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jueves, 15 de agosto de 2013

CONVERSACIONES CON AMARA - 2ª PARTE

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Me abraza con mucha más fuerza de la que acostumbra. Lo hace para agradecer lo que he hecho, sin necesidad de expresarlo con palabras, que sabe podrían ofenderme. Me abraza por su amiga y porque he sobrevivido. Vuelvo a acariciarla, esta vez en sus hombros. Con delicadeza paso mis pulgares por sus cejas y con uno de ellos presiono el punto del sueño para intentar vencer su insomnio. Y veo como unas lágrimas corren por los costados de su cara, en busca de la almohada. No puede abstraerse de su emoción, ni de la congoja que ha pasado. Está emocionada y no quiere evadirse de la felicidad que siente.
-Has dudado que lo consiguiera.
-No es eso, nunca he dudado de ti ni de tu fortuna; pero he sufrido mucho y hasta ahora, que te veo aquí, no he podido dormir tranquila.
Es, creo, la primera vez que me trata así, que reconoce su debilidad y mi preponderancia. Y vuelvo a sentirme poderoso y una extraña suficiencia invade mi espíritu. Solo en el mar y tras una tempestad, con la caña del timón en la mano y el barco abriéndose paso entre las grandes olas, sentí algo parecido. Y vuelvo a avergonzarme de mí mismo, de la falta de modestia que durante un instante he sentido.
No sería nada sin ella y habría sido nada sin Anna. Y sin Mónica nunca podría haber conocido la lealtad infinita, esa que supera a la propia vida y al amor. Y fue Mila quien me enseñó a enfrentarme a los vaivenes de la vida sin perder la integridad.
Es curioso que sean mujeres, siempre las mismas.
Y cierra los ojos y hace como si durmiera. Le pido que descanse de lado para así acariciarle la espalda. Sé que eso la relaja y le ayudará a encontrar el sueño. Pero soy yo el excitado, que por mucho sueño que lleve de retraso, necesito contar lo vivido para quizá creer que ha pasado.

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-Las buenas vivencias pasan rápido y si no las tomas se olvidan y se pierden. No hace falta marchar tan lejos para sentirte vivo, en mi caso yo no supe o no quise verlo y por eso vine hasta aquí. Tú, igual que yo, nunca te has sentido atado a ideologías. Lo que aquí he encontrado las supera. Y aunque esas mujeres sean, como tú bien dices, mis amigas hermanas, me siento atada por algo más intenso. Las ideas, las creencias o la manera de vivir, aquí carecen de importancia. Las dos compañeras que hemos perdido eran muy distintas a mí, pensaban de una manera muy diferente, sin embargo, han entregado su vida para ganar la libertad de otros.
No respondo. Por qué hacerlo, cuando la entiendo y comparto todos sus sentimientos. Las ideologías matan, convierten a los hombres en víctimas y verdugos, en asesinos de sus hermanos. Anna lucha por algo más que todo eso, por la libertad de los demás. Sin embargo, para salvaguardar la suya he tenido que matar, después de autoconvencerme que mi víctima no era un ser humano.
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Transitamos con cuidado por sendas que bordean los cultivos, pegadas a la montaña y a la selva. De vez en cuando paramos, porque un riachuelo o un canal cruzan el camino y hay que vadearlo con gruesas tablas de madera, que volvemos a cargar tras recomponer los márgenes dañados por nuestro paso. Ella no baja del vehículo, aunque a veces lo intenta cuando ve que hay demasiado trabajo. Y lo evito con un grito y malas maneras.
-No es por tus rodillas sino por tu seguridad y la de los campesinos que vemos. Hazme caso, nadie debe saber que vas en uno de estos automóviles.
Y ella obedece. Sabe que, por muy preparada que esté, yo lo estoy mucho más para lidiar en estos asuntos.
Cuento los días y resto los dos del viaje. Es curioso lo que puede llegar a hacer un hombre en tan poco tiempo, convivir con desconocidos, que hablan un idioma muy distinto, de piel y rasgos diferentes al suyo; y, sin embargo, siento que son de mi misma familia porque quieren lo mismo que yo. Y tal como hace muchos años, me siento más próximo a ellos que a muchos de nuestros vecinos. Y ellos deben pensar lo mismo de mí, porque noto su asombro cuando nos reímos y sufrimos por las mismas cosas, del mismo modo que pasó en el altiplano, con los franceses que nos acompañaron, o en aquella pequeña meseta del Himalaya, con los dos pastores pastunes.
Hay hombres que no sienten raigambre en ninguna tierra; que no tienen bandera, raza e ideología; que se ríen más de los dioses que de sus semejantes. Y esos hombres deberían ser mayoría.
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-Para ti su sacrificio ha sido una derrota y para ellas una victoria. Han tenido que torturarlas, violarlas y matarlas, y eso sí es una derrota. Nunca podrás entender algo así. Tu eres un soldado, el mejor que he conocido, y solo comprendes un modo de lucha.
La miro con calma, no acierta ni va desencaminada. Hace dos días yo podría haber muerto, de la misma manera que pude hacerlo en la selva peruana o en el altiplano. En la primera habría sido derrota, en el segundo nada, solo el vacío. Pero hoy es distinto, aunque ella también perdiera la vida conmigo.
-Te equivocas y lo sabes. Habría sido un lujo morir aquí por lo que estoy haciendo. Aunque en este momento sea un soldado, ganar o perder es indistinto, porque para mí el intentar rescatarte ya ha sido una victoria. Ahora solo quiero dejar de tentar a la suerte -le digo con cierta aprensión, porque circulamos al descubierto y somos un blanco perfecto, en un lugar que circular con un 4x4 es muy sospechoso.
-Tengo sesenta. Ya no soy un niño, ni mucho menos aquel joven intrépido que se lanzaba al agua desde imposibles rompientes; que escalaba tanto paredes de roca como de obra; que bailaba hasta el amanecer y amaba a mujeres hasta el día siguiente. Y aunque haga pocos meses que subiera a un árbol para recoger piñas, ante el asombro de mis amigos, sé que me costó mucho más de lo esperado, que al bajar respiraba cansado y que tuve que utilizar los músculos de mis brazos al máximo. Ya no puedo sumergirme tantos metros, quizá por falta de aire o por cansancio. Tengo sesenta y, en diez más, mis hijos, hoy admirados por la fortaleza y el espíritu de su padre, me vigilarán preocupados y controlarán mis pasos; y en veinte dirán que olvido las cosas, eso en el mejor de los casos, que no debo conducir tantos kilómetros y hasta es posible que busquen alguien para cuidarme. ¿Qué mejor manera de terminar mis días, que aquí, contigo y de una ráfaga?
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-¿Sabes una cosa? No fui porque me lo pidieras, aunque sí tuvo mucho que ver tu voluntad en mi decisión. Es curioso como un individuo como yo puede llegar a este tipo de dependencia, pero eres Amara, la mujer absoluta y poderosa. Incluso allí, entre plantaciones de opio y árboles centenarios, se hablaba de ti con admiración. Mujeres torturadas y luchadoras, escuchaban de la boca de Anna palabras sobre tu espíritu de superación, tu fortaleza y tu valor.
Y seco sus lágrimas con las yemas de mis dedos. La beso y una vez más le pido que descanse, que ya seguiremos mañana; pero es imposible, no puedo dejar de hablar. Hoy he vuelto a ser Popol, pletórico, henchido de un orgullo que no puedo disimular, pero esta vez no por mí sino por ellas, esas mujeres birmanas que, contra todo y todos, luchan por su dignidad; y por mis amigas hermanas y por mi compañera, tan iguales a ellas.

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2 comentarios:

  1. Reconocer en cada mujer una incansable y generosa luchadora es una asignatura pendiente para media humanidad...Conversar y escuchar en su presencia un lujo para mí...

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  2. Me emocionas Pau, tengo qué medir muy bien cuando vengo a tu blog, porque me afecta y no estoy para estos trotes.
    siempre salgo igual, con el corazón en coma, y yo, casi siempre lo tengo en la UCI, he de vigilar las visitas.

    Beso

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