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domingo, 31 de enero de 2016

¿Por qué hemos de vivir tantos años?

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-¡Qué insensatos éramos entonces! ¿Recuerdas Popol, cuando recogimos aquel chico francés que hacía autoestop y nos lo llevamos a nuestra casa del Pirineo. Nos dijo, voy a Francia, y le dijimos que nuestra casa estaba al lado de la frontera y que a la mañana siguiente lo dejaríamos cerca de ella.
-No, no lo recuerdo.
-¡Si hombre! que se puso a aullar a media noche. Y dormimos juntos, porque solo podíamos defendernos del frío con el calor humano.
-Y si, ahora recuerdo al francés y sus aullidos. Estábamos seguros de nosotros mismos y eso no tiene precio. No teníamos miedo a nada ni a nadie. El francés seguramente sufrió un ataque de pánico, quizá un calentón por lo buena que estabas.
¡Qué poco podía imaginarse el pobre chico, que terminaría pasando la noche en una casa medio derruida, perdida en lo más alto de los Pirineos!

-¿Recuerdas cuando nos lanzamos con ala Delta, Popol? Mónica y tu os empeñasteis en saltar sin pasar por el aprendizaje y fuisteis los únicos que aterrizasteis sin un rasguño. ¡Qué locos éramos Popol!

Y si, recuerdo perfectamente a Mónica lanzarse y volar, volar. Y a la vuelta mirarme en silencio. Recuerdo aquellos ojos grandes y oscuros, su mirada penetrante, dura y apasionada a un mismo tiempo. Recuerdo su aparente fragilidad, su increíble belleza.

-Hemos vivido Mila, mucho más que la mayoría, que cualquiera y que debiéramos, pero, eso sí, con plenitud y gracias a estar seguros de nosotros mismos, porque no temíamos a nada ni a nadie, igual que ahora.

-¿Qué se ha hecho de los hippies, Popol?
-Siguen igual Mila, en otro lugar y con otras posturas, pero con los mismos ideales. Los hippies de entonces son los piratas de ahora. Siempre fueron piratas.

Es tarde y hemos bebido mucho. Ya no hay servicios públicos que me lleven a casa y no tengo ganas de coger un taxi. Son siete u ocho kilómetros hasta casa, poca cosa para hace unos años, ahora tengo que esforzarme, intentar distraer mi cansancio con los recuerdos.
Mila ha venido para hacerle compañía a una vieja amiga en sus últimos días de vida. La enfermedad de Mónica, sin embargo, ha apagado el brillo de sus ojos y lentamente va carcomiendo su cerebro. Ya no recuerda lo más inmediato y, entre ausencia y ausencia, su carácter se ha vuelto irascible y obsesivo.

A veces me entran ganas de sentarme en una hamaca en lo alto de una montaña y olvidarlo todo, que mis recuerdos vayan disipándose poco a poco, sin prisa.
A menudo me pregunto por qué hemos de vivir tantos años.

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