PIENSAS DIFERENTE, VOTA DIFERENTE

jueves, 4 de julio de 2013

Y AMARA NOS CUENTA UNA HISTORIA

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Solo se oye el drapear de la mayor y el chapoteo del agua al deslizarse por los costados del barco, sinuosa y lenta. Biel, con evidente satisfacción, maneja la caña del timón mientras vigila el mar para evitar cualquier tronco o boya. El barco avanza lento, sin prisa y con solo la ayuda de la poca brisa de la mañana. Tenemos tiempo. Si no llegamos da lo mismo, porque el mejor amor es el que se hace sin prisa.
Los niños juegan dentro, sobre el colchón del camarote de proa. Amara considera que con unas horas de sol al día ya tienen suficiente y mira de atrasarlas. Se divierten con poca cosa, dibujando en una pizarra de plástico o montando cacharros con su Playmobil.
Y, quizá para aprovechar el tranquilo silencio, Amara nos cuenta una historia mientras ensimismada mira el mar.

-Me llamó hace un año para pedirme que evitara a su padre, y cuando le pregunté si podía aconsejarme respondió que no tenía ni idea, pero que intentara hacerle el menor daño posible.
No fue fácil, sabéis, nada fácil. Yo no sé hacer estas cosas. Hacía tiempo que le daba vueltas al asunto, que sabía que debía cortar lo más rápido posible, pero él siempre encontraba el modo de acercarse con inocencia, como si quisiera atrasar lo inevitable.
-¿Por qué no me lo contaste? –Pregunto sorprendido, sin saber de qué está hablando.
Se vuelve, me mira y sonríe, esta vez con un deje de amargura.
Lo intenté, claro que lo hice, pero para qué. Siempre me cortas y me dices que no quieres saber nada, que no tengo por qué darte explicación alguna. Y no era eso, ni siquiera quería consejo. Solo necesitaba contárselo a alguien.
Me avergüenzo por no haber estado a la altura. Mi obsesión por su libertad, y la suya por contarme todo lo que hace, piensa y sueña; de sus amantes, de sus amigos, de sus pacientes, de sus colegas.
-No te preocupes. Hablé con Tessa, aunque no sé para qué, porque lo único que hizo fue encogerse de hombros y decirme que lo mandara a la mierda, como si yo no sintiera nada por él.
¿Me lee el pensamiento? Debo reconocer que hasta en eso me supera. 
Al principio la cosa fue fácil, pareció entenderlo, pero una semana más tarde me volvió a llamar. Tenía una cena y quería llevarme de pareja, aunque, claro, no lo trató así. Entonces me di cuenta que no se había dado por vencido y que la cosa sería más compleja de lo que había creído. Y tuve que mostrarme distante y fría, casi insultante; y, ya sabéis, eso no va conmigo. Lo cierto es que la chica llevaba razón, su padre se había enamorado, y para contrarrestar eso solo cabe provocar odio.
-Los hombres son muy sensiblones y no saben dónde está el límite, y ni por mucho que nos follen entienden nuestra naturaleza. –me había dicho la chica antes de colgar el teléfono. Curioso que una chica de solo dieciséis sepa tanto de eso, ¿no os parece?

Estaba con Joan y Vicki tomando un cremat en el Maritim, cuando se presentó Artur con uno de sus tantos conocidos. Simpático, muy inteligente y extrovertido, aunque algo tímido, al menos conmigo; maduro, de cuarenta y tres y muy atractivo, casi tanto como vosotros –dice con una de sus divertidas muecas.
¡Cuarenta y tres, nueve más que yo y diecisiete que ella! Ha pasado un año, de modo que hemos de aumentar la diferencia.
Recuerdo aquel agosto, en el que tuve que pasar unos días en Barcelona por un problema de obras en mi empresa. Veinte años son muchos, aún más con Amara, que no aparenta los que tiene, aunque al conocerla se descubre la mujer que es. A Amara, igual que a Mila, siempre le ha atraído la madurez, lo demuestra con nuestros amigos británicos o con Xavi, su amigo amante, el mediático y famoso médico.
El tipo andaba preocupado, antes de anochecer tenía que llevar en barca a su hija con unos amigos a Cala Nans. No conocía bien el lugar y aún menos de noche.
-Tengo el título desde hace un mes y solo llevo seis o siete salidas –nos explicó.
Artur no podía y Joan andaba con una colitis de cuidado, de modo que decidí llevarles yo misma.
No esperaba encontrar gente tan alegre y, a la vez, responsable y madura. Entre quince y dieciocho años calculé, aunque luego recordé cómo habían sido mis dieciséis, lo que llegué a estudiar y trabajar. Con demasiada facilidad olvidamos cómo fuimos y lo que pensábamos, que no difiere demasiado de ahora.
Dos de ellos se sentaron junto a mí para ayudarme. Conocían el lugar y las rocas mejor que yo y me aconsejaron sobre cómo volver sin luz.
Lanzamos el ancla por popa y dos chicas bajaron por la proa para tirar del cabo hasta la playa. Se las notaba acostumbradas. Desembarcamos y los ayudé a bajar las cosas, montar un par de toldos de lona y encender una fogata. Empezaba a oscurecer y miré hacia arriba, donde converge la montaña con el promontorio del faro. Ya empezaba a vislumbrarse la claridad de la luna, que en poco saldría de su escondite tras la montaña. Y por su belleza entendí por qué a los jóvenes, les gustaba reunirse en esa aislada e impracticable playa las noches de luna llena. Llamé a Joan por radio y le dije que llegaría algo tarde. Me sentía bien entre aquella gente, y al ver a Santiago, que así se llamaba el padre, ayudando animado, preferí volver con la luz de la luna. Los vi bañarse desnudos. En la barca ellas ya no llevaban la parte de arriba de sus bañadores. Me desnudé y nadé con ellos. Se reían y jugaban sin vergüenza ni amagar cómo se atraían. Santiago también se desnudó y vino a mi encuentro. Entonces pude apreciar su magnífico y bronceado cuerpo, su elegancia incluso desnudo. Refinado y extremadamente educado, que, por mucho que fingiera, noté que no podía abstraerse de mi cuerpo. No sé por qué, ni lo que pasó entonces por mi cabeza, pero en aquel momento deseé hacerlo mío, sentí la necesidad de seducirlo; quizá fuera su mirada, segura y tierna, su apostura equilibrada, humilde y, a la vez, suficiente.
Nos separamos unos instantes, que aprovechó su hija para acercarse. Muy parecida a él, extremadamente sensual y de envolvente voz. No me extrañó que siempre estuviera rodeada de chicos, que jugaban con ella de manera más que amigable. Me acarició el hombro mientras me miraba fijamente a los ojos.
-Me encantaría que os quedarais esta noche. Lo pasaríais bien y así él podría olvidar un poco todo lo que le ha pasado.
No supe de qué hablaba y me lo aclaró. En mayo su madre los abandonó por un norteamericano y se fue a vivir con él. Se llevaban bien, pero solo se comunicaban por teléfono y por correo. Y entendí el carácter tímido y la extraña inseguridad de su padre, que principalmente se reflejaba en los momentos de mayor acercamiento, y su afán por satisfacer a su hija, mutuo por lo que entonces descubrí.
Debería haber marchado en ese momento, pero su manera de hablar, de mirarme; y el atractivo de su padre, la extraña ansia que había sentido momentos antes, su inteligente y cuidadosa conversación, su caballerosidad. No sé, quizá fuera que en aquel momento llegó una menorquina llena de chicos cantando y riendo. Me encontré al lado de Santiago, tirando del cabo para embarrancarla y luego ayudando a los chicos a bajar. Hicimos una cadena para descargarla. Traían paquetes de carne de cordero, butifarras y garrafas llenas de sangría y agua. Al terminar, agotada me apoyé en la amura de estribor y caí como una tonta, la barca descargada había dejado de tocar fondo y se deslizó. Y sentí su abrazo, la dureza de sus manos, que me atraparon justo antes de dar contra las rocas, donde podría haberme hecho mucho daño; y sentí la virilidad de su cuerpo, cubierto de gotitas de agua de mar que brillaban por el reflejo de la luna. Nos reímos de la situación, él casi disculpándose, pero sin atreverse a soltarme por miedo a que cayera. Le miré a los ojos, pegado mi cuerpo al suyo, y le besé lentamente para saborear sus labios, oler su efluvio.
Biel la observa anonadado. Está acostumbrado a las escapadas de Anna tras el amante de turno, pero no a una confesión como esa, que denota mucho más que una aventura. Ella ha entrado en un extraño silencio, abstraída en un horizonte vacío, como si estuviera rememorando aquel día, recordando el sabor de los labios de su amigo, el aroma de su piel. Levanta la cabeza, nos mira y sigue con su historia.
Nos sentamos bajo un toldo de lona cubiertos con la misma toalla, él más para darme calor que para resguardarse del frío. Luego se empeñó en encender una fogata, con tan poco éxito que terminé encendiéndola yo. Ya llameando me incorporé y estiré mis brazos hacia el cielo y mi nuca, simulando desentumecerme. Y sentí su mirada de deseo, cómo se recreaba en cada rincón de mi cuerpo. Me acerqué para sentarme a su lado, pero se levantó para impedírlo. Me hizo levantar los brazos y dar vueltas lentamente sobre mí misma. Me reí nerviosa. Y se acercó, magnífico y bestial, con el reflejo del fuego sobre su cuerpo y la luz de la luna iluminando el fondo de su entorno. Y empezó a acariciarme y a decirme las cosas más bellas que una hembra puede escuchar. La piel se me erizó por completo, mientras un extraño ardor abrasaba mi interior. Y sentí su abrazo, fuerte y apasionado; y su boca, que recorría mi nuca, mis hombros, mis pechos. A lo lejos los chicos bailaban y jugaban, unos haciendo el amor y otros el sexo; y alguno nos observaba a hurtadillas, respetando nuestra intimidad.
Torpe, no más que cualquiera, pero sencillo y abierto al aprendizaje. Lo guié y conseguí llevarlo al placer, gracias a su afán por satisfacerme y disfrutarme. Un magnífico ejemplar de macho casi virgen, abierto a todo lo que representara sexo. El sueño de cualquier mujer que se precie. Lo guié, sí, pero respetando su iniciativa y provocando su intuición. Simulé abandono de dulce satisfacción, cuando en realidad ejercí de maestra. Y disfruté más por eso que por el abundante sexo que me prodigó.
-Soy torpe –me dijo sin amagarse, al descubrir su inexperiencia.
-Te falta un poco de práctica –respondí para salvaguardar su ego, cuando no le hacía falta.
-No, no es eso sino que nunca he tenido la oportunidad de estar con una mujer como tú.
Y entonces, tras saltar sobre su cuerpo y besarle y morderle sus pechos, de ver como su pasión salía a borbotones por sus ojos, le pedí que me follara como nunca había hecho, que me reventara de placer hasta matarme. Eso le dije con voz queda.
Pasado el agosto me llamó. Le di largas, del mismo modo como lo traté las pocas veces que coincidimos por el pueblo, con un saludo o una sonrisa lejana, mostrándole siempre lo bien acompañada que estaba. No quería parecer tan asequible a un hombre así.
No entiendo qué me pasó por la cabeza, por qué quise seducirlo hasta tal punto, cuando mi intuición dictaba que me alejase.
Me llamó dos veces más, las mismas que le rechacé. No se rendía. La tercera fue justo después que Jep lo hiciera para avisarme que no podría venir al mediodía. Estaba sola y me prometió una comida de amigos, sin líos ni intención. Me vestí con sencillez, una camiseta de tirantes, unos tejanos ajustados y una cazadora por si refrescaba. Me llevó a un libanés y no aguantamos ni la espera del café. Lo llevé directamente, entre risas, a la Casita Blanca para que escogiera la habitación que más le motivara.
-Decídete, le dije después de haberle contado el ambiente de cada una, para que supiera qué tipo de mujer se iba a llevar a la cama.
Y no puedo dejar de pensar que, curiosamente, yo nunca he estado en este lugar.
Me sorprendió. Fue brutal, increíble. El mismo hombre, con su serenidad y su apostura, igual de delicado y fuerte, pero sabio y seguro de sí mismo. Hizo lo que quiso conmigo.
Repetimos, pero siempre en su casa, hasta darme cuenta que me había enamorado de alguien que exigía más de lo que podía darle. En él descubrí lo que no tengo contigo, lo que nunca podrás darme, ser poseída de una manera que no puedo aceptar, que atenta contra lo que soy, lo que tú me has entregado y enseñado, contra mi libertad.
Irene, su hija, me ayudó a dar el último paso, se había dado cuenta que nunca me conseguiría, al menos tal como él me quería, y sólo por lo que le contaba y cómo le veía sufrir.
Se levanta.
-Voy a ver a los niños. Hace rato que no los oigo.
Del camarote llega un cuchicheo y alguna risa. Anna y Biel guardan silencio, aturdidos por una historia que nadie, ni siquiera Mónica, hubiese podido imaginar. Me levanto para ayudarla y hacerle compañía, y la encuentro arrodillada en el borde de la gran colchoneta, ayudando a sonarse al niño. Le acaricio la nuca, me agacho y le beso la espalda. Vuelve la cabeza y me sonríe con uno de sus maravillosos gestos. Estoy enamorado, perdidamente además, y por un momento he temido por nuestra relación, como si algo se hubiera roto entre nosotros. Pero no, no ha sido así y lo demuestra con palabras y acciones; y yo debo apresurarme a estar más por ella, a escucharla y apoyarla, a demostrarle que la siento mía sin necesidad de comprometer su libertad. No, nunca le preguntaré lo que piensa, sueña o siente; pero la escucharé cuando me lo cuente y le mostraré mi solidaridad.
Salimos a cubierta con los niños y sigue con la historia, pero esta vez sin la misma gravedad.
Hace unos días, justo antes de empezar las vacaciones, me encontraba cenando con Juli, Xavi y Mónica en el Isidre, cuando lo vi entrar acompañado de una preciosa mujer, de edad más acorde a la suya. Al principio me alarmé, pero pronto aprecié su sincera y abierta sonrisa. Se acercó y me la presentó como si se tratara una joya. Y, elegante y seguro de sí mismo como siempre, le dijo delante de todos.
-Esta chica es aquella de la que tanto te he hablado, la que me ayudó a salir del pozo y, en su momento, supo ponerme en mi sitio.
Y vuelve a mirar el horizonte. Y la abrazo porque percibo su mezcla de congoja y felicidad, lo que solo una mujer como ella puede llegar a sentir.


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3 comentarios:

  1. Que compicadas pueden llegar a ser la relaciones humanas, como un red enredada...

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  2. Una historia que hace poco recordé, preciosa como la mujer de la que hablo. Un canto a la libertad de ser, de amar y de vivir.
    En fin, una historia que se repite más a menudo de lo que imaginamos, pero pocas veces así.
    La foto fue hecha desde la cubierta de mi barco, en el canal de la Mecina. Los islotes que se ven al fondo son los que le dan el nombre. En este canal hay fuertes corrientes, que, si te fijas en la dirección de las minúsculas olas, es lo que se aprecia en la foto.

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  3. Los dos sois increibles, me hechiza vuestra vida.
    Beso a ambos

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