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lunes, 7 de septiembre de 2009

MIS HISTORIAS




Es domingo. Antes de comer hablaba con Pilar sobre mi máquina estropeada, Creo que no tiene arreglo, no obstante mi informático hace lo imposible. Y me llama... debo ir y estudiar con él una solución que ha creído encontrar. Si no lo consigue deberé comprar una nueva. Una fortuna.
Mi hijo viene histérico, entra en el ordenador y me compra dos entradas para Deep Purple. Debería estar contento, el problema es que las pago yo y ya veremos quien termina asistiendo. Amara está de acuerdo, pero no piensa que deberá aguantar tres horas de pie.
Paso frente a la cárcel de mujeres. Al otro lado de la calle, en la acera de enfrente, una familia de color: el padre, un niño y dos chavalas vigilan las ventanas. Saben que la madre los verá y podrá despedirse, ellos no, ya que los cristales están sucios y tras una espesa reja.
Las cárceles son terribles. Estuve quince días en una de ellas. Era un simulacro, bien montado, por cierto. Mis compañeros eran extraños, alguno de ellos extremadamente violento, un par medio locos y todos intentando aparentar más dureza de la que tenían. Y sí, la prisión fue un simulacro, los presos no, esos parecían de verdad y escogidos con sumo cuidado. Un espacio reducido, no llegaba a los 100 metros cuadrados, con más de diez presos. Pero esta es una historia que otro día contaré, tal vez dentro de un año, puede que dos...


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Mis historias, esas que cuento en el blog, son absolutamente verídicas. El lector debe saber, que tal como las recuerdo las escribo.
A veces un día despierta la memoria, y aquella historia que conté hace un año o más, parece que tome forma de otra manera. Y es que el recuerdo de una anécdota, causado a veces por una actual experiencia, hace que sienta, una vez más, la necesidad de escribir sobre el tema.
Las historias suelen ser aderezadas con anécdotas de otras, que no están en mi ánimo contar, por lo menos, por ahora. También el tiempo y los protagonistas son intercambiados, y sólo por mantener su anonimato y que nadie pueda sentirse identificado, que no para aumentar la belleza del relato.
Unas veces las conversaciones son imaginarias, otras no; porque, pese al tiempo transcurrido, las recuerdo como si transcurrieran ahora mismo.
Hay momentos que en el recuerdo aparece la imagen de una sala, una calle, una casa, un paisaje... hasta los detalles más nimios. También es cierto que uno de mis entrenamientos consistía en agilizar y utilizar la memoria, y eso lo conseguí ordenando y memorizando todos los objetos que encontraba.


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Esas son, sin lugar a dudas, las historias de un viejo hippie venido a menos, al que le cuesta mucho más de lo que parece contarlas. Y es que a veces a uno se le hace un nudo, y no siempre en el estómago o la garganta sino en el cerebro y en el alma.
No me arrepiento de nada. Y no porque arrepentirse sea de necios, que no lo es, sino por entender que uno ha sido el producto de sus vivencias y eso no puede cambiar. Hay momentos que estoy tentado a sentir arrepentimiento, pero duran poco, el tiempo de un suspiro, el justo para que la razón vuelva a su sitio.


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Y hoy, al pasar enfrente de la prisión, recordaba que al anunciarse el asesinato de Miguel Ángel Blanco, algunas etarras, reclusas de esta misma cárcel, brindaron con un cava que guardaban para la ocasión.
Toda exageración es mala, tanto la de un lado como la del otro. Y si aquellas reclusas intentaban un acercamiento, atraer la confianza y simpatía de la organización, fueron muy estúpidas. Lo razonable es sentir dolor, por muy enemigo que sea o que lo hayas matado tú; lo contrario es tan artificioso como engañoso y, en el caso que fuera creíble, al individuo en cuestión, mejor mantenerlo alejado. Y es que el chiflado nunca es buen aliado.
Es curioso hasta donde llega la degradación moral o la degeneración mental. Nunca sabré, dado lo poco que tengo de psicólogo, cuál de las dos es la adecuada.


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Ayer, mientras releía mi último relato, recordé cómo conocí a Amara.
-Más original y descabellado no puede ser- decían mis amigos; no los impresentables, aquellos cuya manera de vivir era parecida a la mía. Yo no pensaba lo mismo, tampoco había para tanto, sabido como había conocido a Anna, a Lourdes y a Mónica.
Amara fue especial, la más de todas, aunque esta historia prefiero guardarla para otro momento.
Ayer, al recordar, pensé que las mujeres, que también podrían ser hombres, más libres que haya conocido son: Anna, Mónica y Amara. Creo que sentir más la libertad, respetarla más... es imposible.


Cuando alguien me pregunta por la filosofía hippie, que no movimiento, y lo que significaba, siempre respondo lo mismo: la libertad individual y el respeto por la de los demás.
Lavarse o no, llevar el pelo largo o corto, vestir de una manera u otra... no importaba, eso era insustancial, parte de una estética que se relacionaba con la filosofía; cuando una cosa nada tiene que ver con la otra.

6 comentarios:

  1. Libertad individual y respeto por la libertad de los demás. No es poco.

    Una cárcel debe de ser terrible.

    Un abrazo, Pau.

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  2. Has cambiado de lugar, yo también, he tenido problemas con myblog, y me he abierto otro espacio en blogspot.(http://euridice-v.blogspot.com/) aunque mi rincón preferido sigue siendo myblog. Intento leerte siempre que puedo. Un saludo.

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  3. Los cambios son buenos de vez en cuando para no anquilosarnos.
    Sabes lo que me gusta ciestas soledades.

    un abrazo

    Luna

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  4. Te sigo... Te leo... Te felicito.
    La dama

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  5. Gracias mil, mi apreciada dama.
    Voy a intentar corregir el asunto de los comentarios para que podais firmar como es debido.

    Dama, si escoges: Nombre/URL, puedes hacerlo con tu enlace. El URL es para la dirección de tu página

    Algo se me escapa.

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