá por haber descubierto que su país no era tan bonito como había creído, porque, vete a saber cómo, dedujera que mi historia no estaba hecha para los sensibles oídos de los alumnos de cuarto.
Esta historia me ha venido a la cabeza al leer el blog de Off Screen, un nombre muy adecuado para el caso, en el que cita al Coronel Kurtz: "No creo que existan palabras para describir todo lo que significa, a aquellos que no saben qué es, el horror. El horror. El horror tiene rostro. Tienes que hacerte amigo del horror. El horror y el terror moral deben ser amigos, si no lo son se convierten en enemigos terribles, en auténticos enemigos". 
Mi hija era muy pequeña, quizá tendría cuatro años, y hacía pocos del estreno de la magnífica película de Coppola. Que solo verla, precisamente con Artur y justo a mi vuelta de Perú, de inmediato me recordó a “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad. Una novela que también tuve presente durante mi recorrido por el pequeño y caudaloso subafluente del Madre de Dios.
¡El horror!
Yo ya había visto y vivido el horror, pero nunca así, con tanta intensidad y crueldad. El horror de la guerra es una cosa y el horror de la vida y de la moral humana es otra. Nada, ni siquiera Apocalypse Now, puede describir lo que se siente en la realidad; ni siquiera la gran novela, que juraría debió ser vivida
en parte por Conrad, porque solo su manera de describirlo, entrecortadamente, casi de pasada y sin profundizar demasiado en la conciencia de Marlow, puede acercarse a su realidad. No, no hace falta esforzarse para aprender a codearte con el horror. El instinto de supervivencia y la propia animalidad del humano son suficientes. Te acercas a la muerte sin más, como si fuera lo más natural del mundo; compites por la vida sin ningún prejuicio, sin meditar sobre el bien y el mal. El horror más brutal te rodea y te empapa, y, aunque lo sepas ajeno, no te extrañas junto a él; no te rebelas ni lo rehuyes.
¡Es tan difícil de explicar! Nada se le parece.
De aquella mañana, corta y divertida, en la que conocí a los que ahora son mis amigos de parrandeo, recuerdo preguntar a la pobre chica si había visto la película y leído la novela. Se quedó unos segundos en silencio, no sé si por mi mirada o por cómo hice la pregunta.
-Sí -respondió con miedo, casi con sordo barboteo.
Ya no hablamos más del tema, nunca más.
El horror es tan extraño que se me hace difícil explicarlo con palabras, tanto como Conrad en su novela, al contrario que Coppola, que posiblemente no llegó a conocerlo.

Salud!


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